El bello arte: “Three cases of murder”. Crímenes por capítulos, una tradición británica.

27 ene

Originalmente publicada en: Cinearchivo

http://www.cinearchivo.com/site/Fichas/Ficha/FichaFilm.asp?IdPelicula=69287


Three cases of murder
(Tres casos de asesinato)

Director: Wendy Toye, David Eady, George More O’Ferrall

1955

Gran Bretaña

99 min.

Guión: Sidney Carroll, Ian Dalrymple, Donald B. Wilson

Fotografía : Georges Périna

Música : Doreen Carwithen

Montaje : Gerald Turney-Smith

Reparto: Orson Welles, Alan Badel, John Gregson, Elizabeth Sellars, Emrys Jones, André Morell, Hugh Pryse, Leueen MacGrath, Eddie Byrne, Helen Cherry

El 12 de mayo de 1955 Tres casos de asesinato se estrenaba en los cines del Reino Unido, poco antes, el 15 de marzo lo había hecho en los de los Estados Unidos. La película consistía en tres sketches de misterio de una media hora cada uno, rodados en blanco y negro y sin mayor conexión entre ellos que el ser presentados por un hombre vestido de smoking que explica algunas de las peculiaridades de los casos con la mayor distensión. Ese mismo año, el 13 de noviembre se estrena en la CBS el primer episodio de la serie Alfred Hitchcock Presets (entre nosotros la hora de Alfred Hitchcock) titulado Colapso, protagonizado por Joseph Cotten y que había sido rodado en septiembre. 25 minutos más la publicidad, en blanco y negro y presentados por el propio director inglés con su habitual sorna. Este fenómeno de la coincidencia en el tiempo de dos sucesos simultáneos sin relación aparente se le conoce como sincronía. Pero la sincronía no es casual, existen patrones internos en ella, funcionamientos ocultos que provocan la aparición, solo aparentemente espontánea, de dos ideas tan similares en lugares relativamente diferentes. El germen del este efecto sincrónico esta una década antes, en 1945 y también en Inglaterra (aunque cabe confesar que en 1943 Julien Duvivier ya había

realizado en Estados Unidos Al margen de la vida, un film de características similares y temática más o menos fantástica que contaba en su reparto con, nada menos, que Edward G. Robinson, Charles Boyer y Barbara Stanwyck lo cual estropea un poco esta bella serie de cábalas esotéricas). Allí la justamente mítica productora Ealing ponía en marcha un film titulado Al morir la noche, compuesto por seis historias, cinco independientes y una que forma el fondo común. Cuatro directores clave del cine británico de posguerra se ocuparon de ella, Alberto Cavalcanti, Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer.

Tres caso de asesinato, una producción Wessex, una pequeña casa dedicada principalmente a las comedias y a los cortos y largos de carácter patriótico en el contexto de la reconstrucción inglesa tras la 2ªGM, supone, por tanto, un film de curiosa influencia histórica, no solo por aparecer como una plausible fuente en el nacimiento del telefilm, como por su carácter de punto intermedio en la tradición británica de las películas más o manos de misterio y/o terror divididas en sketches que, nueva curiosidad cabalística, la entrañable Amicus recuperaría una década exacta (febrero del 65) más tarde en Doctor Terror, una simpática cinta escrita por su principal impulsor Milton Subotsky, co-dirección del recurrente Freddie Francis, genial director de fotografía además de apreciable realizador y reunión de los indescriptible Peter Cushing y Christopher Lee. Pero al contrario que la lista de trabajos de la Amicus a lo largo de los 60 y 70, que cuentan también con la capital influencia de los cómics de la E.C., el film que aquí nos ocupa esta, al igual que Al morir la noche, encargado a tres realizadores distintos, cada cual otorga una personalidad propia y absoluta autonomía a cada segmento, adaptaciones los tres de sendos relatos previos.

Al igual que ocurre con la película de la Ealing una de las partes destaca sobre el todo, en el caso de 1945 será el capítulo final, dirigido por Alberto Cavalcanti, sobre el ventrílocuo y su muñeco y en esta ocasión el inaugural, una pequeña obra maestra, de corte abiertamente fantastique, atmósfera pesadillesca y tortuoso sentido del humor: In the picture.

En ella, un pintor sale del interior de su propio cuadro para captar a continuación a un incauto guía del museo, al cual introduce de nuevo en el interior de la pintura con el objetivo de lograr unas cerillas con las cuales encender una vela que de a la composición, un paisaje romántico de un misterioso caserón, su balance exacto. Realizada por Wendy Toye, bailarina, coreográfa, directora escénica y finalmente cineasta, sobre una obra radiofónica del más bien desconocido autor Roderick Wilkinson (otra casualidad: participó en una de las antologías de relatos de misterio, Alfred Hitchcock’s Tales To Send Chills Down Your Spine). Misteriosa, barroca y seductora, esta historia poco tienen que ver con las otras dos en cuanto a tono o resolución formal, tampoco en la densidad de sus ideas sobre la imposibilidad de finalizar una obra tal y como se había pensado o en la creación mágica de un mundo propio, el del interior del cuadro una desvencijada y caótica mansión llena de los objetos robados en el museo que habitan el pintor su inquietantemente risueña esposa y un taxidermista, poseedor de la única vela y el único pedernal de toda la estancia y el cual antes había vivido en una pintura de Velázquez. Más allá de su fascinante puesta en escena o de la formidable interpretación de Alan Badel (el único actor que repite en cada historia, con papeles de diferente importancia) como el alucinado pintor lo que convierte esta media hora en una joya es esa creación de un universo paralelo, inquietantemente cercano, lleno de reglas que desconocemos, de relaciones que se adivinan intrincadas y de pulsiones por completo enloquecidas. Finalmente el pobre guía será entregado al taxidermista a cambio de la vela en al ventana, apero cuando el pintor lo vea desde fuera nuevamente encontrara la composición desequilibrada. Una joven que contempla hipnotizada la obra le dará un nueva idea “¿Qué tal una estatua en el jardín?”. Detallista, perversa, sardónica, obra maestra.

El segundo de los sketches, You killed Eizabeth, corre de cuenta de David Eady, director perfectamente desconocido que adapta para la ocasión un cuento del escritor pulp y ocasional guionista Brett Halliday (el libreto está a cargo de Sidney Carroll, entre cuyos créditos televisivos figura La hora de Alfred Hitchcock) y resulta ser el más ordinario del tríptico. Un whodunit clásico con algunas particularidades que lo enriquecen, en torno a la larga amistad entre dos jóvenes triunfadores, Edgar (John Gregson) y George (Emrys Jones), rota al enamorarse ambos de la misma mujer, la cual termina por ser asesinada por uno de ellos. Sobria y entretenida con un muy correcto uso de la elipsis para economizar en lo posible y con varios giros interesantes que permiten no desvelar el misterio hasta justo, justo la última imagen. Plantea además algunos elementos curiosos (que de haberse desarrollado en otros caminos hasta podrían suponer un curioso precedente del Inseparables de David Cronnenberg) entorno a la simbiótica amistad de los dos hombres, ambos se necesitan y complementan desde la infancia Pero Edgar, seductor y relaciones públicas del dúo sufre esporádicos “apagones” al no poder controlar su querencia por la bebida y George,  que lo envidia secretamente y ve crecer su frustración cuando pierde a su novia a favor de este, ve en esa debilidades que solo él conoce un camino para la venganza íntima, preparando una elaborada trampa con el fin de hacerle creer que él fue quine mató a Elizabeth durante el curso de una de sus borracheras.

La última parte del original más prestigioso, nada menos que una pequeña pieza de W. Somerset Maugham, Lord Mountdrago (que había conocido una traslación televisiva en 1950 y conocería otra en 1969 en sendas series dedicadas a la obra del escritor), en la cual el político homónimo, tras aplastar públicamente a un rival mucho más joven e idealista padece (o cree padecer) la intrusión de este dentro de sus mismos sueños, sometiéndole a una constante burla psicológica que socava fatalmente la abrumadora seguridad en si mismo del aristócrata, al cual vemos aparecer en público sin pantalones arrancarse a cantar una tonadilla en plena  sesión parlamentaria o bailar de forma ridícula en un fiestorro con maracas incluidas. Peor mientras todos ríen, en una idea absolutamente genial,  su rival permanece serio, imperturbable, mirándole fijamente. Por si fuera poco al día siguiente de cada sueño el joven realiza sistemáticamente alguna críptica referencia al mismo, dando a entender que, en realidad, ha estado allí. Desesperado, Lord Mountdrago resolverá matarlo dentro del sueño. Bajo la dirección de un realizador de carrera primordialmente televisiva, George More O’Ferrall, esta historia se acerca más a la comedia levemente satírica (con toques fantásticos además, como en el caso de In the picture) que al misterio, y se inclina por el giro irónico (muy típico de los cómics de la EC primero y de la Warren ya en la década de los 60) antes que por cualquier tipo de suspense. Memorable más que nada por la genial creación que realiza Orson Welles (dejándose llevar por su pasión por las prótesis y las caracterizaciones) del personaje protagonista, enfrentado al magnífico Alan Badel, quien ejerce aquí de antagonista después de su breve cometido como camarero en You killed Elizabeth. Si algunos momentos delirantes podrían no desentonar en, por ejemplo, Mr. Arkadin (no tan exageradamente claro, esa rara joya no contiene ni un solo plano normal) la mirada general sobre “el poderoso” resulta de una enorme coherencia con la obra wellesiana e incluso, a poco que no fijemos, ciertos detalles de la puesta en escena, un contrapicado aquí, un juego con la profundidad de campo allí, ese exagerado decorado, puede hacernos pensar en si el americano, tal y como era su costumbre (también tal y como a él mismo le gustaba propagar para engordar el mito), solo se limitó a actuar o hizo algo más.•

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La invasión británica: 20 años, 20 días, 40 películas. Alexander Mackendrick, la Ealing y el cine británico de posguerra en Gijón. Febrero en el CICA

26 ene

 

Febrero llega húmedo, cómico, negro y lluvioso al CICA con un maratoniano ciclo destinado a reivindicar, cuando no a cubrir un hueco en el conocimiento y difusión del cine europeo, la siempre orillada cinematografía británica. En este caso abarcando veinte años de producción y variedad que cubren el arco entre al inmediata posguerra, los años 40 y el advenimiento del free cinema y el pop, los años 60. La excusa original era la de revisar la figura del gran Alexander Mackendrick mediante la exhibición integral,solo nueve títulos pero de dificultosa obtención, que rápidamente decidimos complementar con una selección (lo disponible y algo más) de trabajos de la legendaria y entrañable casa Ealing, dispensario de humor, anarquía y pequeños desafíos de la comunidad al establishment. Y ahí quedó rápidamente alistado Asier Aranzubía, quien pasará por Gijón el viernes 6 de Febrero para presentar su monografía mackendrickiana editada en Cátedra, de la cual ya se ha hablado aquí y aquí.

Pero al seleccionar estos títulos nos dimos cuenta de como se iban a poder atisbar las otras caras de la productora. Títulos como Went the day well? (Alberto Cavalcanti, 1942), Vida y aventuras de Nicholas Nickleby (Alberto Cavalcanti, 1947),  Siempre llueve en domingo (Robert Hamer, 1945) o la excepcional Al morir la noche (vv.aa, 1945) nos abrían una serie de puertas que ampliaba el espectro de color, pese a la predominacia del blanco y ne¡gro pesado y hasta ominoso, de los trabajos de Charles Crichton en Los apuros de un pequeño tren  (1953) u Oro en barras (1951), la gracia de Henry Cornelius en Pasaporte para Pimlico (1949), la venenosa sátira de Hamer en Ocho sentencias de muerte (1949), objeto de atención para Jesús Palacios el viernes día 10  a las 19:00, o esa delicia proto-pop que es Clamor de indignación, una mixtura de Emilio y los detectives, cómics, realismo y criminales que será deconstruida por el gran Rubén Paniceres el lunes día 13 a las 19:00. De manera natural la Ealing dejó paso a una panorámica de dos décadas de cine en múltiples formas genéricas, artesanales y autorales. Panorámica, a la fuerza, ,incompleta; fuera han quedado la ingente cantidad de filmes bélicos producidos  a lo largo de los 40 y 50, obras del clásico Anthony Asquit o las aportaciones, personalísimas, de los Archers, Emeric Pressburger y Michael Powell. Sirvan la ausencia tanto para valorar las presencias como para certificar una fuera de campo todavía fértil y explorable.

El programa se bifurca a partir de la segunda parte, explorada ya en parte la Ealing y el Mackendrick inglés en una representación duplicada de autores clásicos, David Lean y Carol Reed estarán presentes con trabajos que van desde lo imprescindible Breve encuentro (1945) o Larga es la noche (1947), a lo recuperable, El déspota (1953) o Nuestro hombre en la Habana (1959), según eses autor clave que es Graham Greene, y miscelane de géneros que acogerá por igual la ciencia ficción de El experimento del Doctor Quatermass (Val Guest, 1954), la comedia popular de La batalla de los sexos (Charñes Crichton, 1959) o Pure hell of St. Trinian’s (Frank Launder, 1960) o la derivación Ealing de Un genio anda suelto (Ronald Neame, 1958) con guión del mismísimo Alec Guinness. Más qeu especial será la presencia turbadora, espectral y carnal a un tiempo de ¡Suspense! (1961), obra mayor de ese raro talento que fue Jack Clayton. Precisamente para hablar de una noción del cine británico como eslabón perdido de los cines europeos vendrá Juan Carlos “Cinema de Perra Gorda“ Vizcaíno el viernes día17 a las 19:00.

La segunda mitad del ciclo, antes de cerrar con un regreso al Mackendrick norteamericano, o directamente apátrida, de piezas indispensables como Chantaje en Broadway, Sammy, huida hacia el Sur, la monumental Viento en la svelas y la incómoda No hagan olas, estará dedicada al brit-noir con una selección breve pero ajustada que privilegia la presencia del fundamental Basil Dearden -Sapphire (1959), Objetivo:Banco de Inglaterra (1959) y Víctima (1961) dará idea de al calidad y variedad de su aportación al movimiento-. Pero antes llegará Me hicieron un fugitivo (Alberto Cavalcanti, 1947), la absoluta obra maestra de los gemelos Boulting Brighton Rock, el film que definió a los gangsters bitánicos en pantalla, el denso drama de Robert Hamer (otra vez y otra personalidad a descubrir) The Long Memory (1953), la sensible La bahía del tigre (1959), un trabajo soprendente de J. Lee Thompsosn con protagonismo para la formidable actriz infantil Hayley Mills que incidirá en la particualr relación del cine británico con el universo infantil, u otro título de sketches, Tres casos de asesinato (vv.aa., 1955)que conecta, casi una década después con Al morir la noche . Muchachas asesinadas entre hojarasca, el pier de Brighton, puertos desolados, spivs y gangsters horteras me servirán para dibujar la evolución (y personalidad) del Noir Britannia el miércoles 22 a las 19:00.
Llegados ya a la frontera de los 60 la estilizada El Criminal (1961), que reúne al duro Stranley Baker con Joseph Losey será al excusa para que sea Joaquín Vallet quien traiga su estudio sobre el cineasta, editado en Cátedra el curso pasado. Seré el viernes 24 ala hora de rigor: las 19:00.

 

Difícil de resumir este mes, supone un salto importante en la programación (y en algo más) al haber asumido Víctor Guillot el riesgo de presentar un ciclo (ahora debería tirarme flores y presumir un poco de que esto es idea mía, pero calor si al programación patina también habrá ido idea mía. Ahí queda, en cualquier caso) no dedicado a una personalidad o un género, sino a un país y a un momento a través de una mirada calieoscópica, que pese a picar en el inexcusable clasicismo mira también a otro cine británico. Es decir: lo olvidado de lo medio olvidado.

El otro salto, y aquí las medallas van para Víctor y para la incansable maquetadora y diseñadora Leticia Amores (el cartel es una maravilla). Entre ambos han preparado el estreno de los nuevos programas de mano del CICA, unas joyitas profusamente ilustradas y que incorporarán textos, artículos, reseñas y lo que quepa. Todo en formato de bolsillo. Este mes un texto mío (la introducción va a medias con Víctor Guillot, factotum de todo esto) sobre Alexander Mackendrick ocupa las páginas centrales. Quien lo quiera que lo pida.

Nada mas. Se os espera en Gijón a lo largo del mes de Febrero y aquí queda la versión pdf del nuevo programa con todas las películas y horarios especificados:

Programa CICA Febrero (1)

Programa CICA Febrero (2)

Programa CICA Febrero (3)

Centro de Interpretación del cine de Asturias: C/ Fernández Vallín, esq. Padilla. Edificio Hernán, Cortés (4ª planta Casino de Asturias). 2 euros la entrada.

 

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Noir Britannia: Brighton Rock 2010. Reflejos de lo auténtico entre corrientes y tradiciones. Una panorámica del crimen británico.

22 ene

Nueva entrada en ese pequeño work in progress (Inglaterra me hizo) sobre el Brit-Noir, o Noir Britannia como será formulado en el CICA dentro de un ciclo dedicado a las múltiples formas del cine inglés de posguerra, emprendido con la excusa de recuperar al completo la figura de Alexander Mackendrick, que crece y se extiende poco a poco con nuevos nombres, títulos, épocas y variaciones para un género líquido que ahora se enrosca en los gangsters más cutres, luego en el melodrama, después  en lo gótico, en la intriga o en el neorrealismo de barriada.

Brighton Rock

Director: Rowan Joffé

Gran Bretaña

2010

111 min

Fotografía: John Mahieson

Música: Martin Phipps

Montaje: Joe Walker

Guión Rowan Joffé según la novela Brighton, parque de atracciones de Graham Greene, 1938

Reparto: Sam Riley, Andrea Riseborough, Helen Mirren, Phillip Davis, Sean Harris, Craig Parkinson, John Hurt, Andy Serkis, Geoff Bell, Steven Robertson 

Esta vez toca una pieza reciente que se escapa de los nuevos paradigmas del Brit-Noir en base a proponer un remake, vale también nueva adaptación aunque tenga mas de lo otro, del feroz clásico de 1947 con el que los gemelos Boulting, Graham Green mediante, codificaron estilística, tonal y conceptualmente la figura del gánster británico con plena independencia con respecto a sus homólogos  norteamericanos (y que aquí puede leerse). Aquel film culminaba, al tiempo que finiquitaba y superaba,  el spiv cycle, las películas de estraperlistas desarrolladas en la posguerra como reflejo, más o menos dulcificado por la intervención del molde genérico, inmediato de la realidad de un país bajo y tras las bombas. Spivs serían clásicos como Waterloo Road, dirigida por Sidney Gilliat en 1945 con John Mills como soldado retornado y Stewart Granger como estraperlista de atildada elegancia (Gilliat fue pionero del spiv con el cortometraje humorístico de producción Gainsborough del 42 Partners in crime, codirigida junto a Frank Launder, y reincidiría en el noir con frecuencia en trabajos como Green for danger, una intriga hospitalaria del 46 o London belongs to me en 48 y donde Richard Attenborough afianzaba su perfil de James Cagney inglés en una historia ya escorada hacia la delincuencia juvenil, otra variante del Noir Britania, pero limada pro al excéntrica comicidad de Alastair Sim), la frenética They made me a fugitive (1947) de Alberto Cavalcanti y la memorable It always rain on Sunday (1947), un crudo melodrama (su huella en el Noir Britania puede verse todavía en las partes de Los Kray desarrolladas durante al infancia del dúo)rodada por el gran Robert Hamer para la Ealing con su habitual mezcla de géneros y su excepcional ojos para el retrato de personajes y ambientes o Noose (1948), casi con forma de comedia negra y protagonismo para la importación norteamericana Joseph Calleia bajo la dirección estilosa de Edmond T. Greville. Rasgos del ciclo spiv todavía se pueden ver en el Night and the City (1950) del refugiado del macarthismo Jules Dassin (no llegó solo, allí desembarcaron también Cy Ebndfield o Joseph Losey)  o en Pool of London (1951), una producción Ealing con acento en el realismo social acometida por los especialistas de Basil Dearden y Michael Reph, que incluye una insinuación de relaciones interraciales sobre la cual el propio Dearden reincidirá en Sapphire (1959).  En cualquier caso vuelvo a remitir al extraordinario Realism and Tinsel: Cinema and Society in Britain 1939-48 y ya regresaré sobre el tema próximamente.

Brighton Rock versión 2010, dirigida por Rowan Joffé hijo del temible Roland Joffé aparece como un pájaro raro pero menos, paradójicamente adscrito a un modelo tradicional (y con incrustaciones de otros, como se verá), en el contexto del brit-noir presente. Dominado por dos corrientes tangenciales: las películas sobre hooligans y las de gangsters cockneys. Las dos parten de raíces distintas, una del realismo documental de Alan Clarke y otra del lujo trash de Guy Ritchie pero las confluencias que rápidamente se dan entre una idea del post-free cinema y de los tópicos gansgteriles post-Asesino implacabl las mezclan rápidamente. La escuela escuela realista que debe rastrearse hasta las obras de los 80 de Alan Clarke, principalmente el telefilm The Firm (1989), donde Gary Oldman lideraba una firma de fanáticos del West Ham, la Inter City Firm. El carácter seminal de esta película queda reflejado en el reciente remake por parte del contumaz Nick Love, líder del cine inglés de bajo presupuesto, entretenimiento británico para los británicos, que resucitó el interés por las hinchadas y su ligazón con los sub-mundos criminales en The Football Factory, allá por 2004. Con estilo torpe pero resultón, economía de medios facilitada por las cámaras digitales y jeta espontaneista,  Love y su compinche, el sub-actor Danny Dyer, convertido en celebridad gracias a sus programas televisivos sobre las aficiones británicas o los criminales más populares del Reino Unido, son los responsables del crossover entre ambos exploits que nacen con la idea de aprovechar el éxito taquillero y el nuevo impulso estético del cargante Guy Ritchie y sus Lock & Stock (1998) y Snatch (2000) en la comedia Goodbye Charlie Bright (2001). A partir de aquí director y actor plantearán, a la búsqueda de un guiño legitimador, su propia versión de The Hit (Stepehn Frears, 1984)o Sexy Beast (Jonathan Glazer, 2001) en The business (2005), con una macarras londinenses  fugados a la costa marbellí de los 80, la cual era paraíso de los hampones británicos. La carrear ade Dyer resulta impracticable, rueda a ritmo de 3, 4 o 5 (sub)producciones al año, todas del mismo tono y proporciones, todas con el mismo corte de personaje. Se puede escoger una especialmente significativa: Pimp. Un subproducto del  2010 dirigido por Robert Cavanah, un habitual característico de rostro petreo que aquí dirige y protagoniza el film como un chulo de putas con problemas con sus jefes. El villano corre a cargo de un Dyer penoso, empeñado en ser un duro cockney a lo Bob Hoskins con su físico mantequilloso y su rostro mofletudo de ojillos juntos. Un wannabe lamentable.

Mirando de cerca la naturaleza básica de  este título y extrapolándolo de forma legítima al contexto del bajo presupuesto británico no cuesta sacar paralelismo con las tácticas, maneras,formulaciones e intenciones (comerciales) de la blaxploitation norteamericana de la década de los 70. Ambas repiten esquemas y glorificaciones y ambas se dirigen a un nicho de público determinado que quiere verse reflejo en pantalla con una mezcla de autenticidad y mixtificación. Pero contra lo que pueda parecer la corriente del cine hooligan se ha apartado pronto de la plasmación inmediata de laInglaterra de hoy y ha preferido una mirada historicista al movimiento y sus mitos, lo cual la entronca todavía más con el cine gangsteril de la isla por un lado –las biografías de Carlton Leach en Rise of the footsoldier (Julian Gilbey, 2007) o de Cass Pennant en Cass (Jon S. Baird, 2008), quien fuera precisamente líder de la Inter City Firm. Entre ambas dan una visión más que interesante de la sociedad, las subculturas y la criminalidad británica desde los 60 hasta los 90- y se extiende por el otro a la deriva histórica del país vista a través de movimientos juveniles revulsivos y

violentos, como queda reflejado en Awaydays (Pat Holden, 2009) o This is England (Shane Meadows, 2006) con respecto a la Inglaterra post-punk y tatcherista.

Sobre todo esto también volveré en breve a fin de plantear un cuadro completo sobre el Noir Britania y sus múltiples formas interrelacionadas; porque no se puede olvidar que ya en los 50 se desarrolló una parcela del thriller dedicada a las bandas juveniles, unos proto-angry young men capturados en títulos con coartada paternalista como The Blue Lamp, producto  Ealing de 1950 con la entonces estrella juvenil (y ya gran actor) Dirk Bogarde protagonizando o ya avanzando la década Violent playground (1958), con anti-héroe juvenil a cargo de David McCallum. Ambas dirigidas por el gran Basil Dearden, figura clave del brit-noir. Así vamos hilando y podemos ver como el free cinema y los planteamientos de John Osborne  no surgían de debajo de una piedra y que su rupturismo está tamizado por una herencia. De igual modo lo que vendrá después recoge influencias y construye un thriller, y un cine, que fusiona estas paternidades menos diferenciadas de lo aparente.

¿Puede verse entonces el cine hooligan como la mutación del noir de rebeldía juvenil de los 50 y el noir a lo Ritchie como lo propio con respecto al spiv, con el aprendizaje añadido del  thriller gansteril de los 70 (Asesino Implacable) y primeros 80 (El largo viernes santo)? ¿Y dónde encaja este remake de Brighton Rock? En un raro lugar intermedio, confluente y diferenciado a la vez: por un lado el film se entronca con las películas de movimientos juveniles cincuenteras vía figura protagonista –Sam Riley menos aniñado y tortuoso que el Pinkie de Richard Attenborough y más cercano a la tipología y el oscuro atractivo de Dirk Bogarde- y por otro con las revisiones del pasado  que presentan This is England o con la excusa futbolera en el caso Awaydays o Cass,  al trasladar la novela de Graham Greene de 1938 a 1964, epicentro del movimiento mod –los gemelos Boulting ya habían situado el film en su contemporaneidad posbélica de 1947, lo cual justificaba mucho mejor que la versión actual el hecho de que una banda tan pequeña como la de Pinkie controlase la entonces emergente Brighton y hace entendible su temor a ser desplazados por  una banda mucho mayor, la del mafioso organizado Colleoini dispuesta a ocupar la golosa plaza-. La secuencia de ruptura del film de Joffe, una doble traición, tendrá lugar en el histórico marco de la batalla campal por las calles y “piers” de Brighton entre mods y rockers durante el Whitsun Bank Holliday (entre el 18 y el 19 de mayo) de ese año. Mítica apoteosis de la nueva Inglaterra juvenil dramatizado en Quadrophenia por Franc Roddam en 1979. No resulta gratuito el modelo de moto customizada con espejos que usa el protagonista ni la presencia, evocadora y fetichista del los blancos acantilados del parque nacional de South Downs, las Seven Sisters, donde culminaba el film de Roddam (y que aparecían también en una escena clave de Los Kray de Medak).  Pero al final estos añadidos no van mucho más allá del fetichismo ornamental de la atractiva estética de trajes entallados y parkas ya que, razzia mencionada a parte, poca influencia tiene en el drama que el film suceda o no en 1964, ni siquiera se opta por una banda sonora Northern Soul o conformada por los grupos y solista de la época, de Lulu a los Who, los Kinks o los Small Faces, prefiriendo una sonoridad orquestal clásica. Tres cuartos de lo mismo sucede con el poderoso sustrato católico (en dos sentidos: el social, ambos son desclasados en al Inglaterra anglicana, y el psicológico, sus acciones están determinadas por la culpa y-o un tortuoso sentido autopunitivo de al religión)  de los personajes, tanto Pinkie como Rose (Andrea Riseborough), la pobre chica que este engaña para conseguir una comprometedora fotografía que le implica a él y a su banda en un asesinato, que se presenta subrayado en dos o tres escena pero nunca se desarrolla como un componente esencial del drama o de las traumáticas personalidades de sus protagonistas, al contrario que en la versión del 47 donde ese aspecto se integra con una sutileza ejemplar en los caracteres y motivos.

No se puede decir tampoco que Brighton Rock 2010 sea una mala película, tiene muchos problemas, es cierto, la mayoría acumulados en su confuso y deslavazado primer tercio donde todos, desde actores hasta guionistas o director, parecen terriblemente despistados, tanto como entonados están a partir de que la historia se enfoca de forma definitiva sobre Pinkie y Rose. Es, en general, un producto sólido, muy británico en ese sentido, de gustoso clasicismo, sobriedad interpretativa, a excepción de un afectado Andy Serkis,
y empaque algo televisivo, lo cual hoy no es algo malo. Lo que mas sorprende, y hasta irrita, es comprobar el signo de los tiempos actuando: en 1947 todo era más sórdido, más violento y más brutal.  No solo es algo que  afecte a la plasmación visual, el barroquismo agobiante en blanco y negro de los Boulting (crispante al tiempo que fascinante en la rebuscada ejecución de los diferentes asesinatos) sustituido por la sobriedad cálida del color azulado y ocre. Ni siquiera  a la idea de coquetear con la posibilidad de una amor real entre los dulcificados protagonistas; Pinkie es mucho menos sociópata y Rose es mucho menos idiota. Y además la mejor escena de toda su relación vuelve a ser la grabación de la despiadada declaración de amor de Pinkie, fusilada plásticamente por Joffe mediante una puesta en escena idéntica. Grabación que se recupera al final con el mismo giro irónico que le dieron los Boulting, contrariando el final original de Greene donde Rose si la escuchaba entera y no solo las ilusorias primeras palabras. Sino a un molesto ejercicio, general y particular, de mojigatería que lleva a convertir a un personaje memorable, la improvisada detective que rastrea a Pinkie hasta desbaratar sus depravados planes de suicidio inducido, de ser una patética buscavidas borrachuza que lo mismo lee la mano en las barras de los pubs que hace de corista en los espectáculos del  parque, una genial Hermione Baddeley con su risotada grotesca, a la respetable dueña de la pastelería donde Rose trabaja, interpretada con su proverbial clase y atractivo por al gran Helen Mirren. No puede menos que sorprender que en 1947 se pudiese ser mucho más crudo e implacable, para con el material y para con los espectadores que en 2010.

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