Reserva espiritual de Occidente: Una vela para el diablo. Eugenio Martín y el auténtico horror interior español

Una vela para el diablo

Director: Eugenio Martín

Año: 1973

País: España

90 min.

Fotografía: José F. Aguayo

Música: Antonio Pérez Olea

Guión: Antonio Fos & Eugenio Martín

Reparto: Judy Geeson, Aurora Bautista, Esperanza Roy, Víctor Alcázar, Lone Fleming, Blanca Estrada

Una vela para el diablo supone la segunda aparición por aquí (tras su espléndido eurowestern El precio de un hombre) de Eugenio Martín, director que permanece muy por debajo de la verdadera consideración que merece y al que Carlos Aguilar y Anita Haas han dedicado un reciente volumen  Eugenio Martín. Un autor para todos los géneros. La película ha sido además restaurada recientemente por mediación del festival granadino Retrobak con el añadido de algunos minutos perdidos que ayudan a redondear las intenciones (especialmente en lo referido a las pulsiones sexuales reprimidas del personaje de la Bautista), mejorar la fluidez narrativa y es de esperar, colaboren a que la película vuelva la mercado. Esto lo digo de leidas claro, porque desgraciadamente la única copia al que he tenido acceso es a un  no muy lejano pase televisivo que algún alma caritativa grabó y puso a disposición del que la quisiera ver, ciertamente ambas versiones no difieren en lo esencial: la corrosión, la brutalidad de un discurso nuevo y feroz dentro del horror español.

Pero, además, este segundo rescate de Martín busca relacionarse con algo que ya casi está aquí, una sorpresa y una novedad en el blog que tiene que ver con el autor del libro citado arriba. La publicación de una monumental entrevista-río al imprescindible Carlos Aguilar  que lleva gestándose desde finales del pasado año y que ya está casi, casi…

Así esta reseña (y alguna otra que enlazará las entregas) está en relación a lo que en ese evento se tratará. Así que preparaos, será de todo menos breve, quedáis advertidos.

Lo que convierte a Una Vela para el Diablo en una de las obras maestras (por no decir la obra maestra) del horror nacional hay que buscarlo en su decidida manera de articular un genuino discurso español para el género, aventajando tanto al El huerto del francés(1977) de Naschy y algunos trabajos de Eloy de la Iglesia como La semana del asesino o (1971), El techo de cristal(1971) o Nadie oyó gritar(1973) con las que comparte ciertos rasgos en el uso retorcido de la tipología de unos actores muy representativos de un cine nacional bien diferente, en el caso del donostiarra, nada menos que Vicente Parra, galán de papel counché de impoluta imagen, y la bellísima Carmen Sevilla de la época.

Una vela para el Diablo aparece como un film brutalmente lúcido logrado a partir de volcar la mirada en el barbarismo interior, en esa España negra de portada de “El Caso” que mezcla sátira del aperturismo (que hacía bullir por igual carteras y braguetas) y cuento macabro dentro de una atmosfera de pegajosa sexualidad y moralismo inquisitorial desquiciado (antológica la señal de Dios que pone en marcha la tragedia: una vidriera rota tras el primer asesinato accidental indicará el camino a seguir) corporeizado en la persona de dos hermanas beatas, frustradas y faltas de riego, que deciden enderezar a las extranjeras zorripangas que “corren medio desnudas por nuestras calles y curiosean los vestigios de nuestra gloriosa historia” (palabra de Aurora Bautista, amén). Un trabajo sulfuroso más cercano a la desesperada negrura de la magistral El extraño viaje que a ninguna otra cosa que se haya realizado nunca en España, una radiografía despiadada y filtrada por el género de la emntalidad de un pais en un momento muy determinado de su historia.

Interpretadas de modo absolutamente genial por Esperanza Roy y la propia Aurora Bautista (terrorífica y más allá, retorciendo su recuerdo de musa de “Cifesa” y la épica del cartón piedra de la España eterna), las hermanas serán la encarnación de la envidia más puerca y la mojigatería rebozada en nacionalcatolicismo (y no poca hipocresía, el personaje de Esperanza Roy, más debil pero curiosamente también con cierto afán de independencia, mantiene una relación erótica con un mantenido más joven que ella)  cuya calentura traspasa la pantalla (apoteósica la escena en la que la Bautista espía a unos muchachos bañandose desnudos en un río y luego vuelve a casa pasando entre unas zarzas lacerantes que, a la vez, castigan y excitan), dos hermanas viscosamente unidadas por unos  vínculos de dependencia particularmente complejos y perversos. Un equilibrio imposible de control psicológico, simbiosis enfermiza y “qué dirán” cateto.

Soberbiamente rodada por Eugenio Martín, con un cuidado en la puesta en escena (la manera de componer el encuadre con las dos hermanas o la elegancia e ingenio en la forma de relacionar visualmente una escenas con otras a través de los objetos y el encuadre, adelantando acontecimientos o comentando irónicamente los hechos) y un manejo de los resortes de la narración muy por encima de la media entre sus colegas (el estupendo clímax final, la forma en que estira el tempo de las secuencias de suspense o erotismo turbio), rebosante de momentos imborrables que se suceden en escala, desde la imagen de la hermana mayor con la ropa desgarrada y cubierta de sangre empuñando orgullosa el cuchillo, hasta la seca filmación de cada crimen y terminando en ese detalle tétrico y repugnante que provocará el desenlace, en una negrísima y salvajemente hispana comunión de muerte y comida que se repetirá en no pocos títulos del Fantaterror” español, como muy bien señala Antonio José Navarro en su estupendo artículo sobre la posibilidad de un giallo español en El Giallo Italiano. La oscuridad y la sangre.

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