Milán tiembla: la policía pide justicia. Coches, plomo y política, el “poliziottesco” de Sergio Martino.

Primera aparición por aquí pero no la última del admirable profesional Sergio Martino, director por el que siento cierta debilidad y que cuenta con una filmografía durante los años 70 nada despreciable especialmente en los terrenos del “psicogiallo” (o “guarrigiallo” según salerosa nomenclatura de Carlos Aguilar) con títulos tan deliciosos y sugestivos como “La perversa señora Ward”(1971), “Vicios prohibidos”(1971) o la más célebre pero no mejor “Todos los colores de la oscuridad”(1972), trilogía a mayor gloria de la sexy miope Edwige Fenech (para quién también facturó un puñado de comedias eróticas) que continuaba con la línea entre escabrosa y rocambolesca abierta por Umberto Lenzi a finales de la década anterior. Eso descontando otros dos títulos tan excelentes como “La cola del escorpión”(1971) o la ya mítica “Torso”(1973), trabajos ambos que certifican las inquietudes de un director decidido a profundizar en los márgenes del género y a dar una visión personal del mismo alejándose de lo imitativo pero nunca de lo comercial. Dejando estos “gialli” pero otra (cercana) ocasión prefiero ahora desenterrar un “poliziottesco” casi fundacional o más bien eje (junto a por ejemplo “La policía detiene, la ley juzga” de Enzo G. Castellari) entre los “spaghetti-denuncia” con los que Damiani prefiguró el sub-género (con “Confesiones de un comisario” de 1971 a la cabeza) y el advenimiento de las nuevas, más elementales y demagógicas (pero no menos disfrutables e incluso extrañamente lúcidas en su progresiva brutalización) maneras de los “poliziotteschi” de Lenzi, Castellari o Stelvio Massi.

En este “Milán tiembla: la policía pide justicia” el asesinato en plena calle del más honrado y cabal comisario milanés acabará por poner fuera de sí a un indoblegable policía que tiene problemas para no excederse en sus métodos, la larga escena de presentación consiste en una aparatosa fuga de un tren durante la que los criminales asesinan a una niña, de tal modo que cuando sean finalmente cercados el protagonista no tendrá empacho en tirotearlos por las bravas.

De tal modo que por esta acción (y por su empeño en desentrañar el asesinato de su amigo, algo que parece no sentar bien a sus superiores, como siempre vamos) será apartado del cuerpo y decidirá infiltrarse en el sub-mundo lumpen (donde no faltan golfantas de buen corazón, revolucionarios de vía estrecha y por supuesto drogatas medio hippiosos) y en el crimen organizado de la ciudad alquilándose como conductor (lo que da pie a que Martino se luzca en unas célebres escenas de persecución que serían reutilizadas en no pocos títulos posteriores) para descubrir al asesino. Topándose con una intrincada red de corrupción y terrorismo con ramificaciones incluso dentro del propio cuerpo y es que no es sino su superior directo quién dirige (en escalafón intermedio) una conspiración de extrema-derecha con la colaboración necesaria del crimen organizado que busca propiciar un posible cambio de régimen a base de oleadas de delincuencia y acciones terroristas de falsos  grupos izquierdistas. Algo que no estaba alejado de lo que ocurría en la realidad, donde ambos grupos utilizaban similares métodos de confusión ideológica. Es decir unas sutilezas y complicaciones que superaban el confusionismo ideológico un punto viscoso que poco a poco iría medrando en el substrato del “thriller a la italiana”.

Así se cruza el ya mentado “spaghetti- denuncia” que aprovechaba este clima de galimatías sociopolítico y la violencia de los tristemente celebres “años de plomo” con las “Brigate Rosse” actuando a pleno rendimiento y la “strategia della tensione” entre grupos de extrema derecha e izquierda radical, mezclados con oscuras tramas gubernamentales, infiltraciones mafiosas y todo tipo de intereses cruzados hasta conformar una era especialmente opaca y siniestra de la historia reciente de Italia. Este clima de urgencia, de inmediatez de crónica de sucesos se agitaba alegremente con y sin empacho alguno con de los réditos del exitoso “Harry el sucio” al más puro estilo del siempre atento y oportunista cine italiano de género, dando forma al arquetipo del “comisario di ferro” que con tanta fortuna encarnaría en breve Maurizio Merli, aquí aun rebajado o más bien enfocado de una manera más compleja al arrastrar todavía la tipología anterior, la de Franco Nero como policía honesto y sufriente perpetuamente torpedeado desde “arriba”, es decir el delineado de un carácter individualista, tenaz e indoblegable que no atiende más que a la justicia, un personaje fuera de un sistema que le asquea y que termina por luchar por un concepto de justicia primitivo y propio.

Martino pone en juego una realización ágil y con oficio explicitada en esa contundente secuencia de apertura y en las ya mentadas persecuciones automovilísticas y el guión resulta estar muy bien hilvanado, cortesía del fundamental Ernesto Gastaldi, mostrando una panorámica vigorosa de la ciudad de Milán influenciada por las novelas del excelente escritor Giorgio Scerbanenco y salpimentado con sus buenas dosis de violencia (sádica y gratuita por supuesto) y el agradable concurso de una gloria otoñal en pleno retiro europeo como Richard Conte ejerciendo de jefe mafioso.

Desafortunadamente el rol principal es perpetrado por el cetrino Luc Merenda, un ¿actor? con la expresividad de una pared de cemento recién cargada y que se mueve robóticamente dentro del encuadre y con quién Martino reincidió en otro par de thrillers bastante olvidados, “La polizia accusa: il servizio segreto uccide” y “Gambling City” ambas en 1975. Una lástima, por que el personaje de policía que se degrada y obsesiona con la justicia hasta darse cuenta de que el sistema lo aplastará sin remisión resulta excelente (o al menos tiene verdadero potencial) y merecía un interprete del talento del enorme Tomás Milian o al menos del carisma de los divos italianos frecuentadores también del sub-género como Fabio Testi o el mismo Franco Nero. Aun así el conjunto no está nada mal, se sigue con interés gracias a su buen ritmo y  su pesimista final (una imagen de cierre fantástica, encima) que eleva la película sobre la media de un cine a recuperar y analizar con detenimiento, que no solo servía un espectáculo feroz y colorista sino que ejercía como testigo y cronista ambiguo y gritón de un momento de la historia, por lo que ahora resulta un documento de no poco valor.

Milán tiembla: la policía pide justicia (Milano trema: la polizia vuole giustizia)

Director: Sergio Martino

Año: 1973

País: Italia

104 min.

Fotografía: Giancarlo Ferrando

Música: Guido De Angelis y Maurizio De Angelis

Guión: Ernesto Gastaldi

Reparto: Luc Merenda, Richard Conte, Martine Brochard, Silvano Tranquilli, Carlo Alighiero, Lia Tanzi

Anuncios

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Yo también gusto de un artesano como Martino, a medio camino entre el genio de Bava y el trazo grueso de Lenzi. Esta todavía no la he visto pero, una vez más, apunto la sugerencia. Una lástima el no-protagonismo de Nero o Testi, como bien señalas. Estas pelis les van al pelo.

    1. esbilla dice:

      Estupendo Martino, es una debilidad personal, como Valerii o Sollima, aunque estos eran superiores, sus gialli son estupendos, con personalidad (y Edwige Fenech) y en eso en el derivativo cinema bis italiano no es poco. Merenda era malo, malo (aunque en “Pensione Paura” resulta excelente como gigoló viscoso) igual que George Hilton con el que Martino también trabajó bastante, así que o bien le gustaban estos actores inexpresivos o bien no daba para más el presupuesto, seguramente esto segundo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s