Hombre de destrucción masiva: mutaciones, reducciones y nostalgias del cine de acción. El Castigador/Punisher:War Zone, sub-cultura de videoclub

Pues si “The Punisher”. Una excusa tan buena como cualquier otra para echar un vistazo a la curiosa e(in)volución del cine de acción norteamericano, en este caso en su versión de bajo presupuesto. Dando pie para reflexionar superficialmente sobre la manera en la que el cine “con” acción de los 70 fue transfigurándose progresivamente (¿”Arma letal” como año cero?) a través de las dos décadas siguientes en cine “de” acción. Es decir cómo la agitación y la destrucción, cómo el movimiento, devoraron el resto en un fenómeno equiparable al cine pornográfico, en el que las escenas de transición o diálogo (cuando no las directamente narrativas) se convierten en peaje engorroso que enlaza las eyaculaciones/demoliciones. Un pequeño descanso entre lo espectacular que deje al público comentar los prodigios que acaba de presenciar.

Un estilo que tampoco no es ajeno a la “videojueguización” (valga el “palabro”) del cine  de entretenimiento (nuevamente fenómeno de eclosión en los 80) no solo en su vertiente estético-narrativa sino desde un prisma industrial y económico al llegar el mercado del videojuego a superar el del cine (el de la explotación en pantalla se entiende, de aquí también el desmesurado auge de los formatos domésticos y las versiones  y reversiones) provocando que las películas terminen pareciendo plataformas publicitarias desde las que vender el respectivo juego.

La reconversión del cine por una parte en “loop”, de cataclismo hiperrealista en cataclismo hiperrealista y por otra en una carera de una pantalla a otra de un nivel a otro que busca incorpora una noción de interactividad. Lo que supone que en no pocos aspectos (y como bien se han afanado en señalar gente como Jordi Costa o Jesús Palacios) un regreso a su naturaleza original de fenómeno de feria, de mágico carrusel de prodigios con el asombro agotador como único objetivo.

Seguramente un análisis de, por ejemplo, la saga “La jungla de cristal” sería mucho más apropiado para comprobar la elefantiasis que ha medrado en la concepción del género desde su magistral primera entrega hasta la fatigosa última sesión en la que John McClane ya tiene directamente superpoderes o dar un vistazo al aterrador universo de travellings circulares y cielos azules de Michael Bay resultase muchísimo más ilustrativo del planteamiento, e incluso la velozmente degradada serie “Matrix” fuese un objeto perfecto para comprobar esa influencia del videojuego,  pero este par de títulos separados por dos décadas (si, es cierto hay otro film intermedio de 2004 dirigido por Jonathan Hensleigh y protagonizado por el horripilante Thomas Jane peliteñido y todo, que confieso no haber visto ni tener intención de hacerlo, con lo que cualquier apunte sobre le particular será bienvenido) de cambios en la industria y el gusto ofrecen otras cosas y están mucho menos manidos, para que negarlo. Conectan además con la fiebre adaptadora que se a cebado en el “comic-book” americano en la actualidad y también con los intentos de finales de los 80 y  primeros noventa, en muchos casos productos acometidos al calor del éxito del “Batman” que en 1989 firmó Tim Burton. Más aún estos dos títulos sobre el Castigador incorporan otro aspecto: la nostalgia. La apelación al guiño cómplice (que en el cine actual parece inexcusable) y al recuerdo del la acción barata ochentena.

Vengador (The Punisher, El Castigador)

Director: Mark Goldblatt

Año: 1989

Pais: Estados Unidos, Australia

87 min.

Fotografía: Ian Baker

Música: Dennis Dreith

Guión: Boaz Yakin

Reparto: Dolph Lundgren, Louis Gossett Jr., Jeroen Krabbé, Kim Miyori, Bryan Marshall, Nancy Everhard

Primera y por comparación la menos mala de entre las versiones que del ideológicamente pantanoso personaje de la “Marvel” se han facturado y estrenada en España se como “Vengador”, por cierto, aunque su más exitosa explotación tuvo lugar en el mercado de los videoclubes, su ecosistema natural por otra parte.

La película tiene el acierto de comenzar “in media res” con una secuencia de asalto ala casa de unos mafiosos (análoga a la que abrirá el film de Alexander, por cierto y aquí no terminan los parentescos principalmente referidos a su tono primitivo y burrote o a detallen concretos como el uso del sistema de alcantarillas) a los que ventila sin más ni más y que se cierra con la aparición espectral del Castigador en medio del humo y el fuego. A partir de aquí la película se centra en la cruzada de Castle (en ex-policía para la ocasión) contra la mafia que asesinó a su familia que en un giro inesperado tendrá que tornarse momentánea alianza contra un peligro mayor que simbólicamente amenaza a los hijo de los jefes ítaloamericanos y en especial al del cruel nuevo líder de estos; un siempre estupendo Jeroen Krabbé. A su vez el vengador nocturno y encuerado será persegudo por una poli novata y u vetrano compañetro de Castle al que interpreta con su histrionismo habitual Lou Gosset Jr. Y hasta aquí el recuento.

Se nota el famélico presupuesto propio de los sub-productos de la New Wold, una productora que solo nombrarla da temblequera, en unas escenas de acción destrozona más bien escuchimizadas y rodadas con ningún criterio y mucho especialista dando el salto de la rana, aunque por el contrario y a modo de compensación las luchas cuerpo a cuerpo y los momentos puramente físicos están resueltos con la contundencia propia del cine de acción ocehentero.

Por su parte el guión carece de cualquier espesura (está escrito por Boaz Yakin, firmante de esa joyita “indie” de 1994 que fue “Fresh”) y desarrolla una trama esquemática que termina por desaprovechar tanto al personaje, como a su entorno de degradación ciudadana y paranoia justiciera, pero que  así y todo cuenta con aciertos parciales y deja entrever destellos de inteligencia en su mirada sobre “El Castigador”, al que pinta como un auténtico desecho, un psicópata de “look” costroso y macarra al que un Dolph Lundgren sorprendentemente apropiado presta su gesto monolítico, entre narcotizado y demacrado. Una inexpresividad que le va como un guante a la indiferencia ante la violencia ejercida por un vigilante surgido, literalmente, de las alcantarillas de la ciudad, un acierto escenográfico que subraya la sordidez del personaje y su carácter a un tiempo de desecho y de “reciclador” de desechos turbiamente necesario. Goldblatt se afana además con una puesta en escena de cierta elegancia e ingenio intermitente, los vertiginosos “travelling” por las cloacas acompañados de la voz en “off” de Castle o cierto gusto por la planificación envolvente y la claridad en la puesta en escena.

Por lo demás, un puñado de frases y diálogos lapidarios de efectividad macarra (es justamente mítico ese “work in progress” con el que Castle responde a qué le parece haber matado ya a no se sabe cuantos o el celebérrimo monólogo que le suelta al hijo del mafiso tras apiolar a su padre), algún detalle “pulp” focalizado en la villana oriental ejemplarmente sádica y su hijastra/guardaespaldas y sus mil cuchillas ocultas que mantendrá una pela cuerpo a cuerpo con el protagonista ejemplarmente montada y fotografiada en filtro rojo (perfecto ejemplo de la sequedad y la crudeza con la que la violencia está exhibida en la película) e incluso un homenaje final al “Yakuza” de Pollack en la refriega que cierra el film.

Punisher 2: Zona de Guerra (Punisher: War Zone)

Directora: Leni Alexander

Año: 2008

País: Estados Unidos

107 min.

Fotografía: Steve Gainer

Música: Christopher Franke

Guión: Matt Holloway, Art Marcum, Nick Santora y Kurt Sutter

Reparto: Ray Stevenson, Dominic West, Julie Benz, Dash Mihok, Doug Hutchison, Wayne Knight.

Tercera versión de la hazañas de “El Castigador” sin mayor relación con la anterior (aunque si con la primera pero más a modo de guiño/homenaje que otra cosa) y rematadamente mala o más bien nuevamente desaprovechada. Un título cazurro al que solo redime su desembozada cualidad de subproducto remitente a la edad de oro del “direct to video” en versión anabolizada y precisamente a los videoclubes fue a dar en una especie de llamada de la selva para ocupar su lugar en el mundo.

Partiendo de un guión (¿?) más simple que un sonajero (“El Castigador” es asaltado por las dudas tras matar a un policía de incógnito; una propuesta interesante que deriva a la velocidad de la luz hacia el destrozo descerebrado en una tercio final que deja en ridículo la palabra ridículo moviéndose entre la ultraviolencia hiperbólica y el melodrama de chiste) que reduce los personajes a caricaturas sin gracia y que se dedica, también estéticamente, a plagiar (mal) de todos lados con un tono televisivo y plano y especialmente a someter a todo el invento a una especie de “batmanización” necia y burda al personaje y su universo.

Con referencias visuales constantes a los filmes de Nolan (las machaconas panorámicas, picados y contrapicados sobrevolando la ciudad y los edificios iluminados) y Burton (el origen de “Puzzle” y la escena en la que le retiran las venadas reconvirtiéndolo en primo tonto del “Joker”, al que se imita hasta en el colorista vestuario, una caricatura penosa mucho menos amenazadora que Ledger y aún más histriónica que Nicholson, cortesía de un lamentable Dominic “McNulty” West al que parece haber mirado un turrto en su olvidable carrera cinematográfica) y robos de la iconografía del tebeo, desde la “castigacueva”, hasta la secuencia de presentación (de lo mejor de la película por otra parte, verdaderamente brutal y sorprendentemente estilosa) en el banquete, que con una mano saluda a la primera entrega del personaje mientras con la otra roba por la cara del “Año Uno” de Miller y Mazzuchelli.

Carente de cualquier personalidad y gusto, reducida a “exploit” arrastrado del éxito ajeno, solo alegrada por lo desorbitadamente cafre de sus escenas de acción y violencia (que incluyen gráficas tomas de cabezas reventadas, estalladas, aplastadas…), donde si supera a las melindrosas adaptaciones coetáneas y refleja con contundencia el gusto por la casquería y el exceso de la magnífica etapa de Garth Ennis y Steve Dillon en el personaje (no así su humor negro e hiperbólico, que solo asoma en un par de momentos, por ejemplo: Castle se cepilla de un misilazo a un saltarín delincuente que va de tajado en tejado ultimándolo en pleno vuelo), y por la rotunda presencia de un Ray Stevenson que parece pertenecer a otra película, a una mejor claro, perfecto no tanto por haber escapado de una portada de Tim Bradstreet, como por la seriedad que imprime a Frank Castle (y eso que los ridículos “flashbacks” no ayudan precisamente), una máquina de matar que solo está paz durante el fragor de la carnicería, fuera de esta ceremonia un hombre perseguido por un nubarrón negro, reconcentrado y perpetuamente ausente. Un apunte de lucidez sobre un personaje devorado por el fragor de un film montado con una “minipimer” y rodado por Leni Alexander del peor modo imaginable: sin criterio en la planificación, sin idea de la narratividad y presa de una constante aceleración que atropella cualquier apunte mínimamente jugoso, quedando todo en el peor lugar posible: una tierra de nadie en la que ni es un film fiero y corajudo, un thriller primario sin miramientos, ni tampoco un tebeo hemoglobínico-oscurillo despendolado y repleto de neón.

La cosa se redondea, es un decir por que el resultado es tirando a cuadrado, con lamentables actuaciones (la de Doug Hutchinson como hermano todavía más tarado de “Puzzle” da verdadero repelús), momentos tan penosos que hacen pensar en si nadie se daba cuenta mientras se rodaban (el ralentí en la llegada a la casa de la viuda del agente encubierto a la que interpreta Julie Benz, por ejemplo) y detalles inopinadamente “kitsch” (esa iglesia verbenera que hace dudar sobre las intenciones paródicas del conjunto, intenciones que de ser reales obligarían a reconsiderarla como pieza maestra) acaban por descalabrar un conjunto mostrenco que vuelve a dejar escapar las enormes posibilidades de un gran personaje, la contrafigura del héroe inmaculado, la turbiedad moral del vigilante y la imposibilidad de la venganza eterna. Un gran personaje cuyas adaptaciones no llegan ni a rascar la cáscara abandonado cualquier complejidad y cualquier reflexión a cerca del “vigilantismo” o del carácter  de western urbano que planea sobre esas historias de un hombre en blanco y negro que paradójicamente se mueve en un mundo de grises, un anti-héroe brutal que lucha por una sociedad a la que espanta y fascina por igual y que pide a gritos desde la cara menos colorista de la “Marvel” un tratamiento en crudo.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Totalmente de acuerdo. Al primer Punisher lo salvaba su desacomplejada adscripción a la serie B de videoclub, amén de esa estética tardoochentera que tan bien le va al personaje. Y cabe destacar que no es porque la miremos desde la óptica de nuestros días: ya en su época tenía unas formas cinematográficas trasnochadas… la primera Jungla de Cristal se había estrenado sólo un año antes, mientras que el mismo año de su estreno debutaba el Batman de Burton por todo lo alto.

    Respecto al Punisher de Thomas Jane… pues decir que es un auténtico horror. Más, si cabe, que la versión de Alexander, aunque a nivel formal se queda a medio camino entre una y otra. Me explico: el Punisher de Hensleigh se enmarca en esa primera oleada de productos procedentes del cómic –francamente desastrosa– que sobrevino tras la primera parte de Spiderman; se creía que el mero contenido heroico era rentable, y lo que se ofrecían en realidad, más que películas, eran episodios pilotos –apenas hora y media de metraje– de malas series televisivas… sin ninguna imaginación, con una puesta en escena bochornosa y con tramas ridículas. Pero lo que es peor: al mismo tiempo, llenas de pretensiones. Ésta para colmo tuvo la desgracia de contar con un inexpresivo Thomas Jane y con un actor tan limitado y tendente a la sobreactuación como es Travolta. Si ello sumamos, en un personaje que debe tender a la hiperviolencia (se puede hacer desde la estética), la voluntad castrante y manifiesta de evitar el temido NC-17 nos queda un auténtico horror.

    Y respecto al vigilantismo… el problema es que con un personaje tan estereotipado y tendente al exceso no puedes construir nada serio en el cine. El público generalista despreciará la aproximación sólo por provenir del campo del cómic (a menos que el producto sea tan rotundo como el último Batman) y el fan de base va a lo que va. Nada que hacer frente a propuestas libres y contundentes como Taxi Driver, la reciente Harry Brown o la infravalorada La extraña que hay en ti (pese a sus defectos, que los tiene, tiene un algo que me chifla) .

    1. esbilla dice:

      Muchas gracias por el comentario sobre ese segundo Castigador y el pésame sincero por haberla tenido que ver, yo no he pasado de trozos sueltos.
      Efectivamente resulta curioso que ambos títulos resulten ser en muchos aspectos “exploits” de dos Batman de distintas épocas e intenciones. En ese sentido el primero del 89 al menos conserva cierta personalidad y algo de simpatía desfasada y baratona signo distintivo de la New World. Esta última da una vuelta de rosca a lo malo y termina por ser casi disfrutable desde la parodia involuntaria, de otra manera no hay por donde cogerla.
      Comparto contigo la dificultad de afrontar con rigor al personaje, pero este Frank Castle tiene mucha más chicha que lo poquito que se ha visto hasta ahora. Acepto tu recomendación de “La extraña que hay en ti” (y la de Caine, también) la dejé pasar en su día pero quedó la curiosidad de ver que sacó neil Jordan de esa relectura de “El justiciero de la noche”, otro fil con mucho más de lo que aparenta al que cro que el tiempo está revalorizando y dando interpretaciones más complejas, por aquí tengo escrito algo si tienes interes, busca, busca…

  2. mepi dice:

    No he visto ninguna entrega de EL CASTIGADOR luego no puedo opinar. Pero estoy de acuerdo en lo que he leído acerca de la saga de JUNGLA DE CRISTAL. La mejor sin duda la primera entrega y en todo caso quedarnos con las tres primeras………pero la cuarta parece otra saga distinta y demasiado deformada respecto al molde original.
    Aprovecho, señor Adrián para dejarte el enlace a mi blog que para decepción de muchos no va de cine pero quisiera corresponder tu amabilidad al dejarme participar en tu blog con una invitación al mio. Como no he encontrado ningún apartado en el que poder escribirte fuera de los post te escribo dentro de éste.
    http://palabradeclio-mepi.blogspot.com/

    1. esbilla dice:

      Bueno, lo primer que no te pierdes nada, esmás eso que ganas para ver otras cosas y lo segundo que la invitación ya ha sido respondida con agrado. Hala, para servir.

  3. Pues yo curiosamente sólo he visto la interpretada por Thomas Jane y de la que apenas salvo el apunte nostálgico del gran Roy Scheider interpretando al padre y la secuencia de la matanza de la familia, resuelta con agilidad.
    Muy buena tu inicial reflexión acerca de la evolución del cine de acción frente al cine con acción de los 70 (inmejorable manera de definirlo).

    Saludos

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