Barcelona rugiente: El Cerco. Catalogo criminal español, Anexo I

El cerco

Director: Miguel Iglesias Bonns

1955

España

77 min.

Fotografía: Salvador Torres Garriga

Música: Juan Durán Alemany

Guión: Juan Bosch

Reparto: José Guardiola, Isabel de Castro, Ángel Jordán, Francisco Piquer, Carmen de Ronda, Luis Induni, Carlos Ronda

Anexo al Catálogo criminal español dedicado a El cerco, que fue una de las películas más insistentemente citadas del díptico y que no apareció en el porque, sencillamente, no había podido verla en el momento. Subsanado el trámite la incorporo como primera adenda (ampliable en breve con una mirada sobre Brigada Criminal y la intrahistoria del doble nacimiento del moderno thriller español) y corro a situarla como el film capital que es, uno de los mejores del primer periodo y, la obra más sólida y perdurable de su autor, Miguel Iglesias (luego Miguel Iglesias Bonns o directamente M.I. Bonns, en su época “co-productora) quien ya había aportado un año antes otro título al esplendor industrial y artístico (esto a posteriori) del género: El fugitivo de Amberes, protagonizada por el gran Howard Vernon, guionizada como El cerco por otro nombre esencial del policial barcelonés como el de Juan Bosch, con ambientación portuaria, influencias francesas también presentes en la obra aquí tratada y una curiosa gestación que incluye el difundido error de incorporar a modo de co-director al montador (trabajó para Rene Clair y Marcel Carné con asiduidad durante los 30) y esporádico director francés René Le Hénaff, aunque la realidad sea que este no rodó ni un solo plano y su inclusión se debe a diversos chanchullos del productor francés Georges de Beauregard (el cual le produjo a Bardem, Muerte de un ciclista y Calle Mayor y luego fue capital en el desarrollo de la nouvelle vague); quién anduvo envuelto en la primera fase de producción del proyecto, finalmente abortada y que luego, misterios de las coproducciones, pudo quedarse con una parte de la distribución para Francia, incluyendo de rondó al veterano Le Hénaff a modo de co-autor.

Curiosamente, Miguel Iglesias cerraría su carrera con un regreso al thriller barcelonés en clave tardo-ochentera con Barcelona Connection un exponente del tímido repunte que el género experimentó en la época a través de trabajos como Barrios altos (José Luis García Berlanga, 1987) o El complot de los anillos (Francesc Bellmunt, 1987) y había, igualmente aportado ya un título al “proto-negro” de la década de los 40, el melodrama criminal de inspiración Hitchcock (particularmente Sospecha), Las tinieblas quedaron atrás del año 1948 y basada en un serial radiofónico del popular Luis G. De Blain. Incidiría aun en esta senda melo con una serie de realizaciones: Los ojos en la manos, especialmente oscura realización con guión de (entre otros) José Antonio de la Loma y protagonista para los divos en horas bajas Isabel de Pomés y Rafael Durán, Carta a una mujer en 1961 sobre una obra teatral del entonces muy popular Jaime Salom y contando con un estupendo trío protagonista formado por Emma Penella, Luis Prendes y José Guardiola recuperado desde esta El cerco. En el 64 firma Después del gran robo, un trabajo al parecer bien extravagante que se inspiraba (o así) en el asalto al tren correo de Glasgow, sucedido un año antes.  La última incursión en las cercanías del género, ya del 66 y ya muy caduca, será Muerte en primavera con una jovencita Mónica Randall, Paco Morán y el gran característico Luis Induni, presente también en El cerco y recurrente en multitud de spaghetti-western en virtud de su talla y aspecto “americano”. A modo de curiosidad señalar que Iglesias Bonns cuenta con otro film del año 73 de título similar, Primavera mortal, y nulo parentesco con el antedicho pero que cuenta con el dato histórico de ser la primera co-producción hispano-yugoslava de la historia. Hay que recordar que Yugoslavia había sido plató de un buen puñado de películas paneuropeas, principalmente alemanas y destacadamente las del ciclo Winnetou- Old Shatterhand de la entrañable Rialto durante los 60.

El resto de la larga carrera de Iglesias Bonns podría resumirse (mal y atropelladamente) en una prolongada decadencia entre comedietas (Tú madre nos engaña), co-producciones de todo pelaje (pseudo-bonds como Destino: Estambul 68 o tarzanadas tipo Tarzán y el misterio de la selva o Kilma, reina del amazonas) y subproductos particularmente aberrantes, a saber, Violación inconfesable o Desenfrenos carnales, ya en los primeros y destapistas ochentas. Entre toda esta cantidad de escombro cinematográfico que se vio obligado a apilar el otrora prometedor director sería interesante citar La maldición de la bestia, su aportación al “Ciclo Daninsky” con el entrañable hombre-lobo naschyano (en los Tarzanes ya había contactado con un Paul Naschy que ejercía como guionista y secundario en ellos) corriendo todo tipo de pulpventuras en el Himalaya a la búsqueda de un mítica cura para su mal.

Iglesias Bonns era, en definitiva, un profesional obligado a desarrollar gran parte de su carrera en un medio hostil. Un director con cierto sentido del oficio y pocas oportunidades para desarrollarlo, que encontró en sus dos trabajos puramente policíacos de mediados de los 50 y en las condiciones industriales en las cuales se realizaron el lugar ideal para erigirse, demasiado brevemente, como un trasunto español de Don Siegel o Phil Karlson; a lo cual se añadía una evidente influencia del polar, en cuanto a tipos, estética y ética viril. Como quedó expuesto en las dos entregas principales del Catálogo el thriller barcelonés funcionó gracias al establecimiento de pequeñas productoras que, bien equipadas, funcionaban al modo de los estudios americanos, con plantillas más o menos fijas y técnicos excelentemente formados y capacitados para rodar con presupuestos ajustados y condiciones duras. Un sistema que potenciaba la colectividad por encima de la autoría personal y que por ello mismo permite ver como algunos de los autores que dieron mejores resultados cinematográficos fueron ascendiendo y curtiéndose en diferentes cometidos hasta tener un control importante sobre los más diversos resortes del oficio. Iglesias Bonns es, claro, uno de ellos pero mirando con un poco de atención El cerco encontraremos otro terceto de nombre de enorme importancia: Juan Bosch, en labores de guionista, Enrique Esteban, inaugurando la productora Este Films y Francisco Pérez Dolz ejerciendo como ayudante de dirección, cometido en el cual era enormemente apreciado en la época.

Bosch, con una carrera de cierta consistencia en el policial ya ejerciendo como director (Sendas marcadas en el 58, A sangre fría en el 59 y Regresa un desconocido en el 61) había escrito para Iglesias Bonns su previa El fugitivo de Amberes y firmó aquí su mejor trabajo. Por su parte Esteban había estado ya involucrado en el baile de compras y recompras de El fugitivo de Amberes y bajo su recién fundada Este Films acogió la producción de El cerco tras comprar un guión que Bosch había escrito hilando diversos sucesos de la crónica negra barcelonesa de ese mismo momento e inspirándose también en un libro, titulado precisamente Brigada Criminal. La actuación de Brigada Criminal de Barcelona, desde 1944 a 1953, contada por su ex jefe, que había editado el ex-comisario de Barcelona Tomás Gil de Llamas.

La presencia de Pérez-Dolz enlaza, no solo con el grueso del cine criminal español del periodo sino con esa misma historia negra barcelonesa y lo hace desde dentro mismo de la ficción. Este profesional vergonzosamente malgastado por el cine español llevaba desde los 40 orbitando en diferentes estudios catalanes en todo tipo de cometidos, principalmente como scrip labor que había realizado en Adversidad, un drama rural que era la segunda película de Iglesias Bonns como director en 1944. Luego (y entre otros desempeños) trabajó en las productoras PECSA y Emisora Films, el frenéticamente activo estudio de Ignacio F. Iquino, donde acometió la labor de ayudante de dirección en la (co) fundacional Apartado de Correos 1001, dirigida por Julio Salvador. Por ahí entra Pérez-Dolz en el thriller. Iglesias Bonns se acuerda de su solvencia y lo llama para resolver todo tipo de problemas en la insistentemente mencionada El fugitivo de Amberes y lo emplea como ayudante de dirección para El Cerco, donde, a decir de él mismo se encargó del diseño de producción y de la localizaciones, capitales en un film que trata la geografía de Barcelona casi como un personaje más, de un modo que había sido apuntado en títulos anteriores pero nunca empleado de manera tan determinante antes. De igual manera la semilla realista, inmediata, de este film permanecerá impregnada en Pérez-Dolz quien recuperará parcialmente sus orígenes histórico-dramáticos para su propia A tiro limpio, donde, además lograba ir un paso más en relación a lo que se podía contar o más bien insinuar, principalmente las hazañas de los anarquistas irredentos Quico Sabaté y Josep Lluis Facerías, convertido en forajidos altamente organizados que saltaban la frontera atracando fábricas y bancos y viviendo tiroteos con la policía en la mitad misma de Barcelona.  Desde la ficción más escapista, la acción pura en el caso de El cerco, se reflejaba del modo más oblicuo imaginable, claro esta, una realidad innegable que estaba viva en el mismo momento en el que este film se estrenaba. Es decir, una película como la de Miguel Iglesias necesita ahora de una gran contextualización pero en 1955 lo que enseñaba era “el momento mismo”, completamente disfrazado, forzosamente tamizado por capas de clichés de género, pero no por ello menos reconocible, ni menos verídico.

A tiro limpio, ya en 1962,  pudo hacer más explícitos estos referentes, añadiendo una carga ideológica impensable en 1955 y, en ese sentido, se acerca más a títulos como Camino cortado o A sangre fría, las cuales toman moldes y arquetipos ajenos para encastrarlos en un entorno nacional, aunque la urgencia ya comentada que presenta El cerco y su manera granítica de abrazar la acción pura, sin florituras estilísticas ni barroquismos estéticos, la sitúan por encima de las antedichas. Narrativamente resulta arrolladora, poco más de 75 minutos de frenesí. Desde la ejemplar secuencia de apertura, prácticamente sin diálogos, que muestra como un coche va recogiendo a una serie de hombres por toda Barcelona hasta su brutal desenlace en una playa, esta cinta se erige como la más violenta realización española de su género hasta la fecha y, desde luego, la que muestra una galería de villanos más rotunda y feroz.

Si la puesta en escena merece un elogio categórico – el empeño del director de esquivar el plano-contraplano para relacionar a los actores y, especialmente, todo el largo atraco y posterior huida calamitosa de la fábrica que ocupa los primeros minutos de metraje es un alarde de planificación, montaje y progresión. De geometría del espacio fílmico y precisión en la descripción de los personajes mediante sus gestos y acciones, pura economía de serie-b, y estilización de género (el plano que recoge la entrada a pie en la fábrica del grupo, entre ferralla)- su reparto es de antología y merece detenerse un momento.

Luis Induni se ocupa del chofer, un boxeador corto de entendederas que será abatido a quemarropa, cuando pretenda arrojar una granada dentro del tranvía donde la policía le ha cercado. Carlos Ronda es el cobarde, escapa por los pelos y en su desesperación es capaz de intentar protegerse con una niña durante la tensa escena de su muerte acribillado en el hueco de una escalera. Ángel Jordán es el buen chico, solo de apariencia, el cual una vez dado a la fuga decidirá quedarse todo el botín para sí mismo ye encima andar a esconderse a la casa familiar de su novia, a la que tiene engañada (el divertido personaje de la meticona hermanita pequeña descubrirá el pastel). Francisco Piquer es el nervioso, el de gatillo fácil cuya crispación hará fracasar el golpe y lo convertirá en una carnicería, pero también el hermano del jefe y tras ser herido en un brazo (los operarios le arrojan material fundido) no tendrá más remedio que esconderse y buscar a un médico, lo cual precipitará la caída de toda la banda (y la muerte del médico, capaz no solo de ayudar a un asesino, sino de intentar encima chantajearle). Su muerte, en medio de un intercambio de balazo será escuchada por su hermano a través del teléfono. Como puede verse el retrato de personajes no puede ser más siniestro ni más abyecto, no dudan en matar a todo el que se les ponga por delante y todos ellos se escudad, de un modo u otro en inocentes, puestos en peligro de manera cruel o amoral. Los criminales, en el cine español de 1955, son criminales hasta la médula.

Los dos únicos personajes que en cierto modo escapan de este patronaje (algo que, por otra parte no afecta a la calidad de la película y que puede percibirse de modo muy similar en el cine norteamericano de su misma época o algo anterior) son, a su vez otros dos arquetipos del género: el jefe y la chica del jefe.

A ella la interpreta (y muy bien) la lisboeta Isabel de Castro y es el único personaje del film que escapa del castigo. Presentada de un modo más o menos obvio como una escort es el personaje de “mala pero buena” habitual del noir. Enamorada y maltratada  será finalmente salvada por su hombre que la obliga a quedarse en compañía de los padres de la novia del huido con el dinero mientras ambos emprenden la fuga hacia Francia, fuga que es obvio va directa a la muerte. El jefe del grupo recae sobre un actor formidable, de una presencia física imborrable: José Guardiola. Mejillas hundidas, pómulos alzados, nariz ancha, alto, moreno y enteco. Dotado de una viril voz de barítono en un universo paralelo hubiera sido nuestro Jack Palance, nuestro Richard Boone o nuestro Henry Silva, aquí tuvo que consolarse con prestar esa garganta prodigiosa a Richard Widmarck, a Anthony Quinn, a Yul Brynner, a James Coburn, a los  propios Boone y Palance, a Charlton Heston, a Robert Mitchum, a Lee y a Cushing, A John Wayne, a Bogart, Ray Milland o Burt Lancaster en diverso re-doblajes, a Gian María Volonté en La muerte tenía un precio, a James Mason, a Richard Burton a Stephen Boyd, a Keenan Wynn o a Leo Anchóriz, Frank Braña o Paul Naschy, quien nunca reconoció la labor de sus dobladores. A todos estos y a muchos, muchos otros durante más de 30 años. En ese tiempo el cine español, por supuesto lo desperdició.

Su protagonista de El cerco, sin dejar de ser un villano duro como el pedernal, despiadado si hace falta e implacable siempre, tiene de algún modo las simpatías del director (algo extensivo a toda la cinta donde la ruda fascinación por la banda de criminales contrasta con la excasa importancia, mera muleta, de los policias), el cual incluso juega a cierta identificación “en negativo”. Es decir, por momentos Iglesias lo presenta como némesis del personaje de Jordán hasta que este revela su verdadera cara, con lo cual el público cambia de bando y mira al otro con diferentes ojos. Después de todo el de Guardiola es un criminal integro, que no se sirve de inocentes ni de subterfugios, es un profesional. Por eso se le permite en un llamativo (y violentísimo) acto vengador acabar el mismo con su compañero traidor ahogándolo en el mar y morir después abatido a tiros en ese mismo mar, dejando así una imagen extrañamente icónica, en cierto modo (y salvando muchas distancias) reminiscente de las muertes fatalistas de los gángsters el cine americano de los 30 y emparentada con la poética criminal del coetáneo polar.

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