Historia de esta ciudad: El imperio del terror. Violencia y valor, el cine inmediato de Phil Karlson. Artesanos de piedra y la posibilidad de una generación perdida de directores americanos

Elogio a la serie b y elogio (otra vez) al sentido, desgraciadamente parece que perdido, de la artesanía a través de una de mis películas favoritas del periodo ya final de la producción b tal y como fue concebida originalmente, este film es de 1955, y cima de la estimulante filmografía de un director que todavía no había traído nunca, Phil Karlson, que  se encontraba en el mejor momento de una carrera muy estimulante en general pese a como declinó al entrar los 60 y de quien recomiendo especialmente sus thrillers de los primeros 50 (a saber: El cuarto hombre y Trágica información de 1952, Calle River 99 de 1953, Tight Spot y Five against the house de 1955, The brothers Rico en 1957) , ese buen western que es El salario de la violencia de 1958 y muy especialmente mi otro favorito suyo, el piloto de la serie televisiva Los Intocables, comercializado cinematográficamente en salas en 1959 y estrenado en España como Cara Cortada, y que resulta ser un film-apisonadora de hiperbólica energía que re-edita (como lo estaban haciendo Roger Corman con Machine-Gun Kelly, Don Siegel en Baby Face Nelson o Budd Boetticher en la magistral The rise and fall of Legs Diamond) el vértigo telegráfico del cine gangsteril de los 30, contando la lucha del integro agente Elliot Ness por encerrar a Al Capone, con arreglo a una iluminación en claroscuro que endurece el relato, a una constantemente ingeniosa puesta en escena y sobre todo unas interpretaciones magnificas, con un Robert Stack estableciendo la personalidad obsesiva y reconcentrada de Ness, con ese punto de demencia que asoma en los ojos incandescentes del actor, frente al chulesco y venal Neville Brand (gran actor de carácter de rostro cincelado en piedra y villano recurrente del western b). Todo grandes ejemplos de una manera de afrontar el cine que componen, la par mi, mejor etapa de su cine, pese a la cieta fama que le han proporcionado sus trabajos paródicos para Dean martin y su Matt Helm en Los silenciadores en 1966 o La mansión de los siete palceres en 1969 o la cejijunta Pisando fuerte, en 1973

La presencia de Karlson como objeto de esta reivindicación me da cancha para lanzar desde aquí, con una mezcla de inconsciencia intelectual y la seguridad de estar dando voces en el desierto, la idea de la existencia de, algo así como una “generación perdida” de directores. Una serie de profesionales, adscritos al sistema de producción b (aunque alguno de ellos dio el salto al A), nacidos entre el 1900 y el 1910 (con alguno anterior y otros epigonales) que se situaría entre los pioneros, es decir aquellos que comenzaron ya en el mudo y la “generación de la violencia”, con los que Karlson podrían servir de puente al igual que Anthony Mann lo haría en dirección inversa. Compartiendo diferentes rasgos o más bien ecos, una noción de modernización de los patrones clásicos y, sobre todo, similar ninguneo crítico por unas razones u otras, algunos de ellos conocidos pero no considerados como se merecerían, otros todavía pendientes de evaluación. En cualquier caso, esta posibilidad de una “generación” (tomando esto como un concepto elástico y abierto) favorecería la recalibración de unos autores y una época (entre los primeros 40 y los últimos 50) huérfana de estudio más allá de los grandes nombres. Ofreciendo la posibilidad de unas herramientas y unas claves comunes para la sistematización y la contextualización. Para que esto no quede como un juego floral teórico colocaría sin entrar en calidades, y sumándolos a Phil Karlson, en esta “generación perdida” a gente como: Jacques Tourneur, Gordon Douglas, Joseph H. Lewis, Edgar G. Ulmer, Andrè De Toth y Mark Robson (aunque seanalgo más jovenes), Delmer Daves, John Sturges, Henry Levin, Edward Dmytryk, Stuart Heisler y Rudolph Maté (más veteranos pero que accedieron relativamente tarde a al dirección), Nathan Juran, John Farrow, George Sherman, …

Como no es un club exclusivo, sino una presuntuosa idea para poder comenzar algo, la puertas queda abiertas y los límites, difusos todavía.

Y después de esta plomiza introducción, la película en si: 

El imperio del terror (The Phenix City story)

Director: Phil Karlson

1955

Estados Unidos

100 min.

Fotografía: Harry Neumann

Música: Harry Sukman

Guión: Daniel Mainwaring y Crane Wilbur

Reparto: John McIntire, Richard Kiley, Kathryn Grant, Edward Andrews, Lenka Peterson, Biff McGuire, Truman Smith, Jean Carson, Kathy Marlowe, John Larch

Más que sólido thriller social (casi docu-drama) sobre la necesidad de fortalecer la comunidad y la construcción de la misma por la intervención de una voluntad individual (normalmente de origen exterior, además) superior y dispuesta al sacrificio. Temática profundamente norteamericana y parte esencial en la esa formulación mitopoética del país que tan bien expresó el western. Género del que esta electrizante The Phenix City story (el título no es gratuito porque la película es una crónica de portada sobre un lugar real y un momento real) constituye una aproximación en clave noir levantado sobre una urgencia violenta y una intensidad voltaica muy típicas de su director.

Un año antes de la producción de esta cinta, la ciudad del pecado en el corazón de Alabama, apartada de los focos principales y por tanto patio trasero en el que nadie repara, saltaba a los titulares tras el asesinato de Albert Patterson, electo Fiscal General del estado sureño, por parte del poderoso crimen organizado local. Un acto extremo que exhibía impúdicamente el nivel de corrupción de una ciudad dependiente del juego y la prostitución hasta el punto de erigirse en industria primaria y, paradójicamente, principal fuente de ingresos y sustento de la floreciente tranquilidad de esa misma pequeña comunidad. Aberrante estado de las cosas que dejan ver las tripas mismas del mal, no en la cara y las manos de gángsters brutales sino en la de pacíficos ciudadanos que, sencillamente, miraban hacia otro lado.

Esto es lo que la película reconstruye un solo año después (la película está rodada en localizaciones auténticas e incluso ciertas copias comienzan con un breve documental en el que se entrevista a varios habitantes de Phenix City sobre lo ocurrido), la muerte de un hombre que se arriesgó y el ascenso de su propio hijo, John Patterson, quien forzó la entrada de la Guardia Nacional y la declaración de la ley marcial como medida extrema.

De esto se compone el tuétano del film, de realidad decantada en ficción, convertida en una historia pero nunca dulcificada, cercana al compromiso ético de los mejores trabajos de Friz Lang. La violencia del film (que incluye en escalofriante asesinato de una niña) sigue impresionando incluso vista hoy, logrando transmitir por igual la impotencia y la ira que recorren toda la narración y dando testimonio gráfico de un sistema descompuesto de arriba a abajo sin dedicarse a sermonear ni salirse de los parámetros de un thiller todo emoción y frenesí. Karlson no da tregua y la película va siempre hacia delante, pura inercia imparable en perfecta correspondencia a la toma de conciencia y la decisión sin marcha atrás del gran personaje que compone un intenso Richard Kiley –su padre está encarnado por un insuperable John McIntire, ideal representación del americano individualista, duro pero justo y su némesis, manifestación corpórea de la podredumbre de Phenix City recae sobre el aspecto, simultáneamente bonachón y amenazador de un memorable Edward Andrews. Un soberbio equipo de característicos y secundarios todo oficio, todo precisión-

Una realización poderosa (en todos los sentidos) y ajena a la floritura -con imborrables secuencias como la paliza en plena calle usando unas ominosas sombras y su continuación con una bestial pelea en uno de los garitos que cuenta con detalles como el plano desde debajo de una mesa sobre la que uno de los contendientes es propulsado, el discurso de campaña (reproducción de una verídico) en plena calle o el desesperado enfrentamiento final en el río donde la compasión se impone in extremis – lúcida y cruda, nerviosa y áspera, idealista pero nunca ingenua, al tiempo genuina y estilizada, vehemente y principalmente emocionante. Quizás la obra maestra de un artesano de granito situado en algún lugar estilístico entre Sam Fuller y Don Siegel que ejemplifica por si mismo la honestidad y el carácter creativo y feroz de este thriller “b” de los 40 y 50.

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