“Las niñas bonitas no pagan dinero”: Justine, Jesús Franco derrotado por el Marqués de Sade

Justine (Marquis De Sade: Justine)

Director: Jesús Franco

Año: 1968/69

País: Alemania/Gran Bretaña/Italia

119 min.

Fotografía: Manuel Merino

Música: Bruno Nicolai

Guión: Jesús Franco, Harry Allan Towers, Enrich Kröhnke, Arpad de Risso según la novela de Donatien Alphonse François: Marqués de Sade, “Justine o los infortunios de la virtud”, 1787/91/97

Reparto: Romina Power, Maria Rohm, Klaus Kinski, Akim Tamiroff, Jack Palance, Mercedes McCambridge, Silvia Koscina, Horst Frank.

Primer intento (fallido) de adaptar al Marqués de Sade por parte de ese rendido admirador que es Jesús Franco y que fracasa precisamente por culpa de ese componente ceremonioso que afectó igualmente (peor en realidad) a su inerte adaptación del “Drácula” de Stoker un año después o en ese mismo año 1969, según las fuentes.

Una película floja y de tono equivocado, que cambia la sátira feroz y la virulencia a todos los niveles del original, además de su retorcido moralismo, por un aire picaresco de comedia salaz que en muy contadas ocasiones logra, al menos, una equivalencia con respecto al cinismo y la abisal lucidez del divino Marqués. Algo que Franco consigue en algunos momentos, la mayoría referidos a determinados aspectos del ácido personaje de Juliette, hermana perdularia de la joven protagonista y reverso maligno de la misma, que precisamente por esta falta de escrúpulos y capacidad de adaptación terminará por triunfar en la vida; u en otro orden, la turbadora imagen de la irresistible Rosalba Neri dedicándose a clavar con deleite agujas sobre el cuerpo desnudo y encadenado de la candorosa Justine, momento de fetichismo erótico verdaderamente “franquiano”. Con todo tiene elementos aprovechables y pese a su morosidad tampoco está lejos de operaciones semejantes, como el curioso “De Sade” que produjo Corman y escribió Richard Matheson para Cy Endfield en el mismo 1969, un curioso “biopic” psicoanalítico sobre el escritor no del todo desdeñable.

Así la peripecia de esta jovencita candorosa en pleno descenso al abismo, cada paso será peor un punto más bajo en la escala de la depravación con el único descanso de un buen pintor, no por nada el único personaje que no busca ganar nada y que será por tanto quien más cerca esté de conseguir que Justine se entregue por voluntad propia . Está rodada con cierta elegancia y cuenta con una digna labor de ambientación dentro de su pobreza presupuestaria (que con todo supera por mucho a lo manejado habitualmente por el autor y se beneficia del bien avenido tándem que formó con el guionista y productor Harry Allan Towers durante la época) y de las limitaciones de Franco como director, empeñado aquí en una narrativa ortodoxa que no termina de pegarle y en una puesta en escena de cierto gusto donde perviven su querencia por el “zoom” como figura de estilo y su debilidad por el contrapicado “a là” Orson Welles , un conjunto en el que no escasean los buenos momentos (pese a la blandura general ya señalada y un patente falta de verdadero riesgo), como esas extrañísimas apariciones del Marqués “himself”, interpretado por nada más y nada menos que Klaus Kinski, en una celda de Charenton siendo acosado por sus obsesiones febriles en forma de las fantasmales figuras como maniquies de sus protagonistas o el asesinato en el burdel, vibrantemente filmado y con una logradísima atmósfera conseguida a través del color, la planificación y la distribución del decorado; uno de esos ejemplos de barroquismo “low-fi” marca visual de Franco.

El reparto con el que cuenta Jesús Franco para la ocasión es apoteósico, quizás el más lujoso jamás manejado por el director, con una estremecedora Mercedes McCambridge (repitiendo en breve como brutal carcelera en la memorable “99 mujeres”) como canallesca delincuenta que ayudará a Justine a fugarse de prisión solo para entregársela luego a sus compinches y un delirante Jack Palance de atravesado obispo de la depravación que ejerce nada menos que en el Parque Güell (escenario predilecto de Franco que sería nada manos que base de Fu-Manchú en “El castillo de Fu-Manchú”), amén de glorias como Howard Vernon, la maravillosa reina del “peplum” Sylvia Koscina y Horst Frank como nobles de sexualidad confusa e inclinaciones homicidas, el enorme secundario (uno de los fieles de Welles) Akim Tamiroff, María Röhm como Juliette e incluso el gran Luis Ciges entre un larguísimo etcétera entre los que se cuenta el mismo Jesús Franco dejando desnuda en público a la heroina. Por desgracia el complejísimo papel principal de la virginal y baqueteada Justine, adalid de la pureza más enternecedora (en combinación con esa devastadora inocencia lasciva, ese atractivo incosciente que tan bien representó Soledad Miranda en la filmografía del director) que se mantendrá inasequible y permanentemente pura merced a la fe inquebrantable en la verdadera gracia (pese al ensañamiento de Dios para con su personita), está supuestamente interpretado por la pavisosa Romina Power que no se apea del gesto de estulticia profunda y la media sonrisilla extemporánea.

Queda un film excesivamente controlado y académico que no cuaja como adaptación por el respeto reverencial que hace fracasar la despiadada idea de la educación ejemplar a la inversa siempre presente en De Sade y también por la imposibilidad de trasladar las vívidas descripciones sin provocar infartos entre el respetable.

Habrá que esperar hasta su “Eugenie” de 1969/70, con la turbadora Marie Lijedahl como personaje central, para encontrar una verdadera colisión entre los universos “franquianos” y “sadianos”, con “La filosofía en el tocador” como teatro de operaciones, un título excepcional y muy complejo en el que Franco ya no adapta, usa.

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