Las cuclillas de Stepford: ciencia-ficción, paranoia femenina, sátira social y desafios a la masculinidad en “The Stepford wives”

The Stepford wives

Director: Bryan Forbes

Año: 1975

País: Estados Unidos:

110 min.

Fotografía: Owen Roizman

Música: Michael Small

Guión: William Goldman según la novela de Ira Levin, “The Stepford wives” 1972

Reparto: Katharine Ross, Paula Prentiss, Peter Masterson, Patrick O’Neal, Nanette Newman, Tina Louise, Mary Stuart Masterson

Especie de cruce entre “La semilla del diablo” también basada en un libro de Ira Levin (con guión nada menos que de William Goldman) y la admirable “Almas de metal” de Michael Crichton que presenta una fantasía masculina de control y perfecta sumisión con un tono entre la pesadilla cotidiana y el humor siniestro (no en vano el “remake” dirigido en 2004 por Frank Oz como “Las mujeres perfectas” todo se escora abiertamente hacia la comedia) , resultando ahora un film algo añejo y no demasiado bien tratado por el tiempo, principalmente por plegarse excesivamente a las modas estéticas de la época (fea fotografía filtrada, “zooms” más allá de lo recomendable, etc…) y por una indefinición tonal que no siempre funciona pese a ser, paradójicamente, su punto de mayor interés.

De tal modo que se mueve con acierto intermitente entre la sátira social, la paranoia femenina y la ciencia-ficción posibilista con aciertos parciales en todos los campos pero sin lograr un conjunto verdaderamente sólido y coherente. Forbes filma con toneladas de oficio y cierta habilidad en el manejo del suspense resolviendo la progresión dramática con inteligencia, sabiendo dejar miguitas de inquietud como el dibujo que hacen de la protagonista o el sospechoso accidente de coche de la esposa de O’Neal (una genial Nanette Newman) a la salida del supermercado, buen ejemplo de cómo crear un clima de extrañeza y ambigüedad (así mismo atina al ceñir el punto de vista a la protagonista dejando dudas razonables sobre la percepción de las cosas, una percepción que finalmente se revelará como acertada)  que se sostiene con cierta solvencia a lo largo de un relato de escasa inspiración visual, excepción hecha de fogonazos como por ejemplo: la sutileza inquietantemente cómica con la que retrata los interiores de las casa de las “mujeres perfectas” con ese “look” de anuncio de los primeros 60 (aquí el “flou” fotográfico si resulta un acierto) o el descubrimiento final que la protagonista hace de su doble de cuerpo escultural y ojos vaciados, un momento genuinamente terrorífico que acredita el buen pulso de Forbes (director británico que cuenta con algún otro título de interés al principio de su filmografía como esa extraña fábula sobre el universo infantil que es “Cuando el viento silba” de 1961 en la que unos niños toman a un convicto fugado por Jesucristo o la prestigiosa “King Rat” de 1965 con George Seagal como prisionero sin escrúpulos en un campo militar japonés un film en la línea del espléndido “Traidor en el infierno” de Wilder) para lo tétrico ya exhibido una década antes en aquella “Plan siniestro”, en la que una pareja de videntes falsarios secuestraban a una niña.

El conjunto está además ennoblecido por la presencia de dos actrices magníficas, la encantadora Katharine Ross que transmite mejor que bien la fragilidad y determinación al borde de la demencia de su personaje, una fotógrafa de ciudad que admite irse a vivir al campo, a la floreciente comunidad de Stepford para complacer a su estresado maridito sin saber que este tiene sus propias ideas sobre la felicidad conyugal,  y por supuesto la chispeante Paula Prentiss, comedianta nata aquí verdaderamente genial como amistosa vecina un punto marimacho, delenguada,  perpetuamente descreida y también recién llegada que protagoniza uno de los momento cumbres de la función: transformada en “mujer perfecta” recibe la espantada visita de Ross que termina por apuñalarla para cerciorarse de su corazonada robótica, esta se saca el cuchillo como si tal cosa y comienza a repetir maquinalmente sus funciones, ofreciendo café una y otra vez, una y otra vez en una escena memorable torpedeada por un uso horrísono de la banda sonora repleta de innecesarios y cantarines “bips”. A este esplendido dúo se une como villano de la función el carismático Patrick O’Neal (un actor desperdiciado y menos conocido de lo que se merece, brillante secundario y villano, que protagonizó una de las grandes obras maestras de John Houston, la semi-olvidada cumbre del espionaje “La carta del Kremlin” que tammbién podeis encontrar reseñada aquí) como el demiurgo a cargo de todo el invento que en un demoledoramente irónico latigazo resulta ser un ex-diseñador y programador de la Disney, nada menos, lo que introduce de rondó la noción de la idílica Stepford como parque de atracciones para el hombre superado y la vieja masculinidad resultando una curiosa reflexión sobre el fracaso de la virilidad y el cambió de roles durante los liberales 70 al presentar una comunidad/realidad perfectamente definida en la que el varón nunca verá su posición comprometida y en la que el tiempo ha dado marcha atrás.

Más allá de interpretaciones sociológicas y pese a que está por debajo de un culto desorbitado y más basado en lo que el film propone teóricamente que en lo que logra luego plasmar,se deja ver mejor que bien y encima contiene un cierre verdaderamente antológico: una larga secuencia luminosa en la que las perfectas amas de casa de Stepford hacen su  perfecta compra en un hipnótico ballet de saludos y carritos.

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