España me hizo: La semana del asesino, el horror social de Eloy de la Iglesia

La semana del asesino

Director: Eloy de la Iglesia

Año: 1972

País: España

90 min.

Fotografía: Raúl Artigot

Música: Fernando García Morcillo

Guión: Eloy de la Iglesia & AntonioFos

Reparto: Vicente Parra, Emma Cohen, Eusebio Poncela, Vicky Lagos, Lola Herrera, Ismael Merlo, Ángel Blanco, Charly Bravo, Manuel Clavo, Antonio Corencia

Un film terrible y tristísimo, repleto de buenas intenciones y verdadera honestidad, aunque también tosco y algo primario, que propone una mirada por completo autoral  desde dentro del barato (en todos los sentidos) cine de género realizado en la España de la época. Meritos e indiscutible autoría de Eloy de la Iglesia aparte, merece la pena detenerse a valorar la importancia de Antonio Fos al guión; hombre tras la obra maestra de Eugenio Martín, Una vela para el diablo (1973) o El huerto del francés (1977) quizás el mejor intento de Naschy tras la cámara alejándose de su iconografía habitual y buscando un verismo de la España de El Caso (trabajos asimilables a esta en intenciones) y además co-escritor de otros títulos para de la Iglesia como el díptico El techo de cristal (1971) y Nadie oyó gritar (1973) que comparte con esta La semana del asesino, similar voluntad sociológica e ideológica, pasada por la escabrosidad y el tremendismo.

Presentando en coherencia con esta política un drama existencial negro y sórdido hasta límites insoportables. Que se sirve del suspense y del horror para articular un discurso rabiosamente personal (y también personalista, prefigurando algunos de los aspectos más machacones y burdos de la futura filmografía del director), metafórico y simbólico. Personalizado en la peripecia de un pobre hombre, un subproducto, lumpenproletariat limítrofe en permanente convivencia con la descomposición (de cuerpos, de ambientes, del tiempo mismo) que trabaja en una fábrica de productos cárnicos (eso es lo que él mismo es: carne para la máquina) que le permitirá deshacerse de los cuerpos que se acumulan apestando su casa (otra muestra de la extraña y bien estudiable comunión de muerte y comida en el fantaterror español). Una casucha que supone otro acierto verdaderamente soberbio: pasado y modernidad con la dialéctica del cuchillazo. Cercado en medio de un descampado, rodeado por edificios nuevos que señalan la llegada de una España ya en proceso de cambio a la que personifica Eusebio Poncela, un observador que se compadecerá del protagonista (y le ofrecerá la oportunidad de asomarse al otro lado), al que vigila insistentemente desde su piso. Una mirada “elevada” que de la Iglesia usa insistentemente para remarcar la soledad, el abandono y la ridiculez  de un personaje que resultaría trágico de no ser patético. Así que atropellado por el progreso responderá obtusamente con una violencia fortuita, demoledora y desesperada. Una fortísima ideologización que demuestra de la manera más cruenta y brutal posible las consecuencias de la ignorancia y la miseria, del miedo y la represión.

Visualizada con esa mezcla de barroquismo y cochambre típica del autor, que da como resultado una estética áspera y fea, muy gráfica y extrañamente abstracta en esa geografía de extrarradio. Ayudando con su aspecto destartalado a levantar una película pútrida y morbosa, espantada y esquinadamente cómica (toda la peripecia con los perfumes o la necesidad de esconder  los cadáveres) que en su día fue masacrada por la censura, al parecer con niveles de record y que aún así mantiene su carácter sulfuroso. Por desgracia la tendencia al subrayado del autor resulta por momentos un tanto grosera, especialmente en el subtexto evidentemente homosexual de la relación entre un esforzado Vicente Parra, demoliendo su imagen de doliente galán alfonsino (como la Bautista en Una vela para el diablo o Carmen Sevilla en sus trabajos con el director, pero también recordando a Tony Curtis, que realizó una operación similar, salvando distancias oceánicas, en la monumental El estrangulador de Boston, 1968) y un afectado Eusebio Poncela que parece estar en otra película como alter ego de Eloy de la Iglesia.

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8 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Lulis dice:

    Vi la peli hace mucho y me dio mal rollo, de sórdida y asquerosa que era. Pero hay que reivindicarla, sí señor, con argumentos como los tuyos

    1. esbilla dice:

      Pues esa impresión causa, efectivamente. Tiene unn componente casi cómico qeu la hace todavía más incómodada y el hincapíe en la sordidez estética, vital, geográfica…es, simplemente asfixiante. En esta época de la Iglesia era un director realente interesante y encontró en el thriller un camino estupendo para encarrilar una obsesiones que luego se desbordaron cosa mala.

  2. John Space dice:

    “la extraña y bien estudiable comunión de muerte y comida en el fantaterror español”

    Para amar hay que comer
    Para comer hay que matar
    Masticar es acto de amor
    No hay devoción sin digestión
    (“La sierra es la familia”, Siniestro Total)

    1. esbilla dice:

      “Qué aparato tan feliz”. Es algo muy curioso e inquietante que se repite insistentemente en un buen número de títulos, no es algo privativo del horror español pero es un componente, que por esta misma repetición encierra algún tipo de significado.

      1. John Space dice:

        Más allá del hecho de que en el sur de Europa valoramos la buena comida, poco más te puedo decir.

  3. esbilla dice:

    Desde luego es buen material para un estudio que rastrease los origenes de toda esa temática y sus diferentes expresiones. Quizás venga de cierto sentimiento comunitario y ritual que existe en la mentalidad española alrededor de estos dos fenómenos. Pero también tiene un componente siempre desagardable y grotesco/goyesco.

  4. John Space dice:

    Pero España también hizo a Lola Herrera, y la estafó como (a) su ex-marido. Acabo de ver _Función de noche_; al principio ver a los actores confesándose deja con la duda de si están siendo realmente sinceros, pero el dolor es demasiado real…

    1. Nunca la he querido ver. Entre que no me va el psicodrama y que no soy un sádico…

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