Demasiado sol, demasiados problemas: The Hit. Stephen Frears y la tipología del thriller

The Hit (La venganza)

Director: Stephen Frears

Año: 1984

País: Gran Bretaña/España

98 min.

Fotografía: Mike Molloy

Música: Paco de Lucía y Eric Clapton

Guión: Peter Prince

Reparto: John Hurt, Terence Stamp, Tim Roth, Laura del Sol, Fernando Rey, Bill Hunter

¡Por fin! Ya está aquí el prometido rescate de The Hit, soberbio noir estilizado y sutilmente paródico con el que Stephen Frears regresó al cine (entre medias trabajó incasablemente para televisión) después de su debut doce años antes con otro singular thriller, Detective sin licencia (1972). Una producción de Albert Finney que suponía una originalísima y compleja mirada, a un tiempo verista y metagenérica sobre las constantes del cine y la literatura negra del periodo clásico norteamericano, adobadas por el áspero estilo británico de herencia free cinema. Un retorno de la mano del muy interesante productor Jeremy Thomas, hombre inquieto tras la puesta en marcha de no pocos títulos esenciales de los 80 y 90 (desde El último emperador para Bertoluci hasta el enfermizo Crash de Cronenberg en una de sus obras maestras) y director a su vez de una sola película también con un soberbio John Hurt, ese cuento de hadas, teñido de aventura íntima que fue Todos los animales pequeños (1998), una intensa y extraña miniatura recibida con una incomprensión tan inmerecida como entendible.

Con este trabajo de mediados de los 80 comienza la que quizás sea la etapa más potente y compacta (nada menos que trabajos como el díptico Mi hermosa lavandería en 1985 y Sammy y Rosie se lo montan en 1987, sobre material del excelente escritor Hanif Kureishi o el sobresaliente biopic acerca del dramaturgo Joe Orton, Ábrete de orejas también en el 87 y con unos Oldman y Molina brillantes) de un cineasta por lo demás siempre interesante pero irregular (incluyendo joyas del calibre de la entrañable Café irlandés en 1993, Los timadores en 1990, un título con ciertas similitudes con este aquí reseñado o  la estupenda Alta fidelidad en el 2000, todas ejemplares adaptaciones literarias, de Roddy Doyle a Nick Hornby pasando por Jim Thompson), de éxito intermitente y talento un punto desganado que siempre a intentado colar su discurso personal sobre los roles de dominio y sumisión (incluso en trabajos puramente de encargo, como Las amistades peligrosas, a los que tornea con inteligencia hasta hacerlos casar a la perfección en este formón) y sobre la “servidumbre humana” (toma cita estupenda a Somerset Maugham) con mayor o menor fortuna. Bueno ya basta de introducción, ahora vamos de viaje bajo el sol por una España nada turística en compañía del chivato, el asesino, el aprendiz y la chica estupenda. Humor esquinado y demolición de arquetipos.The Hit resulta un film paradójicamente tan poco conocido e insólito como finalmente influyente dentro del thriller gangsteril británico, siempre sucio y restallante, por ejemplo la nada despreciable Sexy Beast (2000) de Jonathan Glazer le debe alguna cosa que otra (muchas, en realidad, desde la ambientación, hasta el tratamiento limítrofe con la parodia), la mediocre Big Man (1990) de David Leland copia parcialmente su estética con poca fortuna y menos inspiración, dentro de un conjunto desvaido que no acierta con un planteamineto excelente y desde luego su tono y temática retumba en la reciente Escondidos en Brujas.

Rodado en una España perpetuamente soleada en perfecta coherencia dramático-simbólica con el memorable momento que cierra el prólogo: durante el juicio en el que Stamp testifica el su antigua banda comienza a cantar al unísono el bello standard de Vera Lynn, We’ll meet again (“We’ll meet again, don’t know where, don’t know when, but I know we’ll meet again some sunny day“). Una geografía desértica y amenazante que funciona a la perfección como agobiante escenario en el que se desarrolla una violenta aventura itinerante con toques absurdos enfocados a la destrucción sistemática de los arquetipos del género, mediante una elección tipológica que la conecta con títulos anteriores y ya mencionados en anteriores reseñas como The Lineup (1958), Código del hampa (1964), ambos de Don Siegel o La mala ordina (1972) de Fernado Di Leo (además de ser reconocida inspiración para esa frenética La interferencia de Carlos Aguilar que no me canso de recomendar).

De tal modo  figuras perfectamente reconocible y asimilables por el público sin mayor necesidad de explicación ni desarrollo dramático-psicológico, se reducen a eso, a figuras en el paisaje, a estilización pura perfectamente entendida y remarcada por unos actores (y por un guión esplendidamente dialogado) que se acogen cada cual a un registro previamente codificado. Geniales todos; Terence Stamp, como el criminal retirado a la espera de que llegue su hora y que descoloca a los killers con su actitud zen ante la muerte (aunque en un patético giro final la máscara se le caiga) John Hurt incorporando a un sofisticado hitman (con el buscado contraste entre su incongruente elegancia y el cutrerio que le rodea) de hierática profesionalidad puesta a prueba por la catarata de inconvenientes que torpedean un trabajo en principio sencillo, asistiéndolo como conductor y guardaespaldas un jovencito y oxigenado Tim Roth de atontolinado y matón cafre (célebre su pelea con los vascos en el chiringuito e impagable su look general) y ocupando el rol de “lastre” y chica necesaria para la tensión dramática, el mini-mito erótico patrio Laura del Sol, un personaje muy bien tratado por Frears que introduce con así un componente rebuscadamente erótico en su relación con Hurt. Sobresaliente y perturbadora la escena en la que le muerde la mano o la vibrante secuencia de la gasolinera coronada por un plano cenital sostenido, una resolución formal a un tiempo sofisticada e irónica que reproduce visualmente la penosa ridiculez en la que se está convirtiendo toda esta aventura.

En definitiva, un título sobresaliente que supera su propios postulados genéricos con la conversión de una trama y unos personajes que son cliché, en decantaciones metafísicas de los mismos. Logrando un film complejo, pero nunca farragoso, ligero y ambiguo, humorístico y violento, que es la exhibición impúdica del esqueleto del género por medio de la abstracción autoconsciente. Ahí es nada.

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