Tokyo Drifter/Branded to kill: Seijun Suzuki, la plenitud de la bestia

La dupla definitiva de Seijun Suzuki, recopilación de todas sus obsesiones estético-conceptuales y piezas sobre las que se levanta un prestigio más que merecido; “Tokyo Drifter” y “Branded to kill”

tokyo-drifter_03pPrefiero el sabor de la estricnina pura

Tokyo Drifter (Tôkyô nagaremono)

Año: 1966

País: Japón

Fotografía: Shigeyoshi Mine

Música: Hajime Kaburagi

Guión: Kôhan Kawauchi

Reparto: Tetsuya Watari, Chieko Matsubara, Hideaki Nitani, Tyuji Kita

89 min.

Dinamitando con auténtico “pop art” y abstracción pictórica (usando el color como transmisor de sensaciones subliminales) una historia archiconocida de matón que quiere reformarse. Rebosante de un repertorio estético asombroso, desde ese prólogo en blanco y negro sin mezcla que anticipa por mucho el estilo del último Frank Miller (y del ” Alack Sinner” de Sampayo y Muñoz antes que el) hasta ese final puramente onirista y teatralizado, pasando por el uso de una escenografía de bloques monocromos (verdes, rosas, amarillos, negros, rojos, blancos) sobre los que los actores, el vestuario o el utillaje ejercen la función de manchas de color con las que se crean diferentes composiciones y texturas (autenticas instalaciones cambiantes según el encuadre o la iluminación).

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Un delirio estético rematadamente “sixties” que no teme al ridículo y mezcla musical (esa memorable canción titular que canta el propio Tetsuya Watari, actor luego de los inflamables “yakuza eiga” de Kinji Fukasaku), thriller, comedia de tortazos y recursos robados del teatro, amalgamándolo todo con un aire de absurdidad y fatalismo absolutamente arrebatador que certifican a Suzuki como uno de los grandes formalistas de la historia, a la altura de Welles, Melville, Fisher o Bava.

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Branded to kill (Koroshi no rakuin)3twatch107entryfull

Año: 1967

País: Japón

Fotografía: Kazue Nagatsuka (B/N)

Música: Naozumi Yamamoto

Guión: Hachiro Guryu, Takeo Kimura, Chusei Sone, Atsushi Yamatoya

Reparto: Jo Shishido, Mariko Ogawa, Anne Mari, Koji Nambara, Isao Tamagawa

98 min.

Seijun Suzuki agarrando la maza “dadá” y dedicándose a demoler cualquier sentido del tempo y del espacio cinematográfico, para, tras rebuscar entre los escombros, aplicar unos preceptos más cercanos a la pintura abstracta o a la gramática “jazzistica” que a cualquier otra cosa.

brabdedcover2El resultado es un film radical y delirante, más “nueva ola” que la “nueva ola”, que satiriza las convenciones del “noir” a base de estilizarlas hasta el absurdo, no existen los personajes como tales ( no hay dramaturgia, sino uso de tipologías) y la narración se vuelve asincrónica, contando con unas elipsis salvajes dentro de la misma secuencia o escena, una audacia formal que se mueve entre la inconsciencia y el experimentalismo de cuatro duros, y que le costó a Suzuki que le dieran la patada de la “Nikkatsu”. Con una puesta en escena libérrima y juguetona, repleta de encuadres imposibles (con esa fijación por colocar objetos entre los actores y la cámara para dividir el plano y forzar la visión del espectador) y combinaciones geométricas que aprovechan la arquitectura de los decorados, mezclando racionalismo y “pop-art”, un “score” átonal e hipnótico que suena a algo así como un cruce entre la bandas sonoras imaginarias de John Zorn y Barry Adamson con el “cool” de Miles Davis, préstamos del lenguaje y la estética del cómic (ese disparo a través de la cañería que Jim Jarmusch homenajeó en la estupenda “Ghost Dog”), expresionismo, simbolismo de herencia “kabuki”,… un festival de eclecticismo para dar forma (¿?) a una experiencia audiovisual que ni viéndose se cree. Si todo esto fuera poco hay que añadir una concepción del erotismo fetichista y enfermiza (el protagonista solo es capaz de excitarse con el aroma del arroz hervido), entre la parodia descarada y burlona y el frenesí “sadomaso”, genialmente interpretada por ese monstruo que es Jo Shishido, el mítico actor de los mofletes operados y especie de Klaus Kinski nipón, una personalidad inimitable e imprevisible, perfecto para el universo imposible de Suzuki.

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Una reinterpretación del género refractaria a cualquier ortodoxia y, desde luego, nada complaciente, sino agresiva para con el espectador, al que desafía a través de una concepción ácrata del lenguaje y a una estrangulación de las convenciones y las expectativas, el resultado es la plasmación más pura del sentido del cine del autor, quizá la única vez dónde hizo todo lo que quiso, hasta el punto en que intento reeditarlo con un pretencioso y agobiante (auto) “remake” , la fastidiosa aunque nada despreciable “El baile de los sicarios” (“Pistol Opera”), demencial merenguenado de surrealismo “kitsch” y estilización hasta el absurdo.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. paco bas dice:

    A ya vi tienes ahi unas críticas de Suzuki y sale en una Tetsuya Watari el de los Graveyard de Fukasaku

    1. Je, je…si son de le época primitiva del blog. Mucho más cortas. Encima la entrevista en tres trozos con Suzuki la borro youtube.
      Watari protagoniza Tokyo Drifter con la cara de galán aniñado que tenía entonces. En Japón era el terror de la nenas en aquellos años. Luego se empeño en cambiar su imagen y estilo interpretativo y Fukasaku le ayudó de manera clave con aquellas películas y personajes tan extremos.

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