Negrura y óxido sixties: Funeral en Berlín con Harry Palmer. Michael Caine, el cool y los espías mundanos.

Funeral en Berlín es la segunda aparición (y mi preferida, de ahí la elección) del mundano espía Harry Palmer tras la excelente (y ya muy cruda en su trama de manipulación mental) Ipcress (1965) de la olvidada esperanza Sidney J. Furie y previa a la nefasta y tontamente paródica El cerebro de un billón de dólares ( 1967) cortesía del histérico Ken Russell (descontando la  resurrección del personaje en los 90 con las televisivas Bullet to Beijing y Medianoche en San Petesburgo que retomaban a un Palmer semi-retirado) y una de las obras cumbres del cine de espías durante los fructíferos 60 de la guerra fría. Contemporáneo de otros ejemplos espléndidos como Conspiración en Berlín (1966) de Michael Anderson, en la que George Seagal es enviado a desmantelar un grupúsculo neo-nazi mientras es mangoneado sin miramiento alguno por sus superiores en  una trama paranoica  muy típica del talento para la maldad del gran escritor Harold Pinter, Llamada para un muerto (1967), una sobria (y un tanto plomiza) aportación de Sidney Lumet adaptando la oscura cotidianeidad del imprescindible Le Carré, acerca del suicidio de un agente y la posterior investigación encargada a James Mason o esa sima de al sordidez que es La carta del Kremlin (1969), un trabajo magistral de John Huston injustamente olvidado y ya comentado aquí.

El asunto en esta ocasión es más corriente que el de Ipcress (esplendido el minucioso detallismo sobre los recibos y permisos burocráticos que despojan de todo encanto a la profesión) e involucra a Palmer con un, aparentemente, sencillo encargo en Berlín: sacar a un (supuesto) desertor soviético al que interpreta un inolvidable Oskar Homolka en un personaje divertido y sibilino que trabará amistad con nuestro protagonista. Pero por supuesto todo será mucho más complicado y espeso como es ley en el género. La complicada narración (con cambios de identidades, agencias cruzadas y oro nazi por el medio) acusa  influencias del cine de detectives (el agente parece ir a remolque, baqueteado y zarandeado por la trama de un sitio a otro y es utilizado sin miramiento alguno) y un sentido del humor vitriólico en su veraz descripción de un submundo atroz, (demoledor en este sentido el personaje del jefe de Palmer genialmente interpretado de nuevo por un Guy Doleman gélido que poda, no las malas hierbas sino las flores de su jardín y) al que retrata de un modo tan implacable como agradecidamente falto de pretensiones, lo que la aleja positivamente de territorios tan plomizos como el de la prestigiosa El espía que surgió del frió, dirigida por Martin Ritt en 1965, (nuevamente un original de John Le Carré), para un Richard Burton terminal.

En cualquier caso es con esa escuela de filmes oscuros, sarcásticos y lúcidamente crueles es con los que hay que alinear a la creación icónica del gran Michael Caine, un destilado de genuino cool con sus gafas de pasta, su mackintosh y ese gesto que mezcla desapego, cinísmo e ironía, una memorable interpretación que convirtió al actor en estrella y certificó un  estilo interpretativo económico en grado sumo. Y esto porque, aunque nació innegablemente como un “anti-Bond” (producido igualmente por Harry Saltzman con miras a no dejar huecos sin cubrir) no tiene nada que ver con cualquier tipo de parodia: desde las descacharrantes gominolas pop del Flint de James Coburn o el Matt Helm de Dean Martin, hasta los cientos de imitaciones del “cinema bis”, con cosas como el 3-S-3 de Sergio Sollima y Giorgio Ardison, el OSS-17 francés con dirección, entre otros de Andrè “Fantomas” Hunebelle y protagonismo para los  americanos Kerwin Matthews o John Gavin, la época más desprejuicida de Chabrol y su El Tigre con Roger Hanin, el triunfante Estambul 65 de Isasi-Isasmendi o incluso las correrias pulp de Jesús Franco y Eddie Constatine entre multitud de productos y subproductos repletos de desvergüenza y gracejo. En fin…para una pequeña panorámica muy recomendable el artículo de Carlos Aguilar dedicado al spionistico en esa estupenda miniatura que es Hecho en Europa.

Bien al contrario, es una cruda desmitificación, que contrapone al estilizado mundo paralelo del James Bond fílmico, una mirada sobre el espionaje donde la deshumanización reina y la traición es la moneda oficial. Pero, más allá de apuntes humorísticos superficiales (cuando triunfa lo hace con una agente israelí, Eva Renzi, y la seduce únicamente porque esta lo necesita par llegar a sus objetivos) o incluso de aspectos de “lucha de clases” (Palmer es un cockney obrero y Bond un hijo de Eaton), enfrenta a las dos tipología en un nivel mucho más profundo y menos obvio:  Bond como perfecta máquina de matar de rampante amoralidad y cinismo, contra un Harry Palmer (cuyo nombre fue por cierto inventado, buscando además uno especialmente anodino, para las películas ya que en la novelas de Len Deighton anteriores carecía del mismo) que no solo no es glamouroso, sino que, contrariamente al 007 tiene un férreo código ético y una voluntad rebelde; uno de los puntos más interesantes de la saga es que el protagonista está forzado a ser un espía mediante el chantaje; Palmer es un ladronzuelo de poca monta que paga su condena trabajando para el MI6 e intenta siempre mostrarse todo lo desganado y desafiante que puede.
Para redondear el parentesco con la franquicia Bond el encargado de guiar la dirección es el artesanal (y discreto) Guy Hamilton, uno de los manufactureros habituales de la interminable serie (ejemplo perfecto de idea por y para los 60 que nunca debió de salir de la época para la que fue concebida y en la cual sus maneras y espíritu resultan naturales y no un grotesco anacronismo) que aquí realiza su mejor trabajo, con una puesta en escena vibrante (ejemplar el intercambio de ataúdes) ayudada por la excelente fotografía de Otto Heller que ya se había ocupado  de la primera entrega y también del exitoso Alfie (1966) de Lewis Gilbert, que también terminaría por dirigir a Bond con poca gracia en la todavía simpática Solo se vive dos veces (1967) y en las infumables La espía que me amó (1977) y Moonraker (1979) con Roger Moore haciendo el ridículo.

Funeral en Berlín (Funeral in Berlin)

Director: Guy Hamilton

Año: 1966

País: Gran Bretaña

102 min.

Fotografía: Otto Heller

Música: Konrad Elfers

Guión: Evan Jones según la novela de Len Deighton Funeral in Berlin, 1964

Reparto: Michael Caine, Eva Renzi, Paul Hubschmid, Oskar Homolka, Guy Doleman, Hugh Burden, Rachel Gurney, Marthe Keller

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Curiosamente, esta aventura también es mi Harry Palmer favorito, un personaje que (junto al Thomas Crown de Steve McQueen) representa la quintaesencia de lo “cool”. Inolvidable Michael Caine, el mejor actor que nos queda vivo. La tercera realmente es decepcionante salvo por la nueva aparición de Homolka y, por supuesto, la fascinante (mucho más que su sobrevalorada hermana, lo siento) François Dorléac. Y de las dos últimas mejor no acordarse.
    Servirá de algo decirte de nuevo que has hecho una gran reseña? 😉

    1. esbilla dice:

      Solo para hincharme un ego que ya alcanza roporciones gargantuescas.
      Pues fíjate que a mi el McQueen (que es uno de mis icónos masculinos, por cierto)de Thomas Crown nunca me ha dado más, lo encuentro como disfrazado con tanto traje y él mismo da la impresión de encontrase incómodo, solo que con aquella percha y aquel estilo ya iba sobrado…
      “Cool” es un término lamentablemente degradado que ha perdido su significado genuino, cool no es guay, cool es Michael Caine con gafas de concha, es Lino Ventura, Dean Martin, Miles Davis en mangas de camisa, Steve MacQueen con gafas de sol y Lee Marvin con bigote, es Henry Fonda caminando, Alain Delon, James Coburn canoso,Sott Walker versionando a Brel…
      Y si, la hermana es una sosa y su pérdida fue terrible, ¡arriba François Dorléac!

  2. palmer, ex militar desganado…..

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