El rellume VIII: El valle de los hombres de piedra, la mitología es un lugar fantástico

Primero lo evidente, el entorno está bastante cambiado. Espero que sea para mejor. Ahora la materia. Para descomprimir un poco de la densidad anterior y la negrura de tanto thriller (en breve habrá algo sobre el cine negro español entre los primeros 50 y mediados de los 60) una parada breve en ese delicioso cine-delirio que se cultivo en la Europa sixties faldas  y la mitología inventada: El valle de los hombres de piedra

En 1963 el peplum estaba ya en trance de desaparición (incluso había tomado irónica conciencia de si mismo, como demuestran Los Titanes de Duccio Tessari), el esplendor peplumita que provocó la exitosa ola levantada por el bruñido músculo de Steve Reeves en el díptico de Pietro Francisci formado por Hércules (1957) y Hércules y la reina de Lidia (1958), campo base de la edad de oro del cine popular continental, tendría (más o menos) un año de gracia antes de que Sergio Leone cambiara el tablero de juegos y el juego mismo con la (re) fundacional Por un puñado de dólares. Inconscientes todavía de esto los responsables de El valle de los hombres de piedra apuestan abierta y desprejuiciadamente por la veta primera abierta por las películas de Francisci, la del absurdo mitológico, la de la delicia del nonsense a colores. La misma de Los gigantes de Tessaglia (1960) de Riccardo Freda, la que toma la sustancia del mito, inmarchitable en su misma condición legendaria, tan fuerte que aguanta sin perder la esencia cualquier enfoque o manipulación, como materia fantástica. El sustrato en esta ocasión es la historia de Perseo, Andrómeda y la Medusa. ¿Qué queda de ella? Nada, los nombres y su poderosa reminiscencia, una idea prendida e incrustada en el inconsciente colectivo sobre la significación maravillosa de esos mismos nombres, que, por si solos tiene el irresistible poder de la evocación, de la imaginación.

La película divide su trama entre lo fantabuloso y lo prosaico, participando por igual de la mencionada escuela de los Hércules que de la otra querencia italiana por la intrigas palaciegas, los personajes torvos y las traiciones sin cuento. Así ambas corrientes se mezclan en una. Tenemos dos ciudades enfrentadas; Serifo, gobernada con bonhomía por el entrañable Roberto Camardiel y con una bella princesa casadera, la guapa pero sosita Anna Ranalli y Argos, oprimida, añorante de un heredero perdido y bajo la sandalia totalitaria de un padre y un hijo a cual pero, respectivamente encarnados  por un par de villanos tan experimentados como el excelente Arturo Dominici y el carismático actor almeriense Leo Anchóriz. Ambos controlan el comercio marítimo de la región en virtud de una supremacía de orden sobrenatural, el paso que une una ciudad con otra está sembrado de unos peligros que ellos utilizan en su favor. A saber: un lago en el cual habita una suerte de dragón acuático de indescriptible diseño naif que expele gas (¿?) y un valle neblinoso, entre colinas calcáreas que resulta ser el dominio de la Medusa. El escenario es un prodigio de concepción escenográfica, un lugar soleado y misterios, repleto de estatuas de hombres petrificados hasta donde se pierde la vista. Por su parte, el monstruo en si, elaborado por Carlo Rambaldi con la participación de Amando de Ossorio a los diseños, está resuelto de modo sorprendente. Apartándose de forma radical de cualquier noción mitológica, su representación es la de una aberrante criatura fugada de alguna ficción pulp o del imaginario de la sci-fi norteamericana de los 50. Su solo aspecto, su rompedora iconografía incrusta en medio de esta reimaginación de lo  grecolatino un sincretismo delirante de a perrona: la posibilidad de la influencia extraterrestre en los orígenes del mito. Una de las curiosidades que guarda la película es la presencia tras el guión (y entre otros muchos autores entre acreditados y sin acreditar. Por ejemplo, Mario Guerra, Mario Caiano o el imprescindible Ernesto Gastaldi) del novelista español José Mallorquí en su única incursión en el género. No sabría decir que características del invento se le podrían atribuir al creador de El Coyote, aunque quizás a él se deba el regusto general a bolsilibro, esos toques casi de ciencia-ficción (Mallorquí fue autor de novelas y tebeos del género como El jinete del espacio, creado junto al dibujante Francisco Darnís en 1947)) y ciertos componente folletinescos que con un barniz fantasioso, completan la cinta con la obligada premonición que introduce la idea del pathos, de un destino funesto imposible de esquivar que le es predicho a Galenore (Anchóriz) por Danae (Elisa Cegani), la madre Perseo, el perdido heredero de Argos.  Según esto,reconocerá a su vencedor cuando vea la marca que tiene en el hombro el futuro y legítimo rey de Argos y el hombre que traerá la paz y restaurará la armonía (triunfando no solo acontra los villanos, sino derrotando a los monstruos. Es decir, extirpando el caos, lo fantástico) resulta no ser otro que un tranquilo muchacho que vive en los bosques sin mayor compañía que un ciervo y el cual está enamorado de la bella Andrómeda. El héroe es encarnado por el inefable Richard Harrison, musculitos americano de tercera que disfrutó de cierta relevancia tanto en el peplum como en el spaghetti-western, donde protagonizó la excelente El sabor de la venganza de Joaquín Romero-Marchent,  o el spionistico y que incluso probó suerte en el  el cine hongkones de acción y aventuras marciales producido por los Shaw Brother a mediados de los 70 .

El valle de los hombres de piedra es un film honesto, representante de una idea del cine que ya no existe, ingenuo y delicioso, a ver con cierta prevención y cargados siempre con toneladas de sentido del humor y complicidad. pero incluso dentro de esta necesidad la dirección, hábil y trepidan te del experimentado Alberto De Martino, deja detalles estéticos de auténtico valor, la mencionada panorámica que muestra el valle titular o, sobre todo, un suntuosos tratamiento del color en los interiores y en el vestuario, un empleo de las manchas monocromas y los colores puros que consigue, en sus momentos más inspirados, una sensación de armonía y moviendo fascinantes, como si la pureza del color correspondiera a la de unos personajes igualmente puros, buenos y manos sin mezcla.

El valle de los hombres de piedra (Perseo L´Invincibile)

Director: Alberto De Martino

1963

Italia

93 min.

Fotografía: Eloy Mella, Dario Di Palma

Música: Carlo Franci, Manuel Parada

Guión: Alberto De Martino, Mario Guerra, Edoardo G. Conti, Ernesto Gastaldi, Luciano Martino, José Mallorquí, Mario Caiano, Tonino Guerra

Reparto: Richard Harrison, Anna Ranalli, Leo Anchóriz, Arturo Dominici, Roberto Camardie, Elisa Cegani, Ángel Jordán, Antonio Molino Rojol, Fernando Liger, Bruno Scipioni

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