“Don’t you know that it’s different for girls?”:El WIP, auge y caida de un sub-género. Entre Jesús Franco, Roger Corman y Eddie Romero, 99 mujeres/Black mama, white mama

“I know, a lot of things that you don’t
You wanna hear some?”
Joe Jackson

WIP o Women In Prison (no creo que necesita mayor explicación la terminología), sub-género retorcido y viscoso donde los haya. Con orígenes que pueden rastrearse hasta joyas como Mädchen in Uniform (1931) de Leontine Sagan (cambiando la prisión por un internado de señoritas), canto a la libertad y el amor sáfico en un Alemania al borde del nazismo o encontrarse en claros precedentes prestigiosos como Sin Remisión (1950), del reivindicable artesano John Cromwell, un duro drama social escrito por Virginia Kellogg, un año antes guinista de la apoteósica Al rojo vivo para Raoul Walsh y esta ocasión tratando experiencias propias.

Jesús Franco le dio color y una mano de perversidad y lo reformuló en 1968 con esa fundacional 99 mujeres…y de ahí cuesta abajo, mil veces saqueados su motivos (por el propio Franco el primero, aunque fueron los japoneses los que aportaron verdadero estilo y delirio en cosas como la saga de la mujer prisionero y en derivados mucho más enloquecidos y personalizados), rebotando de Europa a América con parada en Filipinas y de ahí despeñándose de nuevo a la Europa de Ilsa, la loba de las SS (1975), degradación de la degeneración ambientada, paradójicamente, en los estertores del nazismo.

99 mujeres (99 women)

Director: Jesús Franco

Año: 1968

País: Alemania/Italia/España

99 min.

Fotografía: Manuel Merino

Música: Bruno Nicolai

Guión: Milo G. Cuccia, Carlo Fadda, Jesús Franco

Reparto: Maria Rohm, Maria Schell, Herbert Lom, Mercedes McCambridge Rosalba Neri, Elsa Montés, Luciana Paluzzi

99 mujeres supone, no solo uno de los títulos más satisfactorios y logrados de entre la atrabiliaria e ingobernable filmografía del torrencial Jesús Franco, sino que atesora un valor histórico incalculable (o así) al ser el inventor de este calenturiento subgénero al que esta película no solo otorga carta de naturaleza sino que deja establecidos una serie de arquetipos narrativos, estéticos y tipológicos que abarcan desde el sadismo al erotísmo sáfico, de la crueldad malsana y pegajosamente atractiva a la composición de una galería de personajes que reaparecerán  machaconamente en todas y cada unas de las manifestaciones del asunto.

Así encontramos la alineación completa de personajes, un muestrario de tragedias personales e injustos castigos de brutal desmesura, todos ellos visualizados por Franco con una puesta en escena genuinamente suya, es decir libérrima y abstracta (la violación del personaje de la Röhm), preñada de motivos recurrentes (la Neri como bailarina erótica de imposible vestuario) y música hipnótica frente a la mucho más contenida puesta en escena (aunque se mantenga la estilización formal, en momentos como los encuentro eróticos entre las protagonistas visualizados con planos cortos y desenfoques que descomponen los cuerpos y el espacio) de las escenas carcelaria o selvática, pegadas estas a lo que se espera de una producción profesional de bajo presupuesto.

Encontramos ya a la inocente que terminará por liderar al grupo, a cargo de la estupenda y habitual del Franco de la época Maria Röhm (esposa del productor del invento Harry Allan Towers), la curtida veterana Elisa Montés, la joven idealista con conexiones político/revolucionarías que harán posible el intento de huida (Valentina Godoy, que repetiría en breve con el director en La ciudad sin hombres), la que no soporta el tormento y sucumbe, una guapísima Luciana Paluzzi casi a lo Janet Leigh en Psicosis (1960)… y por supuesto la pérfida guardesa interpretada aquí con desafuero la gran Mercedes McCambridge que se encarga de facilitar carne fresca al repulsivo gobernador local al que interpreta genialmente un Herbert Lom caracterizado con unas sempiternas gafitas de sol redondas, barba y un cráneo moreno y rasurado que colaboran a darle  un aspecto inolvidable de villano de tebeo (y que protagoniza una escena puramente sadiana de violación interpuesta y voyeurismo perverso haciendo que Rosalba Neri abuse de Maria Röhm en la enfermería de la cárcel, mostrando así ese sentido del dominio a través de la perversidad sexual que es rasgo genuino del mejor Franco). El elenco se redondea con un par de indispensables caracteres más, situados ambos como puntos beatífico y maléfico en lugares opuestos de la balanza: la idealista funcionaria que viene a limpiar la prisión y que se estrellará contra un muro del pesimismo lúcido típicamente franquiano y que esta a cargo, nada menos  que de la encantadora Maria Schell (recordada especialmente por su gran papel en ese extrañísimo western de Delmer Daves que es El árbol del ahorcado, 1959) y por último queda la presencia más memorable de la película, una presa chivata, depredadora sexual, traicionera y peligrosa (aunque parcilamente redimida por la ternura cierta que siente con respecto  ala protagonista a la que corporeiza con su irresistible físico la mentada Rosalba Neri (genial su presentación colocándose unas medias) con su duro gesto de altivez, robando todos y cada uno de los planos en los que sale e incluso alguno de aquellos en los que no sale.

El resultado, más allá de este carácter fundacional que reporto al film unos beneficios descomunales (y abrió rápidamente la espita de las imitaciones/derivaciones en las que el mismo Franco reincidiría, por ejemplo en Los amantes de la isla del Diablo en 1972 sin ir más lejos, degradando la fórmula hasta desposeerla de su atractivos menos obvios y groseros), resulta muy beneficiado por la habitual holgura (dentro de lo que cabe) de las producciones que acometió para Allan Towers (entre ellas sus divertidas aportaciones a la saga de Fu-Manchú) y especialmente de los espléndidos repartos que manejó durante la época. Todo ello actúa en beneficio de un resultón acabado de cómic de aventuras europeo que cuyo interior anidan algunas de las obsesiones recurrentes del autor en torno a la “servidumbre humana”, la degradación o el poder, todo ello rematado con un final inexcusablemente pesimista y desesperanzado que exhibe el componente de terrible juego de caza que tuvo la breve hazaña de nuestras heroínas.

Black mama, white mama

Director: Eddie Romero

Año: 1973

País: Estados Unidos/Filipinas

87 min.

Fotografía: Justo Paulino

Música: Harry Betts

Guión: H.R. Christian, Joe Viola, Jonathan Demme

Reparto: Pam Grier, Margaret Markov, Sid Haig, Lynn Borden, Zaldy Zschornak, Laurie Burton, Eddie Garcia, Alona Alegre, Dindo Fernando, Vic DiazTras haber resistido la tentación de titular esta reseña “Ébano y marfil” y partiendo de la premisa irrefutable de que se trata de un pestiño solo disfrutable en condiciones muy especiales, aclarar que aún así no carece de interés, por dos motivo, el primero  por ser la imagen terminal y deformada de ese 99 mujeres tratado arriba , a través de la que queda bien clara que la naturaleza involutiva de la exploitation y su fulgurante velocidad degenerativa (entre el 1969 y el 1973) y en segundo término su valor como pieza histórica para conocer el breve periplo filipino de Roger Corman, ese hombre que veía crecer la hierba.

Así que mejor empezar con una pequeña historia sobre como llegó allí: a principios de los setenta Corman visita en Filipinas su amigo John Ashley, actor malo y antiguo figurín/cantante de los 50 afincado en el país donde había fundado una productora junto al director, también malo, Eddie Romero. Tras ver el chiringuito con todo listo para rodar y rodar, Corman traslada un produto estilo WIP (aunque con ramalazos de la efervescente blackexploitation, que había que cubrir bien el espectro) que Jack Hill tenía listo para ser filmado en Puerto Rico a Filipinas y así comienza todo. Hill se encargaría de un par de títulos (The big doll house y The big bird cage en 1971 y 1972 respectivamente) facturados de manera consecutiva (y acelerada) y para los que se traería a dos actores de la escudería: Pam Grier y Sid Haig. El resultado es un triunfo crematístico (que es de lo que va todo esto) y así se sigue la cadena de montaje ya con el destajista local Romero dirigiendo hasta el 73-74 dónde Corman ve que aquello ya declina y busca nuevos horizontes. De tal modo este es uno de los últimos exponentes de la producción filipina de la A.I.P, lo que no significa, ni mucho menos que se dejara de exprimir la cosa, el propio Romero intentaría prolongar el negocio en ese mismo 1973 con Woman Hunt, al parecer al estilo El malvado Zaroff (1932). (Para todo esto resulta muy recomendable utilizar, a modo de introducción el Mondo Macabro de Pete Tombs, publicado en España en 2003 por Círculo latino y el festival de Sitges)
Y ahora el asunto en si: Lo que comienza como una pieza canónica de sub-género (al minuto cuatro ya las tenemos a todas empelotadas en las duchas mientras una de las carceleras se da gusto espiando) con sus abusos y sus sadismos (muy light, eso si, aunque la caja metálica al solo con ellas desnudas espalda contra espalada tiene su aquel) y sus guardesas divididas entre la beatífica y comprensiva y la  pervertidilla viciosa (la mirona de antes interpretada por la rubia Lynn Borden) deriva rápidamente en reformulación costrosa y despechugada de aquel célebre Fugitivos (al que se añaden no pocos elementos del film de Franco) del concienciado palizas Stanley Kramer con Curtis y Poitier huyendo encadenados. Las dos partes son casi igual de lamentables, pero la segunda la pobreza en todos los sentidos ya devora todo el invento (en cuyo guión trasteo Jonathan Demme, según parece) que apenas está animado por la innegable belleza del dúo protagonista (atención que cada una luce braguitas de su color correspondiente), la rotunda Pam Grier como chica dura y la juncal Margaret Markov de pijilla revolucionaria (visto el resultado de esta unión ambas repetiría un año después en la mucho más enloquecida The Arena (1974), como gladiadoras en una Roma inexcusablemente decadente, y en la que por cierto, aparecía Rosalba Neri como maligna jefa de esclavas. Un film razonablemente simpático y locatis dentro de sus perroneros presupuestos dirigido por Steve Carver -¿con ayuda de Aristide Massaccesi, aka Joe D’Amato, más allá de la fotografía?-, firmante de la despendolada Una mamá sin freno en 1974 con Angie Dickinson prolongando las hazañas de la antológica Mamá Sangrienta de 1970 pero con mucho más folleteo) que organizará todo el plan de fuga para ayudar a su “pseudoguevariano” noviete en sus intentos revolucionarios contra el corrupto gobierno local. Lo que da pie a un tercio final horripilante que pretende jugar al desengaño épico (sic.).

Queda la  presencia carismática de Sid Haig (recuperado por Rob Zombie en su sobrevaloradísima La casa de los 1000 cadáveres, 2003) en uno de sus estrambóticos personajes, en este caso un villano vestido de cowboy y amante del country, o un par de momentos repulsivos protagonizados por Vic Díaz, presencia recurrente del infracine filipino. Así la odisea incluye acción penosa, humor chusco, erotismo cazurro y la más bochornosa pelea jamás filmada (o casi) y ni siquiera la redime su ceporra cualidad de irredento exploit del exploit.