Solo mi cara es más dura que mis manos: Return of the Street Fighter. Sonny Chiba o la acción marcial japonesa

La saga del luchador callejero, compuesta por: Gekitotsu! Satsujin ken (The Street Fighter), Satsujin ken 2 (Return of the Street Fighter) y Gyakushû! Satsujin ken (The Street Fighter’s Last Revenge) es una de esas cumbres invertidas del cinema-bis cuyo indefinible encanto kitsch y su absoluta falta de vergüenza y sentido de la medida no hace más que ganar con los años y las capas de mitificación pese a que (o precisamente por), en realidad sean las tres bastante malas aunque indescriptiblemente divertidas. Dirigidas en bloque en 1974 por el garbancero Shigehiro Ozawa con vigor hortera, desaliño formal (esa catarata de zooms) y el feísmo como inopinada figura de estilo a mayor gloria del a mayor gloria del divismo y el carisma cetrino de Sonny Chiba -su filmografía es tan copiosa que sería imposible desgranarla aquí pero en la línea de este triptico quedan otras joyitas del gramaje de The Executioner (Chokugeki! Jigoku-ken) y su secuela (Chokugeki jigoku-ken: Dai-gyakuten), dirigidas en el 74 por el gran Teruo Ishii, la dupla Yakuza Deka en el 70 o la adaptación a imagen real del popular manga Golgo 13 ya en 1977, las tres realizadas por Yukio Noda, todo ello a modo de ejemplo y sin salirse del estilo acción/karate que producía la Toei durante la década-.

Con estas credenciales Chiba -un actor excelente y personalísimo por otra parte y que en esta trilogía da vida a Tkuma “Terry” Tsurugi un invencible matón que se vende al mejor postor, un freelance del crimen que en realidad oculta a un genuino héroe bajo toneladas de cinismo, cabreo y rudeza- trató de ser vendido para el público occidental como la alternativa nipona a Bruce Lee, al que se asemejaba en su gestualidad crispada y desafiante, convertida por el japonés en animalesca reconcentración desencajada.

Más allá de la curiosa categoría de culto que esta trilogía a terminado por adquirir no es que ofrezca nada nuevo, pero al menos resulta un combinado saciante de acción cazurra y tebeismo desenfrenado que seduce por su barbarismo y falta de mesura, incluyendo arrancamiento de genitales (el ataque estrella de héroe junto al arrancamiento de traquea) y evisceraciones oculares entre otras sutilezas sanguinolentas cosidas mal que bien a unas historias folletinescas de bolsilibro de tapas chillonas.

Return of the Street Fighter (Satsujin ken 2)

Director: Shigehiro Ozawa

Año: 1974

País: Japón

88 min.

Fotografía: Sadaji Yoshida

Música: Toshiaki Tsushima

Guión: Hajjime Koiwa y Kôji Takada

Reparto: Sonny Chiba, Yôko Ichiji, Masashi Ishibashi, Claude Gagnon, Hiroshi Tanaka, Masafumi Suzuki

Como una reseña de los tres títulos acabaría provocando algún  tipo de implosión craneoencefálica mejor reducir el alcance a una sola que sea representativa de las bondades (la primera película, que incluye un memorable enfrentamiento contra un espadachín ciego que refiere al mítico Zatoichi, es realmente disfrutable como una especie de grotesca reinterpretación japonesa de un imaginario medio bondesque de violencia tan disparatada  que es puro nonsense) y las miserias (la tercera, ya puro derribo enloquecido lustrado mínimamente por la presencia de la fantástica Reiko Ike) de todo el invento. Obligatoriamente la elección recae en esa pieza bisagra que es Return of the Street Fighter, en su muy legendario título anglosajón, primera secuela lleva un paso más allá su equiparación (involuntariamente) paródica, por excesiva, del fenómeno Bruce Lee y carente casi por completo de las ya de por si escasas virtudes objetivas (fuera del espectáculo trash que supone visto ahora, claro) del original. Con el añadido caradura de recurrir para completar un metraje estándar al barriobajero método de incluir secuencia enteras de esa primera parte (viradas en blanco y azul, que son un recuerdo y hay que hacerlo notar) amén de estirarse en sesiones de entrenamiento y manejo de técnicas y armas cuya duración excede por mucho lo soportable para cualquiera que no sea suscriptor de la revista Dojo

El resultado es un film de un esquematismo total y que cuenta apenas con un par de momento logrados: , la escena de apertura que da cuenta de uno de los trabajos de Tsuguri (asesinando dentro de una comisaria y tras dejarse llevar esposado a un futuro delator en una breve secuencia francamente vigorosa),el duelo desarrollado bajo la lluvia (convocando simbólicamente el recuerdo de su anterior enfrentamiento) en una azotea  contra el milagrosamente resucitado villano de la primera entrega, al que Sonny Chiba se cargaba por el contundente método de arrancarle medio pescuezo y que ahora reaparece equipado con un aparato de laringectomizado y una siniestra voz robótica (el resultado es un brillante en su estilización escenográfica e irreal iluminación con neones) o la multitudinaria batalla final con nuestro héroe enfrentándose a una baraúnda de esbirros; una larga escena rodada con apreciable solvencia, profusión de cafradas y ritmo agitado pero que no deja de ser una respuesta menor a la hecatombe con la que se cerraba la primera parte.
De tal manera que si bien como película no vale nada -quizás si resulte interesante el dato de contar con un malvado occidental en la sombra, un detalle muy típico de las películas y la ficción de estilo pulp en Japón que funciona a modo de afirmación nacionalista/racial- como pieza marcial resulta perfectamente clarificadora de cómo el género se redujo en los 70 (de igual modo lo harán muchas de sus contemporáneas hongkonesas que abandonaban la armónica ligereza del wuxia pian) a su expresión más prístina: la hostia.

El film carece por completo de guión o personajes y se concentra en una sucesión de peleas con una u otra intencionalidad dramática: desde la presentación de habilidades, hasta la escena cómica pasando por la violencia catártica o la justa venganza, con una catálogo de coreografías que se mueven entre lo tumultuoso y el duelo en la cumbre mano a mano. Y es que si hay dos géneros extrañamente hermanados esos son el cine de artes marciales y el musical, lugares en los que, de pronto, la lógica se abandona por completo en un ejercicio de abstracción que se traduce incluso en un cambio de la concepción escenográfica/visual, en la que se altera por completo la planificación, la puesta en escena y el montaje. Todo supeditado a la belleza coreográfica del imposible, tanto sea el baile o la lucha. Aunque hay que reconocer que eso es algo que está mucho más logrado y marcado en el cine hongkonés de kung-fu y en directores tan maravillosamente imaginativos como King Hu (con su pieza maestra A touch of Zen en 1969 o la deliciosa Come drink with me en 1966,dos clásicos de los que Ang Lee tomó algo más que un par de cosas para Tigre y Dragón y a los que Zhang Yimou saqueó sin escrupulos ni talento para sus soporíferos y esteticistas Hero o La casa de las dagas voladoras), Chang Cheh (con trabajos de lirísmo casi trágico: El espadachín manco en 1967, Golden Swallow en 1969 que es una secuela/variación del segundo título citado de Hu o The water margin en 1972 con la que introdujo una violencia más gráfica y un sentido del montaje más fluido y vertiginoso) o incluso el entrañable actor-director Jimmy Wang Yu, estrella de los films de Cheh precisamente, y su desopilante díptico El luchador manco (1971) y La guillotina voladora (1975).

Volviendo al luchador callejero, queda por señalar que coherentemente con la escalada hemoglobínica que abrazó el género durante los setenta (y la primera parte ya dio su buena ración de menudillos, literalmente además) nos alegra un poco con los descacharrantes efectos producidos por las devastadoras manos del karate de Sonny Chiba, capaces de partir un cráneo en dos con espita de sangre incluida o en el momento más impagable de la película administrar tal colleja que los ojos de su oponente se salen de las órbitas.

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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. John Space dice:

    Pues esta trilogía Street Fighter la tengo bajada de Internet Archive y guardada en algún DVD regrabable. A ver si le echo un vistacito.

    1. esbilla dice:

      Bajo tu propia responsabilidad. Yo tengo la cajita qeu sacó hace unos años Manga, ciertamente son tirando a maluchas pero igualmente descacharrantes de puro asombro. Sirven para comprobar donde estaban los estándares en el cine de acción nipón y para comprobar el brutal contraste con las liofilizadas tendencias actuales.

      1. John Space dice:

        Pues ya he visto la primera. Una burrada divertida, de las que tanto gustan a Tarantino. Impagables las muecas de Chiba, así como su (?involuntaria?) recreación del monstruo de Frankenstein de Whale, dando tumbos en el río vestido todo de negro.

      2. Es loquísima. Y le garantizo que el desbarre no mengua en las secuelas.

  2. John Space dice:

    Ya he visto Return. Distraída pero más sobria, en efecto: nuestro héroe pone menos cara de cruasán, aquella vena alocada se ve sólo en algunos detalles (mafioso con pelo hippy y buen japonés, toma ya), y la trama más que épica es noir; eso sí, los sidekicks siguen llevándose la peor parte…
    Es más, da la impresión de que querían hacer la película más coral, al reintroducir al viejo pero letal sensei por un lado (muy interesante personaje, todo sea dicho) e introducir al policía, pero luego se arrepintieron y siguieron con Tsunagi. A ver qué tal nos va con Last Revenge.

    1. John Space dice:

      Pues nada, con Last Revenge se remonta algo el vuelo. Ya no hay muecas ni apenas gore, pero la trama es más consistente aunque breve, y los personajes más delirantes (!tres hurras por el Mariachi Mágico!) e interesantes (el fiscal); eso sí, que no falten el sensei gordito ni la sidekick con mala suerte.

      1. Es usté un héroe. Chiba tiene una donde lucha contra un toro que debe ser el acabose…
        v

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