“Los niños terribles”: Viento en las velas. Superficies y profundidades, el cine lúcido de Alexander Mackendrick

Viento en las velas (A high wind in Jamaica)

Director: Alexander MacKendrick

Año: 1965

País: Gran Bretaña/Estados Unidos

103 min.

Fotografía: Douglas Slocombe

Música: Larry Adler

Guión: Stanley Mann, Ronald Harwood, Denis Cannan según la novela de Richard Hughes Huracan en Jamaica, 1929

Reparto: Anthony Quinn, James Coburn, Deborah Baxter, Isabel Dean, Nigel Davenport, Gert Fröbe, Lila Kedrova, Dennis Price

Si tuviera que elegir un solo director al que sistemáticamente se le racanea la categoría de “clásico” no lo dudaría, inmediatamente colocaría la enseña sobre Alexander Mackendrick. Autor genuino de carrera corta y compacta que deja su huella desencantada y pesimista, su cruel concepción del ser humano impresa hasta en las más aparentemente bondadosas comedias, un cine que es como el agua calmada: no sabes su profundidad hasta que te metes dentro. Y si entre su espléndida filmografía estuviera obligado a señalar una sola como perfecto compendio de todo su universo, esa tendría que ser,

Alexander MacKendrick y Edward G. Robinson durante el rodaje de Sammy, huida hacia el Sur en 1963

obligatoriamente, Viento en las velas.

Sobre Mackendrick ya he escrito aquí, digamos que en segundo grado. Dos reseñas para el portal Cinearchivo igualmente consignadas aquí sobre un par de sus trabajos para la justamente legendaria (y entrañable) productora Ealing: El hombre del traje blanco y la enternecedora Mandy (película destacable no solo por su excepcional calidad y humanidad, sino por presentar la primera incursión en el mundo de la infancia, contemplada siempre de un modo que excluye por completo la condescendencia y la blandenguería sin que ello no implique falta de ternura  y si una comprensión profunda). Para la casa británica filmó también su debut, la deliciosa Whisky Galore! (1949), una comedia llena de pintoresquismo y bonhomía ambientada en una islita que en plena 2ªGM se queda sin suministro de “agua de la sabiduría” mientras un carguero repleto de la misma se hunde frente a sus costas y otras dos comedias más: la también isleña The Maggie (1954) y la célebre El quinteto de la muerte (1955), un film memorable en el que ya se contempla en todo su esplendor uno de los temas predilectos del director: la capacidad destructiva de la inocencia. Algo que ya estaba camuflado en El hombre del traje blanco y que aquí toma la apacible apariencia de una adorable viejecita que va diezmando a una banda de criminales sin enterarse.

La negrura pesimista y su negativa visión del hombre entraran a lo bestia en su primer film americano bajo los auspicios del siempre atento e inquieto Burt Lancaster que le produce Chantaje en Broadway (1957), un demoledor trabajo, sobre guión de Clifford Odets, de una amargura y lucidez insondables acerca (o con la excusa) de radiografiar el mundillo periodístico canallesco y las cercanías de la farándula. Tony Curtis se encarga del repulsivo co-protagonista que introduce la tipología del arribista sin escrúpulos, el egoísta que pretende manipular el entorno a su favor. Aunque en realidad lo que hace aquí es más bien definirlo a la perfección, porque el personaje de Alec Guinness en (de nuevo) El hombre del traje blanco ya presenta rasgos similares pero vistos desde una óptica de cartoon humorístico y sátira venenosa en el fondo pero amable en la superficie. Algo similar a lo que Mackendrick realizaría en la cinta que fue su despedida, la fracasada e incomprendida en su día (y hoy todavía pendiente de revisión) No hagan olas (1967), retrato virado de la sociedad americana del triunfo, coherentemente ambientada en una perpetuamente soleada California de bellas y ricos a la que quiere acceder un Tony Curtis todo cinismo.

Entre medias de estos trabajos se incrustan (además de varios trabajos sin acreditar y algún otro abortado) dos películas de aventuras infantiles, Sammy, huida hacia el sur (1963), que lamento no haber visto y que cuenta con el siempre grande Edward G. Robinson y esta pieza clave que es Viento en la velas.

Y así llegamos a ella, pero antes de entrar a reseñarla un poco es obligatorio hacer constar la extraña relación de desapego que MacKendrick, un hombre por lo demás extremadamente modesto que siempre se quitaba importancia a si mismo y a su labor un poco a la manera de Mario Bava, sentía con respecto a esta obra maestra. En una fantástica entrevista realizada en 1988 por Antonio Castro en la revista Dirigido por… (amablemente proporcionada por Christian Aguilera, a quien se lo agradezco infinito y que también puede leerse en Miradas de Cine) el director deja claro, con extrema crudeza, su consideración de película fallida e incluso frustrante al haberse alejado del proyecto que tenía originalmente en mente (y que tuvo durante muchos años, ya que intentó durante 15 llevar al cine la sobresaliente novela de Richard Hughes), en el cual el centro narrativo, el punto de vista que guiaba al espectador era exclusivamente el de los niños, en lugar de desplazarse hacia el personaje  de Coburn que es quien contempla los hechos “desde fuera”. Este proyecto, que según sus propias palabras Zanuck, que era el productor principal, nunca les hubiera dejado filmar, fue incluso recortado en la mesa de montaje extirpándosele un prólogo que daba cuenta de la vida de los niños en la isla (una de las mejores partes de la novela, por cierto que muestra su curioso estado, entre la civilización y el salvajismo y su relación con sus esclavos, sus padres y especialmente la experiencia de la muerte, algo que se repetirá punto por punto en su odisea pirata posterior). Desde luego si el resultado es impresionante tal y como quedó, estremece pensar en lo que hubiera podido ser un film al que un crítico de Time Magazine definió en el momento de su estreno como ”…ver a Shirley Temple cantar una canción alegre en un barco mientras descuartiza a un cachorro”.

Esa frase sobre la candorosa Shirley  define con gracejo de punch line la siniestra entraña de un film que juega a la ligereza genérica y el veneno endulzado mientras exhibe atrozmente el crepúsculo de un género y de un tiempo con el desenfadado aspecto de una fábula cruel (no es gratuito el desmitificador detalle de los villanos asaltando travestidos el barco en el que viajan los niños). Un cuento para adultos rico en detalles malsanos (los pequeños jugando con la cabeza de la figura del mascarón de proa mientras los piratas permanecen aterrorizados,…) y extrañas relaciones que funden/confunden el amor, la obsesión y la fascinación mutua,  dentro de un complejo entramado conceptual y dramático que gira entorno al intercambio de roles, al poder y especialmente a esa capacidad destructiva de la inocencia ya referida antes. Un subversión que deja invalidada la capacidad de reacción ante la catástrofe inminente y que se corporeiza en esta ocasión en esa visión personalísima del universo infantil que no admite nada más que la verdad y que está lograda (y aquí me “intertextualizo” a mismo) con una sencillez que  mezcla de observación y comprensión profunda, de la cual nace una capacidad de penetración psicológica y una sensibilidad asombrosa, propicia para recrear y transmitir una mentalidad infantil sin adulterar. Con toda su compleja forma, su absurda lógica y su belleza cruda. Un triunfo actualmente solo equiparable al magisterio de Hayao Miyazaki, en especial en la emocionante pureza de esa obra maestra que es Mi vecino Totoro (1988). El autor no trata a los niños como adultos, ni como a idiotas. Los trata como a niños. Su cámara obedece los preceptos de John Ford; se coloca a la altura de la mirada. Los encuadra desde su mismo plano, tanto físico como moral/intelectual.Así las líneas entre el bien y el mal son extremadamente difusas y la conciencia, más en medio de semejante ambiente de barbarie y aventura, tiende a desaparecer sustituida por valores bien diferentes, reproduciéndose sobre la cubierta del barco la misma dicotomía entre salvajismo y civilización que experimentaban en la isla pero con la diferencia de la ausencia del contrapeso parental. De igual manera la muerte será un elemento fundamental del viaje, tanto la real (uno de los hermanos morirá accidentalmente y el destino de los captores está fatalmente sellado) como simbólico.

Pero por supuesto toda esta poderosa carga se mantiene como un substrato enriquecedor y sibilinamente agazapado bajo su juguetón aspecto, su belleza formal limpia y sencilla, su vibrante dirección, su magnífica banda sonora y unas grandes interpretaciones de su sensacional reparto, especialmente de un Anthony Quinn, infantil y vencido, y una turbadora Deborah Baxter de magnética e inquietante presencia, a la vez desvalida e implacable. Un film emocionante, sincero y penetrante que se cierra con uno de los finales más brutales de la historia del cine, estremecedor en su falta de piedad.

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