“La guerra de los caballeros ha terminado”: Breaker Morant. Australia, Sudáfrica y el Imperio Británico, una tragedia romántica de Bruce Beresford

Nada más coherente para retratar una guerra olvidada que una película olvidada, o más bien una guerra prácticamente desconocida que una película prácticamente desconocida. “Breaker” Morant y la Guerra Anglo-Bóer (la segunda Guerra Anglo-Bóer, para ser exactos) son, al final, tal para cual. Simplificando al extremo, las dos guerras, la primera entre 1880 y 1881 entre las fuerzas colonizadoras británicas y los ya asentados los holandeses, provocada por la anexión del Transvaal a la corona y la segunda entre 1899 y 1900, puesta fin con Tratado de Vereeniging, quedando los bóers bajo el dominio del Imperio Británico, aunque conservando una apreciable autonomía en la mencionada Transvaal y en Orange, tenían similar transfondo: la riqueza mineral territorio.

Ya entre 1835 y 1845 los bóers habían tenido que retirarse a esos territorios más áridos e inhóspitos ante la presión de los nuevos colonos ingleses y el descubrimiento a finales de siglo de riquísimas minas de diamantes, especialmente, y oro. Este hecho precipitó el devenir de las cosas. Los británicos querían controlar el todo el Transvaal, pero los holandeses, duros y correosos, no hay que olvidar que hicieron frente a las tribus zulúes antes, no estaban dispuestos a dejarse expulsar por segunda vez. Aunque fuera de un terruño perdido. La parte más brutal de la guerra tuvo lugar entre 1900 y 1902, entonces, los afrikaners, mal equipados y mucho menores en número se lanzaron a la guerrilla. Conocedores del terreno y fanatizados por la desesperación de perderlo todo pusieron en jaque al ejército británico que decidió responder con similar brutalidad organizando cuerpos de élite licenciados para todo, incluidos campos de concentración, destrucción y saqueo de granjas y, más avanzados, políticas de “no prisioneros” y órdenes tácitas de dispara a matar sobre todos aquellos, capturados o no, que vistieran de caqui, es decir con los colores distintivos que usaban los británicos o de los que se sospechara pudieran ser espías. En un momento del film el Capitán Hunt le dice a Morant la frase que sirve de encabezamiento a esta reseña mientras contemplan un paisaje de incongruente calma: “La guerra de los caballeros ha terminado”. Un poco más adelante el protagonista explica que está asistiendo al nacimiento de una nueva manera de hacer la guerra y con ella al nacimiento del mundo moderno.

En mitad de esta tesitura y con el objetivo en mente de apaciguar  a los granjeros holandeses por un lado, a la opinión pública británica por otra, tal había sido el revuelo causado por al revelación de los métodos que se estaban empleando, al gobierno alemán, simpatizante de los bóer y que podría usar la muerte del misionero compatriota como excusa para entrar en el conflicto con el objetivo de apartar a los británicos de las minas y la riqueza. Finalmente, el ejemplo de aplicación de la justicia (una de esas “condenas ejemplares”) estaba enfocado a lograr un tratado duradero que propiciase la vuelta a la explotación de los diamantes que alimentasen a la metrópoli, se celebró una corte marcial contra tres soldados que servían bajo pabellón australiano (con la aprobación del gobierno del país, deseoso así de congraciarse con la Corona y mantener su estatus independiente) en uno de estos comandos de irregulares, los Bushvelt Carbineers: los tenientes Harry “The Breaker” Morant, Peter Handcock y George Witton. Tres hombres contra la política de alianzas internacionales previa a la Gran Guerra.

Las acusaciones fueron el fusilamiento del soldado afrikaner Visser durante la represalia por la muerte del Capitán Hunt, la ejecución de seis prisioneros. Los dos primeros, además, estaban acusados del asesinato del reverendo alemán Heese. De este último cargo fueron exonerados, aunque paradójicamente sí cometieron el asesinato, Handcock lo hizo bajo órdenes de Morant y con la excusa de que, sospechaba, era un espía. Por los dos primeros condenados a muerte. En febrero de 1902 Morant y Handcock fueron fusilados por unos soldados escoceses, a Witton se le conmutó la condena a cadena perpetua, aunque fue

liberado solo tres años después. Tras salir de la cárcel escribió unas memorias sobre el juicio y las circunstancias  que condujeron al mismo, titulado Scapegoats of the Empire, es decir “Cabezas de turco del Imperio”, la última frase que Morant le dirige en el film momentos antes de su ejecución. Lord Kitchener en persona, máxima autoridad para Sudáfrica en aquel momento, firmó todos los documentos. Según BreakerMorant, del mismo Lord Kitchener habían partido las órdenes secretas para las actuaciones de los comandos. Como tales órdenes directas no tenían porque cuestionarlas, de hecho seguramente habrían sido apartados de sus unidades o algo peor. Aún así Beresford no se escuda en esto, Witton le hace confesar a Morant que las órdenes le asquean y que otras circunstancias se negaría a cumplirlas, pero la salvaje muerte mutilado de su amigo Hunt le hace actuar con la venganza en la mente. De igual manera el film (algo probablemete presente en la obra teatral original) no comete el pecado mortal de la ficción histórica, es decir actualizar los comportamientos y mentalidades de sus protagonistas. Los hombres de esta película y más siendo soldados se comportan como soldados y hombres de finales del siglo XIX.

Durante una de las sesiones que muestra la película el abogado de los australianos, australiano él mismo, expone los peligros de juzgar asesinatos en tiempos de guerra como si se estuvieran tratando asuntos civiles y lo finísima que es la línea que los separa de las acciones propias de la brutalidad del momento, especialmente en aquel contexto de guerrillas y contra-guerrillas. En una declaración hace explicar a uno de los testigos del fiscal, muy gráficamente, como el teniente Handcok evitó que los bóer sabotearan las líneas férreas a través de las cuales se transportaban materiales y prisioneros: decidió colocar el vagón de prisioneros delante de la máquina. Fue amonestado, pero la práctica continuó realizándose.

Si bien era cierto que los Bushvelt Carbineers estaban formados en su mayoría por australianos, no lo es menos que la decisión de focalizar el juicio en los soldados de esta nacionalidad obedecía a unas razones que se mezclaban, hasta casi confundirse con las de sus crímenes reales. La corte debía de servir también como un aviso a los australianos y hacia su manera de hacer las cosas en el ejército británico. La soldadesca australiana acumulaba una serie de peculiaridades contradictorias excelentemente expuestas en el film y que molestaban particularmente a los mandos y rasos ingleses. Por una parte una familiaridad que ignoraba las graduaciones se confrontaba con un altísimo sentido de la lealtad, la informalidad aparente encontraba su opuesto e una sorprendente atención al reglamento que les llevaba a prohibir una práctica muy común entre los soldados ingleses, el expolio de granjas o incluso su ocupación y el robo de su ganado. Todo esto les había cosechado una animadversión importante que, llegados  a este punto, no favoreció un trato precisamente elástico.

De acuerdo con todo esto la película no es un alegato anti-belicista, más allá de eso es una película anti-institucional que como el Rey y patria de Joseph Losey (no desprecia tampoco ciertas influencias de el Senderos de gloria de Stanley Kubrick o La Colina de Sydney Lumet, aunque el tono de la realización de Beresford se totalmente distinto) ataca a la base misma de la institución  más clasista de la sociedad inglesa -era costumbre destinar a los ejércitos “provinciales”, léase australianos, neozelandes, escoceses o galeses, a los peores lugares del imperio, sin ir más lejos la celebérrima batalla de Rorke’s Drift, inmortalizada por Cy Endfield en la emocionante Zulú de 1964, fue librada por un cuerpo de galeses-  aunque al contrario que en este film no existen aquí coartadas alegóricas ni discusiones simbólicas, tanpoco una barroquismo formal que convierte la trinchera en abstracción de pesadilla, sino una huida descarnada del sentimentalismo y el espectáculo, un film terroso e implacable hasta para con el mito, sin por ello abandonar esa vena por completo, lo cual no es poco mérito precisamente.

Harry “The Breaker” Morant, no era Australiano, se alistó con las fuerzas irregulares del país porque en ese momento trabajaba como domador de caballos, de ahí su apelativo de “el rompedor” y porque ya tenía experiencia como soldado de fortuna (“Escape, vea mundo”, le dice el oficial de inteligencia Taylor la noche antes de la ejecución. “Ya lo he visto”, replica Morant). Era, básicamente, un aventurero. Su figura rotunda, contradictoria, de poeta y asesino, de soldado y romántico se convirtió tras su ejecución y con la venida de las ansias de independencia y afirmación nacional de Australia (tras la calamitosa actuación en Gallipoli durante la Primera Guerra Mundial, por ejemplo. Hechos reflejados en 1981 por Peter Weir en el notable film homónimo, siguiente paso en el revisionismo histórico en el cual se embarcó el cine australiano en aquella gran época entre los 70 y los primeros 80) en una figura legendaria.

Bruce Beresford solo se deja seducir en parte por este perfil del personaje, ese que, ante el pelotón de fusilamiento es capaz de gritar a los tiradores “Disparad recto cabrones. No lo convirtáis en una chapuza”, sabe filtrarlo bien gracias a una narrativa seca y una puesta en escena que es implacable para con los personajes, muestra lo que hacen sin gloria alguna. Al logro del retrato ambiguo del personaje, fascinante siempre, colabora de manera esencial la elección de Edward Woodward para encarnarlo. Actor de talento superlativo e imponente presencia, nunca tuvo la suerte que mereció, aunque se ganó el estatus de culto gracias a su sargento Howie en The Wicker Man (1973, Robin Hardy) y a su protagonismo en la serie The Equalizer, emitida en cuatro temporadas desde 1985 y sobre el presente de un espía retirado decidido a purgar su pasado, siendo esta, además, una variante sobre otro show televisivo, Callan, en este caso emitido entre el 67 y el 72 para las cadenas británicas e igualmente sobre un asesino y espía, David Callan, siendo el nombre de El ecualizador Robert McCall.

Su perfil rocoso, su parquedad expresiva que oculta un temperamento volcánico y su imponente voz dibujan un personaje de dimensiones legendarias -su estampa a caballo, recto y con el fusil apoyado en un muslo tiene un algo icónico y está tomada de unas fotos reales de la época en las que el personaje aparece- capaz de hacer callar a la corte durante un arrebato de furia en el que  encara con el tribunal, y andando directamente hacia la cámara provoca el silencio con una voz retumbante: “No llevávamos manuales militares allí fuera. Estabamos a campo abierto luchando contra los boers igual que ellos luchaban contra nosotros. Aplicamos la regla 303. Les cogíamos y les disparábamos según la regla 303”, dice mientras se intercalan breves detalles de los soldados preparando su fusiles, cargándolos con ese calibre 303 regalmentario. Pero también de recitar aplacando el ánimo de sus compañeros (excelente la triangulación que Beresford realiza durante la lectura del primer poema, relacionando de manera irrompible a los tres personajes) o de cantar dulcemente en reuniones sociales durante su otra vida en Inglaterra –su voz, Woodward era también profesional en esto, es empleada en la canción de cierre, un sarcástico “Soldiers of the Queen” que suena minutos los cuerpos son recogidos y los ataúdes cerrados).

Morant nunca es presentado como un héroe, no se le ennoblece gratuitamente, se subraya su lucidez y su cinismo (en varios momentos habla de su animadversión al Imperio y de su consciencia de luchar siempre en el bando equivocado), pero tampoco se escapa de su embrujo, de la fascinación de su virilidad fuera del tiempo, de su carácter valeroso, retador, temerario, de su mezcla de individualismo y lealtad, de su aura de personaje más que de persona. Y de esta manera se alcanza a vislumbra un cierto entendimiento de su conversión en mito popular. La película fue el corolario a una ráfaga de una ráfaga de redescubrimiento/reivindicación de la figura de este poéta guerrero.

Hombres del 2º de South Australia con Morant el tercero por la izquierda

Un anacronismo a caballo entre siglos, en muchos aspectos destruido por la modernidad, que representaba lo exactamente opuesto a su personalidad. Todo comenzó con la publicación de una novela en 1973 por parte del autor Kit Denton y titulada solamente The Breaker y que ficcionalizaba la vida del personaje. Pero la película de Beresford no se basa en esta primera aproximación sino en una revisión teatral de esta poderosa, evocadora, figura central acometida con gran éxito en 1978 por el dramaturgo Kenneth Graham Ross, él mismo encargado de adaptar el texto para la pantalla, donde, todo hay que decirlo, no queda rastro alguno de teatralidad merced tanto a la cantidad de exteriores (hasta se incluye un discutible escena de acción, una breve asalto a la fortaleza donde se encuentran presos los protagonistas, que es despachada por un “Irrelevante” en el diálogo inmediatamente posterior a su conclusión, en una transición que tiene algo de autojustificación irónica), a su estructura de saltos en el tiempo como a la rotunda planificación del director, de escaso movimiento (los pocos que hay durante las sesiones son especialmente llamativos, como por ejemplo el violento travelling en retroceso durante la declaración del soldado inglés) pero excelente manejo del espacio (remarcable gusto por la simetría) y la disposición de los actores en el mismo. Un trabajo principalmente de composición del encuadre, de tal modo que nada resulta gratuito y si tremendamente expresivo (desde un composición general que se parte en dos encuadres afrontados, los del defensor y los del fiscal, al bello, irónico y terrible plano general que muestra, a un lado y otro del muro, a los presos esperando cumplir la sentencia y a unos carpinteros fabricando dos ataúdes), con un especial querencia por combinar planos generales estáticos y primeros planos con un montaje muy corto. Esta característica, la precisión y rotundidad del montaje (labor sobresaliente del gran editor William Anderson, habitual no solo de Beresford sino también de Weir), dota de un ritmo interno sobresaliente a la película, lo que unido al áspero naturalismo de la fotografía en tonos ocres de Donald McAlpine, resulta una perfecta continuación estilística de su sobresaliente thriller del 78 Asalto al furgón blindado, una injustamente desconocida obra maestra, hija perdida de autores mayores como Don Siegel o Phil Karlson que tuvo su lugar en los primeros tiempos del blog. La sensación de continuidad se acentúa con el concurso de buena parte del reparto de aquella, destacando, claro, el carismático Bryan Brown como el teniente Handckock, el veterano Charles “Bud” Tingwell, como el teniente Coronel Denny, presidente de la corte marcial o Terence Donovan, protagonista de aquella en el pequeño papel del capitán Hunt. A ellos se une uno de los mejores actores australianos de todos los tiempos y en aquél momento una gran estrella en su país: Jack Thompson, que se hace cargo del abogado defensor, el Mayor Thomas, un notario sin experiencia procesal al que el alto mando encargó la defensa y que terminó por forzar decisiones drásticas debido a su sorprendente obstinación y laboriosidad.

Hace bien poco Bruce Beresford ha estrenado su (pen)última película, el biopic El último bailarín de Mao, una entrega que se prevé tan correcta y aséptica como el grueso de su filmografía. No hay que permitir que, bajo ese peso de lo anodino sea imposible de encontrar al que fue uno de los más rotundos directores de los primerísimos 80, irreconocible, es cierto, por más de veinte años de carrera hacia la nada. Merece la pena buscar, merece la pena por encontrar la ya recomendada Asalto al furgón blindado o su título generacional de 1981 Puberty Blues, incluso ese honesto americana que fue Gracias y favores, donde su estilo aun no se había diluido en el océano de la uniformidad que termina por ser el cine hollywoodiense. Y desde luego merece la pena pararse en Breaker Morant.

Breaker Morant (Consejo de guerra)

Director: Bruce Beresford

1980

Australia

107 min.

Fotografía: Donald McAlpine

Música: Phil Cunneen

Montaje: William M. Anderson

Guión: Jonathan Hardy, Bruce Beresford y David Stevens según la obra teatral de Kenneth Graham Ross, Breaker Morant: A Play in Two Acts (1978)

Reparto: Edward Woodward, Jack Thompson, Bryan Brown, Lewis Fitz-Gerald, John Waters, Charles Tingwell, Terence Donovan, Allan Cassell, Vincent Ball, Rod Mullinar

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Duke dice:

    Me atrae esta rareza, ¿es muy difícil de conseguir?

    P.D: Soberbia la pintura que has puesto como fondo.

    1. Robert McGinnis la firma, uno de los más grandes ilustradores norteamericanos (trabajó bastante como cartelista y como portadista de bolsilibros) y muy buen pintor del oeste también.

      Cuando yo mehice con ella era una rareza qeu habí que perseguir pero curiosamente ahora se encuentra bastante bien y en relativa buena calidad además creo que todos los archivos eu rondan por ahí son los mismos que yo empleé. Lo único que los subtítulos no son muy allá. Como tú correo queda reflejado al comentar me tomaré la licencia de mandártelos directamente y así más facil todavía.

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