El rellume IV: Dr. Cyclops, Ernest B. Schoedsack en solitario. Científicos locos, poderes del radio y humanos en miniatura.

Dr. Cyclops

Director: Ernest B. Schoedsack

1940

Estados Unidos

77 min.

Fotografía: Henry Sharp

Música: Gerard Carbonara, Albert Hay Malotte, Ernst Toch

Guión: Tom Kilpatrick, Malcolm Stuart Boylan

Reparto: Albert Dekker, Thomas Coley, Janice Logan, Charles Halton, Victor Kilian, Frank Yaconelli, Paul Fix, Frank Reicher, Jane Webb, Billy Wilkerson

Una joyita irresistible debido al talento para lo extraño de Ernest B. Schoedsack, cámara, técnico de efectos especiales, guionista ocasional, montador, escenógrafo, director de fotografía, productor y cualquier cosa que se pueda ser en un rodaje y sus alrededores. Además de todo esto co-autor de dos obras maestras del cine como espectáculo anonadante del calibre de King Kong y El malvado Zaroff, mano a mano con Merian C. Cooper e Irving Pichel respectivamente. Pionero en definitiva y con una carrera dedicada casi en su totalidad al fantástico y la aventura (se escapa el melodrama paterno-filial para John Barrymore, Long Lost father de 1934), personalidad arroyadora y junto a Merian C. Cooper un verdadero aventurero él mismo, del que cabe lamentar que Peter Jackson dilapidara millones y talento en un insustancial remake elefantiásico de King Kong en lugar de narrar la intrahistoria de este dúo, a todas luces mucho más interesante que un intento absurdo de reproducir una magia irrepetible.  Toca rescatar de entre su magra producción este Dr. Cyclops que se cuenta entre las cumbres del colorido universo de los mad doctor, con incrustaciones en la fantascienza más atómicamente deliciosa y ribetes de aventura selvática en miniatura.

Filmada en color en los tiempos arrebatados del technicolor primigenio que colabora a dar a todo el film una pátina de exhuberancia formal con momentos tan alucinatorios como la escena de presentación del desequilibrado Doctor Thorkel, una genial creación del característico Albert Dekker, durante sus experimentos con el radio y la manipulación del tamaño en seres vivos. Una sala casi a oscuras iluminada desde el centro por un irreal haz verde eléctrico que aporta a toda la escena una nivel fantástico ya directamente seductor, casi hipnótico para esta historia canónica de científico delirante que Schoedsack resuelve con brillantez llevándola, en su segunda mitad a sus terrenos predilectos de la fisicidad -los personajes siempre estarán haciendo algo, construyendo ingenios, trabajando sobre soluciones mecánicas- y la caza. Es decir, la supervivencia contra el medio y contra los hombres que con singular perfección trató en El malvado Zaroff.

Thorkel, aislado en una cabaña equipada con medios entre los rústico –la pequeña mina de la que extrae sus reservas de radio- y lo juliovernescamente sofisticado – el maravillosos diseño de su traje de amianto- , está perdiendo poco a poco la vista por culpa de sus experimentos. Por ello manda llamar a una serie de científicos a los que necesita para confirmar, físicamente, sus teorías. Una vez cumplido su cometido los despachara con ninguna cortesía. Esto hará sospechar al grupo que terminará víctima de la miniaturización. A partir de entonces todo serán riesgos.

Si bien es cierto que al director no le interesan, ni tampoco se detiene a explorarlas porque el film es siempre una aventura entre el humor y el peligro, las implicaciones metafísicas y existencialistas que tan bien exploró Jack Arnold en la magistral El increíble hombre menguante (1957) alrededor del devastador poder metafórico del encogimiento (al contrario que aquí, irreversible), no cabe duda de que  Arnold si atendió a la manera en la que Schoedsack relaciona los personajes con su entorno, a la integración de los trucajes o incluso a la conversión de un gato doméstico en auténtico monstruo sádico. Es decir a la transformación, por culpa del cambio de perspectiva, de lo cotidiano en fantástico.

Tampoco esta ausencia de reflexión implica que el film sea plano ni mucho menos, esta extraordinariamente elaborado y no solo en lo formal donde sigue asombrando sesenta años después, sino también en el simbólico. Algunas de las mejores ideas giran entorno a al carga mitológica de su propio título: el Doctor Cíclope se está quedando ciego y en una ingeniosa solución, los protagonistas le robarán los pares de gafas que guarda de repuesto quedándole disponible solo uno que tiene un cristal roto. En otro detalle, en este caso de vestuario, los miniaturizados héroes convertirán unos trozos de tela en togas de inequívoco aire helénico y, como Ulises, vencerán al gigante medio cegado superando la diferencia física mediante el ingenio obligándole a perseguirlos hasta la bocana misma de su mina privada.

Un título excelente, lleno de encanto, sentido del humor y virguerías técnicas de la edad de la artesanía, que además se conecta de modo inequívoco con los mejores trabajos de Schoedsack, remitiendo no solo a ese Zaroff ya anteriormente mencionado sino incidiendo en una idea del erotismo particularmente turbia, ya presente en King Kong y repetida aquí en términos ligeramente semejantes.

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