La mataré para ti: Ceremonia sangrienta, el vampirismo sociopolítico de Jorge Grau. Superstición y desmitificación, otro fantaterror español fue posible

Ceremonia sangrienta

Director: Jorge Grau

1973

España

102 min.

Fotografía: Fernando Arribas

Música: Carlo Savina

Guión: Jorge Grau, Juan Tébar y Alessandro Continenza

Reparto: Lucía Bosé, Espartaco Santoni, Ewa Aulin, Ana Farra, Silvano Tranquilli, Lola Gaos, Enrique Vivó, María Vico

Después de unos artículos, voy a decir que densos aunque en realidad sean más indigestos que el oro derretido que les echaban por el coleto a los torturados de El coloso de Rodas, algo que suponga el regreso a territorios familiares del horror nacional. Y para este run for cover que mejor que rescatar uno de los títulos con más empaque del director (obligatoriamente junto al Eugenio Martín de Una vela para el diablo) que con mayor consciencia y profesionalidad se haya alejado de esa combinación de voluntarismo, trapisondismo y acabados zarrapastrosos que tanto mal hicieron a uno de los movimientos más chisporroteantes e

Grau instruyendo a Fernando Hilbeck durante el rodaje de No profanar el sueño de los muertos en 1974

imprevistos del cine español: Ceremonia sangrienta y Jorge Grau.

No soy precisamente un gran conocedor de su obra (para más y mejor una estupenda entrevista en la imprescindible Abadía de Berzano) así que no me pondré a dar uno de esos repasos filmográficos que acostumbro (confieso con bastante sonrojo no haber visto su más que famoso No profanar el sueño de los muertos, y no haberlo hecho, no por falta de interés sino, bien al contrario, por exceso de aprensión. Solo unas cuantas imágenes me bastaron en edades impresionables para que esta película cobrara una dimensión pavorosa que aún no he podido superar), así que, más allá de consignar la doble celebridad del director por sus vertientes de personal autor fantaterrorífico y audaz agitador del destape con la archiexitosa La trastienda y aquel “parrús de la Cantudo” que tanto dio que hablar, poco puedo aportar. Dejó aquí una muy interesante entrevista (realizada por Robert A. Ferretti y Carmen Ferretti en el año 2000) con el mismo Jorge Grau donde habla extensamente de esa No profanar el sueño de los muertos y en la que explica sus métodos y su concepción del cine de género y el horror.

Después de esto (espero que lo haya visto todo el mundo) entró sin mayores rodeos ni prevenciones a la Ceremonia sangrienta, una de las obras maestras del fantaterror (aunque el elemento fantástico sea en realidad únicamente teórico o más bien “sugestionado”) ibérico, que propone una revisión, perfectamente coherente con el ideario realista que impulsó a su autor cuando se ocupó del género, realizada en clave sociopolítica y verista de la infame Condesa Bathory en particular y de la mitología vampírica en general.

Para este objetivo, sancionador de la superchería, analítico con la antropología folklórica y finalmente desmitificador aunque no por ello menos terrorífico (incluso más ya que al extirpar ese elemento incontrolable lo que queda es una exposición de maldad puramente humana) Grau pone en juego un ambiguo dispositivo que se sirve de la cruenta historia de un dúo de nobles psicópatas que sangran, literalmente, a los aldeanos de sus dominios para saciar su sed de juventud/perpetuación o su lujuria homicida, siendo el personaje de Espartaco Santoni tomado por un no muerto debido a que tras sus crímenes queda cataléptico.

La película tiene en este planteamiento conceptual, explicativo, racionalista e ideologizado, a la vez su mayor rasgo de originalidad y su principal lastre (algo hay de exceso de importancia, de una ambición lícita que termina por rayar en lo pretencioso a fuerza de querer desmarcarse), pero Grau lo supera en virtud de un trabajo visual y atmosférico rebosante de represión sexual en ebullición, romanticismo morboso y abominaciones morales que tienen su corolario en la turbia (y muy sadiana con esos amantes dispuestos a corromper todo lo corrompible y salir victoriosos por la fuerza de su condición de superiores en todos los ámbitos. Irónicamente solo serán derrotados por la juventud, por la candorosa belleza del personaje de la irresistible Ewa“Candy”Aulin ) comunión erótica de los actos de matar y de follar combinados en uno y que suponen la pulsión primera(y última)del perturbado/perturbador noble que personifica Santoni con una intensidad electrizante. Un personaje al que la mirada de los otros, la percepción y la creencia ciega, dejan investido de todas las facultades del vampiro, pese a no serlo en realidad; así, parecerá tener un serie de facultades sobrenaturales, desde la ubicuidad a la evanescencia pasando, principalmente, por una presencia mesmérica que hipnotiza y subyuga a sus víctimas, una capacidad que tiene finalmente tanto que ver con el atractivo atávicamente sexual y la con fascinación mistificada por el poderoso. Algo perfectamente traducido en imágenes que escapan de cualquier tentación prosaica, haciendo al personaje aparecer de la tiniebla profunda, encuadrándolo en leves contrapicados e imponentes primeros planos de ojos y rostro. Igualmente Erzebeth Bathory (no la original, hay que recordar, sino una descendiente, con lo que se renueva el malditismo) recibe su propio tratamiento estético, este más lánguido y sensual pero no menos amenazador; representado en su relación con los espejos (potenciada por la mímica perfecta de Lucia Bosé) y en un halo progresivamente fantasmagórico.

Es de esta vibrante combinación de violencia latente (Santoni contemplando excitado la muerte de uno pichón bajo el pico de un halcón en una imagen simbólicamente cristalina), decadentismo, sexualidad mal contenida (su delectación al tener a las jóvenes arrodilladas frente a él) y superstición (el pan amasado con sangre de empalado y cenizas, todo lo concerniente a la ama que tan bien interpreta Ana Farra, etc…) que hace de la sangre un elemento perturbador, lascivo y horrorosamente bello (esa gota cayendo sobre el rostro de Lucia Bosé proveniente de directamente del cuello recién sajado de una muchacha que ella espera extasiada), con momentos e imágenes tan inolvidables como la ducha de sangre de una Condesa en éxtasis (un personaje malvado hasta el extremo de colocar cristales en la muñeca que regala a una niña), Espartaco Santoni tocando prácticamente en trance el piano o el uso dramático del color rojo como motivo subliminal esparcido por los encuadres, en ropas, decorados y fondos.

Un film único (porque nadie recogió sus logros ni caminó los senderos abiertos), todavía impresionante, conceptualmente densísimo en su reflexión sobre los mecanismos del poder (el mismo asesino juzga como miembro del tribunal local sus propios crímenes en un rasgo de aplastante cinismo) y su mantenimiento a través de la construcción de mitos y visualmente repleto de elegancia y clase, con una cámara que acaricia los espacios con lentas panorámicas sobre gotas de sangre y rastros de muerte. Algo premioso por momentos en cuanto a ritmo (aunque esto sea buscado) pero verdaderamente maléfico y, desde luego, con una solidez industrial y una seriedad, tanto en su planteamiento como en su acabado, muy por encima de lo que era habitual en ese cine de género español doblemente tocado de muerte; en su época por una explotación misérrima y espuria y en el presente por una revisitación asilvestrada que no discrimina la chanza paternalista y la adoración miope.

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