“Dije que la vida era una broma, no que la broma tuviera gracia”: ¡Vivan los novios!, horror en la España del desarrollismo. Un adiós a Berlanga

No soy muy amigo de los obituarios o más bien de dedicar entradas a los mitos caídos, más que nada porque pienso que sus muertes son siempre relativas. Es cierto que desaparecen, la mayoría de las veces por la edad, otras de forma lamentablemente trágica o prematura, pero no es menos verdad que, después de todo, permanecen siempre jóvenes, siempre bellos o lúcidos, siempre listos para mostrar otra vez la mejor versión de si mismos. Pero esta vez toca hacer una excepción y pararse un poco a decirle adiós a Luis García Berlanga, su importancia en el cine español no se puede calcular, fue el mejor entre los que permanecieron en el país debatiéndose contra el contexto para retratarlo del modo más preciso y estuvo a la altura, e incluso superó, a la gran mayoría de autores europeos contemporáneos, con la diferencia que su difusión y popularidad fue, en los momentos centrales de su carrera, mucho menor de la que tuvieron, por ejemplo, su colegas italianos. Sin ir más lejos siempre he pensado que Berlanga era superior a Fellini, con la diferencia de la conversión de este en icono mundial pese a que gran parte de su cine bordee la autoparodia y la complacencia del que realmente se piensa un genio. Pero tampoco es eso, Berlanga es un ejemplar de plena autonomía, un creador singular sin el cual España, la historia de España en la segunda mitad del siglo XX, sería incomprensible, tanto qeu el imaginario colectivo a somatizado aquella España como indiscutiblemnte berlanguiana, de tal modo que la ficción explica mejor el momento que cualquier intento historiográfico. A la hora de escoger la película para el homenaje decidí rescatar una pequeña reseña para ¡Vivan los novios! como el objeto más apropiado para las características de este sitio. Un título todavía incomprendido, parcialmente fallido, demoledor por alcance, que puede verse como un film-bisagra que comparte estilemas con las películas de su primera etapa y

antecede los rasgos más cafres y las decisiones estéticas que tomará su cine a partir de La escopeta nacional y, finalmente, una realización que desde su misma condición de experiencia suicida, me entusiasma.

 


Para encontrar la génesis de estas hay que remontarse al tumultuoso estreno de El verdugo en Venecia en 1963, realizado antes de pasar por el arco censor, y su posterior mal estreno en las salas españolas, el cual la condenó al fracaso. Cuatro años después el director estaba desesperado por un éxito que reflotará una carrera que languidecía, pero cerca del fin de la década los gustos y España misma habían cambiado. Berlanga había decido buscar una comedia con posibilidades económicas pero que, al mismo tiempo, fuera un título genuinamente suyo. Entre él y Azcona pergeñaron el que, a decidir del mismo director, era el mejor guión de su carrera, se titulaba Las pirañas. Trataba acerca de la enfermedad fingida de una esposa con el objetivo de martirizar a su marido y la decisión de este de asesinarla. Había sido escrita y pensada con una insuperable pareja en mente, José Luis López Vázquez y Laly Soldevilla. Una obra maestra en potencia. Desgraciadamente las circunstancias conspiraron contra las esperanzas. Berlanga había tenido que venderle su alma al productor Cesáreo González  y su Suevia Films. Este desplazó absurdamente la producción a Argentina, vetó a los actores escogidos e impuso a la encantadora e inadecuadísima Sonia Bruno y al infame galán local Rodolfo Bebán. Finalmente cambió el título. La boutique, que así se rebautizó, fue un fracaso comercial anunciado, un trabajo personal malbaratado y un rodaje calamitoso que dejó exhausto al director. Lo peor era que Berlanga aún seguía atado por contrato a Suevia y que ahora necesitaba, de forma más desesperada un éxito. En 1970 estrena ¡Vivan los novios!, un acercamiento rabiosamente personal a las comedias de la época, otro fracaso que oscila entre la incomprensión y el ninguneo. Lo siguiente fue el exilio francés y la liberación íntima, prácticamente confesional de Tamaño natural en 1973, saldado con otra obra maestra, un estreno de tapadillo en España y un nuevo parón de más de cuatro años. Tal parece que ese tiempo Berlanga lo dedicase a repensar los planteamientos de ¡Vivan los novios!, tanto la idea como la forma, a depurar lo que allí estaba abocetado, embrionario o directamente alterado por imposiciones externas. En 1978 reaparece con La escopeta nacional y ya no hace comedia, hace terror. La taquilla revienta, el film es una opus magna y Berlanga se convierte en adjetivo.

Vuelta a 1969, a la desesperación por el éxito, la reincidencia con Cesáreo González (el cual fallecerá antes de ver estrenado el film, por cierto) y la decisión de acercarse a la comedieta española playero-sexual de moda en la época, la versión berlanguiana (y azconiana) de las películas de españolitos persiguiendo suecas, que hacían estragos en las pantallas del desarrollismo. El objetivo era un imposible, la consecución de una película que pareciendo mala, fuera buena. Homologable superficialmente al subproducto coetáneo, usando, por mímesis, semejantes resortes estético dramáticos para, desde su mismo interior, reducirlos al ridículo, evidenciando la miseria del triunfalismo tardofranquista y devolviendo su despiadada imagen al natural.

Su mayor acierto reside en el retrato de un pobre hombre superado por las circunstancias y con la voluntad anulada por completo, en un sentido del humor incómodo y desagradable basado principalmente en la vergüenza ajena y el patetismo más doloroso forzado hasta la frontera entre la gracia y el sufrimiento, un hombre viviendo un drama existencial atrapado en una burla grotesca, en un guiñol cruel. Toda una anticipación del post-humor que a su vez es una consecuencia lógica de la carrera de Azcona, su guionista (co-autor) que en Vivan los novios se muestra más cercano que nunca tanto de su carrera previa como novelista -es especial de la demoledora Los Europeos– como de su paso por el cine italiano en la década gloriosa de los 60.

El españolito frustrado en todos los órdenes, (vital, afectivo, sexual) que se lanza a una última noche desesperada de conquista erótica, para fracasar de la forma más grosera posible y regresar a la mañana siguiente, la de su boda con otra solterona tan terminal como él mismo, para encontrar a su madre flotando bocabajo en una piscinita infantil. La muerte más ridícula de la historia. Humor negro de entraña española, un casorio y un entierro de simbología inversa y la culminación de una imagen implacable. Mientras Leonardo intenta perseguir el ala delta en el cual vuela la guapa pintora irlandesa que lleva toda la película intentando conquistar como última posibilidad de la libertad, los padrinos lo agarran y colocan al frente de la espectacular comitiva fúnebre que recorre un Sitges llenos de turistas en bañador. Si el contraste no fuese ya lo suficientemente salvaje, Berlanga lo remata con un plano aéreo directamente lanzado hacia la leyenda de su filmografía: la conversión del cortejo mortuorio, del futuro y el presente de Leonardo, en una descomunal araña negra. España misma.La película atesora este y otros momentos especialmente sulfúricos de humorada negrísima (su herencia puede verse en la notable Carne de gallina de Javier Maqua y el dramturgo asturiano Maxi Rodríguez) y sátira social sin piedad alguna agitados con el barullo típico del cine de Berlanga, aunque no siempre acierta en el tono resultando burda e incluso facilona y desmañada en algunos aspectos. Es buen ejemplo de esto el empleo del color por primera vez en el cine del autor, oscilando el resultado entre la reproducción irónica del molde de las comedias de Ozores y adláteres y lo simplemente anodino, es decir entre la ironía y la dejadez. Por otra parte Berlanga impone ya la forma libre, el plano-secuencia como signo de puntuación clave, el movimiento constante de los actores en el interior del encuadre mediatizando la planificación, la improvisación, los diálogos cruzados, el hiperrealismo. Algo ya presente en su cione anterior, aunque de otra forma, especialement en ese Plácido de 1961 y que eclosionará en su forma perfecta y definitiva ocho años más tarde on La escopeta nacional.

Con todos sus problemas, con su aún primitiva elaboración interna, con su desesperación por gustar sin traicionarse, con su insostenible equilibrio entre pactismo y ferocidad, ¡Vivan los novios! parece ahora como una película a reivindicar, de una lucidez abisal, donde José Luis López Vázquez brilla como el mejor Jack Lemmon posible junto a esa tremenda Laly Soldevilla que, esta vez si, Berlanga logró imponer frente al criterio de la producción.

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