“Nunca le des la mano a un pistolero zurdo”: un top 10 (+2) para Por um punhado de euros

No hace mucho cumplía una año uno de los blogs más jugoso que se pueden leer sobre el spaghetti-western, Por um punhado de euros. Bitácora portuguesa dirigida por los infalibles outlaws Pedro Pereira y Emanuel Neto de la que me hice seguidor fijo y comentarista esporádico al poco de conocerla. Para celebrar ese año de balas cada mes han tenido un invitado diferente para un juego singular, la confección de u  pequeño texto sobre el género y la elección de una decena de eruowesterns significativos acompañados de una anti-recomendación y de una “carta salvaje”.  Este mes tengo el placer de ser el duelista invitado. Aquí dejo la introducción sentimental y mi número 1 personal, que es El día de la ira, obra cumbre del gran Tonino Valerii. Para el resto tendréis que ir hasta Portugal a golpe de gatillo:os-spaghettis-da-minha-vida-adrian.html

Mi primer encuentro infantil con el spaghetti western es una sesión matinal de reestreno con la bien poco noble comedia de mamporros “Occhio alla penna”, en España “Dos granujas en el oeste”. Protagonizada por el entrañable Bud y un comicastro franco-marroquí llamado Amidou que hacía de indio. Todo esto lo he sabido después, claro, en aquel momento debía estar embobado mirando como un enorme barbudo que se enfadaba de broma echaba abajo una casa solo con sus puños.

Pero ni Spencer, ni tampoco Terence Hill, me dejaron huella sentimental más allá de reconocerles su encanto humilde. La primera película que me hizo darme cuenta de que aquellas películas eran mucho más fue, evidentemente, una de Sergio Leone. En mi caso la culpable es “La muerte tenía un precio” y la poderosa efigie de Lee Van Cleef. Aquella manera en la que los actores se movían, aquella música… era, sencillamente, otra cosa. Por eso Leone está fuera de este top, porque él es otra cosa y no sería justo para las demás películas compararlas con las de uno de los pocos directores que pueden decir “yo cambié el cine”.

Pero entre medias hay un recuerdo mucho más fuerte; durante los veranos la segunda cadena de la televisión española daba, mañana y tarde si, mañana y tarde también películas. La gran mayoría eran títulos europeos de género, aventuras, peplum… y spaghetti-western. Eran especiales. Enloquecidas y absorbentes, saturadas de colores violentos y personajes llamativos, eran salvajes, diferentes del resto de películas, tanto de los estrenos de por las noches como de las de piratas o vaqueros de los sábados y domingos al mediodía o de aquellos ciclos sobre grandes actores del cine clásico. Eran un vicio y yo les era fiel.

Dos imágenes se me han quedado grabadas, una pertenece a un hombre crucificado en una rueda enorme, bajo una tormenta y en un pueblo cubierto de barro, años después, viendo “Keoma”, encontré esta imagen. La otra es más extraña: un hombre abre de una patada la puerta de una especie de establo, dentro hay unos soldados nordistas. Sin mediar palabra los acribilla a todos que caen, entre el estrépito inconfundible de las balas italianas, dando volteretas y grandes alardes de dolor. Es solo ese momento, fulminante y clarísimo. Nunca he sabido a que película pertenece o si tan siquiera pertenece a alguna. En realidad, me he dado cuenta de que pienso en ella como en una construcción genérica que mi memoria ha fabricado sobre el total de aquellas películas, es mi imagen inconsciente y personal de spaghetti-western.

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