Muchachos de la calle: Romanzo Criminale, Italia bajo el plomo. Historiografía criminal y regreso al cine policiaco europeo.

Romanzo Criminale (Roma Criminal)

Director: Michele Placido

Año: 2005

País: Italia

147 min.

Fotografía: Luca Bigazzi

Música: Paolo Buonvino

Guión: Giancarlo De Cataldo, Sandro Petraglia, Stefano Rulli, Michele Placido según la novela de Giancarlo De Cataldo, Una novela criminal, 2002

Reparto: Kim Rossi-Stuart, Jasmine Trinca, Stefano Accorsi, Claudio Santamaria, Anna Mouglalis, Pierfrancesco Favino , Riccardo Scamarcio , Toni Bertorelli, Vinicio Marchioni, Francesco Montanari

Una llamada sobre una cinta que pasó sin mucha pena y más bien poca gloria por las pantallas aprovechando tanto su reciente edición en DVD, como la serie que hace poco se ha estrenado y que se basa en el mismo libro del juez y escritor Giancarlo De Cataldo, Una novela criminal. Repaso pormenorizado a el ascenso de la celebérrima a “Banda della Magliana” (existe otro film reciente, 2005 también, de Daniele Constantini inspirado en sus actividades, Fatti della banda della Magliana, que adapta una obra teatral de 2003) un grupo de criminales callejeros que en medio del ruido y la furia de la Italia de los 70 se hicieron con el control del submundo romano.

Un film con interés por si mismo y también por estar imbricado en dos corrientes paralelas dentro de la vigorosa resurrección del thriller (con todos los apellidos o puntualizaciones que se le quieran poner) europeo. Por un lado supone todo un lujoso y espectacular (amén de nervudo y elegante) regreso al poliziesco de la mano del actor Michele Placido (de quien desconozco sus otras películas como director), muy representativo él mismo de cierto cine entre comprometido y escabroso, aunque también memorable

Michele Placido vigilado por Stefano Acorsi

empresario sin entrañas en la esplendida Lamerica (1994) del muy recomendable y siempre vigoroso Gianni Amelio (con diferencia el menos palizas de los directores “políticos” italianos de las últimas décadas), director de la maravillosa Niños Robados (1992) una de las obras maestras escondidas de los 90.  Placido ya fue protagonista de La Piovra (1984), renombrada serie (o conjunto de miniseries, porque las secuelas no tardaron) de gran éxito en la Europa de los 80 que prorrogaba con nervio y tremendismo el “spaghetti-denuncia” de la década anterior bajo dirección del avezado Damiano Damiani (y tanto, que prácticamente fue el inventor del sub-género con su ya mítica, Confesiones de un comisario en 1971) y en la que interpretaba a un indoblegable comisario enfrentado a la mafia y a las corruptelas gubernamentales, con lo que no es ajeno al asunto ni al tiempo aquí tratados. En Romazo Criminale entronca igualmente con cierta política de revisionismo de los años del plomo y el devenir sociopolítico de Italia que no desprecia ni el género, ni la reflexión, ni la taquilla con buenos ejemplos en títulos como I cento passi (2000) sobre el asesinato del activista siciliano anti-mafia Peppino Impastato y dirigida por Marco Tullio Giordana (célebre por su miniserie de 2003 La mejor juventud) o Il Divo (2008) de Paolo Sorrentino sobre el más que siniestro primer ministro socialista Giulio Andreotti, trabajos todos (cada cual con su propia idiosincrasia y aquí podría incluirse la Gomorra de Matteo Garrone, un film de “historia-momento”) que permiten un cierto “desestancamiento” de la cinematografía del país (o al menos de lo que de ella nos llega).

Por el otro, tanto su adhesión a la crónica histórica desde el punto de vista del policiaco, como su mismo carácter de género adscrito con orgullo (aunque sin descartar influencias foranes, no siempre para bien) a una concepción puramente europea lo colocan cercano a otros intentos tan remarcables como los filmes policiales/existencialistas de Olivier Marchal (los recomendabilísimos Asuntos pendientes, que estúpido título para el fabuloso original 36 quai des orfèvres, y MR 73 de 2004 y 2008 respectivamente) las propuestas personales del sobresaliente Jacques Audiard (ese Un profeta que tanto está gustando) como sobre todo, y por ser el más cercano en intenciones y temática (incorporando estilísticamente al thriller norteamericano de teleobjetivo y aspereza con Frankenheimer o Friedkin a la cabeza), L’instinct de mort/L’ennemi public n°1 díptico que sobre el célebre forajido Jacques Mesrine acometió Jean-François Richet en 2008 con un Vincent Cassel entregado y una energía y despliegue de medios envidiables. Aunque España también ha colaborado modestamente a este resurgir con alguna cosilla con voluntad y cierta fuerza, la estupenda La caja 507, una especie de Charley Varrick nacional llevado con oficio por Urbizu o esa exitosa Celda 211 de Daniel Monzón, que confiese, todavía no he visto.

La película en si trata de fusionar el pulso narrativo y el sentido del montaje sincopado y febril de Martin Scorsese con ese añejo y bien reivindicable poliziotteschi local. Violento, crispado y colorista sub-género setentero al que evoca en su trabajado aspecto visual, especialmente en un bloque central donde se lo convoca explícitamente mediante el tratamiento fotográfico, la composición de los encuadres y los cerrados primeros planos. Se usa acertadamente (clarificador y nunca farragoso pese a su abundancia) el material de archivo y tiene el buen criterio  de prescindir de la voz en off (y la audacia, casi hay que decir en vista de lo socorrido que es el recurso cuando otras cosas no alcanzan), fiándolo todo a un guión férreo y perfectamente estructurado (aunque no escape de la tentación de lo esquemático ni de la necesidad de comprimir, perjudicando esto a ciertas partes nunca totalmente desarrolladas pese a su sugerencia: como la historia de amor/dependencia mutua entre la bellísima  Anna Mouglalis, que por odio y despecho provocarála caida, y el comisario al que interpreta muy bien Stefano Accorsi en una relectura del arquetípico “comisario di ferro” a lo Nero o Merli perpetuamente torpedeado por “los de arriba” y que se queda igualmente un pelín desdibujado) y a una narración notablemente fluida con la que esquiva mejor que bien los potenciales problemas de una historia-río, con multitud de personajes, hechos históricos (destaca la reconstrucció del terrible atentado de agosto del 1980 en la estación de Bolonia, clave en el film) y sucesos que nunca resultan atropellados ni farragosos, por muy densos e inescrutables que estos sean en algunas ocasiones para los poco avezados en la abigarrada mixtura político-criminal de la Italia de los años del plomo. Así Michele Placido demuestra no solo buen pulso para contar y maña para retratar con estilo sino la suficiente lucidez como para exponer desde el entretenimiento enjundioso un fresco a un tiempo veraz y estilizado de la convulsa Italia de mediados de los setenta y primeros ochenta, aireando el humus pútrido de un sub-mundo en el que se amalgamaban hasta hacerse indiferenciables, los matones callejeros, los terroristas ultras, la policía corrupta, la mafia y un estado esclerótico y carcomido, donde medran los que menos escrúpulos tienen o los fanáticos más convencidos.

Desde luego no es ninguna obra maestra y en puridad carece de una verdadera personalidad propia, aunque eso no desdice sus aciertos sino que se limita a exponer demasiado obviamente sus antecedentes e influencias. Las actuaciones terminan por resultar demasiado irregulares, bien los secundarios (resalta al guapo Riccardo Scamarcio como “Il Nero”, asesino sin escrúpulos de hierática presencia) y estupendamente escogidos los característicos, apropiadamente intenso Pierfrancesco Favino como el violento líder, ”Líbano”, intrascendente Claudio Santamaria, al que se le escapa un papel más complejo de lo aparente como “Dandy” y especialmente olvidable el blandito pero bello Kim Rossi-Stuart, al que le faltan cuajo y carisma para su gélido (no lo llaman “Frío” porque si) y torturado personaje cuya gestualidad e interpretación remiten al Franco Nero de su esplendor. Además adolece de alguna tentación melodramática (por no decir que la base de la amistad truncada y traicionada sobre la que se sustenta es puro tópico, muy bien empleado pero tópico) francamente extemporánea y que contrasta, para mal, con el estilo expositivo y la energía reporteril de los mejores momentos del conjunto, pero aun así es una buena película, perfectamente llevada pese a su larga duración y que desde luego merece más atención que la escasísima recibida fuera de Italia donde si fue todo un éxito provocando incluso esa adaptación televisiva ya comentada y que al parecer es magnífica, no es de extraña, la riqueza del material, su extensión y complejidad, sumado a su misma característica de historiografía subterránea hace a este Romanzo Criminale perfecto material seriado, descontando que así se cierran los engarces volviendo a La Piovra y al género a la italiana.

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