Las películas ejemplares:El caminante. Mi erótico siglo de oro, un viaje moral por el mundo de la picaresca y la crueldad con el diablo y el mismísimo Paul Naschy.

“whistlin’ past the graveyard
steppin’ on a crack
i’m a mean motherhubbard
papa one eyes jack”
Screamin’ Jay Hawkins

El caminante

Director: Jacinto Molina (aka Paul Naschy)

Año: 1979

País: España

89 min.

Fotografía: Alejandro Ulloa

Música: Ángel Arteaga

Guión: Jacinto Molina y Eduardo Targioni

Reparto: Paul Naschy, Blanca Estrada, David Rocha, Silvia Aguilar, Rafael Hernández, Sara Lezana, Irene Gutiérrez Caba, Eva León, Antonio Durán

Cuarta, y finalmente reeditada, cinta dirigida “in person” por el reverenciado (y parcialmente reverenciable) Paul Naschy y una de las más digeribles de entre la última parte de su filmografía, la desarrollada a partir de unos años 80 en los que la “Ley Miró” terminó por laminar la ya de por si endeble y trapisondista industria del fantaterror español y aledaños, condenado el cine popular  a la caverna de lo populachero, donde seguía habiendo tetas igual de gratuitas pero mucha menos gracia y muchísima menos imaginación.

También una de las más desmelenadamente narcisistas, que ya es decir, con el divo interpretando a un luciferino y perpetuamente trempado rufián que se encama a la de tres con cada moza que se le cruza. Bajando a las cabañas, subiendo a los palacios, escalando los claustros y dejando memoria amarga y cruces invertidas en las posaderas (y en el culo también). En realidad ese “caminante” resulta no ser otro que el mismísimo diablo, o “un” diablo tirando a moralista que baja a la tierra aceptando las desventajas de la carne mortal (aunque como buen tramposo no se privará de usar sus poderes en beneficio propio, sea curando por una sola noche a una niña moribunda para beneficiarse a la madre, sea para mostrar el futuro desolador, y un rato demagógico, a su renuente paje, o bien haciendo gala de un insinuado poder hipnótico visualizado mediante una pedestre iluminación roja sobre el rostro) para demostrar sus teorías sobre el éxito socio-económico de la maldad, el egoismo y la crueldad, terminando por encontrarse con alguien peor que él mismo: el hombre.

Un ideario pesimista y muy españolamente tremebundo sobre el que siempre ha pivotado su discurso y que está aquí desarrollado en todo su esplendor y en toda su crudeza (aunque en modo alguno superior a “El huerto del francés”, el film donde mejor cristalizaron las inquietudes de Naschy) y a través del cual demuestra que en realidad su discurso no es exclusivamente misógino; él odia a todo el mundo por igual.

Montado como un relato picaresco y de aprendizaje canónico de carácter episódico y cínicamente ejemplarizante, que se sirve de guiños evidentes a “El lazarillo de Tormes”, a “La Celestina” de Rojas o a la “quevedesca”, “El buscón” (que a su vez refería a esta tradición anterior desde la óptica barroca, que en muchos aspectos es también la adoptada por Naschy), pero también claros resabios del romanticismo español con el “Don Juan” a la cabeza. Mientras de un lado rebusca en la picaresca y el anticlericalismo, del otro toma ciertas nociones y tratamientos de lo fantástico, lo tétrico y lo religiosos. Todo ello muy del gusto erudito del autor, por otra parte.

Está además estructurado circularmente de forma francamente resultona; la película se abre y cierra con dos escenas análogas que repiten diálogo y acción, pero con el personaje principal alternando su puesto en el drama, pasando de verdugo a víctima. Pero mientras que la escena inaugural es visualizada a campo abierto, el cierre tiene lugar en una iglesia medio derruida (¿desconsagrada?), una localización espléndida que Naschy introduce con bello movimiento de cámara que muestra en contrapicado y travelling circular todo el escenario. Uno de los pocos momentos visualmente atractivos de una cinta (junto al sorprendente gran angular “a là” Zulawski que emplea durante el peculiar exorcismo de la guapísima Blanca Estrada como madre superiora del convento que más delante los acogerá) que por lo demás dilapida la naturalista fotografía de Alejandro Ulloa con un tono plano y televisivo en los encuadres.

La historia deja, desde luego, buenos momentos e ideas sugerentes (ese auténtico “running gag” de los crucifijos volteados o la conversión de la vidriera del convento en una lasciva iconografía erótico-diabólica) en donde Naschy da muestras de cierta habilidad narrativa (el encadenamiento mediante motivos visuales entre la violación de su paje, el robo a la puta y el nacimiento de su hijo, relacionando el vino y la sangre, el placer y el dolor) e intermitente buen gusto para la puesta en escena (el sencillo plano fijo desde lo alto de la escalera que visualiza dramáticamente el suicidio de la madre de la criatura, una estupenda Sara Lezana). Pero junto a estos aciertos también se deja llevar por la sal gorda (el horrible episodio del asalto al usurero y señora), las soluciones burdas (el acelerado que quiere remitir a “Tom Jones “ y se queda en “Benny Hill”) y claro está, el exhibicionismo ególatra con desnudos y folleteo a mansalva que acaba por acercar la película a los linderos del “S” más tabernario (aunque eso si, nos dejan disfrutar de la muy mollar ex-azafata del “Un, dos, tres” Silvia Aguilar como primera víctima del protagonista), con un Naschy alérgico a la ropa y a la vergüenza que no se priva de protagonizar un restregón tras otro con más bien poca gracia.

Así y todo destaca por su personalidad y ambición conceptual (y en ocasiones no poca pretenciosidad) entre el buen número de producciones que escarbaron en las posibilidades rijosas del “siglo de oro” versión erótico-naturista. Porque más allá de los apuntes que la personalidad de Naschy otorga como marca de distinción el objetivo y la razón de la existencia primera de esta cinta hay que buscarlos en esa moda del momento. Una fiebre desatada tras el éxito, propiciado por la manga ancha del destape y la excusa literaria, de cintas como “El libro del buen amor, 1974”  de Tomás Aznar (con secuela un año después y todo) o “La lozana andaluza” que Vicente Escrivá dirigiera en el 76 (y que no es totalmente desdeñable, por cierto) en coproducción con Italia, que en el momento  también experimentaba similar regodeo en el renacentismo eróticoy por más o menos las mismas razones.

Nacidas a su vez  de rapacear el triunfo que supuso la “trilogía de la vida” de Pasolini, especialmente “El Decamerón,1971” y “Los cuentos de Canterbury,1972” por aquello de la proximidad geográfico-conceptual, pero también de “Las mil y una noches,1974”, ninguna de ellas ajenas ni a la chabacanería ni a los desnudos agradecidamente gratuitos.

Un fenómeno que en curiosa analogía temporal, remiten a la creación misma de la literatura medieval y renacentista española, a los robos y prestamos que durante estos periodos de formación y expansión se realizaron realizó sobre las tradiciones y gustos italianos u orientales. Una coincidencia que deja meridiano el carácter raudamente “exploit” de la cultura popular española.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. De nuevo soberbio comentario de un film irregular. Pretencioso en su discurso, pobre en su traslación en imágenes pero decididamente simpático, con ese aire a serie (televisiva) picaresca. Estupendo el apunte de Benny Hill aunque, como bien dices, él tendría más en mente hacer un “Tom Jones” XD.
    Silvia Aguilar me quitó el hipo, he de reconocerlo. y como bien dices, aciertos parciales rebuscando entre la incapacidad y el narcisismo de su autor. A su manera, de lo más disfrutable de Naschy, aunque sea por ir reconociendo a algunas de las más estupendas señoras del momento.
    Un saludo!

  2. esbilla dice:

    Pues si, lo cierto es que es bastante malucha. Tengo que reconocer que la recordaba mejor, supongo que por haberla visto en edades más impresionables a los encantos de la carne, y aquí hay carne de lo más suculenta, la de Naschy aparte claro. Recuerdo que la psaron hace mil y pico años en televisión española en una especie de ciclo medio erótico donde también pusieron “El libro..” y esa “La lozana andaluza” que también recuerdo con gusto aunque no la haya vuelto a ver, y otras cuantas italianas.
    Y si, Naschy era un ególatra autoerótico de tres pares, no hay peli en donde no enseñe cacho el tío.

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