Saberlo no sirve de nada: I…como Ícaro, ficciones de la realidad. Paranoia, conspiración y manipulación, el thriller politico según Henri Verneuil

I…como Ícaro (I…comme Icare)

Director: Henri Verneuil

1978

Francia

123 min.

Fotografía: Jean-Louis Picavet

Música: Ennio Morricone

Guión: Didier Decoin y Henri Verneuil

Reparto: Yves Montand, Michel Etcheverry, Roger Planchon, Pierre Vernier, Jacques Denis, Georges Staquet

Una reseña más sintética para airear un poco uno de los mejores trabajos de Henri Verneuil y rendir homenaje y recuerdo a este director. Clásico  del cine francés de género y el hombre que reunió a Jean Gabin, Lino Ventura y Alain Delon –a Gabin y Delon ya los había juntado en Gran jugada en la costa azul en 1962-  en la memorable El clan de los sicilianos (1969), una de las cumbres del polar desde su modesta apariencia de ser un film sobre robos científicamente preparados más, convirtiéndose, por el contrario, en todo un enfrentamiento/reflexión intergeneracional y cinéfila. Por si fuera poco el trabajar con semejantes divos, el director terminó por convertirse en uno de los facturadotes de cabecera (otros serían, aunque en menor medida, Philippe de Broca, el interesante Philippe Labro o Jacques“Borsalino”Deray) de los progresivamente “para incondicionales” vehículos de lucimiento

Verneuil manda

gimnástico del inefable Bebel, o sea Jean Paul Belmondo en su fase mito del actioner francés con títulos como El furor de la codicia en 1971, otro muy mediocre film de robos perfectos (y quizás el primero donde el actor decidió exprimir a fondo sus posibilidades atléticas y su cargante autosuficiencia), Pánico en la ciudad en 1975, que incorporaba con cierta fortuna rasgos gialloesque “a la moda” o El cuerpo de mi enemigo (que todavía no he visto) en 1976 y continuando incluso en los ya decadentes 80 con otro trabajo que desconozco titulado Rufianes y tramposos (1983)  Curiosamente al principio de su carrera Verneuil se curtió dirigiendo para el cómico Fernandel, después pasó a servir a las ordenes de Gabin y a través de este contactaría con Belmondo en la comedia ambientada durante la ocupación Un mono en invierno (1961), para redondear en 1964 unirá a Bebel con Lino Ventura en ese exploit aventurero de la magistral El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1955) en  que fue Cien mil dólares al sol. En fin, queda claro que era y quien era Henri Verneuil, artesano entre artesanos y figura indispensable para sostener la carrera del tremendo star system francés desde la posguerra, un compendio de enormes intérpretes sumados a un verdadero conocimiento y amor por el cine de género y lo que este significa (industrialmente, sentimentalmente, etc..) que posibilitó a la cinematografía gala competir cara a cara con la perpetua pujanza del producto norteamericano.

Entre la sabrosa filmografía del director I… como Ícaro sobresale con fuerza singular, tanto por ser una propuesta relativamente extraña como por unos más que satisfactorios resultados que la colocan mano a mano con El clan de los sicilianos (y a falta de ver su incursión en el espionaje de 1973 El serpiente) como la mejor película de una larga carrera.

Un sólido y absorbente thriller de política-ficción (obviamente inspirado en el asesinato de Kennedy) sobre el Estado dentro del Estado, los servicios secretos paralelos, el control mental, la manipulación de las voluntades, la imposibilidad de derrotar a un enemigo invisible y el terror absoluto de saber y no poder demostrar. Un film magistral en su género que se alinea si problemas con grandes títulos “conspiranoicos” como la ya legendaria El candidato del miedo (con la que comparte no pocos rasgos) de John Frankenheimer o la muy reivindicable El último testigo (1974), el mejor intento de un cineasta tan dudoso como Alan J. Pakula a los que se añaden influencias destiladas del mejor Costa-Gavras de Z (1968) o Estado de sitio (1972) ambas con  Montand además. Se coloca junto a esos trabajos y por momentos los supera, en virtud de un estilo gélido y distante, visual y narrativamente estilizado en perfecta coherencia entre su dinámica expositiva –la minuciosidad de la investigación y la caza de ese testigo esencial- y su impecable aspecto formal, basado en una fotografía mate con preponderancia del gris y una arquitectura geométrica, límpida y racionalista, tanto en los interiores como en los desnudos exteriores.

Esta estética le sirve a Verneuil para dotar a la película de un carácter abstracto que no repercute en falta de emoción -toda la cinta mantiene una tensión ejemplar, que no desdeña ni el humor ni la violencia hasta desembocar en un final absolutamente demoledor e implacable, que por otra parte resulta ser el único honestamente posible- sino que introduce al espectador en un escenario lejanamente futurista/alternativo, una realidad que “es/no es” la propia, acercándolo a ciertos postulados ucrónicos o incluso de la historia contrafactual. En este sentido el gran logro de la película (y principal culpable de su conversión en cinta de culto) recae en la incursión de la siniestra “Experiencia Milgram”, una prueba de sumisión mental voluntaria que ocupa la parte central del relato y  da la clave para comprender la manera y las razones de por qué actuó como actuó un hombre sin motivación aparente ninguna.

Este experimento introduce un elemento (tangente con la sci/fi posibilista) de máximo interés dentro de la ficción y que conecta con ese estilo de “realidad alternativa” del que habla antes: se utiliza un elemento de la realidad tan extraño y aterrador que por fuerza parece ficticio en medio de una historia ficticia pero tan extraña y aterradora  que parece real. Esta característica ambivalente consigue, al mismo tiempo, ficcionalizar la realidad y volver plenamente verídica la ficción borrando por el camino cualquier línea fronteriza entre ambas.

Para rematar el ritmo no da tregua, el tempo siempre va in crescendo el score de Ennio Morricone es antológico -con un tema principal inolvidable- e Yves Montand esta enorme (lo que no deja de ser redundante), además queda para los rijosos y/o mitómanos la fugaz participación de la suculenta Brigitte Lahaie, mito de la pornografía francesa y musa de parte de la filmografía del entrañable Jean Rollin.

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