El reino del delirio policromado: Mujeres Prehistóricas. Leyenda y erotismo de tebeo con Martine Beswick y Michael Carreras.

Mujeres prehistóricas (Prehistoric women)

Director: Michael Carreras

Año: 1967

País: Gran Bretaña

90 min.

Fotografía: Michael Reed

Música: Carlo Martelli

Guión: Michael Carreras

Reparto: Martine Beswick, Edina Ronay, Michael Latimer, Stephanie Randall, Carol White, Alexandra Stevenson, Yvonne Horner, Sydney Bromley, Frank Hayden, Robert Raglan

Antes de lanzarme a reseñas más comprometidas y a mayores densidades (ya está perfilándose ese prometido duelo en las cumbres del pop entre Diabolik y Kriminal, además del rescate de uno de los mejores trabajos de Stephen Frears, The Hit), acometo un descarado run for cover hacia las costas de la duermevela cinematográfica. Un paseo ligero por el mundo Hammer más colorista y desaforadamente romántico (e ingenuamente erótico, no por ingenuo  menos erótico) en un articulito menos ambicioso, pero no menos disfrutable (espero). Así que hay van las Mujeres prehistóricas de Michael Carreras, a todo volumen, con poca ropa y en colores.

Un divertimento sexy  que nace como una especie de variante/delirio alrededor del imaginario creado en 1966 para el superéxito de Don Chaffey Hace un millón de años (y aprovechado luego en multitud de secuelas en descendente escala de gracia), donde la Beswicke llamó la atención luchando a brazo partido y escueto bikin con Raquel Welch, mezclado con ciertos ingredientes ya presentes en la anterior, y plomiza, She, que dirigió (mal) el ignoto Robert Day en 1965 a mayor gloria de una Ursula Andress, tan hermosa como inoperante, un film perfectamente olvidable que desaprovechaba el original con una puesta en escena vulgar y una ausencia total de ritmo y de locura (así y todo conocería secuela en 1968 como The vengeance of She, todavía peor al parecer y desperdiciando el talento de la belleza checa Olinka Berova). Su impulsor será uno de los productores principales de la casa del terror, el ya mencionado Michael Carreras (hijo de Sir James Carreras, fundador de la Hammer junto a William Hinds) , emperrado en prolongar su

Martine Beswick pensando en qué pedirá Michael Carreras

gusto por las estéticas campy y las temáticas genuinamente pulp, que ya había acometido con cierta simpatía en The Curse of the Mummy’s Tomb en 1964, uno de los habitualmente simpáticos (y nunca completamente logrados) trabajos alrededor de la imaginería egipcia de la productora.

Armado con este bagaje y estas obsesiones, Carreras pone en pie su título más personal (partiendo nuevamente de guión propio) y la mejor plasmación de su sentido abiertamente onírico del cine, entregando un film  especialmente divertido y por completo enloquecido, que abraza apasionadamente un desembozado tono de leyenda ya presente como uno de los mayores aciertos de su cinta egipcia. Una cumbre de la fantasía naif repleta de exageraciones, irrealismo polícromo, ensoñación erótica e imposible belleza de cartón piedra.

Un cazador (interpretado por el sosainas Michael Latimer) acaba, tras diversas peripecias, topándose con una tribu oculta de pérfidas beldades morenas que mantienen esclavizadas a unas no menos suculentas, pero pacíficas, rubias (y a los cuatro hombres que quedan, también), aterrorizadas, encima, por unos nubios garañones disfrazados de bestias antropomórficas, que surgen de la selva para exigir tributo, y pendientes del culto a un descomunal (y fálico, desde luego por momentos todo el asunto parace abierto a obvias interpretaciones psicoanalíticas) rinoceronte blanco, acaudillado todo ello por una reina lúbrica y despiadada que responde a las facciones angulosas y el cuerpo torneado de una tremebunda Martine Beswick que parece dibujada por Frank Frazetta. Alrededor de ella (para quien parece haberse hecho toda la película, tal es su magnetismo animal) giran todos los puntos de interés, focalizados en una turbadora (y más en la época) inversión de término sexuales, de tal manera que el guaperas galán será acosado y seducido por la pérfida hasta el punto de sacrificar su hombría en aras de un bien mayor (y es que el prefiere a la rubia pánfila que interpreta doblemente Edina Ronay, ¡hay que ver!), en el fondo la puesta en imágenes del deseo subconsciente de una mujer dominante visto a través del filtro de lo fabulesco (y encima la muy abusadora terminará atravesada de parte a parte por el cuerno del susodicho rinoceronte, ¿coincidencia?).Poco más que añadir sin repetirme pesadamente, una recomendación desprejuiciada por completo a la que deben añadirse bailes sicalípticos, duelos singulares, ardores de todo tipo y ecos de un Rider Haggard “on acid” y el resultado será este combinado: un tebeo estilizado, una fantasía por completo subyugante, un espejismo calenturiento de aventura, romance y peligros. El triunfo del “porque si”, de la maravilla y del cine como experiencia alucinógena, regida por la imaginación y nada más que la imaginación.

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