Poeta del derribo: Joseph H. Lewis y The Invisible Ghost. Siguen los “Reyes de la serie b” en Cinearchivo

Tercera entrega de la serie Reyes de la serie b en Cinearchivo, dedicada en esta ocasión a redescubrir el talento sintético y la rara poesía de Joseph H. Lewis, director que, si bien ha pasado a historia gracia a la formidable obra maestra que es El demonio de las armas cuenta con una filmografía todavía por explorar en su mayoría. Este primer bloque se centra en un cuarteto de títulos de los años 40, la demencial The invisible ghost de 1941, el thriller paranoico-femenino My name is Julia Ross del 45, el muy sólido police procedural Relato Criminal y, por supuesto, esa cumbre del arrebato que es El demonio de las armas, ambas filmadas en 1949. Como no resulta difícil de deducir me hago cargo de la primera cronológicamente, la muy desbarrante e hiperbarata The invisible ghost. Una pequeña delicia del cine-derribo más saleroso que pude conocer y ver a través del empeño del Quimérico Inquilino desde su blog Madhouse, perpetuamente empeñado en desenterrar este entrañable tipo de producciones olvidadas por el tiempo. A la espera de la siguiente entrega sobre la carrera de Lewis en los 50 esto es lo que hay: The invisible ghost

 

 

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“(…) este tipo de producciones de ínfimo presupuesto al servicio de un divo caducado como era ya el entrañable Béla Lugosi de 1941 eran cosa de cada día en aquel periodo durante el cual todavía funcionaban a buen ritmo productoras pequeñas como la Monogram, responsable de este The Invisible Ghost y prioritariamente especializada en la elaboración de seriales, durante los 30 principalmente westerns y ya en los 40 de mayor variedad con el llamativo éxito del detective Charlie Chan. A estas alturas Joseph H. Lewis era ya un director altamente experimentado que había pulido su oficio en el infrapresupuesto desde mediados de los 30 facturando multitud de títulos, con especialización en el western, primero en la Universal y luego en la Columbia. Con estas cualificaciones había desembarcado en Monogram en 1940 haciéndose rápidamente cargo de un terceto de películas para los «East Side Kids» (Boys of the City, That Gang of Mine y Pride of the Bowery, todas en el 40), una especie de «Dead End Kids» del pobre con los cuales la modesta productora intentaba aprovecha el tirón de aquellos «ángeles con las caras sucias» que había puesto de moda la Warner a finales de la década anterior. Lewis maneja aquí, por tanto, unos recursos paupérrimos, una interprete amanerado fabricado en madera y un guión que no hay por donde cogerlo que se arrima a su particular manera a la fiebre psicoanalítica del periodo.” (continuar)
“(…) Han pasado veintiún minutos de película, después se sucederán los crímenes, las apariciones de ultratumba, los diálogos absurdos y la cháchara pseudocinetífica. Una delicia. ¿Cómo logra entonces Lewis soslayar en los posible el material que tiene entre manos y mantener la película viva? Lo primero no dando tregua, no dejado que el espectador asimile un hecho plantándole otro encima de forma inmediata y lo segundo jugando con cuatro o cinco elementos atmosféricos, desde la abstracción nocturna de los paseos de la esposa poseídos por un cierto hálito de poesía de ultratumba en clave pulp, hasta una cámara ágil que se mueve lateralmente por el decorado sin respetar las paredes o con una planificación que a veces juega a la modernidad con la profundidad de campo y en otras ocasiones usa la mímica teatral de los intérpretes para sacar a relucir un cierto regusto primitivo, cercano al silente. Y, por supuesto, dejando a su star explayarse a gusto recurriendo a todos sus trucos escénicos, sin repara en el movimiento envarado del intérprete y fiándose de lo que todavía queda de su magia.(…)” (continuar)
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