Todos los malditos: La mano de un hombre muerto, los viejos buenos tiempos de Jesús Franco. El rellume X

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La mano de un hombre muerto

Jesús Franco

España

1962

95 min.

Fotografía: Godofredo Pacheco

Música: Daniel White

Montaje: Ángel serrano

Guión: Jesús Franco, Pío Ballesteros, Juan Cobos y Gonzalo Sebastián de Erice

Reparto: Howard Vernon, Hugo Blanco, Gogó Rojo, Fernando Delgado, Paula Martel, Ana Castor, Turia Nelson, Georges Rollin, Serafín García Vázquez, Ángel Menéndez

La mano de un hombre muerto,(dobles parejas de ases y ochos, la jugada que llevaba el legendario Wild Bill Hickok cuando Jack McCall lo asesinó por la espalda en Deadwood) es uno/otro de entre ese puñado de trabajos a rescatar directamente desde la primera y probablemente mejor (o al menos más sólida) parte de la abigarrada filmografía de Jesús Franco que pese a no apurar hasta el fondo todas sus posibilidades y a decantarse por el tratamiento menos estimulante en ocasiones, termina, en conjunto,  por resultar tan agradable como rebosante de detalles, malsanos o geniales, y sugerencias que anticipan sus mejores logros, es decir los de la electrizante Miss Muerte en 1965.
Puede hablarse con cierta propiedad de una reconfiguración del goticismo que había animado su fundacional Gritos en la noche en 1961, donde se aparca el casticismo cercano al Neville de La torre de los siete jorobados y las ficciones pulp de comienzos de siglo, e incluso parcialmente la pertenencia expresionista, para buscar nuevos referentes/parentescos en otros dos fenómenos europeos contemporáneos:  por un lado el krimi alemán sobre la narrativa de Edgard Wallace que en aquel mismo momento ya había puesto en funcionamiento la Rialto -explotándolo a conciencia entre finales de los 50 y principios de los 70 en base al trabajo destajista de profesionales como Alfred Vohrer o Harald Reinl (encargado también de la saga Winnetou/Old Shatterhand según Karl May) y entronizando en el imaginario popular bis a figuras tan entrañables como Joachim Fuchsberger o Heinz Drache en el lado de los buenos y el jovencito aunque ya perpetuamente maligno Klaus Kinski en el contrario, amén de haber sido una de las corrientes cinematográficas que introdujo el jazz como columna sonora en el cine europeo- y otro en los proto-gialli que Mario Bava proponía en Italia con sus trabajos fundacionales en I Vampiri (terminando lo que Riccardo Freda dejó a medias, como era su costumbre) en 1956 y su ya autónoma La muchacha que sabía demasiado de este mismo 1962. Curiosamente idénticos referentes que los manejados aquí están presenten en tal fecha por el reivindicable Eugenio Martín para su Hipnosis, tercer largo del autor y ya directamente una coproducción tripartita con Alemania. Eso sí, con bien diferentes resultados producto de la manera en la cual, la sensibilidad mórbida y perversa de Franco termina empujando el relato hacia derroteros divergentes de los de la historia meramente policiaca. Aunque por desgracia esto solo suceda a medias y la película termina quedándose en una tierra de nadie, entre apuntes y fogonazos de lo que pudo haber sido, adoleciendo en su conjunto de la sofisticación y el constante ingenio, no ya de logros mayúsculos como la mencionada Miss Muerte, una de las obras maestras del fantastique de los 60, sino del memorable tercio final de este mismo film. Prácticamente solo en esa conclusión el realizador se desata dejando que la vena fantaterrorífica de la película fluya con libertad y logrando, entonces sí, logros de verdadero mérito.

De esta manera la primera parte se centra en la investigación por parte de un periodista (el excelente característico Fernando Delgado) sobre los asesinatos de carácter sexual que se están cometiendo en un pequeño pueblo y que los lugareños relacionan con la maldición que pesa sobre la nobleza local por culpa de un sadiano antepasado de los mismos. Ya aquí Franco articula algunas de sus futuras constantes (crímenes fetichistas, resabios del Marques de Sade, campechano sentido del humor o presencia ritual del gran Howard Vernon, cuya sola presencia física ya convoca los peores augurios y es manipulada por Franco para conseguir un efecto determinado sobre la audiencia) pero con un estilo excesivamente envarado, que si bien resulta en todo momento elegante, sirvan las películas de esta época, especialmente aquellas en suntuoso blanco y negro par desterrar la idea de un Jesús Franco chapucero y manazas que en absoluto se corresponde con la habilidades reales de un director extraordinariamente dotado, que por diferentes motivos prefirió escoger un camino improvisatorio que no tenía retorno, ni salida más allá de la automarginalidad. Pero como quedó apuntado las virtudes más crujientes del invento (potente secuencia pre-créditos aparte) se agolpan en su tramo final, con un Hugo Blanco desatado (el intérprete argentino repetiría un par de años más tarde en El secreto del Dr. Orloff, en la que nuevamente se emplea con acierto su inquietante ambivalencia de su físico) empujando a su personaje al delirio fatalista imbuido por la creencia de que su antepasado le impele a repetir sus actos y contemplando obsesivamente el pantano donde este murió en un ramalazo de enfermizo romanticismo. Por supuesto no pueden olvidarse (imposible) momentos tan subyugantes como la seducción/tortura en el sótano, la secuencia cumbre de la película y una de las perlas de toda la filmografía del autor, que comienza en una cama con espejo en el techo, utilizado en una complejísima coreografía visual que cambia el plano y el eje sin cortar la continuidad, y culmina con la pobre víctima (la vedette argentina Gogó Rojo, la cual, cortesía de las dobles versiones se luce a gusto) colgando por las muñecas de unas cadenas en un numerito sadomasoquista absolutamente franquiano.

Album Jesús Franco

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