Joaquín Romero Marchent, un hombre del Oeste en España: El sabor de la venganza/Antes llega la muerte, la honestidad del género

Resulta lamentable pensar en lo que podría haber ofrecido Joaquín Romero Marchent en otras circunstancias, con acceso a otros presupuestos y actores, no me cabe ninguna duda que de haber sido un cineasta norteamericano su huella en el western sería imborrable. Comprendía profundamente no solo la mecánica, sino la ética del género (¿qué otra cosa es “Curro Jiménez” sino un “western”?) y su discurso era por completo personal. Sencillamente su enorme talento para el western había nacido en el lugar equivocado. En estas películas ni vemos el oeste romántico  e idealizado de las adaptaciones de la Rialto sobre Karl May, ni la reinvención icónica, costrosa y ultraestilizada del “spaghetti-western”, sino la asunción de unos códigos puramente americanos (especialmente cercanos al magistral Anthony Mann salvando todas las distancias), pero sin ironía ni adulación. Marchent no solo era un sobrio narrador sino que sabía usar el marco para reflexionar sobre la violencia y sus consecuencias, las dinámicas de grupo o la venganza como fracaso. Así que aquí está mi contribución para una reivindicación urgente de un director español de primer orden, un profesional honesto que encontró en el cine de género (un lugar abonado de lugares comunes y convenciones que facilitan la rápida comprensión por parte del espectador) un sitio donde proyectar su autoría, ajeno a la tontería y la pretenciosidad.

El sabor de la venganza

Año: 1963

País: España/Italia

97 min.

Fotografía: Rafael Pacheco

Música: Riz Ortolani

Guión: Joaquín Luis Romero Marchent, Rafael Romero Marchent, Jesús Navarro Carrión y Marcello Fondato

Reparto: Richard Harrison, Gloria Milland, Robert Hundar (Claudio Undari), Fernando Sancho, Miguel Palenzuela, Andrea Scotti, Gloria Osuna, Luis Induni, Rufino Inglés

Título intermedio de lo que se puede considerar un tríptico con entidad propia, siendo “Tres hombres buenos,1963”, su primer western post-Coyote/Zorro y “Antes llega la muerte” el previo a su asociación con productores alemanes y a la definitiva instauración de la iconografía del “spaghetti-western”, cuyo fulgor hará palidecer los otros intentos de Marchent, con la excepción de su despedida del género en 1972, “Condenados a vivir,1972”, un film poderoso y duro que devolvía a un director con nervio y un trabajo convertido hoy en pieza de culto internacional.

Este “El sabor de la venganza”, se compone como una historia de fuerte dramatismo, una auténtica tragedia bíblica de odios arrastrados y educación para la venganza, en la que una viuda  inculcará a sus tres hijos esa sed, tras ver como unos bandidos asesinan a su marido ante ellos. Los hijos interpretaran de diferente forma esta cultura y se colocarán a diferentes lados de la ley pero con una sed de sangre análoga.

Apoyado en un guión esplendido, escorado hacia el western psicológico que sería tendencia desde mediados de los 50 en el cine norteamericano (“El vengador sin piedad,1958” de Henry King, “El último tren a Gun Hill,1959” de John Sturges o la reivindicable “Más rápido que el viento,1958” de Robert Parrish, etc…) y participando por igual de la sencillez de la “serie b”.

Desarrollado a través de unos personajes endurecidos y obsesivos, afortunadamente Fernando Sancho relaja el ambiente con su sempiterno rol de mejicano pícaro, porque el resto de protagonistas son a cada cual más antipático, desde el envarado defensor de la ley a toda costa que interpreta el mediocre guaperas Richard Harrison, hasta su hermano envenenado por el plomo al que da vida un espléndido Robert Hundar, amenazador y siniestro, siempre tocado con un sombrero negro que le oscurece media cara, o incluso la madre de ambos, la habitual de Marchent Gloria Milland, que inculcó a sus hijos ese odio vengador y que verá su error demasiado tarde.

Riz Ortolani firma un “score” a lo Bernstein que potencia muy bien las imágenes fronterizas del lunar y agresivo paisaje almeriense, muy bien usado por el director para subrayar la sequedad terrible del drama, la determinación feroz de sus personajes (estupenda la escena de acoso en el cañón sobre el asesino mejicano por parte de un Hundar oculto que utiliza el eco como instrumento de miedo), Marchent remata la historia de un modo sorprendentemente abrupto, incluso cortante o un punto anticlimático, pero perfectamente coherente con el ideario del autor.

Antes llega la muerte

Año: 1964

País: España/Italia

98 min.

Fotografía: Rafael Pacheco

Música: Riz Ortolani

Guión: Federico De Urrutia, Manuel Sebares y Joaquín Romero Marchent

Reparto: Paul Piaget, Rober Hundar (Claudio Undari), Gloria Milland, Jesús Puente Fernando Sancho, Francisco Sanz, Raf Baldassarre, Álvaro de Luna

“Antes llega la muerte” es una debilidad personal y un título que consideró uno de los mejores “eurowestern” previos al advenimiento de Sergio Leone y a toda la iconografía del “spaghetti-western”, dirigido con pulso cristalino y un admirable sentido de la artesanía narrativa por Marchent. Contando con su equipo de actores y técnicos habituales forjados a través de Coyotes, Zorros y demás, en donde destacan el estupendo trabajo de Robert Hundar (el italiano Claudio Undari, ubicuo interprete de cientos de títulos) como vengador honorable, y la excelente partitura de Riz Ortolani, de sonoridades clásicas heredadas de Victor Young o Dimitri Tiomkin, amén de un presupuesto… digamos que holgado para los esquemas de la época (ganado a pulso en sus exitosos títulos anteriores), que permitió un rodaje en multitud de exteriores, desde Hoyo de Manzanares, hasta el esencial desierto almeriense pasando por una breve pero intensa secuencia nevada filmada en los Picos de Europa, con todo ello Romero Marchent compone un film sólido, en constante movimiento, repleto de drama y acción.

Un “western“ itinerante donde vuelven las bien integradas influencias de la férrea “serie b”, del western psicológico ya consignado o incluso del mitológico y estilizado universo de Budd Boetticher.

A esto se suma una ejemplar valoración del paisaje como elemento no solo estético, sino imprescindiblemente dramático que marca las reacciones de los personajes y el devenir de la historia, y una comprensión total de la ética intrínseca del género. Aunque la claridad expositiva esquiva el aburrimiento, la historia se dispersa por momentos (culpa quizás de un exceso de subtramas y personajes), especialmente en una parte central poco afortunada que abandona la concentración del viaje en beneficio de una pobre escaramuza en un fuerte, bien rodada pero que poco aporta, más allá de subrayar las necesidades que hacen que el grupo se una para sobrevivir, la necesidad transformando los lazos.

En compensación el desértico tercio final resulta magistral, todas las piezas encajan a la perfección; la angustia de no poder lograr el objetivo, la fisicidad rotunda de la sed (la conquista de un pozo será convertida en proeza épica y territorio del drama) y la arena (esa caravana incapaz de superar una inmensa duna que separa a los héroes de un pozo), la coherente evolución de los personajes, en la que el odio antagónico devendrá respeto y la ambición egoísta, sacrificio. Deja, además, imágenes imborrables: Fernando Sancho avanzando en paralelo a la cámara con el sol deslumbrando el horizonte o la bellísima escena de Hundar arrodillándose para dar de beber a un herido Piaget. Desde luego si la película hubiera mantenido esta intensidad a lo largo de todo su metraje estaríamos hablado de una obra maestra, aun así queda un largo espléndido, de verdadera hondura rematado por un final valiente y terrible, la muerte de la protagonista (nuevamente Gloria Milland) cuya salvación era el único objetivo del viaje, que rubrica la belleza romántica de este brindis al sol, la aventura por la aventura de un trabajo destinado al fracaso.

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