“Los pecados del padre”: El poder de la sangre de Drácula, himno generacional vampírico para el cambio de década

El poder de la sangre de Drácula (Taste the Blood of Dracula)

Director: Peter Sasdy

Año: 1969

País: Gran Bretaña

Fotografía: Arthur Grant

Música: James Bernard

Guión: Anthony Hinds

Reparto: Christopher Lee, Geoffrey Keen, Gwen Watford, Linda Hayden, Peter Sallis, Anthony Corlan, Ralph Bates, John Carson, Isla Blair, Roy Kinnear

Después de la densidad de las últimas entregas (y de la que vendrá, algo hay cocinándose sobre “El sueño del mono loco” y la importancia del punto de vista en el juego ofensivo, parafraseando a Benito Floro, ese filósofo) un desvergonzado “run for cover” que vuelve a buscar la complicidad inmediata mediante la probada táctica de recurrir a la Hammer” y su abigarrado y bien pertrechado imaginario.

En esta ocasión un vistazo a “el vampiro”, esto es, el Conde Drácula o Christopher Lee que tanto da, pero tratando de mantener cierta continuidad y coherencia con las reseñas anteriores y eligiendo así un título nuevamente de esa época fronteriza que fue el final de los 60 y el principio de los 70 donde las modas estéticas y los cambios en el gusto de la audiencia obligaron  a la casa del terror a un replanteamiento en todos los órdenes para buscar/ofrecer lo mismo con un color y un sabor diferentes.

Con estas intenciones y en estas aguas tan pantanosas se rodó la que sería la última película realmente interesante sobre Drácula. Emprendida previo a la absurda modernización de esas dos últimas entregas ya solo para completistas: “Drácula 73” y “Los ritos satánicos de Drácula” ambas dirigidas sin mayor gusto ni criterio (pese a que la primera cuenta con un poderosísimo prólogo que enfrenta en la cumbre, y en un desbocado coche de caballos, a unos Lee & Cushing más legendarios que siempre, e incluso una salvable escenita de misa negra electrizada por la presencia irresistible de Caroline Munro), por lo general bastante estúpidas aunque aun divertidas al traer a el mito al Londres contemporáneo y reconvertirlo en una especie de anacronismo ye-ye rozando lo involuntariamente autoparódico.

En este caso dirige el apreciable Peter Sasdy (autor también de la notable “Las manos del destripador“, un ingenioso titulo de horror psicoanalítico que especulaba con la posibilidad de que una hija de Jack el Destripador continuara involuntariamente y en virtud de este maligno influjo genético con los crímenes del padre) y escribe el todavía grande Anthony Hinds, guionista clásico de “la casa del terror” y responsable del libreto de la magistral “Las novias de Drácula”, sencillamente una de las mejores películas de la historia del cine, cumbre del arte de Terence Fisher (en breve, más por aquí) y poseedora de uno de los mejores clímax finales jamás filmados, ahí es nada. Envueltos ambos en esta operación de rejuvenecimiento de su mitología y a la búsqueda del nuevo público, centran esta nueva entrega sobre las andanzas del Conde en nada menos que el conflicto generacional: el choque paterno-filial entre uno melenudos y muy desubicados jovenzuelos ansiosos de libertad contra sus envarados y finalmente farsantes progenitores, sirviendo el vampiro como catalizador del conflicto y el horror que desatará como lugar de encuentro.

De tal manera y como es norma en el cine de la “Hammer” el vampiro se dedicará, con toda su carga metafórica y desafiante, a demoler a conciencia la hipócrita moral victoriana a base de perversidad, sexualidad rampante y maldad explícita para mostrar la realidad de las cosas frente a la falsedad de unas apariencias que ocultan “sadianas” sociedades secretas de burgueses aburridos. Destaca sobre cualquier otro componente su magnífica primera hora (de la que paradójicamente Drácula está ausente, no en espíritu sino en cuerpo) con un desatado Ralph Bates (un actor inmenso y escandalosamente desconocido) que roba la película sin despeinarse pese a salir mucho menos de lo deseado y que interpreta con su mezcla inimitable de displicencia, energía e ironía al diletante Lord Courtely, noble que suponemos venido a menos y que ejerce de gurú en los terrenos del vicio de ese grupito de señores de mediana edad en busca de la (pen)última emoción/depravación ¿y cual mayor que probar la sangre del mismísimo príncipe de las tinieblas en una misa negra invocatoria?  Desgraciadamente todo el invento comienza a desinflarse tras esta extraordinaria ceremonia (que introduce una curiosa sugerencia: la noción de la sangre usada como droga, algo explorado por cierto en la simpática pero muy menor y progresivamente chorras serie “True Blood”, como psicotrópico inductor de estados alucinados que proporcionaría un tremebundo viaje) que supone la resurrección del señor de la noche mediante la utilización de una serie de reliquias logradas a través de un viscoso intermediaria al que personifica el siempre estupendo Roy Kinnear en una especie de reformulación de Rendfield. Una comunión que culmina con la “espumarajosa” muerte de Bates y la traición del grupito, lo cual desatará las iras de Drácula que decidirá atacar entonces a la institución nuclear: la familia. Sin saber que, irónicamente está ya descompuesta y que el solo será el que la desnude crudamente.

Pese a terminar por ser un título digno y muy, muy disfrutable adolece de una puesta en escena tirando a pobretona y ya televisiva que antecede la clara deriva de la “Hammer” de los 70 en ese cambio lo suntuosos por lo funcional y en especial se echa mucho de menos un rival a la altura del malvado en lugar del melifluo jovencito que se le enfrenta. Aun así tiene buenos momentos e imágenes como la posesión hipnótica de la virginal hija de uno de los convocantes a la que utiliza como cebo para el resto de las víctimas Sasdy utiliza con inteligencia el físico algo repipi de la rubia Linda Hayden reconvirtiendola en mendicante recalentada a la búsqueda de los favores de Drácula  (nuevamente el despertar de la pulsión sexual por medio del horror y la sangre, mixtura fetichista de “lo prohibido” y “lo reprimido”. Debate entre la comodidad del noviazgo formal, que quizás la lleve a una vida como la de su madre, y el peligro desconocido y la locura que supone la oscuridad del vampiro) hasta el extremo de recostarse sobre la tumba entreabierta donde duerme el vampiro en un instante especialmente turbio. Aunque en general termina por hacerse fatigoso el machacón empeño en subrayar el poderoso influjo sexual de Drácula y ese lazo erótico que le une a sus víctimas femeninas, en esta ocasión encarnadas por una serie de actrices bastante mediocres y encima carentes del mágico encanto las mejores ocasiones.

En resumen: se sostiene gracias a esa notable primera parte y flaquea peligrosamente en la segunda exceptuando, claro, las contadas apariciones de Christopher Lee animando el asunto. Cuenta con un final de cierta originalidad (con detractores), original  no tiene por que significar bueno, y su discurso se mueve entre lo extemporáneo y lo obvio, con la sensación de que por una parte, prácticamente lo mismo ya se dijo mejor y de que por otra no se termina de apretar el acelerador de la sátira cruel (pese a contar con un nada desdeñable sentido del humor negro rociado de vitriolo), algo mucho más logrado en la menospreciada “El horror de Frankenstein”.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. mepi dice:

    Tuve el placer de digerir esta joyita acompañada de sus anteriores entregas ordenadas cronológicamente según fecha de realización dentro de la misma semana allá por el año 2007. Todavia recuerdo el ansia por volver a sentarme a ver la siguiente entrega y comprobar de qué modo esta vez resucitaba Drácula. Es verdad que pese a ser un producto muy decente, comprobé que en cada entrega se iba perdiendo un pequeño escalón en calidad narrativa, aunque trataba de compensarse con otros aspectos del film. Padecí el mismo delirio ansioso con la saga de Cushing/Frankestein y me llamó la atención que en cada película no decaía la calidad narrativa necesariamente respecto a las anteriores.Con ambas sagas tuve el placer de conocer lo que en cine significaba el universo Hammer.
    Vuelvo a felicitarte una vez más.

    1. esbilla dice:

      Curiosamente yo vi del mismo modo la saga de Frankenstein (había visto varias salteadas pero nunca las primeras y cuando me hice con ellas las puse en fila de a una),en la que no solo la calidad no decae sino que el delirio y la profundización el todos los aspectos del personaje y mito se vuelven cada vez más complejos y exhaustivos, pero amigo..es que la mano de Fisher es mucha mano. Las tres primeras de Drácula suyas son sendas joyas pero luego la cosa cae en barrena, sigue la simpatía y se conserva cierta magia pero también más y más vulgaridad.

  2. Pues lo que has dicho. La última con suficientes elementos de interés como para no lamentar ver una peli de Lee-Drácula. Curioso el caso de Ralph Bates, el único con suficiente talento como para recoger el testigo de Cushing en la Hammer. Pero la operación no cuajó. Lástima.
    Y yo que a Lee le noto ya aquí bastante desganado…

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