El mundo es un lugar mostruoso: Cani arrabbiati, la decadencia pesimista. Mario Bava quemando los colores.

Cani arrabbiati (Semáforo rojo)

Director: Mario Bava

Año: 1974

País: Italia

96 min.

Fotografía: Emilio Varriano

Música: Stelvio Cipriani

Guión: Alessandro Parenzo

Reparto: Riccardo Cucciolla, Don Backy, Lea Lander, Maurice Poli, George Eastman, Maria Fabbri

No nos engañemos. Ahora Mario Bava está comenzando tímidamente a ser considerado un genuino autor gracias al empeño poco reconocido de algunos historiadores y al voluntarismo de sitios como este mismo. Está, como mínimo, considerado. Parte de su filmografía es finalmente conocida y medianamente accesible, su nombre es ya el de un clásico y los títulos oscuros como este Canni arrabbiati son redescubiertos como nuevas piezas de un corpus poético intransferible. Pero en 1974 Mario Bava era un director industrialmente acabado y artísticamente irrelevante, tal que así. La propia peripecia, naturaleza y existencia misma de este film lo acreditan. Financiado en rocambolescas circunstancias, con su distribución paralizada por diferentes impagos y finalmente resucitado por la actrizLea Lander y al que suhijo Lamberto Bava añadió en los 90 un prólogo que arruina parcialmente el memorable giro que cierra el invento. Supone un encargo y un intento, desesperado en lo económico y brutalmente lúcido en lo discursivo de un director en el final de sus días.

Abraza, y parcialmente se pliega, a un género en boga que le era totalmente ajeno (como lo fue su día el spaghetti western, donde sus dos trabajos son naderías sin personalidad ni estilo) y decide, con esa mezcla de inconsciencia y genio, superarlo a base de locura, maldad destilada y una desesperanza que aplasta sin escape posible. Convirtiendo lo que empieza como la enésima exhibición de acción ruda y explotación de la paranoia ciudadana en relación a la violenta Italia de los 70 (un atraco fallido termina cono una huida por toda la ciudad que deja un reguero de muertos hasta culminar con el secuestro de un coche en el que viajan un hombre y un niño aparentemente enfermo) en otro tratado de los monstruos interiores y la maldad humana. Aparece así como un trabajo por completo insólito en su superficie áspera y granulosa, aunque en el fondo no tan alejado de su habitual temática, ya que pese a dejar de lado lo fantástico, el mal tiene su origen en lo profundo del hombre tal y como era habitual en el tenebroso universo de pulsiones ocultas y delirios enfermizos del autor. Lo que si abandona, primero por que es exigencia de la moda y segundo porque en el fondo no vendría a cuento, es la suntuosidad “pictoricista” y el barroquismo decadente, en beneficio de un naturalismo febril y crispado, repleto de cámara al hombro y obsesivos primerísimos planos sudorosos. Es como si Bava antes escribiera con la diestra y ahora usase la zurda, el resultado es una caligrafía (fílmica) abrupta, pero la misma sintaxis depurada.

Una narración vertiginosa, para una historia sin piedad, un combate psicológico on the road que usa el claustrofóbico espacio de un coche como teatro de operaciones para un drama criminal violentísimo y desoladoramente amoral, donde la visión pesimista de Bava refulge en un final implacable que obliga al espectador a redituarse en el contexto de lo que ha visto y a aceptar crudamente la verdadera piel de su, aparentemente heroico protagonista.

Soberbiamente interpretada, especialmente por el espléndido característico Riccardo Cucciolla (inolvidable co-protagonista en 1971 del Sacco y Vanzetti de Giuliano Montaldo) como el imperturbable secuestrado, pero también sacando buenas prestaciones, en un registro siempre excesivo y buscadamente grotesco, de otros mucho más limitados como George Eastman (luego guionista también), el popular cantante Don Backy o en menor medida un Maurice Poli (con el que ya había contado anteriormente, en el 69 y el 71, en la nefasta Cinco muñecas para la luna de agosto , un ejercicio de psicodelia ratonera que aprece una parodia de su propio estilo y en la simpática Gli orrori del castello di Norimberga, también conocida como Baron Blood y que era un intento gótico con Elke Sommer y un ajado Joseph Cotten como principales reclamos)   tan inexpresivo como de costumbre interpretando aquí al líder del trío. Y con Bava dando una exhibición del dominio del suspense (tanto como tensión narrativa, como en cuanto a manipulación del espectador) y de la capacidad para incomodar, para la plasmación de un horror distinto, uno que nace del asco, de la contemplación impotente. Con el brutal ejemplo de la escena en la que Lea Lander es acosada y cazada en un maizal y finalmente  obligada a orinar, quedando, a partir de aquí anulada por la fuerza de la humillación. Un personaje, por otra parte, no demasiado bien tratado, que se vuelve demasiado rápidamente odioso de puro histérico e indefenso. Perdiendo peso como personaje y sirviendo solo utilitariamente como constante fuente de tensión para el espectador, lo que se hace más doloroso por el contraste con el sensacional personaje de Cucciolla y su sobrehumano autocontrol, unido a una frialdad calculadora que mantiene una sombra sobre sus comportamientos que se volverá negrura profunda en ese mencionado final (que esta vez no revelaré pese a ser capital para el entendimiento total del film al que da su sentido último. En todo caso está en el último video de la entrada).El resultado, visto hoy, de lo que en su día fue un cruel fracaso a todos los niveles, es un film particularmente extraño en todo, dotado de un humor esquinado y negrísimo (como en el El diablo se lleva a los muertos y ese repetido apilamiento de cadáveres), de un cinísmo lacerante y de una poderosísima capacidad de abstracción, que no solo no está reñida con su estética sucia y solar sino que se ve exponencialmente potenciada por la misma, un film por igual grosero y sutil, feo y estilizado, burdo y sofisticado. No se si una de sus mejores película ,pero desde luego una de mis favoritas, precisamente por esa manera en la que, bajo capas de ruido y distorsión, sigue pudiendo oírse la melodía. Además, Bava cuela un curioso (auto) homenaje: uno de los criminales (Bisturí) maneja una enorme navaja (que usara con una entrometida autoestopista que es ultimada con una indiferencia aterradora) y va permanentemente enguantado, pero al contrario que en las fantasías chillonas y en la perversidad colorista de los “gialli”, el rostro del monstruo es bien visible, aunque se oculte a pleno sol.

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