“Asegúrate de que tu paraguas esté bocabajo”: Pennies from heaven. La sublimación del desencanto, mecanismos e ilusiones en la ficción según Dennis Potter

“Every time it rains it rains
Pennies from heaven.
Don’t you know each cloud contains
Pennies from heaven.”

Pennies from heaven (Dinero caído del cielo)

Director: Herbert Ross

Año: 1981

País: Estados Unidos

107 min.

Fotografía: Gordon Willis

Música: Marvin Hamlisch

Guión: Dennis Potter

Reparto: Steve Martin, Christopher Walken, Bernadette Peters, Jessica Harper, John McMartin, Vernel Bagneris

Una joya oculta del cine musical (¿?), debida más al descomunal y excéntrico talento de su creador y guionista Dennis Potter, que apareció en los albores de la creación de este sitio con su fundamental obra maestra de la arquitectura narrativa “The Singing Detective”, más que al limitado talento de Herbert Ross. Un director artesanal y aplicado sin mayores aportaciones ni personalidad, aunque con otro título merecedor de rescate, aunque solo sea por su descabellada premisa: “Elemental Doctor Freud,1976” donde se especulaba con un encuentro entre Freud y Holmes con el objeto de tratar la adicción de este (la solución al 7% del título original), un trabajo que adaptaba una exitosa novela del también director Nicholas Meyer (autor de ese simpático pastiche que es “Los pasajeros del tiempo”, con H.G.Wells persiguiendo a Jack el Destripador hasta el presente). Aunque hay que reconocer  que Ross da lo mejor de si mismo con una dirección elegante e intermitentemente ingeniosa (el cambio de decorado sin solución de continuidad en el maravilloso número titular, mostrando cruda y estilizadamente al carácter ensoñado y artificioso de todo el invento de una manera aplastantemente sencilla. Muy de inspiración Bob Fosse, incluso en el físico del actor y en la coreografía. De hecho no sería descabellado que la misma existencia de este film, es decir que alguien decidiera su financiación no tuviera tanto que ver con lo que Potter hubiese llamado la atención, como con el éxito de “All that Jazz” en el 79, buscando así seguir la vía del musical adulto y post-moderno),tanto en los brillantes números musicales como en la desoladora sordidez del retrato de la América de la depresión, un cambio con respecto a la Inglaterra de post-guerra de la serie original que beneficia al conjunto y enriquece sustancialmente los referentes.

Aun así estos aciertos estéticos y atmosféricos se deben casi por igual a la extraordinaria fotografía de Gordon Willis (operador de “El Padrino”, por cierto) que reproduce tanto la luz y la tristeza de los cuadros de Hopper (citados explícitamente en varias composiciones que remite a trabajo míticos como “Nighthawks” o “New York Movie”, este usado también por Scorsese en un memorable número musical con Liza Minelli en “New Yor, New York” un título a reivindicar con no pocos paralelismos con este “Pennies from heaven”) como la chispa y la picardía de los musicales de los 30 (antológico el de un lascivo Christopher Walken) con la reproducción entre irónica y fetichista de los números típicos de Busby Bekeley (el del banco es el ejemplo más mimético) e incluso lograr fusionar ambos en un memorable final, un final en el que la magia del cine, el poder de lo imposible termina por imponerse como un estadio mental superior que permita, sencillamente, sobrevivir.

Pero en el mundo de Dennis Potter nada es tan fácil, ni nada está tan claro, así que incluso ese final rompecorazones tiene trampa y cartón, porque no debemos olvidar que todo es ficción, lo fantaseado y lo otro.

Así que lo que tenemos es una historia desesperada, seca y demoledora (un vendedor de canciones en crisis matrimonial se enamora de una maestrilla, formidable Bernadette Peters con sus ojos de cervatilla, a la que abandonará. Al tiempo es perseguido sin saberlo por la violación y asesinato de una joven ciega, en realidad asesinada por un vagabundo al que había ayudado anteriormente) sublimada a través de ensoñaciones escapistas con forma de comedia musical (atención, los personajes no cantan sino que realizan “playbacks” sobre los cantantes de la época), en un dispositivo que Lars Von Trier hereda en “Bailando en la oscuridad” (hasta el punto de parecer casi un “remake”, cuanto menos uno espiritual) pero que aquí se lleva mucho más lejos, haciendo que los personajes incluyan en medio de sus diálogos estos arrebatos cantarines, que funcionan por igual como fugas mentales y descolocantes comentarios irónicos que chocan, en la mayoría de los casos, brutalmente con lo que se está narrando (insuperable la escena “post-coitum” de Martin y un fabulosa Jessica Harper como su pasivo-agresiva esposa) o que en una fantástica (literal y figuradamente) escena se conviertan en Ginger y Fred protagonizando la misma película que están viendo.

Todo ello amalgamado por las obsesiones habituales de Potter, desde las personales (la frustración sexual, la penuria vital y material, la construcción/búsqueda de la identidad) hasta las “profesionales” (la deconstrucción-utilización del imaginario popular desde una óptica ambigua que comprende por igual la ternura nostálgica y la lucidez lacerante, la reflexión sobre el impacto de esta cultura popular sobre las mentalidades e incluso los sueños, los mecanismos del relato y de la ficción misma o la ilusión que esta provoca, tanto sobre el espectador como sobre el propio autor), un “corpus” abrumadoramente complejo que el autor inglés siempre lograba plasmar con la  facilidad de los genios. Sin que sirva de precedente, como se suele decir, Potter , con la ayuda de Ross que tiene el buen gusto de no desperdiciar, ni vulgarizar un material de semejante potencia(lo cual explicaría su rotundo fracaso económico), supera cinematográficamente su “Pennies from heaven” televisivo de 1978, en virtud de una estética mucho más vigorosa, del rico “backgroud” que por si solo convoca el traslado de la acción a América, de una trama que gana al estar más comprimida o de que, por supuesto, el cine suponga el lugar insuperable para una película que habla sobre vivir en las películas.

Esto no quiere decir que la serie sea desdeñable, es más me imagino que el impacto que un trabajo de estas características causaría en el público inglés de la época, no hay que dudar de que aquello era, literalmente, “lo nunca visto”. Pero Potter no solo tenía aquí mas medios, también era mejor escritor, y aunque su arte funcione en todo su esplendor metalingüistico y en toda su maravilla narrativa en el medio televisivo, esta es una pieza superior, algo que no ocurrió con la adaptación de “El Detective Cantante”, básicamente porque incurría en un error de base: el original estaba hecho para la televisión, no en televisión, “para” la televisión. Es decir con el objetivo de explotar todas las posibilidades expresivas y narrativas de un medio.

Más allá de estas disquisiciones teóricas, un gran film prácticamente olvidado e invisible, de una densidad inabarcable (en algunos aspectos esto era lo que intentaba Coppola en “Cotton Club”, pero no le salio) y que se redondea con colosales actuaciones/actores que comprenden y ejecutan a la perfección la dificultad interna de todo el invento: combinar los dos registros que se manejan constantemente incluso en un mismo plano. Una especial mención para un Steve Martin estremecedor, cualquiera que haya visto la película no podrá olvidar su interpretación final de “Pennies from heaven”, la única vez que un personaje canta con su voz, el momento en el que la magia se esfuma convirtiéndose en la tristeza infinita, lograda con una tonta canción alegre y una voz rompiéndose. Aunque, bueno…no del todo, nunca del todo. Porque sino, ¿quién querría ver las películas?

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