El oficio de matar: En nombre de la ley, la crudeza tras el clasicismo. Un western de Michael Winner para Burt Lancaster.

Vuelta al western con el rescate de En el nombre de la ley, una muy buena película, en la que el reivindicable Michael Winner reflexiona sobre la ley y las consecuencias de la violencia. Una preocupación que impregnó lo mejor (y a veces también lo peor) de su irregular filmografía (aquí se puede leer algo sobre El justiciero de la ciudad, un título que merece un revisión que escarbe en su ambigua y resbaladiza ideología, al calor tanto, de una serie de temas presentes en la carrera de este director, como de la propia coyuntura histórica en la que fue realizado y de la que es ahora impagable documento sociológico), y en la que aquí se profundiza con especial intensidad. Pareja a este estupendo western, Winner realizaría también para Lancaster una de las cumbres del cine de espionaje (escrito también por Gerald Wilson, por cierto), que es además una obra maestra escondida del cine de los 70: Scorpio (1973). Enfrentamiento entre dos agentes, uno joven (Alain Delon) y el otro veterano entre los que se establece una dinámica maestro/alumno y un sentido de la amistad y la confianza finalmente derruido por las circunstancias. Un visión de la masculinidad y la traición muy cercana a Peckinpah a la que incorpora ese sentido de “enseñanza”, de relación intergeneracional que no solo repetirá en este western que aquí se trata, en relación al personaje de Richard Jordan (magnífica su conversación al pie del río donde Lancaster le explica que supone matar y por qué nole importa hacerlo) sino que lo prolongará en uno de sus trabajos para Charles Bronson, la espléndida Friamente…sin motivos personales (1972). Un gran film de acción tal y como se entendía en la época (la secuencia pre-créditos sin diálogo alguno que expone la minuciosa preparación de uno de los “accidentes”, es de antología y deja bien claro el talento de un profesional que mereció mejor suerte) que responde punto por punto a la “poética” del director ingés y sus fijaciones sobre la violencia y los hombres que hacen de ella su oficio.

Trailer de Lawman en VideoDetective.

En nombre de la ley es un western de argumento puramente (y buscadamente, se pretende partir del arquetipo) clasicista tamizado por los descreídos setenta y ese revisionismo crepuscular que no es otra cosa que la conciencia de el fin de un tiempo. Influenciado estilísticamente tanto por Sam Peckinpah (con quien Winner comparte ciertos ejes como ya ha quedado expuesto) como por un spaghetti-western que ya había impuesto sus coordenadas, representadas aquí en la planificación corta y rica en primerísimos planos durante los abundantes duelos, resueltos en cambio de una manera fulminante que los aleja de la parsimonia ritual de la escuela italiana.

Los personajes típicos (casi cliché) aparecen entonces bajo una luz diferente que los hace iguales en la superficie pero definitivamente distintos: así el sheriff recto (al que no llaman gratuitamente “el de las viudas”) al que personifica un Lancaster imponente, resulta ser un intransigente matarife que usa la ley como medida de todo, un personaje desagradable en su moral inaccesible y que cuando finalmente se de cuenta de lo aberrante de su misión será para peor y al que Winner encuadra obsesivamente solo. Siguiendo igual proceso el duro ranchero, muy bien interpretado por Lee J. Cobb, escapará del tópico del cacique endiosado y será un hombre razonable y cansado de la sangre, un pionero en el fin de sus días. Entre ambos el complejo personaje de Robert Ryan, una antigua leyenda de las armas derrotada por el tiempo y el hartazgo que solo quiere un retiro tranquilo en un pueblecito sin aspiraciones y al que el actor otorga una lucidez dolorosa, una dignidad herida perfectamente retratada en su físico y su gesto. Alguien que fue y ya no es, pero al que no le importa lo que digan o piensen los demás, que ha colocado el sobrevivir por encima del orgullo.

Rodeándolos un rico tapiz de personajes, algo esquemáticos, eso si. Por un lado los vaqueros: pendencieros, alborotadores y dibujados con cierta compasión y nobleza más allá de la brutalidad de sus actos (el asesinato fortuito de un anciano durante una noche de alcohol y plomo será lo que ponga en marcha el mecanismo imparable), por el otro la gente del pueblo, medrosos e interesados, debatiéndose contra un sentido de la justicia que implica la violencia y a los hombres violentos. Admirando, temiendo y deseando esa misma brutalidad: esplendido en este sentido el diálogo entre Ryan y Lancaster donde el primero le hace notar su soledad en el bar diciéndole que de ser un pistolero célere todo el mundo le invitaría buscando una  historia que contar pero que al ser un representante de la ley le rehúyen y desprecian. Una manera sutil de mostrar que ese sheriff/asesino legal es la visión deformada y cruda del interior de una colectividad que necesita de hombres como él para crecer y perpetuarse por mucho que no quiera aceptarlo.

Entre todos destaca, claro, el espléndido personaje femenino que tiene a su cargo Sheree North, la mujer agotada que fue amante de Maddox y ahora es esposa de uno de sus perseguidos. Lo que dará ocasión para la escena más brutal del film: durante el tiroteo final y subrayado por un seco movimiento de cámara y un ligero acercamiento, Lancaster se girará  alzando el revolver y disparará por la espalda al pobre tipo que huye desarmado en dirección a su mujer. Una visualización cerrada a cualquier mala interpretación de la oscura mentalidad de este hombre de ley una vez que ha aceptado quien es en realidad y que la placa no resulta más que el instrumento de legalización de su gusto por la muerte.

Quizás se eche en falta un mayor constancia en una realización que abusa del “zoom” de manera bastante fea y acaba por tener un deje un poco televisivo que lastra la cinta e impide que sea la obra maestra que en potencia lleva dentro, pero la hondura de la historia, el soberbio reparto, donde aparecen además, Robert Duvall (la larga escena de su persecución y caza se cuenta entre lo mejor del film), John Beck o el gran Joseph Wiseman como un viejo amigo del protagonista que al igual que la mayoría intenta pasar tranquilo sus últimos día y que al final será el único que ayude al sheriff, quizás por ser el más consciente de cómo funcionan las cosas, y en especial su brutal final; una catarsis sangrienta, filmada con una sequedad que impresiona y que contiene, concentrados y luego destilados los mejores momentos del film y toda su pegada reflexiva e ideológica (la manera en que todo el duelo múltiple está planificado y encuadra, sus constantes movimientos que combinan breves panorámicas y travellings de 45 grados que capturan y envuelven imágenes imborrables de Lancaster avanzando directamente a cámara mientras todo el mundo esta paralizado, la estremecedora muerte de Cobb, etc…) acaba por rematar un título poderoso, cerrado con el “hombre de la ley” sembrando de cadáveres la calle y marchándose sin mirar atrás, un final que antecede al análogo cierre de la magistral Sin Perdón, con Eastwood petrificando el mito del pistolero en medio del rugido y el terror.

En nombre de la ley (Lawman)

Director: Michael Winner

Año: 1971

País: Estados Unidos

99 min.

Fotografía: Bob Paynter

Música: Jerry Fielding

Guión: Gerald Wilson

Reparto: Burt Lancaster, Robert Ryan, Lee J. Cobb, Sheree North, Joseph Wiseman, Robert Duvall, Albert Salmi, John McGiver, Richard Jordan, John Beck.

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