Los burgueses se tocan: Emmanuelle/Historia de O. Los 70 década erótica, “soft-core” publicitario para las masas

Los eróticos 70 en programa doble: “Emmanuelle” e “Historia de O”, una breve explicación de cómo Just Jaeckin y la publicidad cambiaron la percepción del sexo en la pantalla y lo vendieron como la moda que había que seguir.

La captura

Emmanuelle

Año: 1974

País: Francia

92 min.

Fotografía: Richard Suzuki y Marie Saunier

Música: Pierre Bachelet

Guión: Jean-Louis Richard según la novela, de  Emmanuelle Arsan, “Emmanuelle” 1959

Reparto: Sylvia Kristel, Marika Green, Daniel Sarky, Alain Cuny, Christine Boisson, Jeanne Colletin

Curiosamente “Emmanuelle” ya había sido adaptada sin ninguna trascendencia en 1969 como “Io, Emmanuelle” por Cesare Canevari y con Erika Blanc ocupándose del papel principal, así que ¿qué fue lo que hizo arrasar el mismo material solo cinco años después?, ¿cuál fuel resorte que se pulsó esta vez? El mayor mérito de “Emmanuelle” fue que abrió una espita que en no pocos aspectos ya estaba siendo forzada o más bien el haber tenido la habilidad y el ojo de saber que ese era el momento, que existía una demanda latente, un publico potencial que buscaba emociones respetables en mitad de los locos setenta (es ejemplar la desmesurada popularidad de la escenita del folleteo en el avión), la transgresión burguesa aparentemente lujuriosa y finalmente inofensiva de un revolución sexual más fantaseada que real.

El invento consistió básicamente en dar una pátina de respetabilidad al “soft”, por la vía de la estética publicitario/”arty” y el esteticismo lánguido con coartada literaria, un plus de respetabilidad que el subgénero repetiría insistentemente para atraer a las salas a un público en principio refractario a la escabrosidad del cine erótico (o directamente pornográfico) y de igual modo sacarlo del circuito “bis” para colocarlo en cines de estreno, redondeando así una operación comercial ejemplar.

Así y aquí nació y se conformó un verdadero nuevo sub-género dentro de la siempre oportunista industria europea de la época, un “erotic-chic” que se hizo moda, el cine que había que ver con naturalidad para no pasar por mojigato, un fenómeno que guarda no pocas similitudes con el estallido socio-cultural que supuso el estreno de “Garganta profunda” en los Estados Unidos.

El resultado fue un éxito a niveles de fenómeno planetario que no solo convirtió a la película y a su personaje protagonista en mito popular sino que desató todo una oleada de imitaciones y secuelas, hasta fechas bien recientes con serie televisiva incluida y pasando Emmanuelle de actriz en actriz, destacando esa gloria “trash” que fue Laura Gemser, que aquí aparece como solícita masajista durante una sesión tailandesa que francamente cumple su excitante cometido.

La película en si vale más bien poco, un bodrio envuelto en celofán solo revisitable y digno de valoración desde ese punto de vista histórico y como pieza de incalculable valor sociológico, siendo un dechado de horterez endomingada y fantasía masculina con cierva sumisa y permanentemente dispuesta (un aspecto al que no es ajeno la elección de unas actrices lánguidas e inexpresivas pero insultantemente hermosas, auténticas “muñecas” de suspiro fácil y párpado extasiado), una sesión de educación amatoria de manos de hombres experimentados y bellas mujeres listas para la experimentación sáfica (esquema que se repetiría hasta la saciedad y que Jaeckin retomaría en esa “Historia de O” que tenéis un pelín más abajo), que paradójicamente y al igual que la gran mayoría de sus sucesoras se vendió como una especie de cine en femenino que reivindicaba una suerte de decisión sexual libre para la mujer con la ínclita Emmanuelle como faro y guía de comportamiento. Queda por tanto algún momento afortunado, la instauración de un corsé narrativo y estético (desde el aspecto turístico/exótico de sus escenarios, a la música meliflua, cortesía de Pierre Bachelet, dirigida a poner en situación receptiva al personal), desfachatez por toneladas y la imagen icónica de esa irresistible Emmanuelle, personificada por una Sylvia Kristel que hipnotiza igual que mirar un derrumbe.

La doma

Historia de O (Histoire d’O)

Año: 1975

País: Francia

105 min.

Fotografía: Robert Fraisse, Yves Rodallec

Música: Pierre Bachelet

Guión: Sébastien Japrisot según la novela de Dominique Aury (como Pauline Réage) “Historia de O” 1954

Reparto: Corinne Clery, Udo Kier, Anthony Steel, Alain Noury, Christiane Minazzoli, Martine Kelly, Nadine Perles

El siguiente paso en este repaso breve de las hazañas de temible Just Jaeckin en un film aún más vulgar y relamido, hortera hasta la nausea y que además tiene la grosería de dilapidar un material de partida inmejorable, otra vez la coartada literaria otra vez con escritora para dar aspecto de autenticidad, al que despoja de cualquier capacidad turbadora, fascinante o enfermiza para regodearse en la estética de “spot” de “Lovable” y el “flou” fotográfico del que “Bilitis” (1977) es dolorosa y estomagante cumbre, no en vano tanto David Hamilton (director de ese referido y de otra no mejor, pero ya de cuando el asunto declinaba, como “Tiernas primas”,1980) como Jaeckin era fotógrafos, uno más de modas y el otro tirando a artístico, de manera que exactamente eso fue lo que trasladaron a estas  películas, cuadros bellamente compuestos en el que figuras esbeltas retozaban en lentas coreografías atrapados en un éxtasis  de luz filtrada musicalizado para triunfar por el inevitable Bachelet copiando mal al gran Serge Gainsbourg, que por cierto trabajó en el “score” de “Madame Claude” en 1977. Algo así como la dignificación del “soft-core” para todos los públicos, listo para ser vendido en una caja de irresistible aspecto, la perfecta “pornografía para las masas” que el temible Jaeckin patentó en esa inocua y exitosísima “Emmanuelle” (y vuelta al principio).

Las hazañas de O carecen de atmosfera y verdadero peligro (pese a contar con un guión firmado por el interesante novelista criminal Sébastien Japrisot, autor también de “Largo domingo de noviazgo” o guionista de la espléndida “Adios, amigo”, uno de los grandes thrillers europeos de los 60 que Jean Herman dirigió para Delon y Bronson y que prometo rescatar), aunque así y todo guarden algunas imágenes de mérito (la mejor, y la única genuinamente turbadora, es la mirada de una O atada por las muñecas entre dos columnas, sudorosa, lacerada y así y todo desafiante)  y alguna buena idea (nadie es tan negado cuando la base es excelente) pero hay muy poco que rascar perdiéndose la perversión “sadiana” que mezcla placer/dolor, sumisión/control, amor/degradación, dentro de un juego a un tiempo cerebral y venéreo, donde los límites deberían ser difusos y el quién y como manda permanecer en la ambigüedad incómoda y fascinante. Un juego perverso de “puesta en escena” del deseo convertido en ritual que incluye, la quiebra de la personalidad y un proceso de animalización (presente también por cierto en el “Portero de noche” de Liliana Cavani) con marcado incluido que se desperdicia como si tal cosa.

Evidentemente cualquier sutileza se pierde o queda apabullada por un esteticismo asfixiante y un mal gusto rampante, del que vuelvo a incidir solo se escapan contados detalles escenográficos y de composición o vestuario. Para rematarlo está horriblemente interpretada (presencia incluida del estrafalario Udo Kier como amante inductor de la nuestra heroína) siendo la preciosa pero (nuevamente) insípida e inerme Corinne Clery incapaz de transmitir ni pizca de la pulsión autodestructiva y el desafío de su esquiva y tormentosa protagonista, un carácter femenino decidido a buscar el límite por si misma, imponiéndose en terreno masculino, que aquí es reconvertido en objeto, no por voluntad propia, sino como enésima plasmación de fantasías masculinas de disposición total.

Como lamento final recordar que Berlanga coqueteó largo tiempo con adaptarla y que Guido Crepax la trasladó al tebeo de forma ejemplarmente morbosa. Para otro día el erotómano polaco Walerian Borowczyk y “La bestia”

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