“I was in the house when the house burned down”: El cazador de gatos, Abel Ferrara lo intenta con el neo-noir

I had to drink from the lovin’ cup / I stood on the banks till the river rose upWarren Zevon, I was in the house when the house burn down

Mientras seguimos a  la espera de esa entrada especial que no tardará demasiado y de la que puedo revelar (y revelo) que se trata de una entrevista, realizada con la imprescindible asistencia técnica y artística de la encantadora Belane y a publicar simultáneamente en ambos sitios, y que en esta ocasión se centrará, no en el mundo teórico o historiográfico, sino en una protagonista directa del esplendor y decadencia del cine europeo, el de género y el de autor. Y como en el Un, dos, tres,… hasta aquí puedo leer la tarjetita. Más novedades… para los seguidores de la actualidad cinematográfica indicarles que este mismo viernes aparecerá mi segunda colisión contra la Zona Negativa en un artículo ciclópeo sobre el must veraniego de Christopher Nolan, Origen. El texto, en si, serpentea tanto alrededor de este estreno, como de la misma carrera del director, intentando dar una visón de conjunto de sus temáticas conceptuales y formales, estéticas y narrativas.

Ahora y para amenizar la espera, no vaya a ser que penséis que no me mantengo vigilante, una reseña breve sobre una film bastante olvidado de Abel Ferrara, El cazador de gatos, perteneciente a la etapa de su carrera en la que aun trataba de buscar un huequecito estable en la industria y se afanaba en confirmarse como artesano solvente con un punto de personalidad, moviéndose en los márgenes del thriller y lidiando con presupuestos de segunda fila y trabajos televisivos de cierta enjundia en seies como Corrupción en Miami o la prestigiosa Crime Strory. La cómoda clase media hollywoodiense, equidistante por igual tanto de la aspereza costrosa de sus inicios, como de la autoindulgencia en la que nada en la actualidad y estadío previo a su fugaz esplendor crítico/artístico con esa excelente dupla fue El teniente corrupto (1992) y El funeral (1996). Trabajos esto que, junto a la muy reivindicable El rey de Nueva York (1990) o la furibunda Ángel de venganza (1981) -tres de cuatro fruto de su larga asociación con el guionista Nicholas St. John, personalidad a recalibrar en relación a su importancia dentro del cine del director-, todavía resisten como lo mejor de un autor irregular y por debajo de un prestigio desorbitado.

Ferrara se aplica aquí se aplica con no mucha fortuna en la adaptación de una novela del estupendo Elmore Leonard -antes de la fiebre adaptadora de su obra a finales de los 90 que doy piezas tan significativas como la simpática pero inane Como conquistar Hollywood (1995) de Barry Sonnenfeld, la elegantemente solvente Out of sight (de 1998 y ridículamente titulada en español Un romance muy peligroso) de Steven Soderbergh y por supuesto esa Jackie Brown (1997) en la que se enredaron dos universos llenos de puntos de contacto como son el del propio Leonard y el de Quentin Tarantino que entrega una audaz relectura de la novela libre en la letra e inusitadamente fiel en el espíritu, vendida como la entrega blaxploitation del autor y en realidad una de las historias de amor más rompecorazones de su década- que mete mano en un guión poco trabajado pero que en cierto responde plenamente tiene las características propias de su novelística: estupendos personajes llenos de pintoresquismo y carácter acompañados de una escasa atención real por la trama.

El resultado final es un film intermitente y desganado -Ferrara reniega de el y aduce todo tipo de presiones y mangoneo por parte de los productores, la minor Vestron Pictures, una empresa distribuidora que había hecho mucho dinero con Dirty Dancing y que ya le financiara un trabajo anterior, China Girl (1987), una muy ochentera revisión de Romeo y Julieta- que dilapida ideas de interés dentro de una narración dispersa y llena de hipidos, sub-tramas sin ninguna incidencia y personajes completamente accesorios pese a su potencial (el que interpreta el carismático secundario Frederic Forrest es buen ejemplo: aparece de la nada y exactamente nada es lo que pinta ) que abandona alegremente la propuesta inicial para arrimarse a la vera del neo-noir calentorro que unos cuantos años antes había abierto la sensacional Fuego en el cuerpo (1981) de Lawrence Kasdan, irónica y admirativa mirada manierista sobre los clásicos del género que explicitaba de manera vulgar pero adictiva todas las turbulencias que en aquellos permanecían latentes.

Así el extraño punto de partida -un antiguo soldado americano, que ahora regenta un decrepito hotel playero en Miami y que en el pasado intervino en una serie de operaciones en la República Dominicana, está obsesionado con encontrar la voz femenina de una francotiradora que le acechaba burlonamente desde los tejados al grito de “cazador de gatos” y que en un momento fatal le perdonó la vida-  se verá reconducido hacia la sempiterna historia de pringado metido en un lío monumental por culpa de la (fatal) femme fatal de turno casada con un antiguo general golpista, ahora millonario a base de desfalcar a su propio país, un personaje sin mucho cuento que se ve más que beneficiado por la electrizante presencia del gran actor cubano Tomás Milian y por determinados detalles sádico particularmente turbios -especialmente remarcable la escena en la que humilla y violenta a su esposa usando fálicamente una pistola-.

Retomando el hilo anterior, el personaje capital de la función, el que por si mismo debería justificar el giro y que el protagonista pierda la cabeza definitivamente no cuneta con la volcánica carnalidad dominante de Kathleen Turner, por ejemplo, sino que recae en un guapísimo e inoperante maniquí llamado Kelly McGillis, a la que Ferrara enmarca a través de una iluminación puramente retro que siempre deja sus ojos de hielo bajo una franja de luz. Un muy bienvenido tratamiento clasicista que destaca entre la anodina puesta en escena general y que suma a la llamativa voz over, muy literaria y marcando un distancia sarcástica con lo narrado, el aplicado empaque de su tercio final (más por el brío que le imprime Ferrara a secuencias como el crudo asesinato en la bañera), el esfuerzo de Peter Weller (una estupendo actor australiano al que nunca se le ha sacado demasiado partido  a excepción seguramente de su William S. Burroughs literal y metafórico para la adaptación oblicua de El almuerzo desnudo (1991) emprendida por un David Cronenberg en salto estilístico-comercial al vacío) o la poderosa presencia de secundarios del calibre de los mencionados Milian y Forrest o del recurrente malo latino Juan Fernández. Pero, sobre todo el mayor interés y el toque de distinción que hace finalmente digerible el conjunto y no directamente desechable radica en la presencia, genial, de un enorme Charles Durning, grande entre los grandes secundarios del cine norteamericano que hace suyo y de su particular rimo interpretativo cadencioso y pausado a un viscoso y falsamente amigable “arreglador”, un cabrón de cuidado que será pieza clave de la trama y personaje/actor que se lleva la gloria sin aparente esfuerzo entre un mar de tópicos manejados sin gusto ni estilo en el que ni siquiera una banda sonora que incluye a talentos como Mark Isham o el pianista jazz Chick Corea flota bien.

El cazador de gatos (Cat chaser)

Director: Abel Ferrara

1989

Estados Unidos

90 min.

Fotografía: Anthony B. Richmond

Música: Mark Isham y Chick Corea

Guión: Elmore Leonard y James Borrelli según la novela de Elmore Leonard Cat Chaser (1982)

Reparto: Peter Weller, Kelly McGillis, Charles Durning, Frederic Forrest, Tomás Milian, Kelly Jo Minter, Juan Fernández, Phil Leeds, Tony Bolano

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