“Veo las fieras correr, correr por allí. Sé que me esperan a mí”: La antiepopeya delirante de Lope de Aguirre. Mitohistoria de la conquista entre Herzog y Saura, pasando por Sender.

“Cuando tú quieras,
cuando tú quieras”
parecen decir.

“Y ahora algo completamente diferente”: espero que esteis preparados. Un texto a cuatro bandas, a un tiempo histórico, literario y doblemente cinematográfico sobre la figura atronadora de Lope de Aguirre, dejando El Dorado, ya bastante manido, un poco fuera de foco, porque esa expedición al territorio del imposible, a las simas de la mente y la leyenda fue la excusa. Largo, muy largo (prescindiré de las fichas en esta ocasión) y denso, muy denso. Haberlo pensado antes de entrar:

“Yo soy el mayor traidor, no debe haber ninguno mayor. El que piense en huir será convertido en 190 pedazos, y estos serán pisoteados hasta que se puedan untar en una pared. El que coma un grano más de maíz o beba una gota de agua de más será encarcelado durante 155 años. Si quiero que caigan muertos los pájaros de los árboles, los pájaros caen muertos de los árboles. Yo soy la cólera de Dios. La tierra que piso me ve y tiembla. El que nos siga a mi y al río obtendrá grandes riquezas, pero el que deserte…”Klaus Kinski mirando a cámara en Aguirre, la cólera de Dios.

Parafraseando el final de El hombre que mató a Liberty  Valance, Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en un hecho, se imprime la leyenda”. Tal que así se nos presenta Lope de Aguirre, un personaje esquivo, a un tiempo bufón y místico, sanguinaria figura de cuento popular, rey de la tierra de ninguna parte, conspirador, traidor y mártir, iluminado y segundón, anarquista, caudillo, Aguirre el loco, el cojo, el arrepentido, la ira de Dios.

La leyenda sirve, en afortunadas palabras del historiador argentino Blas Matamoro en su espléndida y muy apretada monografía ( Lope De Aguirre. La Aventura De El Dorado, Historia 16. Madrid, 1986)obre el personaje, “como una memoria secundaria y auxiliar que nos permite rellenar los huecos y agujeros del tejido histórico. Terminamos recordando eventos que nunca ocurrieron y a personajes que nunca existieron”, Aguirre forma ya parte del folklore y por tanto de los mitos, Aguirre es ya más diablo que hombre. ¿No define entonces mejor su figura el delirio mareante y hórrido de su leyenda que los hechos y la sequedad de la historia comprobada?

En La aventura equinoccial de Lope de Aguirre (Editorial Casals SA 1998, en su mejor edición), Ramón J. Sender pretendió unir ambas personalidades, ambas vertientes en la búsqueda de un Aguirre plausible, auténtico (que no real) en base a proponer un historicismo de regusto antropológico y puntilloso en los datos, costumbres y modos. Repleto de vívidas descripciones y pormenorizado hasta el exceso. Presentando un abigarrado tapiz humano perfectamente caracterizado y documentado, optando por una narrativa cadenciosa (y por momentos morosa), al ritmo pesado e intoxicante del viaje, distante (la violencia y la demencia esta vista desde fuera por un narrador que expone los hechos con sequedad y sin melodramatismos) y recio. Reservando la reproducción del habla y los modismos de la época para los diálogos y monólogos de los personajes y prefiriendo para la narración el español contemporáneo y la exactitud en la adjetivación.

El resultado de este esfuerzo es que todo resulta creíble, todo resulta coherente pero deja un poso de frialdad, una falta de locura, la pulsión de la verdadera demencia y no solo la “tarumba del equinoccio” (Sender dice. …traté de acusar en su carácter los rasgos plausibles, su amor paternal, aunque lo llevé a decisiones monstruosas también, y de atribuir sus desmanes a la influencia de los meteoros que en la línea equinoccial son tan violentamente extremistas…”). De tal modo  pese a un resultado sea admirable este completo. Sender filtra elementos fantasmagóricos y fatídicos e incluso demoníacos en la naturaleza dual de Aguirre, a un tiempo escrupuloso y bestial, despiadado y afable, como poseído por momentos. Existen presagios y toques míticos pero en ningún momento gira la tuerca por completo, Sender siempre mira a Aguirre desde la distancia, tratando de comprenderlo pero en ningún momento se arriesga a mirar dentro del animal.

Aguirre nació como extraño signo de agüero bajo el blasón del lobo y tal cosa significa además su apellido a modo de marca premonitoria. Como si estuviese la tragedia ya predispuesta, su némesis (imaginaria o real), su contrafigura, Pedro de Ursúa, nacerá en Baztán  bajo el símbolo de la paloma que rige su escudo de armas. Será, para mayor contraste con la fealdad retrepada y grotesca de Aguirre, “galán, gentilhombre y bien traído; de mediana estatura, bien proporcionado, aunque un poco adamado; la barba taheña y bien puesta: de muy buena y afable conversación; muy inclinado a cosas de misericordia y caridad, grande amigo de soldados y de conquistas y descubrimientos de indias” (Toribio de Ortiguera, Crónica II 1585-1586), quedando en palabras de Julio Caro Baroja “…frente a frente, durante siglos, el vasco fino, apuesto, diplomático y astuto y el vasco colérico, sardónico, humorista y tremebundo: glorificado el uno , maldito el otro”. Educado en la doma de

Lambert Wilson, como un Pedro de Ursúa galán para Saura

caballos como desbravador se embarcará para las Américas esperando hacer fortuna con el oficio de las armas. Como otros muchos allí guerreará y conquistará, pero no medrará demasiado. Se verá envuelto en pendencias y distintos levantamientos y sublevaciones en el territorio del Perú, como buen aventurero de la época militará indistintamente en los bandos levantiscos y en los defensores de las plazas e incluso como señala Sender su cabeza será “pregonada”(esto es: condenado a muerte). Aguirre es en resumen un don nadie, quizás un tipo peculiar y tortuoso pero no demasiado diferente a otros, un soldado de fortuna de ajada hidalguía. Pero algo debía agazaparse en su carácter, algo que explique el delirio que vendría, algo más allá del “calor y la humedad”, porque Aguirre es corriente y vulgar en todo pero algo esencial lo diferencia de los demás aventureros de la época, Aguirre masacró por igual a propios y ajenos, no se limitó a indios y negros lo que no le hubiera hecho más sanguinario que cualquiera de sus contemporáneos, marcó la diferencia matando a blancos católicos.

“Siempre será un héroe de leyenda ese Lope de Aguirre, segunda encarnación deAtila: poéticamente salvaje, sin temer a nada y no vacilando ante una hecatombe; ora silencioso, como vulgar asesino que premedita un crimen; ora declamador y dicharachero, y que daba una estocada por la espalda con la misma facilidad con la que miraba de frente a la víctima; siempre entrenándose para entregar la cabeza al Rey, como la entregó, con el más caballeresco rasgo de su atormentada vida.” Ciro Bayo  (Los marañones1913)
Estatua del conocido en Perú como El Tirano

Sender se apoya para la estupenda caracterización de ese personaje “bigger than life” no solo en los hechos trágicos que desembocaran en esa escalada sanguinolenta y en una espiral de locura imparable, sino también en una penetración psicológica que combina, recurriendo nuevamente a la monografía de Blas Matamoro, dos teorías sobre el Aguirre histórico: el “delirio de reivindicación” formulada por el psiquiatra argentino Ramón Pardal en una conferencia en 1934 y según la cual se pretende someter la realidad a las propias ideas y estas a los propios sentimientos, “el delirante tiene un gran poder de convicción y persuade a quienes lo rodean. Es un alienado razonante. Para defenderse de su persecución, se convierte en perseguidor. Sobrevalora una idea y somete a ella todas las demás” así Aguirre “vive encerrado en su mundo delirante y se considera el único bueno en un universo de malvados. Invoca la justicia y comete arbitrariedades. Protesta, se queja, pleitea, guerrea, es lo que la medicina legal llama un “loco querulante”. No alcanza a ser un revolucionario, pues no proyecta una sociedad distinta de la cuestionada por él”. La segunda es expuesta por los peruanos Juan B. Lastres y Alberto Seguín en un estudio publicado en 1942 (Lope de Aguirre, el rebelde)y completa bastante acertadamente el cuadro añadiendo una nueva manía al ya repleto arsenal del personaje: “El segundón cuyo temperamento no le permite la actitud sumisa y el acatamiento incondicional, reacciona ante el hermano al que la ley y las costumbres han colocado por encima. Reacciona con el resentimiento o con la rebeldía, que se desarrollan inicialmente frente a la figura del hermano mayor, pero que se proyectan luego al padre, al jefe, al rey, a Dios”

Ruy Guerra el Ursúa amado de Herzog

Efectivamente Lope ofenderá a todos y lo hará por derecho (enloquecido), desde su envidia, primero al padre, Pedro de Ursúa que forjará conspiración que terminará con su muerte. Ursúa viaja con su amante, la mestiza Doña Inés y aquello no sienta bien entre la soldadesca que piensa que su líder está más pendiente de estar encamado que de dirigir la jornada y comenzará así a extender el veneno vertiéndolo en los oídos adecuados, para rematar Ursúa es víctima durante el viaje de lo que Toribio de Ortiguera describe como melancolía; un humor de nubarrón, un estado depresivo que podía devenir en el “estupor melancólico”, es decir el cese de la actividad mental. Ursúa está sentenciado para Lope e Inés no durará mucho más, primero será amante de ocasión de varios de los hombres de la partida y finalmente pasada a cuchillo. En segundo lugar al jefe, Fernando de Guzmán, primero gobernador (en el acta de posesión Lope firmará, lúcido y desafiante como: traidor) y luego rey de una corte de opereta aterrorizado por los marañones, que a esas alturas son ya fieles a Lope y su visión de liberación y gloria desquiciada. En tercero al propio Rey Felipe II, al que dirige su celebérrima carta de rey a rey y que muestra a Aguirre en el esplendor de su locura, a un tiempo mesiánico libertador y  ridículo payaso. En ella pone al rey de tirano y mal pagador y le anuncia su decisión de “desnaturarse”, es decir, abjurar de España y así dejar de depender de ella conformándose como reino de pleno derecho. Todo esto entre desbarres anticlericales, amenazas a la nobleza, cantos de gloria conquistadora y confesiones frontales, con el “yo” por delante, de cómo ejecutó a Ursúa, Guzmán y los que se le pusieron por delante y firmando como “El peregrino”. Y en último lugar a Dios, autonominándose “la ira de dios”, hablando de sí como un demonio en la tierra y un siervo de Satán, intentando en última instancia desposar a su propia hija y degollándola bajo sus propias manos. Aguirre morirá al poco de dejar Isla Margarita, desde allí pretende llegar a Panamá, El Dorado de esta parodia de conquista. Allí se matará a propios y ajenos, será el imperio de la gratuidad y la paranoia, los marañones amenazarán las ciudades cercanas y Aguirre pretende en el cenit de su delirio extender la liberación y su nuevo reino por toda América.

La bella actriz mexicana Helena Rojo en el centro mismo de todas las cosas

Traicionado finalmente y con la amenaza de los navíos españoles, quema sus naves y se adentra en la selva con unos pocos fieles, allí sacrifica a su hija y se inmola, uno de sus marañones le disparará. Al primer arcabuzazo dirá: “Este tiro no es bueno”, con el segundo repondrá. “Este sí”.

Que gran final, un final extrañamente hermoso, violentamente anti-épico, excitantemente romántico, un hombre que es más que un hombre, que sé ha bañado en sangre, que está tocado por una religiosidad bárbara, que combate una guerra de dioses, que busca algo que no existe a través de un río real y metafórico, que conduce al “corazón de las tinieblas”. Sender no pretende desmitificar a Aguirre, quiere humanizarlo pero no despojarlo de sus características más febriles e imaginativas.

De tal modo que volvemos al principio, nuevamente encontramos el mito vadeando entre la prosaica realidad histórica y la excitante y fascinadora leyenda que en ocasiones se revela más auténtica y esclarecedora, mostrando en su crudo esplendor la verdadera faz de las cosas.

Esto es exactamente lo que ocurre con los dos acercamientos cinematográficos que ha provocado la novela de Sender, o más bien la historia de Lope tamizada por la novela (ya que ninguna la adapta en realidad), la justamente mítica Aguirre, la cólera de Dios, viaje alucinado y verdadera experiencia hipnótica que fue además una aventura en si misma, y la no menos justamente olvidada El Dorado, superproducción ridículamente inflada, vulgarmente filmada y chapuceramente rematada que no pueden ser más divergentes en intenciones ni en resultados, mientras uno triunfa en la irrealidad el otro fracasa en la fidelidad histórica, mientras la libérrima muestra a un Aguirre tan creíble que aterroriza y asombra el otro presenta una figura desvaída y soporífera. La propuesta más enloquecida resulta ser la más autentica, la otra solo es falsificación endomingada.

En cierta manera ambas son complementarias, muestran a Aguirre el hombre y Aguirre la leyenda, toman cada una de las dos vertientes de la novela de Sender como si fueran dos caminos paralelos (aunque al final invariablemente converjan). Esta dualidad se hace extensible a esas interpretaciones psicoanalíticas antes señaladas; Saura se ciñe al segundón y Herzog se deja arrastrar por el “loco querulante” quizás por su propia tendencia al delirio y el exceso. En 1973 el director alemán Werner Herzog  se lanza a la selva del Amazonas para filmar allí su infiel y apoteósica versión de las hazañas fabulescas de Aguirre al que dará vida el único a la altura de semejante personaje: Klaus Kinski. El mercurial actor lucirá ese tenso hieratismo que le hizo célebre en una “performance” para la historia. Kinski no interpreta a Lope de Aguirre, Kinski “es” Lope de Aguirre.

En 1987 Carlos Saura, se embarca en una superproducción financiada por varias televisiones y el gobierno español con motivo de los fastos del V Centenario que será rodada en Costa Rica. Saura pretende ser fiel a los hechos y desmitificador con la conquista, pretende un film ambicioso, historicista y brutal. El resultado no puede ser más descorazonador. Un“europudding”vulgar y destartalado, estéticamente paupérrimo y narrativamente aftoso. El desastre sorprende aun más por venir firmado por un director de supuesta solvencia e innegable experiencia. El primer, y no peor desacierto viene dado por la elección del actor que dará cuerpo a Aguirre, para semejante reto es elegido el mediocre actor italiano Omero Antonutti, célebre por sus papeles en Padre Padrone, en 1977 para los Taviani, y  en El sur a las órdenes de Víctor Erice en 1983. El porte noble y el aspecto de hombre recto y de fiar de Antonutti son totalmente contraproducentes para el papel lo que sumado a la inexpresividad del actor (básicamente tiene dos rostros: serio y serio con el ceño fruncido) acaban por dar como resultado una interpretación tan esforzada como incapaz de trasmitir la turbulencia del personaje. La debacle se redondea con las nulas capacidades de Inés Sastre como Elvira, la hija de Aguirre y de la ignota actriz mexicana Gabriela Roel (especializada en telenovelas, al parecer). El soso actor francés Lambert Wilson se encarga de Ursúa saliendo bastante bien librado y el resto del reparto lo componen actores españoles de carácter (Eusebio Poncela, José Sancho, Paco Algora, etc…), cumpliendo pero con cara de no saber muy bien que hacen allí metidos.

Saura pretende ser fiel, tanto a la historia como al texto de Sender, pero no solo no lo logra sino que cuela extrañas decisiones como transformar a Hernando de Guzmán en un lloroso homosexual, condición esta que en ningún caso se insinúa y que no deja de resultar tan grosera como gratuita, o en ascender a capitán a Aguirre, rango este que nunca ostentó. En cambio acierta en escenas como la estampación de las firmas tras la muerte de Ursúa o la desastrosa botadura que inicia el film. Los barcos se derrumban al contacto con el agua, debido a la acción de las hormigas y  los muchos meses que llevan varados en tierra a la espera de fondos para iniciar la jornada, esta parte resulta especialmente ilustrativa en la novela ya que muestra como se labran los odios y rencillas potenciados por la ociosidad y que estallarán en pleno viaje, mostrando además, con ácido humor, las trapacerías necesarias para conseguir financiación.

Herzog, por su parte hace del anacronismo figura de estilo y funde alegremente unos personajes con otros, inventa hechos o confunde expediciones, pero por el contrario logra un clima alucinatorio, a un tiempo onírico y rotundamente físico. No en vano la primera imagen es la de la tropa descendiendo un angosto camino de montaña acarreando todo tipo de impedimenta, incluyendo cañones, entre la exuberancia natural y al ritmo hipnótico de la música de Popol Vuh. Aguirre, la cólera de Dios comienza in media res y no da rodeos, la locura se instala desde sus primeros compases y el resto es puro non stop.

El Aguirre que presenta Saura, es oscuro y meditabundo, a juego con el gesto inescrutable de Antonutti (que por cierto solo cojea cuándo se acuerda) y el director lo mantiene como un personaje secundario hasta casi el primer tercio de película, lo que si bien resulta históricamente correcto (Aguirre no se significó hasta verlo claro), dramáticamente es calamitoso, ya que la película bandea sin rumbo toda la primera parte, con una voz en off particularmente molesta y vulgarmente explicativa que hace más palmaria la pobreza visual de todo el conjunto que a estas alturas ya aburre sin remedio. La ejecución de Ursúa se resuelve con brillantez, uno de los contados momentos de verdadero poderío de la película es esa imagen de Lambert Wilson atravesado de parte a parte en su hamaca, pero en ningún momento ha sido explicada, ni anticipada, no hemos visto conspirar, solo retazos de malestar por su actitud “adamada” con Inés, diálogos pretenciosamente literarios, armaduras de guardarropía y camisas blanco nuclear, una mixtura de plata y verde que se diría versión exangüe y sin arrebato del Excalibur (1981) de John Boorman.

Los personajes carecen de espesor y nada se justifica, de pronto Aguirre encabeza el alzamiento y lidera a los marañones, pero el espectador no entiende, ni como ni lo que es peor  porqué. Las motivaciones últimas de los personajes se nos escapan.

Aguirre, la cólera de Dios, muestra desde un primer momento a un Lope que vierte su veneno a diestro y siniestro hasta lograr que Ursúa sea en este caso juzgado y prendido (luego lo ahorcará) ya que no quiere continuar la expedición, el personaje en la piel de Kinski es un Ricardo III en medio de la selva, contrahecho, volcánico y progresivamente mesiánico, Kinski parece poseído y en sus ojos se ve el fulgor de la demencia, abrasa el plano y desborda el encuadre, haga lo que haga no puedes dejar de mirarlo, se comprende fácilmente que los demás le sigan.

Uno de los grandes valores de la novela de Sender es su embriagador retrato de la naturaleza, la exhuberancia, el misterio y el peligro que transmite constantemente, con unas vigorosas descripciones de los unos sonidos del silencio que enloquecen y marean. La naturaleza es así mismo uno de los más contundentes aciertos del film alemán, y tema principal de toda la filmografía de Werner Herzog, Los soldados avanzan a pie entre una naturaleza que aplasta  (el rostro aterrorizado de los actores en la escena de los rápidos resulta impagable) toda la película se convierte en una aventura en si misma, el avance penoso (cargando el palanquín de doña Inés en un detalle extrañamente cómico) de unos soldados famélicos en unas barcazas rústicas que sustituyen al bergantín histórico que Saura si utilizará. Herzog reduce además a estos soldados al mínimo lo que da como resultado que la enormidad de la naturaleza se potencie y los españoles resulten ridículos en comparación y opta por un estilo directo con cámara en mano en seguimiento frenético de los actores que no actúan sino que viven. Gran parte de la seducción de esta obra maestra nace de un contraste entre fisicidad y onirismo (esa imagen inolvidable del barco en la copa del árbol) que resulta curiosamente “senderiano”. El desperdicio que hace Saura del entorno natural y del potencial dramático de la naturaleza resulta uno de los puntos más dolorosos de todo el invento. No solo tiene el mal gusto de desperdiciar la espléndida fotografía de Teo Escamilla, un gran trabajo con el color y la luz filtrada, en base a una planificación televisiva y plana, carente de nervio y totalmente funcionarial. Pero lo peor viene provocado por el carácter de coproducción del film, los actores son de diferentes países y Saura opta por no usar sonido directo y sonorizar a posteriori, el resultado es que el rugido del río es sustituido por un murmullo imperceptible y lo más triste, los cantos de la selva, “el perrerío” en palabras de Pedrairas, es reducido a un estúpido gorjeo de pajarillos en todos y cada uno de los planos en exteriores. Desde luego la película se supone una superproducción, la más cara del cine español en su momento, pero el dinero invertido luce pobremente en la pantalla.

No todo es calamitoso en El Dorado, aunque su montaje resulta penoso y su ritmo cojitranco, tiene momentos salvables como la jura tras la muerte de Ursúa ya mencionada antes y su posterior coronación (un gran momento también en la película de Herzog, principalmente por el efecto cómico que produce el destartalado ceremonial y la divertida interpretación que de Guzmán realiza el escritor Peter Berling) o la redacción de la celebérrima carta a Fernando II donde Omero Antonutti si logra transmitir la progresiva enajenación de Lope (de esta carta no hay ni rastro en Aguirre, la cólera de Dios aunque alguna referencia oscura a su texto sí se pueda rastrear). Resulta igualmente interesante como Saura pergeña una venganza para doña Inés, que utilizará a Elvira contra su padre, al ver que ella es su único amor y último rasgo de humanidad, en cambio en la cinta de Herzog los personajes femeninos tienen bien poca relevancia, pese a la hermosa muerte de Inés internándose en la selva.
Uno de los cambios más decisivos y compartidos por ambos filmes es la de prescindir de los episodios finales en Isla Margarita, que en la novela de Sender son el culmen de esta antiepopeya, el pináculo de la brutalidad y la violencia desatada (con imágenes de canibalismo incluso, se dice que tras reventar un cráneo “El negro” Llamoso pudo entregarse a su festín favorito), en donde Aguirre alcanza la cima y el final de su iluminación y su locura, entre arbitrariedades y delirio rampante. Un viaje que culmina con el asesinato de su propia hija para  que no sea pasto de sus enemigos y con su propia muerte y decapitación con posterior exhibición y escarnio de sus restos.

Ni Herzog, ni Saura llegan a esta parte. En el caso de Aguirre,… es perfectamente coherente: a lo largo del río los hombres son diezmados por la enfermedad, el hambre y unos indios que van volviéndose un enemigo abstracto que ataca desde lo profundo de la selva, como si fuera la propia selva la que rechaza a flechadas una molesta enfermedad. Solo queda el río, una balsa y cada vez menos hombres, Elvira es en esta ocasión muerta por una flecha (aunque a decir verdad el personaje es puramente decorativo y no tiene peso más allá de completar el extraño carácter del protagonista). El final es justamente mítico, la cámara sobrevuela el río a toda velocidad y gira en torno a la balsa en un “travelling” frenético mientras esta se llena de monos, Aguirre es finalmente rey, rey de un país de monos y en el medio del río, solo, aún avanza.

“Yo, la cólera de Dios, me casaré con mi propia hija y con ella fundaré la dinastía más pura que jamás haya  visto la tierra. Juntos reinaremos sobre todo este continente, resistiremos. Yo soy la cólera de Dios, ¿quién está conmigo?”

Saura toma en El Dorado una solución extraña, tras atenerse al realismo y ostentar veleidades desmitificadoras introduce un recurso fantástico para ese final: Aguirre febril y vencido por el cansancio mata a su hija en sueños. La escena es tan bella como incoherente, Elvira es perseguida por un neblinoso manglar, ve a su padre y corre hacia el para buscar protección. Lope la abraza dulcemente y la degüella, despertándose tras ello.

La película finaliza con un interminable texto que clarifica el final de Lope, pero la película lo escamotea, al igual que Herzog, Saura no quiere mostrar al caudillo muerto, sino suspendido, bien en el río, bien entre la vigilia y el sueño.

De tal modo que volvemos al principio, a la leyenda, Sender pretende hermanar hombre y mito en el La aventura equinoccial…, intenta comprender pero no renuncia al absurdo. Saura busca la humanización por la vía más pedestre pero claudica al introducir el misterio y lo fantástico y Herzog se sumerge en la locura y la irrealidad y paradójicamente el resultado hace exclamar ¡esto tuvo que ser así!

12 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Estupendo análisis comparativo. Ya la diferencia entre el fascinante Kinski y el soporífero Antonutti resume y metaforiza a las claras la diferencia entre ambas películas.

    1. esbilla dice:

      Pues si. Solo verlos ya define las películas bastante acertadamente. Eso si, existe cierta corriente subterranea de reivindicación con respecto a la de Saura. A mi se me escapa, no solo es puro plomo, encima está mal dirigida.

  2. John Space dice:

    A lo mejor hago mal, pero ?podríamos añadir a la novela de Sender y a la película de Herzog la adaptación al cómic de Hernández Cava y varios dibujantes? Me pareció muy conseguida, aunque el tercer volumen me sigue desconcertando en el aspecto gráfico.

    1. esbilla dice:

      Pues si,pues si, muy bien traido, la conozco apenas de oidas y no se hacia que lado de la personalidad de Aguirre se inclina. Pero desde luego me resulta muy interesante la aportación.

  3. Bueno, por fín tuve un momento de tranquilidad para leer la exaustiva reseña como se merecía.
    No he leído la famosísima novela de Sender y creo, a tenor de tus palabras, que no debería posponerlo más.
    De los dos films que mencionas, ambos tuve la oportunidad de verlos muy jovencito. Una de ellas la he revisado una y otra vez después y me sigue resultando fascinante. Pocas veces se ha dado una simbiosis como la que Kinski logra con su Aguirre.
    La otra la vi en el cine y ya entonces, con mi corto conocimiento, me resultó absolutamente decepcionante y mira que Saura siempre me ha resultado un director de lo más interesante. Esta no la he vuelto a ver ni me apetece, pero veo que mis impresiones de entonces no eran muy equivocadas.

    Como siempre, pedazo de artículo, compañero 😉

  4. Anónimo dice:

    Me hubiera gustado encontrarte hace unos dias, tú comparativa de la película de Herzog, la de Saura y el libro de Sender, es sencillamente magistral!!!!. Gracias por este maravilloso blog.

    1. Al contrario, gracias la que lo lee.

  5. Campos dice:

    Leí la versión de Jose M. Moreno Echevarría LOS MARAÑONES en 1976 y me parece la mas lograda y completa..

  6. Pardiez, como he disfrutado la obra de Sender.

    1. Esta entrada, de hecho, es la reformulación (poco) de un trabajo universitario realizado a partir de ese libro.

      1. Ya podía haberlo pillado yo también en mis años de universitario de Historia. Qué juego iba a dar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s