“Sad-eyed lady of the Lowlands”, Ida Lupino te enseñará la cara del mal: The Hitch-Hiker, el diablo tumbado al sol de la serie b.

With your mercury mouth in the missionary times,
And your eyes like smoke and your prayers like rhymes,
And your silver cross, and your voice like chimes,
Oh, who among them do they think could bury you?
With your pockets well protected at last

The Hitch-Hiker

Directora: Ida Lupino

Año: 1953

País: Estados Unidos

71 min.

Fotografía: Nicholas Musuraca

Música: Leith Stevens

Guión: Ida Lupino & Collier Young

Reparto: Edmond O’Brien, Frank Lovejoy, William Talman, José Torvay

Pura serie b. Seco, directo, sin perder tiempo y repleto de estilo. Así es este esplendido psycothriller itinerante y más tenso que un alambre. La película más celebrada de la espléndida Ida Lupino, carácter indoblegable, verdadera rareza dentro del contexto del Hollywood de la época actriz, productora, guionista y directora) y personalidad esencial de la evolución del papel de la

La reina de la serie b ganándose la corona

mujer dentro de la historia del cine, Queen of the b´s que como bien apunta Quim Casas (Dirigido nº328, Noviembre 2003) encontró en el sistema de producción b la única forma de trabajar dentro de la industria, el reducto de la independencia. Un poco de historia para empezar.

Producida (o distribuida más bien) para la major RKO esta es la quinta y antepenúltima película dirigida por Lupino (que también trabajó mucho para televisión), que unos años antes se había constituido en productora independiente bajo el nombre, primero de Esmerald y finalmente como The Filmmakers en

La pin-up para el hombre inteligente

sociedad con su, por entonces marido, el guionista Collier Young.

Así pudo dirigir y escribir sus propias películas. Además de producir, claro, de un total de 11 filmes facturados destaca con fuerza una joyita como Private Hell 36 (1954) para Don Siegel, que era buen amigo suyo y en la que además participó en un rol secundario. Y este era el tipo de papeles a los que estaba siendo relegada en la época: los característicos. A los que se amoldó con facilidad gracias a su magnética presencia en pantalla, una consumada robaplanos merced a su voz rasposa y sus ojos cansados.

Arrinconada, en cierta medida por su parecida tipología con otras stars de su tiempo como la diva Bette Davies o la turbia Gloria Grahame y también por un carácter irascible difícil como actriz, quizás por estar ya más interesada en la dirección.

Volvemos a The Hitch–Hiker, que es, por tanto, un trabajo de estudio, aunque coproducido por una independiente, lo que significa que la labor de la directora había llamado suficientemente la atención, de echo según Javier Coma en su Diccionario del cine negro (Plaza & Janes, 1990) terminó la realización de On dangerous ground (1952) en la que trabajaba como actriz tras la enfermedad de su director titular, nada menos que Nicholas Ray, lo que demostraba que la tenían por una profesional confiable. Se trata de un cine barato, si, pero lo que se quiere es recupera la inversión y rentabilizarla, no hacer arte y ensayo por lo tanto se exige oficio y rapidez para sacar partido de los límites de producción.

Y es cine de género, con códigos que hay que conocer si quieres retorcerlo y Ida Lupino los retuerce, por lo tanto los conoce bien.

Así esta película resulta no solo un buen ejemplar del cine de bajo presupuesto de los 50 sino un film repleto de modernidad (y basado en un suceso real al parecer, las macabras hazañas de un tal William Cook, un asesino que

“En sueños me verás, en sueños…”

operaba en ese territorio de la frontera mexicana que para los norteamericanos funciona casi como metáfora del infierno). Por prefigurar al psycho-killer (aquella Carretera al infierno que Robert Harmond asfaltó en 1986 es prácticamente un remake de esta, protagonizada por los entonces estelares C. Thomas Howell y Rutger Hauer y con arreglo a una estética ochentosa de spot publicitario que recuerda a los temibles hermanos Scott y extremando las cualidades sobrenaturales del psicópata, es imposible matarlo y parece poseer el don de la ubicuidad. Pero con todo no carece de interés gracias a ciertas virtudes abstractas y paranoicas, además de resultar divertida en su descarado recochineo filo-gay), ente casi omnipotente y de raíz mitológica (más listo que nadie, imposible de matar y aterrorizante en su arbitrariedad), aquí interpretado de forma genial por el curtido William Tallman al que no se puede dejar de mirar, hipnótico de presencia y maligno en el mínimo gesto. Un demonio burlón que parece surgir directamente de la oscuridad (es presentado con su sombra envolviendo a uno de los coches que le recogen y la primera vez que muestra el rostro es puramente fantaterrorífica, emergiendo de la negrura total en el interior del auto de los desprevenidos amigos  para decir su nombre), moralista impenitente que

“Al menos, la oscuridad no lo oculta”

castiga a los protagonistas por estar engañando a sus mujeres y archivillano de atributos sobrenaturales con un ojo perpetuamente vigilante.

La película apura también la mixtura genérica en lo formal al mezclar ese aire de thriller terrorífico con una estructura de road-movie rocosa más propia del western (unos exteriores lunares quizás posible herencia  del inolvidable clásico de Raoul Walsh, El último refugio, donde Ida Lupuino resultaba inolvidable), la densa oscuridad y el pleno sol abrasador (fantástica fotografía del gran operador Nicholas Musuraca), en una combinación de estilización pesadillesca y aspereza verista que la emparentan con otra cult movie como el Detour (1946) de Edgard G. Ulmer (esta joya ya advertía de los peligros del autostop desde un clima de absoluta pesadilla, un puro noir mental por completo onírico), y que incorpora de esta manera otro de los grandes aciertos de la cinta, el logro estético/dramático que supone la alternancia de interiores agobiantes y exteriores desesperantes en un juego de claustrofobia/agorafobia excelentemente logrado y en el que no se sabe que resulta más incómodo o desasosegante.

Así se desenvuelve, frenética y maligna, con una buena descripción de personajes y un curioso sustrato homoerótico (la fascinación del villano por una de los cautivos, la pistola perpetuamente empuñada,…) que hace aún más perverso su juego de poder y dominación elevado a la categoría de magisterio en al escena central del drama y momento más celebrado de la película: la secuencia del tiro al blanco.

Un momento potentísimo, incluso con autonomía propia. En el que la directora exhibe un perfecto dominio y conocimiento de los resortes del suspense y de la necesidad de la acción como caracterizador psicológico, tan sutil como sofisticado (así los tres personajes quedan perfectamente perfilados por lo que hacen: la egomanía infantiloide del asesino, la debilidad del personaje de O’Brien y la templanza del de Frank Lovejoy, malsano objeto de interés preferente por parte de Tallman, mezclando la necesidad de quebrar el liderazgo y una perversa pulsión sexual) que marca como serán sus reacciones/relaciones de aquí en adelante. Todo ejecutado en torno a una juego de dominio/sumisión de una perversidad casi pre-polanskiana. Encima utilizando de maravilla el espacio abierto y la luz quemada para potenciar la sensación de indefensión. Sin duda “el momento”.

Desde luego no todo es tan brillante en el desarrollo de la película y la directora se equivoca (o más bien las necesidades obligan) al introducir  una serie de insertos y cambios espaciales en diversos momentos que dan cuenta de las evoluciones de la policía y rompen el ritmo interno y la concentración, alejando al público de lo verdaderamente interesante, unos momentos formularios además y que parecen sacados (y seguramente lo están) de cualquier otro thriller de la época.

El mal no descansa ni de noche ni de día

En cualquier caso sabe compensarlo sobradamente con nervio narrativo y algún otro highlight como el mefistofélico monólogo nocturno en el que el villano reta y amedrenta a los protagonistas revelando las terroríficas cualidades de su ojo siempre abierto, lo que incorpora una estilización muy pulp y tebeística y un recurso sorprendente a los terrores infantiles. Un hombre del saco de sonrisa torva y chupa de cuero.

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5 Comentarios Agrega el tuyo

    1. esbilla dice:

      ¡Vaya!, ahora es cuando quedo como un cafre y digo lo que siempre me pasa: creía que ya no estaba viva y que era mucho mayor.
      En fin… una actriz estupenda y una maujer bellísima, perosonalmente me la quedo en Angel face como herederita maligna y psicópata que piere al desprevenido Mitchum, en Con los ojos cerrados, un título muy poco conocido (por desgracía) en el qeu Richard Brooks pasaba revista despiadad a su propia descomposición matrimonial con una forma narratíva complejísima y sobre todas en una de mis pelícuals favoritas de todos los tiempos: Narciso negro, jovencísima hacíendo de exótica medio asilvestrada.

  1. Muy peculiar película la que desglosas de la Lupino, muy peculiar actriz la Simmons, a la que sólo podía admirarse.

  2. Uff! De estas últimas pelis que desglosas no he visto ni una. Ahora, esta me la has hecho irresistible. A ver si la puedo ver por ahí.
    La Simmons, ¿qué decir? A falta de ver la de Brooks que mencionas y que ya he leído bastantes comentarios interesantes, me quedo con Horizontes de Grandeza donde todos los protas (Heston, Peck, Baker…) estaban más guapos que nunca 😉

  3. esbilla dice:

    Pues esta, recomendabilísima Quimérico. Horizontes e grandeza…guapos si que estaban si, pero coñazo era un rato. Nunca he sido fan de esos westerns desmesurados.
    Si, Carlos, si que es una película extraña, me sorprendió mucho cuando la vi por primera vez, tenía un montón de cosas originales y mucha personalidad detrás filtrando un tratamiento psicológico de los personajes realmente denso y sin olvidar articular un thriller rápido y vigoroso. Fíjate como la vi: por mediación de un curso universitario sobre directoras de cine europeas (esta reseña es una reformulación de un trabajo que hice para el mismo, lo confieso) en la que la Lupino estaba encuadrada por los pelos merced a su nacionalidad inglesa, aunque ella sea americana por los cuatro costados. Bueno el curso de marras no estuvo mal y encima también me sirvió para ver otra joya como Madchen in uniform.

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