Cuando estuve bajo el polvo las canciones me salvaron: Esta tierra es mi tierra, Hal Ashby buscando el país de Woody Guthrie

Hoy había pensado revelar al mundo la identidad detrás de ese hipnotizante ombligo y esos torneados muslos y delante de esa fardona motocicleta pero finalmente decidí que ya estaba bien de tanta Italia (si, si, pertenecen a un “giallo” desvestido) y que era mejor cambiar un poco la tonada, para no cansar.

Y el cambio no puede ser mayor. La película elegida para la exhumación es “Bound for Glory” o “Esta tierra es mi tierra” un título diferente pero igual de afortunado por remitir ambos a lo mismo, a las canciones. A las canciones de Woody Guthrie, porque esto es un “biopic” si, pero de otra manera, de una mucho más interesante. Principalmente gracias a la extraña correlación entre el biografiado y el estilo y la elusiva personalidad de su director, Hal Ashby. Uno de los más estrafalarios autores que poblaron el fabuloso Hollywood de los 70, ese lugar de “moteros tranquilos y toros salvajes” que durante un breve periodo de esplendor creativo y dispendio crematístico acogió y reverenció a los directores como a dioses.

Ashby es un hombre de filmografía corta y abrupta, lo mismo abonado al éxito (“Shampoo,1975” un muy envejecida comedia sexual a mayor gloria de Warren Beatty como irresistible peluquero, “El regreso,1978” melodrama romántico bastante empalagoso nuevamente al servicio de una estrella, en esta caso Jane Fonda o “Bienvenido, Mr. Chance,1979″, todo un “pre-Forrest Gump” con un monumental Peter Selles como jardinero de pocas luces que terminará como asesor político) que al culto (“Harold y Maude,1972” extraña humorada sobre un joven suicida y una peculiar anciana, “El último deber,1975”, ahora sirviendo a Nicholson una comedia amarga sobre el último día en libertad de un joven soldado no muy espabilado al que sus escoltas deciden dar una buena despedida o su última “Ocho millones de maneras de morir,1986”, buena revisión del “noir” canónico con un reparto estupendo), acogiendo influencias que van desde Robert Altman a Bob Rafelson y que se había ganado no poco crédito como montador. Todo un personaje, desde luego, además de un director siempre (o casi) interesante aunque pocas veces (o ninguna) rotundo. Pero bueno esto no trata sobre la carrera de Ashby sino sobre una sola película suya, mi preferida claro.

Una película sobre la verdadera América y un devocionario de música popular, que comprende su belleza y el poder para conmover, alegrar o ayudar a la gente. Un canto general disfrazado de “biopic” del gran “folk-singer” Woody Guthrie indiscutible genio y padre espiritual de monstruos como Dylan, Townes Van Zandt, Steve Earle, Bruce Springsteen, Pete Seeger quizás su más rendido valedor, Will Oldham o Jeff Tweedy cuya imprescindible banda Wilco realizó un par de discos sobre el repertorio más picante y menos conocido de Guthrie sirviendo como grupo de acompañamiento y mucho más al impulsor del proyecto, el cantautor inglés Billy Bragg,  incluso Johnny Cash, sobre quien deja notar una influencia musical nada obvia pero si presente.

Ashby (sobre un guión de Robert Getchell que ya había recorrido carreteras semejantes en “Alicia ya no vive aquí,1975” ese curioso Scorsese country) retrata aquí a Woody Guthrie como un vagabundo vocacional, divertido, mujeriego, imprevisible, contradictorio y difícil, tanto espectador/cronista, como actante/provocador de los cambios sociales de su época. Todo con una sorprendente ecuanimidad abonada de ternura, que logra esquivar tanto las tentaciones hagiográficas como los habituales tremendismos tan queridos por este sub-género (algo similar conseguirá también Michael Apted en su desnuda “Quiero ser libre”, sobre la gran cantante Loretta Lynn y otro pequeño clásico del “americana”que prometo traer por aquí en dupla con otro trabajo de Bruce Beresford digno de revalorización “Gracias y favores” ), algo imposible de lograr sin la estupenda interpretación de un David Carradine carismático y esquivo, que sin parecerse al original (ni intentarlo) logra un verdadera impresión de autenticidad colaborando al triunfo que representa el haber sabido capturar  una versión a un tiempo fugaz y concreta. .

De tal manera y perfectamente definido el tono, todo el film desborda humanidad y veracidad, con esas imágenes de las familias de América durante la “Gran depresión”, caracoles herrumbrosos en el camino a California, entre polvo y viento. La América de los campamentos de trabajadores y del nacimiento de los sindicatos, de los “hobos” que toman trenes en marcha, del impulso de la radio… Pero en ningún momento Ashby glorifica, ni oculta la mezquindad ni las contradicciones (Guthrie tomará un tren por primera vez con una mezcla de ingenuidad y sentido aventurero y lo primero que se encontrará será reyertas a navajazos, robos y aspereza, muy lejos de la idílica imagen que se había formado), no cae en la loa estúpida del pobre pero feliz, sino que lo convierte en una mirada que comparte por igual rabia, orgullo y miseria.

Ashby opta por imponer su estilo impresionista de herencia “beat” (reforzado por una estupenda fotografía naturalista de Haskell Wexler, con el uso de una hermosa luz filtrada y de los colores dorados o terrosos), basado en la recopilación de pequeñas anécdotas que componen todo el fresco, de personajes episódicos y narrativa en constante movimiento con cierta querencia por la mística del camino. No olvida, claro está, los apuntes sobre la carrera de Guthrie (permanentemente peleado por un éxito que busca/rechaza) o sobre el funcionamiento de la naciente industria radiofónica (la necesidad de ella para lograr que el mensaje cale, pero también la constante pelea por que este no sea adulterado) y su importancia en la época (fantásticamente reproducida, huyendo de todo decorativismo), además de que usa con acierto la música como elemento dramático, contextualizador, emocional y narrativo.

Quizás tarda demasiado en arrancar y su duración sea desmesurada, con un primer tercio interesante aunque premioso que sirve de prólogo y que Ashby estira buscando una identificación vital con el protagonista (al que se presenta como juguetón y un punto infantil, trabajando como pintor ocasional de carteles, más pendiente de la belleza de estos que de su utilidad. Lo que sirve tanto para mostrar la incapacidad de Guthrie para acoplarse a un lugar común como para mostrar con sutileza su relación con los niños, algo que le llevó a grabar no pocas canciones para ellos), que vive adormilado en un villorrio en descomposición mientras se ve incapaz de hacer gran cosa por cambiar. Una parte que tiene el objetivo de subrayar por contraste la futura necesidad constante de movimiento del protagonista, una parte que tiene su punto culminante en una soberbia escena: una impresionante tormenta de arena cubrirá (muy metafóricamente) todo el pueblo y dentro de la casa tachonada solo quedarán las canciones, igual que a la propia América. Así se compone un film íntegro y emocionante, un clásico del “americana”. A descubrir sin prejuicios.

Esta tierra es mi tierra (Bound for Glory)

Director: Hal Asbhy

Año: 1976

País: Estados Unidos

147 min.

Fotografía: Haskell Wexler

Música: Leonard Rosenman

Guión: Robert Getchell

Reparto: David Carradine, Ronny Cox, Melinda Dillon, Gail Strickland, John Lehne, Ji-Tu Cumbuka, Randy Quaid, Elizabeth Macey, M. Emmet Walsh, Lee McLaughlin

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