La cara fea: I spit on your grave, en el turbio territorio del rape & revenge. Neogoticismo americano entre el subproducto y la lucidez

Hoy una reseña de dos rombos, moralmente pantanosa, crudamente gráfica y dudosamente defendible. No apta para sensibilidades impresionable, ni para espíritus candorosos. Quedáis advertidos, que luego viene los llantos y el crujir de dientes.

En fin, una reivindicación honesta, que busca el contraste entre los burbujeantes 60 y los ásperos 70 a través de una película realmente interesante, pese a su ambigüedad ideológica o su resbaladiza naturaleza, por la manera en la que juega con inteligencia con el voyeurismo del espectador y propone una imagen falsamente dócil y humillada de la mujer a la que da la vuelta con verdadera rabia. Mejor recordarla por sus títulos internacionales I spit on your grave (homenaje a Boris Vian incluido) o el tremebundo Day of the woman, que por su insulso y estúpido título español, La venganza del sexo (sic.), compartido, encima, con un clásico de la psicotronía argentina dirigido por el recientemente fallecido Emilio Vieyra, uno de los fundadores del horror latinoamericano.

Tras el asesinato de Kennedy en 1963, América y por extensión el mundo civilizado, tuvo su memento mori. Esa sensación de finitud, de falibilidad y caída que, contrariamente a lo machaconamente propagado, no devino en el fin de la inocencia sino en el inicio de la fiesta. Pero cuando se acabaron las burbujas y se destiñeron los colores solo quedó una resaca que en sus mejores formas se tiñó de desencanto y en las peores de moralismo.

El cine no fue ajeno a esta circunstancia histórica y al delirio pop y el desbarre de los plateados 60 siguió la herrumbre de unos 70 que eran todo negrura y verismo descascarillado. El thriller, que había comenzado ya a amargarse a finales de la década anterior con títulos clarividentes (y todos del legendario 1968, por cierto) como Brigada Homicida de Don Siegel, El Detective de Gordon Douglas o la aterradora El estrangulador de Boston de Richard Fleischer, comenzaría un periodo extraordinariamente fructífero y mutante que alumbró obras mayores del cine policiaco (desde Harry el Sucio, otra vez Siegel en 1971, a The friends of Eddie Coyle, Peter Yates en 1973, pasando por San Francisco, ciudad desnudad,  Stuart Rosenberg en 1974 o la que cada cual elija), de la acción (The mechanic, Michael Winner en 1972 o de nuevo Siegel en 1973 con Charley Varrick)  el espionaje (ese recomendado Scorpio de Winner en el 72) o incluso la recreación en clave hiperrealista del pasado (Mama Sangrienta de Roger Corman en 1970, La banda de los Grissom de Robert Aldrich en 1971 o Dillinger de John Milius en 1973). Pero también parió sub-géneros degradados que frisaban con la fantasía filofascista preñada de paranoia ciudadana (la mítica Death Wish de nuevamente Michael Winner en el 74 o la desesperada Hardcore: un mundo oculto dirigida por Paul Schrader en el 78) o el horror más pringoso y táctil que lo mismo importaba modismos extranjeros (referencias oscuras al pinku eiga y ero gro japonés) que acudía a revisiones crueles del imaginario local. Ese neo-goticismo americano (para más y mejor el rotundo volumen coordinado por Antonio José Navarro, American Gothic. El cine de terror USA 1968-1980) que se prolongó hasta casi los 80 y en el que se inscribirían títulos como La matanza de Texas (1974) de Tobe Hooper (una obra maestra todavía hoy impresionante en su uso del sonido como perturbador sensorial principal) o la estomagante (y amateurista) dupla de Wes Craven La última casa a la izquierda (1972) y Las colinas tiene ojos 1977), aunque también otros de mayor clasicismo como la mediocre y sobrevaloradísima (además de sofocantemente esteticista) El otro (1972) de Robert Mulligan o la simpática y olvidada The Brotherhood of Satan (1970) que dirigiera Bernard MacEveety con los esplendidos secundarios Strother Martin y L.Q.Jones. Y bueno, otros tantos, lo mismo de la veta fantaterrorífica como de la estrictamente dedicada al suspense bruto y sobre los que tampoco es cuestión extenderse.

En esta corriente se inscribe el explícitamente conocido como rape & revenge que en muchos sentidos sería popularizado por ese burro remake del clásico de Bergman, El manantial de la doncella (1958) que fue la mentada La última casa a la izquierda (aunque la fecha original de nacimiento para América habría que situarla un año antes, en 1971 y en un film rodado en Gran Bretaña: Perros de paja del gran Sam Pekinpah. El título de prestigio que vampiriza el exploit), y de la que este I spit on your grave del ignoto Meir Zarchi (director israelí que cuenta con otro largo titulado Don’t mess with my sister!, ya de 1985 y que ahora anda metido en la produción del preceptivo remake) es a  la vez culmen y rareza. En cualquier caso la obra capital de tan resbaladizo movimiento que hizo fortuna a finales de los 70 y primeros 80 (por ahí queda el Angel de venganza de Abel Ferrara ya en 1981)

El de Zarchi es un film con no pocos problemas internos más allá de esta adscripción a tan sospechoso estilo, principalmente acusa cierto amateurismo y las interpretaciones no son muy allá, con la excepción de la escuálida belleza trigueña Camille Keaton (que está soberbiamente hierática en la parte final y entregada a la causa por completo, lo cual colabora fundamentalmente a apartar a la cinta de las peores tentaciones del subproducto), la cual era nieta de Buster y había trabajado en un par de títulos europeos: la sórdida y burdamente moralizante, aunque efectiva ¿Qué habéis hecho con Solange? (1971) de Massimo Dallamano y la mediocre Trágica ceremonia en Villa Alexander (1972), uno de los escalones descendentes de la filmografía del otrora indispensable Riccardo Freda (y que por su parte se enmarcaba en el retorno modernizado del gótico italiano a principios/mediados de los 70).

Anda un tanto falta de garra al principio (la presentación de personajes es francamente pobre y su perfilado directamente grosero) y no termina por saber crear un verdadero clima de amenaza creciente que coloque al espectador en el estado de ánimo apropiado. Básicamente le falta atmósfera y tensión (aunque se intenta, mal, como el paseo por la gasolinera en la que uno de sus futuros atacantes contempla sus piernas y figura de un modo bien baboso), aunque quizás lo que se busque sea sacudir con la brusquedad de lo que vendrá. Y lo cierto es que compensa esa pobreza inicial con la feroz absurdidad de la agresión. Todo el bloque central resulta soberbio, angustioso en grado sumo y extrañamente onírico (algo que se mantendrá en la parte de venganza con cierta fortuna) como si fuese algo tan aterrador que solo puede pertenecer a una pesadilla provocada por la humedad y el calor, un detalle entre incómodo e hipnotizante que se potencia debido al buen uso del bosque y el lago, al naturalismo estético, a la presencia ubicua de los agresores y a la decidida animalidad de un conjunto que se desarrolla sin música extradiegética alguna, entre aullidos y quejidos. Tres gallitos locales y el tonto del pueblo al que obligan a participar para “hacerle un hombre”.

Lo que sigue excede a toda descripción, es sencillamente insoportable y curiosamente no por lo gráfico (que lo es) sino por la  casi púdica manera en la que al dirección logra esquivar la truculencia y la complacencia sádica, gracias a su espartana puesta en escena y una frialdad expositiva que no se regodea en los detalles más escabrosos, poniendo distancia, evitando primeros planos y dejando que la crudeza de la situación y una cámara fija que solamente muestra los actos hagan lo suyo. De tal modo la aspereza de la imagen, la belleza del entorno y la crudeza de la acción (herencia directa de la fundacional Deliverance realizada por John Boorman en 1973)  se unen a la impotencia del punto de vista. Pero lo peor es que esto acaba de empezar, tras la indefinible vejación los agresores abandonan el cuerpo usado y desnudo en medio del bosque desapareciendo. Se abre un interludio rematado por un momento de hórrida antología: la imagen de la muchacha huyendo a tumbos y desnuda (con la incidencia en los pies descalzos subrayando la indefensión)  solo para ser reencontrada por sus agresores y volver a comenzar con su martirio. Una ordalía cerrada con la llegada a rastras a la casa (eternizada por la planificación visual) y la salvaje recepción que le espera, un corolario espeluznante y difícil de contemplar. Y nuevamente no por la explicitud sino por esa mencionada frialdad, esa falta de agarres para el espectado y especialmente en este final, por al total indiferencia del cuarteto de atacantes para con la protagonista, convertida en una muñeca, en una cosa tirada en el suelo, aunque será este aspecto el que finalmente le salve la vida cuando el (más) retardado del grupo no sea capaz de matarla.

Tras un interludio que expone mediante encadenados el proceso de recuperación de la heroína se abre  la resolución: la venganza. Igualmente el estilo del film también cambia, resulta más estilizado (tal y como si entrásemos en un sueño diferente) a juego con el renovado estatus de la ahora dominante protagonista, que será capaz de seducir sin piedad a sus torturadores uno a uno, en un juego retorcidamente perverso que se vale de las fantasías masculinas de dominación y sumisión. Nuevamente esta parte deja buenos momentos (incluyendo un guiño estético a la diosa de la venganza Meiko Kaji y su icónica Sasori, de la que toma prestado su característico vestuario negro) como la muy simbólica  visita a una iglesia antes de comenzar su labor encomendándose al altísimo una manera legendaria de preparar un viaje o una misión purificándose (algo también presente en un film que es claro precedente de este y verdadera pieza cumbre del sub-género: la sulfúrica Thriller- en grym film)

Según ese planteamiento de ofrecimiento/seducción/ejecución terminará con los violadores: al primero, al bobo que finalmente no la mató se le presentará como una especie de aparición envuelta en vaporosa gasa blanca, ilusión de pureza que terminará ahorcandolo no si antes haberlo follado, tal que si fuera la retorcida última voluntad del condenado. El segundo, el líder (casado y con hijos, por cierto) es ultimado contundentemente en la bañera, con un cuchillo de por medio y sangre a borbotones. Castrado después de haber sido convencido de que su acción previa había servido para domarla y enseñarle lo que de verdad le gusta a una mujer, es en cerrado en el baño mientras ella se sienta tranquilamente en el piso de abajo a escuchar un disco cuya música se mezcla con los gritos, un momento interpretativo de genial hieratismo por parte de Camille Keaton.  Lamentablemente los dos últimos (quizás en coherencia con el carácter gregario de los personajes) son exterminado con cierto desmayo en un clímax final que empaña un tanto el conjunto: atacados en pleno lago (nuevamente el agua como elemento femenino igual que en la primera ejecución) por una protagonista armada de hacha y motora que jugará a placer con los dos (como ellos hicieron) antes de finiquitarlos como a un mal hábito. No seré tan audaz, ni tan descarado como para participar de ciertas lecturas feministas (que no tiene), pero si lo suficiente como para recomendar un film que muestra, a su atroz manera, una visión aterradoramente negativa y pesimista de su propio momento histórico, la cara fea y despiadada de un mundo decadente, a través no ya de sus imágenes sino de su propia existencia.

I spit on your grave (La violencia del sexo)

Director: Meir Zarchi

Año: 1978

País: Estados Unidos

100 min.

Fotografía: Yuri Haviv

Guión: Meir Zarchi

Reparto: Camille Keaton, Eron Tabor, Richard Pace, Anthony Nichols, Gunter Kleemann

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12 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Rules dice:

    Muy buena crítica. La verdad es que la parte central del film, como bien dices, llega a convertirse en practicamente insoportable de ver.

    1. esbilla dice:

      Agradecido, hombre.
      Y encima lo logra, no recurriendo a la truculencia grosera y facil sino a una puesta en escena rigurosa y seca que potencia la incomodidad y el desagrado físico. Es un film con más cosas de las qeu aparenta, ¿hasta qué punto son involuntarias?, eso no lo se…

  2. Rules dice:

    Tienes razón, está todo demasiado atado como para que sea casualidad. O tal vez el género en sí es tan incómodo para el espectador que “siempre funciona” se haga compo se haga(por decirlo de alguna manera). Estoy pensando por ejemplo en Thriller que está justo al otro lado del espectro, con sus explicitos injertos porno, que son de una frialdad clínica en ese contexto e igualmente escalofriantes. En fin, casualidad o no la peli en determinados momentos es de una crueldad extrema.

    1. esbilla dice:

      Sin concesiones. Pero de ningún tipo, ni espectaculariza, ni se regodea. Es seca como mascar tierra. Y encima introduce ese giro estilizador en el tercio final qeu subraya un componente extrañamente onírico…lo dicho que tiene miga, aunque parezca que no y merece algo más qeu un rechazo a piroiri.
      Ya ue mencionas Trhiller..bueno aquí mismo está analizada si quieres echarle un vistazo.

  3. Rules dice:

    Pues si, voy a echar un vistazo a la crítica. De todas formas ¿qué tendrían los 70 para que la gente hiciera pelis tan arriesgadas? Ahora apenas se hacen.

    1. esbilla dice:

      No solo eso, sino que el 80% de las qeu se hicieron ahora nadie las financiaría. Incluidas las mayoría del “Nuevo Hollywood”, ya me dirás qeuién pondría hoy pasta en un film como “Taxi driver” o en algo como “La conversación”.
      Yo me descojono cuando salen pelis supestamente escandalosa y fuertes…en fin, cine para casa de ejercicios espirituales comparado con lo que era habitual durante los 70, quizás la época en la que la permisibidad, en todos lo ordenes, fue más ancha.
      Luego llegaron los 80 y el cine se “adolescentizó”, algo que comenzó en Hollywood y se extendió fulminantemente por el resto del panorama.

  4. Rules dice:

    Cierto, fijaté que los pocos tios que realmente siguen haciendo cine arriesgado como Abel Ferrara no acaban de sacar adelante ningún proyecto. Por cierto, hablando de películas arriesgadas ¿que te pareció Anticristo?

    1. esbilla dice:

      Pues que todavía no la vi. Por lo general no soy un gran fan del cine escabroso, aunque Von Trier si que me gusta, no tanto por considerarlo un gran director como un gran bufon. Es el bromista definitivo, juega muy bien con la que se supone su imagen y es tremendamente autoirónico y festivamente provocador, adema´s de un conocedor profundo de los mecanismos de la ficción. Curuiosamnete lo qeu más me gusta suyoes la serie Riget, una joya totalmente despendolada.
      Pero bueno, la veré sin lugar a dudas, gente nada sospechosa y de la qeu me fio como Tomás Fernández Valentí han hablado bien de ella, así que algo tendrá…veremos.

      1. John Space dice:

        Atrevimiento, escabrosidad, provocación… En estos tiempos en que no se respeta ni se valora nada, ?aún existen esos conceptos?
        Y si aún existen, ?por qué no los practican de manera más sutil, ergo más efectiva?

  5. esbilla dice:

    Pues yo creo qeu si existen pero se han transformado de tal manera qeu es más dificil detectarlos, los buenos autoresa enmascaran bien sus andanadas subersivas. Lo malo es qeu el cine-provocación se ha vuelto burdo y tristente obvio, con lo que la provocación queda desactivada.

  6. alekoo dice:

    Gran post, a mi me encantó, no sé si todo sea con la intención de hacernos sentir que la decadencia humana puede llegar a tanto o si quiere no limitarnos en ésta… Gran película

    1. Muy agradecido, llevó su trabajo no te creas.
      El film e realmente incómodo tanto por lo que cuento como por la manera de contarlo.

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