Artistas y modelos: Carlos Aguilar, arqueólogo del cine imposible Vol.II. Donde se habla de los actores y se recuerda a los amigos, nos quedamos fascinados por las mujeres más bellas, nos quejamos de lo moderno y al final sale un monstruo.

Ya está aquí la segunda entrega, que como todo buen folletín acabará en todo lo alto con la aparición de un auténtico monstruo, un genio, un loco, nada menos que Klaus Kinski. Este bloque central será, en algunos aspectos, casi temático y se centrará en “los actores”, en los libros que Aguilar les ha dedicado y en su fascinante/fascinada relación con ellos, una mezcla de amistad, encantamiento juvenil y mitomanía cinéfila suavizada por lo cotidiano. Todo ello con algo muy especial, el protagonismo tierno y emocionante de John Phillip Law. Sin más:

I’ll bring you precious contraband
And ancient tales from distant lands
Of conquerors and concubines and
Conjurers from darker times

Recupero el libro sobre Gemma (Giuliano Gemma. El factor romano España, 2003, Ed. Diputación de Almería) no solo para hablar un poco sobre este excelente actor, verdadera alternativa lúdica a aquellos costrosos y reconcentrados anti-héroes a lo Franco Nero sino también para enlazar con tu pasión por los actores y los libros dedicados a ellos. Pero primero Giuliano Gemma.

Giuliano y yo nos conocimos en el festival de Valladolid en 1987, cuando él presentaba una película española que protagonizó entonces, Al acecho. El reencuentro tuvo lugar en un festival italiano, en Madonna di Campiglio, muchos años después, cuando yo ya sabía hablar italiano y contaba cierta presencia profesional en el país. Poco después propuse el libro-homenaje en Almería, debido a que no existía ningún volumen sobre él en parte alguna, salvo uno publicado en Japón durante los años 70, que compré en Tokio durante mi primer viaje a la ciudad. Lo aceptaron encantados, pues al igual que yo Ignacio Fernández sabía que Giuliano fue un auténtico ídolo popular en Europa durante cerca de quince años, algo impensable ahora con cualquier actor continental, y eso justificaba con creces un trabajo que desglosara el caso, máxime cuando varias de sus películas más exitosas se rodaron en Almería; así, nuestro libro ha sido el primero sobre él publicado en Europa, con base en la amistad que existe entre Giuliano y yo, sentimiento que facilita la conversación, la confianza. Otro de mis amigos del cine italiano, Tonino Valerii, me hizo el inmenso favor de escribir el prólogo. Por lo demás, es cierta esa debilidad por los actores que comentas, que nació en mi infancia, cuando antes que una “política de autores” seguía una “de estrellas” o de “géneros” a la hora de escoger película, también porque entonces cada estrella solía simbolizar un género determinado.

¿Uno de los factores claves de aquel éxito fue esa consolidación de un star system propio?

Sin la menor duda. Christopher Lee y Peter Cushing, que simbolizaban el terror gótico, Giuliano Gemma y Franco Nero, el Spaghetti Western, Alain Delon y Jean-Paul Belmondo, el Polar,

Franco Nero y Sergio Corbucci en 1968 durante el rodaje de Salario para matar

Joachim Fuchsberger y Heinz Drache, el Krimi, las bellezas que compaginaban géneros diversos…

¡Franco Nero!, no puedo dejar de preguntarte si conoces a este auténtico divo del cine de género, sufridor impenitente e imagen corporativa de este sitio.

Sí que le conozco, es un hombre un tanto antipático y de todo punto autosuficiente. Pero hay que respetarle, por lo que ha hecho y lo que significa. Y tiene cabeza: con tal de trabajar con Buñuel, en Tristana aceptó un papel secundario en la etapa de su mayor popularidad. Gracias a esa decisión, puede enorgullecerse de figurar en la filmografía de uno de los mayores genios del Séptimo Arte.

Este amor por los actores y las actrices también se corporeizó en otra obra monumental que emprendiste junto a Jaume Genover, Las estrellas de nuestro cine (Las estrellas de nuestro cine España, 1996, Ed. Alianza) ¿Cómo fue la confección de semejante diccionario?

Extraordinariamente difícil. Entonces apenas había documentación a la que recurrir, por lo cual hubo que vaciar toda clase de archivos y revistas, para recoger lo poco que existía, y localizar a los propios intérpretes. Arma de dos filos, porque normalmente mienten mucho, y tratan de silenciar trabajos de los que se avergüenzan, magnificar otros sin mayor relieve, engañarte en fechas y datos… Es una gente muy particular, para la cual nuestro propósito de escribir un libro de historia no era tan relevante como, para ellos, entrar en la posteridad sólo con los datos que les interesaban. Añade a esto que ni Genover ni yo estábamos informatizados todavía, y todo lo hacíamos en máquina de escribir, acumulando cientos de folios con correcciones a mano… Resumiendo, un trabajo largo, intenso y complejo. Con todo, creo que a la postre el libro quedó muy bien; además, se vendió bastante y ganó un par de premios.

¿Este libro y el que realizaste sobre Ricardo Palacios (Ricardo Palacios. Actor, director, observador España, 2003, Ed. Festival de Santander) sirven como reivindicación llena de ternura sobre esa estirpe de los característicos españoles?

Efectivamente. A mí los secundarios siempre me llamaron la atención más que las estrellas, por lo general. No sé por qué, acaso me sentía yo de chaval como un personaje secundario en la vida, podría ser. Ricardo Palacios no es un secundario típico, en el sentido de que además de sus papeles de reparto ha escrito y dirigido, pero también podemos verlo así. El libro quedó muy bonito, lo malo es que la edición era muy limitada, y ya no hay quien lo encuentre.

Cine Doré 1993

Aquí al lado hay una foto tuya con Fernando Fernán-Gómez, que quizás sea la personalidad cinematográfica más importante de la historia del cine español, y con un actor particularmente entrañable, José María Tasso, que siempre me llamaba la atención con aquel flequillo y su tipo desgarbado en aquellas películas de Marisol y similares que veía los domingos en la casa de mis abuelos paternos. ¿Puedes contarnos algo de ellos?

A Fernando le conocí poco, pero siempre agradecí que accediera a presentar Las estrellas de nuestro cine, sin pedirnos un duro, sólo que le invitáramos a cenar en algún sitio maravilloso!. Me pareció un hombre brillante y de un ingenio singular, gran conversador, con especial capacidad para la paradoja y el retruécano; un poco distante acaso como persona, quizá también porque entonces ya estaba mayor, y muy “quemado”. En su caso, la frase hecha “había vivido mucho” se quedaba corta! El caso de Tasso es diferente, porque fuimos amigos en los últimos y tristes años de su vida, cuando se vio sin hogar y alejado de sus hijos, por culpa de la separación, o divorcio, no recuerdo bien, rebotando de una habitación de alquiler en otra. Tasso, “Tachuela” como le llamaban y se hacía llamar, era una persona maravillosa. Tan extravagante como parecía en las películas, pero con control propio, sin hacer estupideces ni fantasmadas. Muy buena persona, y ocurrente y positivo hasta cuando todo iba en contra; por ejemplo, recuerdo que una de las últimas veces que le ví me dijo “Carlos, he estado pensando en suicidarme. ¿Pero qué solucionaría así?”.

A partir de aquí llega un momento especial y es que ya resulta obligado preguntarte por otro de tus últimos libros, el que dedicaste junto a tu mujer, la escritora canadiense Anita Haas, al gran John Phillip Law (John Phillip Law. Diabolik Angel. Ed. Scifi World/Quatermass España, 2008), que además era amigo personal tuyo y que falleció poco antes de la publicación, ¿qué supone par ti este libro?, debe ser una mezcla extraña de orgullo y tristeza.

Pues sí, tú lo has dicho. Anita y yo entablamos una gran amistad con John apenas conocernos, y fuimos viéndonos siempre que fue posible. Además, él me escribió el prólogo de La espada mágica, en ambas andaduras del libro, y yo le introduje, como un personaje más, en mi novela Nueve colores sangra la luna, hablando en inglés, lo cual le hizo mucha gracia. El primer chispazo que originó el libro fue de Anita, consideró que alguien con una vida tan especial y novelesca, amén del apartado cinematográfico, justificaba un libro que la recogiera toda. Piensa que ella procede de una cultura donde en los libros de cine predomina el llamado “interés humano”, más que la glosa de la actividad profesional. Javier G. Romero, el editor de Quatermass, había conocido también a John, y nos brindó la oportunidad de hacer el libro sin reparar en medios; de hecho, al final su producción fue tan lujosa que debió incorporarse la revista Sci Fi World para cubrir todo el coste. Anita y yo estuvimos viviendo con John durante una semana en su casa de Hollywood, grabando muchas horas de entrevista, al calor de la confianza existente entre nosotros; además John nos prestó gran cantidad de material gráfico, casi todo inédito, y habló personalmente con Ray Harryhausen para que nos escribiera el prólogo. Anita y yo disfrutamos mucho escribiendo el libro, estábamos contentos de dar a conocer una

"Absent friends, here's to them. And happy days, we thought that they would never end" Absent friends, The Divine Comedy

personalidad tan singular, que a sus casi setenta años tenía espíritu juvenil, una gran lozanía. Por desgracia, la última vez que le vimos ya no era el mismo. Fue en Madrid, en nuestra casa, para una cena, con más gente. Aunque John seguía siendo encantador, obviamente estaba muy enfermo; caminaba con dificultad, hablaba poco… Le mostré las pruebas del libro en mi ordenador, así como la portada, y quedó entusiasmado. Me dijo algo que no podré olvidar jamás: “Carlos, es mucho más bonito de lo que jamás pude imaginar”. Fue la última vez que le vimos. Hablamos en alguna ocasión más, por teléfono. Y cuatro o cinco semanas antes de que el libro saliera de imprenta, su sobrina nos llamó para notificarnos su muerte. Horrible. De este modo, el libro cobró una dimensión suplementaria de homenaje póstumo a un amigo, y así lo  subrayamos todas las veces que lo hemos presentado. La penúltima, en Retroback, a cargo de nada menos que Caroline Munro, que es una persona maravillosa, no puedes imaginarte hasta qué punto. Y la última en Filmoteca Española, antes de la proyección de ¡Que vienen los rusos, que vienen los rusos! (Norman Jewison,1967) que fue la película que lanzó a John, y la primera que ví de él, siendo yo un niño.

La espada mágica es una preciosidad (La Espada Mágica. El cine fantástico de aventuras España, 2006, Ed. Calamar Ediciones) y tiene muchos admiradores. Creo que estás especialmente orgulloso de ese libro. Y tengo que decir que no es para menos.

Sí, me encanta. La estructura, la organización, la edición, el material gráfico, el propio texto… Recuerdo que John me dijo “Qué honor, mi nombre junto al tuyo, en la portada de un libro tan genial”. Sin pensarlo dos veces, respondí “El honor es mío, mi nombre junto al intérprete de Simbad y Diabolik, en la portada de uno de los libros que prefiero en toda mi carrera”.

¿No hubo ninguna colaboración más, entonces?

Pero existió el proyecto. Iba a representar mi debut como director, sería un mediometraje en homenaje al Spaghetti Western titulado Un hombre, cinco balas, lógicamente para rodarse en Almería. La idea era que John retomase su personaje en De hombre a hombre, lógicamente ya mayorcito. Tras el fin de aquella película, se hizo sheriff y lo ha sido siempre, año tras año. Ahora vive solo, viudo sin hijos, y debe enfrentarse a cinco enemigos tan talluditos como él, que llegan al pueblo para matarlo en venganza de viejas rencillas. Estos cinco aparecerían juntos en una única escena, y estarían encarnados por actores secundarios típicos del Spaghetti Western, en caracterizaciones similares a las que despertaron mi atención de joven: Aldo Sambrell, como en La muerte tenía un precio (Sergio Leone 1965), Federico Boido, como en Los profesionales del oro (Giorgio Capitani 1969), Hugo Blanco, como en El precio de un hombre (Eugenio Martín 1966), Frank Braña, como en El bueno, el feo y el malo (Sergio Leone 1966), y Dan Van Husen, con barba y una peluca a imagen de su look de entonces. En las escenas correspondientes, sin diálogo alguno, John los iría matando, a cada uno de una forma y

Frank Braña, que para algo es asturiano

en un ambiente distinto, pero todos conseguían atinarle un balazo; es decir, John acababa victorioso pero con cinco balas en el cuerpo, de ahí el título. La única escena hablada sería una reunión de las fuerzas vivas del saloon, comentando la amenaza que se cierne sobre el pueblo, en la persona de su otoñal y honesto sheriff, al que tanto deben. Pensé en Eduardo Fajardo como el alcalde y Lone Fleming su esposa, Jack Taylor el reverendo, Antonio Mayans el maestro y Conrado San Martín el banquero, más Erika Blanc como la

Dan Van Husen versión daguerrotipo, que para algo es amigo de Aguilar

madame del saloon, y al fondo, mirando y limpiando vasos sin hablar, Ricardo Palacios de camarero. Lógicamente, iba a pedir

asesoramiento en la realización, en concreto a Tonino Valerii, y a Alessandro Alessandroni que compusiera la banda sonora, dada la amistad que me une con ambos. Llegué a escribir un tratamiento, aun provisional pero válido para empezar a mover la cosa, y a comentarlo con Ignacio Fernández, ya sabes, de Almería. Pero acto seguido fue cuando John enfermó, y yo detuve todo, supeditado a cómo pudiera evolucionar. El trágico resultado ya lo conocemos todos.

Un proyecto francamente extrañísimo y muy sugerente. Parece un spaghetti visto por el Seijun Suzuki de los 60. Me parece que muestra a las claras tus gustos y obsesiones como crítico.

Bueno, no pensé nunca en Suzuki, que es un cineasta admirable pero de índole extravagante. Yo quería, por el contrario, que Un hombre, cinco balas fuera extremadamente sobrio, de ahí la casi total ausencia de diálogos, y formalmente fiel al Spaghetti: pantalla ancha, primeros planos, una violencia característica, música envolvente, un sentido privativo del vestuario y de los decorados… y, claro, supongo que del primero al último de sus planos iban a traducir mucho de lo que llevo dentro. Se dice “Eres lo que comes”, y su sentido metafórico es que respondes a lo que te ha formado; concretamente, a tus gustos durante, más o menos, tus quince primeros años de vida, que son los que determinan la personalidad.

Anita Haas y Carlos Aguilar flanqueando a Jim Jarmusch, auténtico "Jesus of Cool" que diría Nick Lowe

-Más cercano a Jim Jarmusch entonces, sueles hablar muy bien de él y creo que incluso colaboraste en un libro.

Cierto, tú lo has dicho. Jim Jarmusch siempre me ha encantado; bueno, hasta que ha empezado a trabajar con Bill Murray, desde entonces la calidad de su cine ha ido en picado! En cualquier caso, hasta Ghost Dog (1999), que me parece una obra maestra, su cine me fascina, y él me cae muy bien, le conozco un poco. No es como, por ejemplo, David Lynch, que cuando está a tu lado procura demostrarte en cada segundo cuán especial es; por el contrario, Jarmusch es especial, lo sabe y eso ya le basta, a tu lado jamás intenta demostrarte nada. En cuanto al libro que dices sobre él, es italiano y mi colaboración consiste en la introducción, de índole personal más que analítica.

¿Ha perdido el cine de fantasía ese punto de inocencia tan necesario que daban, por ejemplo, los trucajes de Harryhausen?

Lo ha perdido por completo, sin la menor duda. Por mentalidad y tecnología, que vienen a significar una misma cosa. Y lo ha perdido incluso en el cine oriental, que era “el último refugio” de ese estilo de concebir la fantasía.

Al hilo de esto, ¿qué te parece la digitalización en el cine?, no en uso de efectos especiales, sino en la utilización de soportes de alta definición al modo de Michael Mann o la reciente District 9 (Neill Blomkamp,2009), por ejemplo

No me gusta nada. La imagen se empobrece, pierde definición y fuerza, no soporta algo tan bello del cine como la profundidad de campo. ¿Imaginas las geniales películas de Orson Welles rodadas en digital?

Algo de eso intenta Michael Mann en sus últimos trabajos, pero todavía no estoy seguro de si lo consigue.

Yo creo que no. En cine, técnica y estética son inseparables, para bien o para mal.

La figura de Corman, que trabajó con Law, en El Barón Rojo (1971) bien merece una reivindicación con forma de libro pormenorizado, no solo como productor sino como el granadísimo director que es. Sus títulos sobre Poe son estupendos pero la dupla gangsteril La matanza del día de San Valentín (1967) Mama sangrienta (1970) es absolutamente arrolladora. ¿Lo has

Roger Corman y Vincent Price en el rodaje de La máscara de la muerte roja (1964)

conocido?, ¿te seduce la idea?

Sí que conozco a Corman. En 1984, cuando trabajaba yo en el festival de cine fantástico de Madrid, conseguí reunirle con Vincent Price para que presentaran una retrospectiva del ciclo Poe. ¡Nada menos! Es uno de los mejores recuerdos profesionales de mi juventud, no digamos haber tratado a Price, que era una persona maravillosa, un hombre cultísimo, divertido, modesto… en verdad adorable. En cambio, Corman es casi su antítesis: un hombre muy correcto pero de lo más gris, que nunca dice nada especial y sólo habla de negocios. Pero por supuesto que muchas de sus películas son excelentes, sin ir más lejos las de gangsters que mentas. Pero la verdad es que nunca he pensado en escribir un libro sobre él. Escribí un artículo en el catálogo del festival, no recuerdo si en el año que vino o en el anterior.

Quiero cerrar este apartado estelar con Kinski, pero antes me gustaría preguntarte por otros actores sobre los que no has escrito: el primero es inexcusable: Howard Vernon, que fue gran amigo tuyo ¿cómo era, nunca has sentido la tentación de realizar una biografía sobre él, debió de tener una vida francamente literaria? Al igual que con Law se mezcla la admiración previa y la amistad posterior, ¿cómo resulta eso, no hay momentos en los que sales de ti mismo y piensa, ¡madre mía estoy con este hombre que era ídolo de mi infancia!?

En efecto, Howard y yo fuimos muy amigos. Era un personaje curioso, algo extravagante, muy independiente, que vivió en una casita pequeñita del centro de París durante los últimos cincuenta años de su vida. Alguna vez he pensado escribir sobre él, ciertamente. Pero no le llegué a grabar nunca ninguna entrevista, salvo una que publiqué en una revistucha catalana titulada Shows, hace unos veinticinco años. Entonces, me faltan datos. O no tengo suficientes, mejor dicho. En cuanto a esa frase de “¡Madre mía, estoy con este hombre que era ídolo de mi infancia!”, aciertas de pleno, porque lo he gritado en mi interior en varios casos, no sólo John y Howard.

¿Cómo es esa relación con personalidades y autores que marcaron tu educación sentimental?, estar con ellos debe requerir un verdadero esfuerzo de abstracción para no permanecer embobado.

Cierto. Pero normalmente es así sólo al principio. Después, cuando ya existe una confianza mutua, la relación digamos que se relaja, y empiezan a contar otros factores, admiración aparte. Aunque es verdad que nunca desaparece del todo la emoción de saberte amigo de alguien que tanto te ha fascinado desde la pantalla.

Otro actor buen amigo tuyo es también Jack Taylor, otra personalidad de vida novelesca y figura cinematográfica magnética que merece un libro para él solo ¿cómo llegó a dar en España?

Nos conocimos en Benidorm, en 1984, recuerdo que el hotel se llamaba Belroy. Allí estábamos alojados el equipo que estábamos rodando con Jesús Franco, y allí llegó otro, para una película que debía rodar Jesús pero de la cual se escaqueó, y acabó filmando Pierre Chevalier; Jack era uno de los actores. Desde entonces, hemos guardado una buena amistad, vive en Madrid, no muy lejos de mi casa. Él aprendió español en México, allí estuvo viviendo y trabajando una temporada, con otro pseudónimo, Grek Martin; se llama realmente George Brown, y es de Oregon. Entonces, haciendo una gira teatral, vino a España, en concreto a Madrid, y un día llamó a su camerino un director, que no era sino León Klimovsky, proponiéndole un papel en un western que estaba preparando, Fuera de la ley. Jack aceptó y a raíz de eso se quedó en España para siempre. Su nuevo nombre artístico se lo puso el coproductor francés, Marius Lesoeur, diciéndole que en España ya había muchos Martin!

No quiero dejar escapar a una actriz que me fascina, María Röhm, al igual que Taylor muy unida al mejor Jesús Franco (en Eugenie están memorables ambos). Creo que era mujer de Harry Alan Towers además. Pese a ser una

Maria Röhm seduciendo a Marie Liljedahl en Eugenie

actriz excelente nunca salió del circuito bis y encima se retiró pronto.

Sí, Eugenie contiene la mejor interpretación de Maria Röhm. Era una actriz limitada, pero con un encanto fino y ambiguo que bien encarrilado podía funcionar estupendamente en pantalla, como en esa película. Sucedía que no era exactamente una actriz, era sólo la novia de Towers, luego acabaron casándose, y por eso colaboraba con él tanto delante como detrás de la cámara. Así, cuando alcanzó una cierta edad se centró en los “negocios”.

He estado repasando entrevistas tuyas, tanto las que te han hecho, para no repetirme mucho, como las hechas por ti, especialmente en la revista Quatermass (recupero ahora este tema) y me gustó mucho una a Ingrid Pitt, otra personalidad con vida de película ¿qué nos puede contar de ella?

La conozco poco, sólo de aquella vez en el festival de Sitges. Entonces estaba muy tocada por el alcohol, bebía muchísimo, y, supongo que por eso, era algo incoherente en sus palabras. El montaje de aquella entrevista fue realmente difícil. Pero era muy simpática y desbordaba encanto, si bien también se le notaba por debajo una personalidad fuerte, quizá demasiado para mi gusto. Pero supongo que últimamente está bien, Caroline Munro toma café con ella de vez en cuando sin mayor problema.

Caroline Munro vuelve a aparecer y tengo que pedirte que nos cuentes algo de ella. Desprendía un erotismo freso e ingenuo muy de tebeo.

Caroline posiblemente sea la persona más dulce y adorable que he conocido dentro del Cine. Es una persona verdaderamente maravillosa, precisamente ayer Anita y yo hablamos con ella, para felicitarnos el año nuevo. Acaso por eso, por ser tan increíblemente buena persona, no llegó a ser una gran estrella, por lo común en el Cine han triunfado las personas más duras y despiadadas, las que no han tenido miramientos a la hora de buscar el éxito, los egoístas. Y quizá la personalidad de Caroline no estaba hecha para un medio profesional tan agreste y competitivo. En cuanto a lo que dices del tipo erotismo que desplegaba, estoy de acuerdo. Por muy insinuante, y hasta escabroso, que pueda ser su personaje, la dulzura natural de Caroline es tan fuerte que el rol acaba por ser naif, efectivamente de tebeo.

Uno más, el gran Ralph Bates, otro actor injustamente desconocido ¿por qué crees que hizo tan poco cine?, Doctor Jekyll y su hermana Hyde (Roy Ward Baker, 1971) es una obra maestra… ¿A Martine Beswick la conoces también?

Bates era un encanto. Un hombre de lo más llano y asequible, majísimo, nada engreído y con un sentido del humor muy sano, antitético de esa acidez típica de la ironía British. Mereció más, porque era un actor magnífico; aunque quizá su físico y personalidad interpretativa le relegaban a papeles de época, en roles modernos no encajaba tan bien. A mí me fascinaba en sus papeles para Hammer. La Beswick también es un encanto de persona, pero resulta un tanto excesiva, agotadora, de puro nervio y energía que desborda. En cualquier caso hechiza, es magnetismo puro.

Detras esa Doctor Jekyll y su hermana Hyde y también de la maravillosa El viaje fantástico de Simbad (Gordon Hessler, 1971), anda Brian Clemens, guionista del clásico televisivo The Avengers y libretista también  de aquel simpático Captain Kronos (1974) que incluso dirigió.

Clemens era un escritor muy ingenioso. Copiaba de todas partes, pero conseguía que el conjunto tuviera una personalidad propia, además de coherencia. Como director no estaba tan dotado que para la escritura, pero aun así Captain Kronos tiene su encanto, efectivamente, y varios momentos memorables.

Junto a Tudor Gates, otro guionista de The Avengers, animó bastante a la alicaída Hammer de los 70.

Cierto. Gates tiraba más hacia el erotismo, y Clemens a la mixtura de personajes y estilos.

Un breve interín, ¿cuál es tu colaboración con esa revista esencial que es Quatermass? Para mí la mejor que se edita en España, así de sencillo.

Verás, su creador y editor, Javier G. Romero, y yo nos conocimos hará unos quince años, cuando él me llamó para invitarme al festival de cine fantástico de Bilbao, que dirigía a la sazón. Surgió así una gran amistad, que resiste un año tras otro, y de la cual han nacido diversas colaboraciones; sin ir más lejos, el libro sobre John Phillip Law, como ya comentamos. Respecto a Quatermass, me faltó tiempo para aceptar su propuesta de colaborar. Es una revista admirable, llena de amor por el género fantástico pero sin el menor coqueteo con lo freak; por el contrario, desborda rigor, espíritu crítico, sobriedad en la estética, calidad en el contenido… revelando que el entusiasmo no es incompatible con el respeto, al lector y a uno mismo. Mi labor, en concreto en estos tres últimos y maravillosos números, ha consistido en escribir y entrevistar, aportar material gráfico, proponer autores, tanto españoles como extranjeros, traducir colaboraciones de diferentes lenguas, participar en presentaciones… lo que se tercie, en aras de la categoría del resultado. Quiero añadir que Javier reúne talentos diversos: escribe, diseña, maqueta, presenta… y todo lo hace muy bien. Para mí, haber participado en la evolución de Quatermass representa un placer.

Volvamos a los actores, en este caso a las actrices por el camino del erotismo y a una obra en la que colaboraste y que se editó aquí, en Gijón. Un librito espléndido llamado Hecho en Europa, donde entre el spionistico y el exploit bélico, también te ocupas de las bellezas del aquella edad de plata en una capítulo fabulosamente titulado Casi se ve, casi se toca. ¿Háblanos de ellas, por favor?, en muchos casos, no solo eran mujeres subyugante sino actrices espléndidas que superaban por mucho en talento y carisma a sus partenaires masculinos. ¿Sería imposible escoger tus favoritas?

No sería fácil, desde luego. Crecí fascinado, casi enamorado, por Chelo Alonso, Florinda Bolkan, Rosalba Neri, Erika Blanc, Barbara Steele, Maria Perschy, Caroline Munro, Martine Beswick, Margaret Lee… con menciones especiales para Marisa Mell y Soledad Miranda, pues me dejaron una huella indeleble en Diabolik y Las vampiras, respectivamente, por muy cortadas que estuvieran las copias españolas. Y me alegra que destaques ese artículo, porque me gusta en especial entre todos los que he escrito, creo que era necesario, que hacía falta afirmar alto y claro que las actrices de las coproducciones europeas de los años 60/70 desplegaban una capacidad de sugerencia erótica como nunca se había visto en el cine, ni se volverá a ver.

¡Ay, Soledad Miranda!, ¿qué tenía?

No es fácil de explicar, desde luego. Pero podría resumirse en una mixtura de fragilidad y sensualidad, tremendamente femenina y tanto más atractiva cuanto parece inconsciente.

Ahora si, Klaus Kinski servirá para decir “hasta luego” a los divos y enlazar con tus trabajos en el extranjero. Colaboraste en un libro alemán sobre este monstruo (Ich, Kinski Alemania, 2001, Ed. Deutsches Filmmuseum). Al igual que a ti me fascina su presencia cinematográfica, nunca sabes que puede pasar con él en pantalla, lo primero ¿cómo surge esta colaboración?, ¿llegaste a conocerlo?. Qué te parece el documental de Herzog (Mi enemigo íntimo,1999) en el dice que nunca debieron conocerse ¿eran combustibles o Kinski funcionaba igual con otros directores?, Jesús Franco dice que era un verdadero profesional y desde luego una carrera tan larga no se hace siendo un demente insoportable todo el tiempo.

Una novia que tuve yo poco antes, Ursula Vossen, y que lógicamente conocía mi debilidad por Kinski, me propuso participar en ese libro, que editaba la filmoteca de Frankfurt. Ella, además, me tradujo el texto al alemán e iba a ser mi intérprete en la presentación; pero al final no fui, no recuerdo por qué. En cualquier caso, me maravilló cómo quedó el libro, consiguieron un material gráfico increíble, mucho cedido por la última viuda de Kinski. Por lo demás, no llegué a conocerle, aunque sí a esta viuda, la actriz italiana Debora Caprioglio, así como a mucha gente que le trató. Y casi mejor no haber conocido a Kinski, pienso. El documental de Herzog no está mal, aunque le sobra vanidad de autor, pienso. Respecto a lo que dice Jesús Franco, necesita matices: Kinski era muy profesional pero también un desequilibrado, amén de imprevisible. Por eso, unas veces podía ser encantador y otras resultar insoportable. De ahí que contratarlo fuera un poco como jugar a la lotería. Pero conforme envejeció la segunda cara fue dominando a la primera, pues su carácter fue estropeándose; de ahí que en los últimos años apenas trabajara, pues se había corrido la voz de que con Kinski ya no había manera.

Vol.I Vol. III

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