“Tienes que ser de los buenos, hijo; porque ya hay demasiados malos” : Los protectores, el mejor western de Walter Hill solo se ve en televisión

Cuando nadie lo esperaba Walter Hill resucita y lo hace en la televisión y a través de un género que parece ya tan anacrónico como parecía el mismo; el western. De tal modo “Los protectores” no solo supone la mejor película de Hill en muchos años sino su mejor aportación al cine del oeste, por encima de la célebre “Jinetes de leyenda” y de ese nada desdeñable experimento sobre la creación del mito que es “Wild Bill”, al que aplica ese tratamiento que equivocadamente se tiene por clásico, cuando en realidad no loes, o no lo es completamente. Lo clásico en Hill resulta cercano a los planteamientos de Clint Eastwood, al igual que el Hill es también es un cineasta de los 70, es decir directores que heredaban los géneros clásicos y les aplicaban una visión moderna, que paradójicamente el espectador actual percibe ahora como clasicismo. Además este título excelente engarza con una doble corriente americana, por un lado la de su excepcional producción televisiva (la amc es la cadena detrás  de Mad Men, una obra maestra, nada menos) elevada a lo sublime durante la década de los 2000 (con presencia inevitable de otro western: “Deadwood” un trabajo que se sale por las costuras del género y cuyo magisterio y shakesperiana audacia dejan boquiabierto) y por otro la revisión genérica que con cuentagotas va dejando aquí y allí un título tras otro y donde pueden encontrarse cintas tan interesantes como la magnífica “Open Range” (y que guarda más de una concomitancia con este trabajo televisivo) que dirigiera Kevin Costner en 2003 o la muy reciente “Appaloosa” también con otro actor tras la cámara (¿significará algo?, pronto por aquí en sesión doble) en este caso Ed Harris, o incluso ese extraño y abrupto western abstracto que es “Enfrentados” dirigida por David Von Ancken también en 2006, aunque claro no todo es bueno, ni siquiera interesante, y ahí queda el nefasto remake de “El tren de las 3:10”(2007) que James Mangold perpetró con arreglo a una lógica de engorde y vulgarización que convierte el tenso original en un combinado de acción pirotécnica y psicologismo de parvulario.

Lo que este magnífico “Broken trail” ofrece sin engaño ninguno es un “western” de “línea clara” en el que unos hombres hacen lo que hay que hacer, sin heroísmos. Ni por lástima, ni por piedad, por decencia. Vaqueros íntegros para una película íntegra, porque aunque se trate de una miniserie y ciertos resabios televisivos supongan un lastre (el abuso de la planificación corta en algunos momentos y sobre todo uno feos “zooms” de reencuadre) el resultado es cine puro, cine impregnado hasta el tuétano de la inimitable narrativa del “americana”, una mezcla de lirismo y fisicidad, un tempo armónico que fluye con naturalidad pasmosa, quizá el valor más genuino del cine, la música y la literatura norteamericanas.

Naturalismo y mito, espacios abiertos y hombres cerrados. El recorrido de los curtidos “cowboys” y la jóvenes chinas a las que pronto se une una veterana prostituta, agradecida recuperación de la esplendida Greta Scacchi y sus fatigados ojos, a la que ayudan a escapar de un no muy recomendable pueblo, hecho que pondrá sobre su pista al antiguo amante/protector de esta, un violento “hitman” de pocos escrúpulos que nos es presentado en la estupenda secuencia de apertura del segundo capítulo despachando a un antiguo compinche al que encima le quema la casa, se convierte así en un viaje en toda regla, un relato de aventuras a la vez iniciático y de recapitulación, recordar que los vaqueros hacen su último trasporte de ganado antes del retiro, antes del fin de los pastos libres. La itinerancia representando el cambio, la movilidad erosionando las pieles duras y la desconfianza, el cariño y una curiosa noción de “familia” naciendo de la necesidad de unos personajes solitarios.

Un camino, “el camino” como concepto vital, lleno de encuentros y peligros, desde vendedores bocazas que te acaban robando a comerciantes que solo venden tifus y mantas emponzoñadas (y que protagonizan una escena especialmente chocante, Duvall se pone rápidamente en guardia y antes de que podamos saber quiénes son ya los ha despachado en una rápida refriega), violinistas reconvertidos a vaqueros por ayudar a una dama, caballos a los que hay que disparar aunque duela y no guste,…. una historia, al fin, de aprendizaje y experiencia en el que los personajes se definen por lo que hacen y no por lo que dicen y a la que se añade un tono levemente elegiaco al estar punteado por la liturgia de la muerte, por esa breve y bellísima oración con la que el veterano Prentice Ritter despide a cada nuevo enterrado (“We are all travelers in this world. From the sweet grass to the packing house, birth till death, we travel between the eternities.”), una plegaria que Hill usa con inteligencia y sensibilidad como metáfora de toda la serie.

Otro de esos detalle que certifican lo rematadamente bien dirigida que está, lo minuciosamente pensada por un Walter Hill superior, en su mejor trabajo desde la ya antañona “La presa”, aplicando ese referido clasicismo revisitado, bienvenidos detalles historicistas, verismo escenográfico, sentido del humor (Prentice es incapaz de entender los nómbre de las chicas así que decide numerarlas, el torpe cortejo de Tom Harte,…) y mucha humanidad, sin miedo a usar el tópico o a bordear un romanticismo desusado, especialmente esa magnífica escena de la conversación medio vergonzosa entre los personajes de Duvall y Scacchi, un dúo baqueteado y algo oxidado pero nunca quejoso, una charla al borde del río que cita sin ningún reparo el más celebrado momento de “Dos cabalgan juntos”. Soberbiamente interpretada, no solo por los impagables andares arqueados y la gramática parda de Robert Duvall (que ya había probado el medio con “Lonesome Dove”  junto a Tommy Lee Jones, otra miniserie western dirigida por Simon Wincer en 1989 adaptando a Larry McMurtry, una trabajo que aún no he visto pero que al parecer no carece de valores) sino también por la ternura, el amargo y la violencia (cuando debe recurrir a las armas ni dudad, ni pestañea, pero es evidente que no se siente cómodo ante su facilidad para matar) que se adivinan tras la hosquedad de Thomas Haden Church y cuenta encima con un “score” brillante en el que participa el exquisito Van Dyke Parks, músico de culto donde los haya.

Sin alardes, violenta cuando debe serlo, bella sin esteticismos, emocionante y con alguna concesión disculpable, que empaña pero no anula unos logros mayores. Una buena historia, con esa tristeza de fin de los tiempos que conmueve de verdad.

Los protectores (Broken Trail)

Director: Walter Hill

Año: 2006

País: Estados Unidos

90 min. x 2

Fotografía: Lloyd Ahern II

Música: David Mansfield y Van Dyke Parks

Guión: Alan Geoffrion

Reparto: Robert Duvall, Thomas Haden Church, Greta Scacchi, Scott Cooper, James Russo, Gwendoline Yeo, Chris Mulkey, Rusty Schwimmer, Valerie Tian, Caroline Chan

Anuncios