El apostolado de la venganza: Meiko Kaji es “Sasori” y te está mirando. Cárceles infernales y deberes mitológicos de bajo presupuesto, la tetralogía Female Prisoner#701:Scorpion

Cuatro, oigan, cuatro películas nada menos. Un irresistible lote de estilizado y ultracarismatico tebeo cinematográfico japonés a mayor gloria de la sirena de la venganza Meiko Kaji: “Female Prisoner # 701: Scorpion”, la saga “Sasori”. Verdadero cine de mujeres fuertes totalmente desconocido en España durante su época y desgraciadamente todavía pendiente de revisión hoy.

Dos directores para cuatro títulos, Shunya Ito en los tres primeros y el ya conocido por aquí Yasuharu Hasebe en el cierre y una (ahora) celebérrima canción que fue objeto de usufructo por parte de Quentin Tarantino en esa enciclopédica revisión del “cinema bis” que es “Kill Bill”, como ya dije en la entrada sobre “Thriller- en grym film”, no ya una película sino una genuino “grandes éxitos” a desenrollar con paciencia y sentido lúdico.

En fin no quiero extenderme más. Solo advertir sobre el posible martilleo alrededor de ciertos conceptos como los préstamos de lenguaje y resaltar como el carácter descaradamente “exploitation” no tiene por que ser obstáculo para la creatividad más ubérrima y la experimentación más arriesgada, sino al contrario un terreno abonado para la libertad y el ingenio con el descaro, el presupuesto y la imaginación como fronteras.

Female Prisoner #701: Scorpion (Joshuu 701-gô: Sasori) 

Director: Shunya Ito

Año: 1972

País: Japón

87 min.

Fotografía: Hanjiro Nakazawa

Música: Shunsuke Kikuchi

Guión: Fumio Konami, Hirô Matsuda según el manga de Tôru Shinohara, “Sasori” 1971

Reparto: Meiko Kaji, Mikio Narita, Reisen Lee, Yayoi Watanabe, Takashi Fujiki, Tomoko Mayama, Nobuo Yana

Título inaugural de una de las sagas de oro del cine popular japonés a mayor gloria de la mirada petrificante de la “bella tenebrosa” Meiko Kaji (no recuerdo donde leí que ella era el Alain Delon japonés) dando aquí vida a una indoblegable mujer, reconvertida en verdadero ángel de la muerte, todo rebozado en un estoico recital de muy oriental masoquismo. Primera de las tres que dirigiera Shunya Ito (que además debuta aquí), autor de escasa filmografía y que tampoco reincidió luego en estos terrenos ganándose cierto prestigio crítico con un título de 1985, “Hana ichimonme”, drama sobre un viejo profesor devorado por el Alzheimer y el impacto que ello causa en su entorno. Un trabajo que no he visto pero que ya puede suponerse muy alejado de estos territorios de frenesí.El resultado final es un cruce desmelenado y sin ningún tipo de cortapisas estilísticas entre la “sexplotation” carcelaria más caradura (palizas a mansalva, erotismo lésbico y gotas de “bondage”) y el esteticismo pop/abstracto de Seijun Suzuki, el ejemplo más claro está en el fabuloso “flashback” que narra la caída en desgracia de Sasori traicionada por el hombre que amaba, un policía finalmente corrupto, durante el que se utilizan: un escenario móvil, sombras, tomas a través de un suelo de cristal, efectos cromáticos lisérgico-dramáticos o trucos de montaje abracadabrantes. A todo ello se incorporan influencias del lenguaje del cómic, arrimones al “pinku eiga” e incluso prestamos del teatro “Nô” y del “kabuki” (en una brutal escena de pelea que culmina con un cristal clavado en el ojo del alcaide y comienza con una puerta del mismo material estampada en pleno rostro de la agresora de nuestra heroína, la fotografía, el maquillaje y la música se alteran sin solución de continuidad al transformarse el rostro ensangrentado de esta villana en una máscara crispada), un recurso tanteado aquí y genialmente explotado en la apoteósica segunda entrega.

En resumidas cuentas un auténtico recital de sadismo (gratuito) y delirio (estético) que supera su bien perceptible pobreza presupuestaria a base de ingenio a chorros (atención a los cielos pintados en diferentes colores durante el motín, algo que de nuevo se repetirá en las sucesivas películas) abruptas elipsis y estilización “pulp” en esa alucinante última parte de la cinta con Sasori adoptando un “look” casi superheroico: gabardina negra hasta los tobillos y ladeado sombrero de ala ancha como una versión femenina y furiosa de “La sombra”.

Un espectáculo inenarrable repleto de momentos de puro genio (la protagonista cavando un enorme hoyo que el resto de reclusas rellena), de violencia hiperbólica y de un regusto tan malsano como inofensivamente exagerado.

Female Convict Scorpion Jailhouse 41 (Joshuu sasori: Dai-41 zakkyo-bô)

Director: Shunya Ito

Año: 1972

País: Japón

90 min.

Fotografía: Hanjiro Nakazawa

Música: Shunsuke Kikuchi

Guión: Tôru Shinohara según su propio manga “Sasori”, 1971

Reparto: Meiko Kaji, Fumio Watanabe, Kayoko Shiraishi, Hiroko Isayama, Yukie Kagawa, Hosei Komatsu

Segunda y fantabulosa entrega de la saga que extrema los componentes experimentales ya presentes en la primera hasta límites sorprendentes para un film que, en principio, debería plantearse sin mayores ambiciones que funcionar en taquilla como “show” excesivo y/o bárbaro, pero claro, lo libérrimo es la magia verdadera del cine popular.

En esta ocasión enfrenta a la heroína contra una reclusa particularmente psicópata y a ese alcaide ahora tuerto que pretende aplicarle la ley de fugas por las bravas y donde Sasori, casi convocada por una voz espectral, recibe al espectador completamente atada y mirando directamente a cámara mientras pule una cuchara que sujeta con la boca, ahí es nada.

Las influencias del lenguaje del “manga” también se hacen más visible (e incluso se exhiben de manera llamativa a través de perspectivas extrañísimas, poses, caracterizaciones, dinamismo, etc…), no en vano escribe Tôru Shinohara autor del cómic en el que se basa. Para sorprender aún más (si es que resulta posible, y vaya si resulta) se añade un inesperado paralelismo cristiano: durante la primera parte la protagonista será martirizada, crucificada y negada, para finalmente resucitar.

Un film de una creatividad y potencia iconográfica tal que no tiene miedo de arriesgarse al ridículo o pasear por el absurdo. De belleza feroz, a la vez primitiva y sofisticadísima, que nuevamente y con mayor consciencia toma recursos escenográficos del teatro (atención a la escena en que el autobús en el que huyen las presas se desmonta en plena carretera dando paso a un escenario donde se narrará un drama metafórico sobre las peripecias que están corriendo) y que cuenta con un trabajo de iluminación complejísimo. Rebosa de momentos e imágenes antológicas como la cascada tornándose roja, el viento revolviendo las hojas secas, la canción que narra el origen de cada presa (otra incursión más en el tradicionalismo y al igual que la representación o cierto uso de los fondos una idea que remite con fuerza al “Kwaidan” de Masaki Kobayashiy con este a los cuentos recopilados por Lafcadio Hearn), etc… Todos ellos acogiéndose a un tono abiertamente fantástico, fabulesco y simbólico representado con fuerza singular en el maravilloso personaje de la anciana que hará entrega a la protagonista su ya indispensable cuchillo (y desapareciendo místicamente luego, arrastrada por la misma naturaleza en un remolino de hojas), convertido así en arma vengadora que pasa de generación en generación, lo que hace que Sasori trascienda su misión personal para convertirse ya en encarnación de un legado, no es una mujer, es “la mujer”.Pierde un tanto el pulso en su parte final, lo que no es de extrañar debido al tremebundo “non-sop” de creatividad, aunque lo recupera a tiempo para cerrar con garra. Desde luego la entrega más enloquecida y que quizás menos pueda gustar pero que es tan rematadamente descarada que seduce sin remedio. Meiko Kaji, no pronuncia palabra en todo el metraje pero al final, como la Garbo, ríe.

Female Prisoner Scorpion: Beast Stable (Joshuu sasori: Kemono-beya)

Director: Shunya Ito

Año: 1973

87 min.

Fotografía: Hanjiro Nakazawa

Música: Shunsuke Kikuchi

Guión: Hirô Matsuda según el manga de Tôru Shinohara “Sasori”, 1971

Reparto: Meiko Kaji, Mikio Narita, Reisen Lee, Yayoi Watanabe, Takashi Fujiki, Tomoko Mayama, Nobuo Yana

Tercera hazaña de la “mujer prisionera” y última de las dirigidas por Shunya Ito con su habitual e inagotable ingenio visual pero con muchas menos ambiciones estéticas y dejando lo experimental en el terreno del jugueteo.

En esta ocasión nuestra (súper) heroína ya fuera de la cárcel, esa fascinante Meiko Kaji más allá del hieratismo y convertida directamente en icono, ayudara a una desventurada prostituta contra un “gang” controlado por una pérfida ex-compañera de cautiverio, fea como el pecado, de vestuario indescriptible y que tiene cuervos por mascota, en obvia metáfora del “look” de la protagonista. Y ni el policía manco que la persigue ni una nueva cárcel serán suficientes para frenar su determinación.

Apoteósica secuencia de apertura (nada menos que la protagonista huyendo por la ciudad con el brazo esposado de ese policía colgando, entre virados en negativo y ralentíes al ritmo de la mítica canción de la serie cantada por la propia actriz) y cierre con el excelente acoso carcelario a la villana (con referencias a “La novia vestía de negro” de Truffaut, al igual que allí la protagonista igresará en la carcel por voluntad propia y con el único objetivo de culminar su misión) y entre medias cierta morosidad y esos excesos melodramáticos tan propios del cine japonés de género compensados por momentos e imágenes impagables (las cerillas arrojadas para iluminar las alcantarillas donde se oculta, el caracol sobre el cuchillo, la sangrienta matanza entre sábanas y cortinas blanco nuclear, Sasori emergiendo de las aguas, un efecto alucinatorio en una discoteca logrado a base de quitar fotogramas, etc…), guiños cinéfilos (uno salvaje a “Los sobornados” de Lang con una tetera de por medio) y sobre todo por una influencia comiquera que se extiende no solo a toda la estética de la película (escenografía y fotografía más estilizadas y menos naturalistas, encuadres un tanto estáticos y perspectivas forzadas con imaginativos juegos con el campo, las sombras o los objetos ) sino también a su narrativa e incluso a la mímica exagerada y a las poses de los actores.

Por lo demás a Ito se le nota fatigado y la “ampliación del campo de batalla”, ese “Sasori en las ciudades”, no termina por sentarle del todo bien al personaje , pero eso si, cumpliendo con la mencionada concepción del “legado”, ayudará a cumplir la venganza de una tercera. Se rebaja el erotismo (aunque la perturbadora relación entre la joven prostituta y su hermano deficiente sea de una escabrosidad remarcable) pero la violencia y la perversidad siguen cabalgando: torturas, cuchilladas, incesto, abortos por las bravas y Meiko Kaji más implacable que siempre.

Female Prisoner Scorpion: #701’s Grudge Song (Joshuu sasori: 701-gô urami-bushi)

Director: Yasuharu Hasebe

Año: 1973

País: Japón

89 min.

Fotografía: Hanjiro Nakazawa

Música: Hajime Kaburagi

Guión: Tôru Shinohara según su propio manga “Sasori”, 1971

Reparto: Meiko Kaji, Masakazu Tamura, Yumi Kanei, Hiroshi Tsukata, Yayoi Watanabe, Sanae Nakahara, Akemi Negishi

Última “canción de rencor” de entre las protagonizadas por la diosa de la venganza Meiko Kaji (ya suena repetitivo, ¿no?) pero en modo alguno fin de la saga que resurgiría tres años después con “New Female Prisoner Scorpion: #701” y el rostro de Ryôko Ema dando vida a “Sasori”.

Debuta en la serie el director Yasuharu Hasebe (y con el, un nuevo equipo técnico y el regreso de Tôru Shinohara como guionista, algo que sin duda tiene que ver con ciertas características relacionadas con una mayor abstracción, tanto formal como conceptual), festivo director de energética puesta escena, querencia por el desbarre (ya traje por aquí su seminal “Black tight killers”) y bien trabajado oficio que paradójicamente comienza rebajando la estética pop y colorista (aunque esta no desaparezca por completo, quedando  detalles como la rosa blanca que se vuelve roja al ser clavada en un ojo o especialmente un antológico doble clímax final que incluye un brillante cambio de iluminación, de naranja a azul dentro del mismo plano, en un escenario completamente fantasmagórico y puramente surrealista que encima enlaza con el intento de motín de la primera parte de la serie) pero manteniendo los trasvases de lenguaje con respecto al manga y apurando la estilización y los componentes abstractos (una ciudad desértica donde solo parecen existir la heroína y la policía, un uso magnífico del color o del vestuario, etc…) y aportando un tono sórdido y rudo tanto en la violencia, más frontal y seca (el bestial interrogatorio al coprotagonista que incluye el derramamiento de una tetera hirviente sobre los genitales) como en la escenografía de vertederos y desguaces (igualmente relacionados con un título anterior: en esta caso con el final de la huida de la segunda película en el que las protagonistas coronan una descomunal montaña de basura) a lo que se añade una trama inopinadamente social y anarcoide en la persona de un joven líder estudiantil al que la policía dejó tullido y que ayuda a la herida protagonista en su huida, curiosamente de los mismos polis que le torturaron.Por sorpresa, incluso para ella, Sasori terminará por enamorarse, por confiar en un hombre que no es una amenaza sexual ( y que irónicamente trabaja en un “peep-show”) y en un vuelco de nihilista romanticismo le acompañará en una cruzada condenada al fracaso y la traición.

Nuestra heroína dará de nuevo con sus huesitos en la cárcel y tendrá un pie y medio en el patíbulo, pero… su voluntad permanece indoblegable. Más irregular, un tanto fatigada e incluso repetitiva (donde se advierte un empeño en regresar al formato original de la saga), lo compensa con un gran villano (atención a la sádica violación múltiple y posterior extorsión a la que somete a una joven carcelera) a la altura de Sasori y esa historia de amor tan extraña e imposible como desesperada.