Colmillos sobre Japón: Onna kyuketsuki, la mujer vampirizada de la Shintoho. Un mordisco a Nobuo Nakagawa, otro a Shigeru Amachi

Onna kyuketsuki (Lady Vampire, La mujer vampiro)

Director: Nobuo Nakagawa

1958

Japón

78 min.

Fotografía: Yoshimi Hirano

Música: Hisashi Iuchi

Guión: Katsuyoshi Nakatsu, Shin Nakazawa según la novela Chitei-no Binko de Sotoo Tachibana

Reparto: Shigeru Amachi, Keinosuke Wada, Junko Ikeuchi, Torahiko Nakamura, Hiroshi Sugi, Den Kunikata, Masao Takematsu, Yôko Mihara

Onna kyuketsuki o La mujer vampiro o Lady Vampire entre los variados títulos bajo los que se la puede encontrar, resulta una exótica extravagancia irrefutablemente atractiva, prácticamente irresistible pero en ningún modo lograda y que si bien no es completamente representativa ni del horror de la Shintoho, ni mucho menos de las capacidades de su extraordinario director, Nobuo Nakagawa, si que tiene un interés histórico inapelable al suponer la primera aparición del vampiro en el cine japonés. Haciéndolo, además, de un modo sorprendentemente contemporáneo a las renovaciones que sobre el mismo acometieron las cinematografías inglesa, con el ya canónico Drácula de Terence Fisher para la Hammer, o mexicana, que curiosamente es la primera cronológicamente, con la espléndida El vampiro de Fernando Méndez que ya pasó por aquí como cumplido homenaje al gran actor gijonés Germán Robles. Si bien no guarda mayor parentesco con estos acercamientos en paralelo, aunque si parezca haber algo del estilo de iluminación o algún paralelismo delirante con la edad de oro del fantaterror mexicano, como muy bien apuntan Daniel Aguilar, Carlos Aguilar y Toshiyuki Shigeta en su fundamental volumen Cine fantástico y de terror japonés 1899-2001 (Donostia Kultura, Semana de Cine fantástico y de Terror de San Sebastián, 2001), desde luego si comparta una mirada equivalente en su erotizante/sexualizante aproximación al mito.

La Shintoho, que se mantuvo operativa únicamente entre 1947 y 1961 con una producción superior o rondando las 700 películas (aquí un estupenda entrevista con el especialista en cine japonés Max Shilling), había nacido como escisión de la Toho (su nombre significa literalmente Nueva Toho) pero la quiebra la llevó a un proceso de refundación de manos de un avispado productor y distribuidor, Mitsugi Okura que fue quién enfocó el asunto por la vereda del éxito con una mezcla de intuición empresarial y trapacería de charlatán. Programas dobles, perversidad, violencia, erotismo, títulos llamativos y una concepción del exploit de raíz occidental que se mezclaba con un orgullo nacional en la recuperación de temáticas fantasmagóricas propias, tamizadas por una especie de revisionismo grotesco del kabuki. Y aunque no solo de horror vivió la productora (que lo mismo acogía thrillers que demenciales cachivaches de ciencia ficción) si que ha sido lo que le ha garantizado una cierta posteridad.

Entre su directores se contaban Teruo Ishii, especializado entonces en esa sci-fi de superhéroes imposibles y luego en el melodrama noir y el que aquí tiene protagonismo, Nobuo Nakagawa, el hombre que relanzó y volvió a dibujar el kaidan eiga. Crueles cuentos de fantasmas y asesinados, morales retablos kármicos que llevó a la cumbre expresiva y plástica en títulos como Kaidan kasane-ga-fuchi (algo así como El fantasma del pantano de Kasane) en 1957 y especialmente la sobrecogedor, Tôkaidô Yotsuya kaidan (más o menos La historia del fantasma de Yotsutya, en la región de Tokai), realizada en 1959 ya en color. Una joya que prometo traer en breve para extenderme más sobre esta concepción del horror y la culpa llena de simbolismos (el agua estancada) que además utiliza la pasión del público japonés por las historias contadas una y otra vez.

Entre medias de estos dos títulos más distintivos de su  estilo y temática en la casa -a los que cabría añadir  Borei kaibyo yashiki o La mansión del gato fantasma de 1958, sobre ese clásico nipón de las mujeres reencarnadas en gatos para cumplir su venganza y que mezcla distintos tiempos en color/blanco y negro con técnicas de representación totalmente kabuki (la mujer gato está encarnada por al veterana actriz Fujie Satsuki) y Jigoku (Infierno, 1961) que con su representación del infierno budista resultó ser la última producción de la Shintoho- el director rueda esta La mujer vampiro (brevemente: durante su fiesta de cumpleaños la madre de una joven reaparece en un estado de trance veinte años después y físicamente idéntica al momento de su desaparición. Al poco, un cuadro que es su viva imagen es presentado a una exposición, el misterioso pintor resulta ser un vampiro), acogiéndose a una estrafalaria mixtura de monsters clásicos que mira por igual a La Momia (la búsqueda del amor reencarnado generación tras generación) o al Hombre Lobo (aquí el monstruo se transforma bajo el influjo de la luna) agitados con sorprendente audacia junto a ciertos hechos reales de la historia japonesa utilizados para contextualizar con inteligencia esta infiltración exógena en el prontuario del horror nipón. En este caso la justificación de semejante novedad viene por un camino insospechadamente religioso: el cristianismo.

Con una sagacidad notable se tira del hilo cristiano del vampirismo hasta dar con la rebeliónde Shimabara entre 1637 y 1638; un levantamiento de campesinos cristianos contra el shogunato Tokugawa que si bien comenzó como un moviendo únicamente civil, es decir reclamando la reducción de una serie de impuestos y obligaciones, terminó por derivar en una guerra de religión finiquitada con la prohibición del culto (que había sido extendido por misioneros portugueses) y el aislamiento de Japón hasta el final de la periodo Edo. Únicamente eximiendo a los holandeses de esta autarquía ya que estos habían ayudado al Shogun en el asalto final que terminó con la masacre de los cabecillas rebeldes en el Castillo de Hara, en la provincia de Hinzen.

Nakagawa y sus guionistas, Shin Nakazawa y Katsuyishi Nakatsu (ignoro hasta que punto esto puede estar presente en la novela de Sotoo Tachibana, a quién adapta por segunda vez tras la mencionada Borei kaibyo yashiki ) se sirven de este sustrato para aclimatar la idea del vampirismo como maldición romántica -el héroe, ahora renegado adquiere la carga tras la muerte trágica de su amada nada menos que en un altar (de modo similar al amanerado Drácula de Coppola, por cierto), una hermosa escena  visualizada entre neblinas- y para integrar de alguna manera este mito ajeno dentro del imaginario japonés. Pero ese mismo carácter importado pesa en un film que se debate en un mar de referencias estilísticas y conceptuales, moviéndose sin demasiado criterio entre lo directamente grotesco, lo absolutamente ridículo y lo desaforadamente camp. Entre el sopor y la genialidad. Encontrándose lo mejor de la película cuando esta se abre, sin complejos, hacia el delirio que preside esos flashbacks -de una abstracción escenográfica apasionante que rompe con la monotonía del mundo “real” en  combinación con un sentido del erotismo turbio y un sadismo tan naïf como inolvidable, con highlights como el estatuario de antiguas amantes o las apariciones de la contrahecha troupe que escolta al vampiro- o ese tercio final que cubre el asalto a la guarida del malvado. Un climáx que despatarra al mas curtido con su imposible combinación de ingenuidad, alucinamiento y oficio “b”.

Más allá de las muchas sugerencias argumentales desperdiciadas, los guiños al expresionismo, los romances juveniles sin interés y las apariciones de ultratumba, toda la cinta se sostiene, amén de por la profesionalidad de su director, por la absolutamente indescriptible performance del divo del horror Shigeru Amachi, lo mismo pintor ultracool de sempiternas gafas de sol que bestia torturada (antológico el momento de su transformación en medio de una cafetería). Derrocha magnetismo, presencia y entusiasmo, atractivo macabro y rara belleza malsana, tanta que le sirvió para convertirse prácticamente en el emblema de la productora y para terminar su carrera co-produciendo y co-protagonizando junto al ínclito Paul Naschy, La bestia y la espada mágica en 1983.

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