La risa grotesca: “Mr. Sardonicus”, el cine de feria de William Castle

Originalmente publicada en Cinearchivo: fichaDvd.asp?idRubText=6957
*Para William Castle una película no era tal sino involucraba al público del algún modo especial, ofreciéndole una experiencia extra de participación. El rey de los gimmicks, esos dispositivos y trucos secretos que iban desde sillas vibratorias a seguros de vida a cuenta de la posibilidad de algún infarto a cusa de los voltios de terror del film que tocase. Para El Barón Sardónicus se inventó una promoción tan refinada y cruel como lo era la tragedia irónica que se proyectaba en pantalla. Casi al final de la proyección Castel irrumpía en pantalla proponiendo a los espectadores participar en el “Punishment poll”, algo así como la rulleta del castigo. El público decidiría mediante unos pulgares luminosos colocados hacia arriba o hacia abajo que final prefería para el desdichado pero pérfido Sardónicus: el feliz o el terrible. La cura o el castigo. Con ejemplar sadismo el terrible ganaba pase tras pase. Era el único que en realidad se había rodado, el resto era barraca de feria, trucos deentertainer. Cine popular en un sentido verdaderamente estricto, más cerca del espíritu del feriante que del de cualquier productor hollywoodiense. «Pasen y vean», eso eran las películas de Castle.
   Con el elemento cardinal de la máscara impasible del protagonista tomado de la Christine de ese cuento macabro fascinante que es Los ojos sin rostro (1960) Castle decide acercarse a su manera al esplendor del cine gótico que al tiempo se estaba desarrollando en Italia, México, Inglaterra, Japón, España incluso y, por supuesto los Estados Unidos mediante el ciclo que sobre Poe desarrollaba Roger Corman. Para ello recurre a una historia de quien sería luego guionista para Corman en La obsesión (1962) y El hombre con rayos X en los ojos (1963), Ray Rusell, quien aporta una historia aparecida en Playboy poco antes.
  
Castle se alejaba de los asesinos y el terror contemporáneo para introducirse en un universo más clásico sobre el cual aplicar su pasión por lo truculento. Desde luego falta la sensualidad de Corman, el espartano blanco y negro está lejos del lujurioso sentido cromático de las versiones de Poe, pero el conjunto aparece como mucho menos tosco y primario de lo habitual en Castle, quizás por esa atmósfera romántico-victoriana de castillos y cementerios. Abundan así los destellos visuales, desde la lejana vista del castillo del Barón con siniestro aspecto de calavera sonriente (toda una premonición) a la magnífica secuencia de la exhumación del padre de Sardónicus; culminación del largo flashback que supone en si mismo una deliciosa historia de horror irónico, muy cercana al tono/estilo de los comics de la EC o de la futura Warren, que en realidad es el molde más cercano al resultado del conjunto, y no tanto la fidelidad, o directamente la explotación, de los patrones cormanianos.
  
Es en esos momentos de fricción entre el humor cruel y el (intermitente y algo romo) sentido de lo macabro que la película ofrece lo mejor de si. Si los segundos cristalizan en el rostro deformado, que a su vez a deformado una mente, de Sardónicus —un personaje trágico y delirante que un día fue un buen hombre y que terminó convertido en un sádico implacable con una sonrisa monstruosa en algún punto en El hombre que ríe de Victor Hugo y El Joker— los primeros, más allá del remate de las dos historias que contiene la película, lo hacen gracias a la burlona actuación del gran Oskar Homolka como el fiel criado Krull. Tuerto por la mano del Barón, su aspecto de sapo, sus miradas y su manera de moverse animan el conjunto. Además será su ansia de venganza, expresada de manera muy sutil por Homolka con el gesto de taparse pudorosamente el ojo tuerto con la mano, la que precipite el memorable final.*
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