“I stepped into an avalanche”: Lo importante es amar, Andrzej Zulawski deja a Romy Schneider entre las ruinas

“Your pain is no credential here,
it’s just the shadow, shadow of my wound”
Leonard Cohen

Como al parecer el sanguineo universo de excesos del polaco Andrzej Zulawski llamó la atención o al menos despertó cierta curiosidad con la entrada dedicada a “Diabel ” y a “La mujer pública” vuelvo a traerlo con la que es su cinta más popular y quizás su obra maestra, esa capital del sufrimiento que es “Lo importante es amar”. En su momento todo un “film escándalo” que aún hoy sigue perturbando principalmente por su machacona sordidez en todos los frentes (sexual, moral, estético…) y por la contundente explicitud de algunos momentos (la celebérrima orgía, si) y que fuera vendido en su momento al rebufo de ese ya mítico “El último tango en Paris”. Ciertamente algo de eso hay pero mucho más complejo, ambicioso y temerario que en la mayoría de los filmes que se pegaron a esta corriente rápidamente degradada (el “Portero de noche” de Liliana Cavani por ejemplo) y que resultó ser un éxito sobre cuyos bárbaros logros reincidió fastidiosamente Zulawski en títulos posteriores (“La mujer pública” o “L’amour braque”, por ejemplo) hasta dejarlos sin ningún efecto o convertirlos en desmesurada parodia. Pero no aquí, “Lo importante es amar” permanece hermética y sin embargo expansiva, cargante y adictiva, necia y verdadera, en cualquier caso prodigiosa.

Un film totalmente desquiciado que muestra la tortuosa historia de amor entre un fotógrafo en horas bajas, obligado a trabajar como retratista de oscuras orgías y numeritos sádicos, y una frágil actriz de cuarta fila al borde de la depresión y de pasado más bien turbio a su vez casada con un cinéfilo mitómano de carácter infantil. Para sacarla del pozo y a la vez conquistarla montará sin su conocimiento una obra de teatro que devuelva por igual dignidad e ilusión a su amada, para ello financia la puesta en escena de una versión (o así) de “Ricardo III” cortesía de un director/actor por completo estrafalario y demente, Klaus Kinski, no podía ser otro. Por desgracia tendrá que recurrir a trabajos cada vez más sucios en sociedad con una pareja de beatíficos abueletes que en realidad controlan los bajos fondos de la ciudad, y así se compone el drama.

Lo que no deja de ser la traslación de una típica historia decimonónica sobre el triunfo del amor (los personajes principales nunca llegarán a follar, viven del ideal) sobre la más abominable penuria y la más degradante sevicia es convertido por la hormigonera de Zulawski, en el melodrama total, a la vez pretencioso hasta el delirio y magnético como un accidente. Una película rodada del modo más enfebrecido, altisonante y autoconvencido posible que incluye un juego de espejos metalingüístico que se vale de una narración circular y simbólica  abierta con una escena brutal (pero falsa) en lo que descubriremos es el rodaje de una película tirando a zetosa, durante el que el personaje de Romy Schneider no logra decir “te quiero” al ensangrentado hombre que tiene entre sus piernas y que se cierre con una secuencia análoga y todavía más violenta en la por fin susurra ese “te quiero” a su amante maltrecho y magullado con una autenticidad desoladora y emocionante (aunque paradójicamente igual de falsa porque seguimos dentro de la ficción es decir, vemos a la actriz lograr decir su frase) un intento imposible a un tiempo cerebral e irreflexivo que enfrenta y difumina la realidad de lo filmado y la realidad misma.

A lo que se suma  un alarde estético constante a base de un trabajo de cámara asombroso y una música tremenda de un George Deleure conmovedor. Además claro de esa dirección de actores que es la marca “Zulawski”, básicamente un tratamiento de choque consistente en desmelenarlos hasta la histeria, entre furores y reacciones aterradoras de puro incompresible. Un dispositivo actoral desarrollado entre estallidos de demencia y una fascinación malsana por la autodestrucción explicitada en la escalofriante presencia de una Romy Schneider que hace temblar el celuloide con su belleza devastada inmersa en una operación peligrosísima al representar en pantalla una impúdica y descarnada versión de si misma, una exposición escalofriante solo equiparable al Brando de “El último tango en París”.

Kinski por supuesto, se encuentra a sus anchas en medio del manicomio y se crece en la falta de control realizando una de sus más memorables “performance”, y entretanto Testi (un actor excelente al que se le da bien poco crédito, por cierto), que sabe volver a su favor la perplejidad que le provoca todo lo que le rodea, y el carismático cantante francés Jacques Dutronc, aguantan el tipo y salen bien parados de dos papeles complejos y por momentos ininteligibles, especialmente el de Dutronc, especie de payaso triste (algo explicitado en un momento en el que se maquilla como tal pero ya avanzado en su presentación incongruentemente vestido en pijama sin pantalón, gabardina y zapatos, pegando brincos y hablando sin parar mientras hace el desayuno y bailotea con un paraguas) que se hace el tonto para no sufrir ni hacer sufrir y finalmente convertido en suicida cuando se vea obligado a reconocer la realidad: su actriz es de carne.

Así Zulawski fuerza al espectador a través de sus actores, de su puesta en escena furiosa, de sus diálogos literarios e inflamados, de su constante balanceo entre la fealdad morbosa y la belleza más desarmante, obligándonos a presenciar un espectáculo del dolor y la desolación, que no tiene miedo ninguno al ridículo ni conoce el significado de “autocontrol”, una inmersión sin medida en el arrebato, en el abismo verdadero, que puede espantar y repugnar, poner en trance o provocar carcajadas.

Lo importante es amar (L’important c’est d’aimer)

Director: Andrzej Zulawski

Año: 1974

País: Francia

105 min.

Fotografía: Ricardo Aronovich

Música: Georges Delerue

Guión: Andrzej Zulawski según la novela de Christopher Frank, “La Nuit américaine” 1972

Reparto: Romy Schneider, Fabio Testi, Jacques Dutronc, Klaus Kinski, Claude Dauphin, Roger Blin, Gabrielle Doulcet, Michel Robin, Guy Mairesse

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