Bajo la influencia: Screaming Mimi, eróticas psicopatologías en clave de noir barato. Mucho pulp, más Anita Ekberg

Screaming Mimi

Director: Gerd Oswald

1958

USA

79 min.

Fotografía: Burnett Guffrey

Música. Mischa Bakaleinikof y Red Norvo Trio

Guión: Robert Blees según la novel de Fredric Brown The Screaming Mimi, 1949

Reparto: Anita Ekberg, Philip Carey, Harry Townes, Gypsy Rose Lee, Red Norvo, Linda Cherney, Romney Brent, Alan Gifford

Hay películas nacidas para el culto, películas con la rareza como impronta que necesitan del secreto (muchas veces secreto a gritos) para desplegar todo su serpentino encanto y cuya influencia es al tiempo negada y evidente. Screaming Mimi es de esas. Rodado en 1958, producida por los independientes Harry Joe Brown, fértil asociado de los grandes Budd Boetticher y Randolph Scott en el ciclo Ranown, y Robert Bellows, un veterano de distintos estudios que se había asociado con John Wayne durante los primeros 50 (curiosamente al productora de ambos Batjac, fue quien puso en pie Seven men from now en 1956, año1 del tándem Boetticher-Scott), y dirigido por el reivindicable Gerd Oswald, director de carrera esquiva y ya abonado al culto con un film previo, Un beso antes de morir (1956), que comparte algún aspecto (la falsedad de la apariencia) con el presente.

La combinación de bajísimo presupuesto, nula repercusión en su día y largo olvido hasta hace bien poco unida al combinado pulp de nocturnidad obsesiva, voluptuosidad erótica, jazz, perversidad sexual, rubias, crímenes, bailes, locura… la convierten en pieza mayor de lo excéntrico y más cunado para reconocer su verdadero impacto hace falta realizar un brusco reencuadre que zarandee desde la Norteamérica de 1958  a la Italia de 1969 en tres pasos Fredric Brown, Gerd Oswald y Dario Argento; de la narrativa paperback de portadas chillonas al sello blanquinegro menos que “b” y de ahí, recoloreado mediante, al giallo mediterráneo en su formato más distintivo e identificable. Parapetado tras la oscuridad de Screaming Mimi, novela y película, Argento recicla el argumento, la “ideología”, las constantes erótico-morbosas, las pulsiones perversas de toda índole, el fetichismo (sexual, escenográfico, objetual) la idea de la equivocación del punto de vista o la mirada, temática central y preferente del giallo, como proveedora de engaños y no de certezas, lo cual deja la espectador literalmente agarrado al vacío ya que ni siquiera puede confiar en lo que sus propios ojos ven (a través tanto del protagonista, como conductor como por si mismo), uno de los rasgos más fascinantes aportados por Argento al género, uno de los más sutiles también. Rechazada primero, escamoteada después, esta verdad tras El pájaro de las plumas de cristal como adaptación (libre o no tanto) del texto de Brown, más que como remake del film de Oswald, está aceptada ya hasta el punto de aparecer incluso referida como oficial y no solo oficiosa.

En cualquier caso, y más allá de pantanosos componente éticos, Screaming Mimi se erige, fuera de su interés como película, que lo tiene y no precisamente poco, como pieza histórica. Argamasa con la cual se levantó uno de los géneros más absorbentes del cinema bis europeo, cuyas raíces literarias se moverían entre Edgar Wallace, Boileau-Narcejac y el propio Frederic Brown, sin desdeñar a Poe, los Diez Negritos de Agatha Christie, la literatura de kiosko o el fumetto nero, mientras las cinematográficas se centran en títulos concretos como objeto a canibalizar, algunos compartiendo estos referentes literarios, por ejemplo Las diabólicas (Henri George Clouzot, 1954) o Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)  según La que no existía y De entre los muertos, respectivamente, ambas del dúo Boileau-Narcejac o esta misma Screaming Mimi, aceptando luego la participación en distintas dosis y combinaciones de, y sin mayor ánimo de exhaustividad, La escalera de caracol (Robert Siodmak, 1945), A pleno sol (René Clement, 1959) y con el la posibilidad de añadir a Patricia Highsmith a la ecuación, Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), Blow-up, (Michelangelo Antonioni, 1966), Repulsión (1965) y La semilla del diablo (1968), ambas firmadas por Roman Polanski, La piscina (Jacques Deray, 1969) o Terror Ciego (Richard Fleischer, 1971), algunas de ellas ya presentando su propia intoxicación gialloesque, en alegre retroalimentación, y sumando además bloques genérico-industriales como el krimi alemán, esto es, las adaptaciones de Wallace por parte de la Rialto lo largo de la década de los 50 y parte de los 60, los thrillers psicológico-desquiciado-familiares escritos por Jimmy Sangster parala Hammer en Inglaterra a principios de los 60 o la propia mutación del gótico italiano. Un tapiz muy rico, abierto a jugosas variaciones para un género, como se puede intuir, hijo de muchos padres, deliciosamente bastardo.

Como quedó dicho la película en si ofrece valores personalísimos y extrañeza suficiente para ser disfrutada fuera de esta característica historiográfica. Por ofrecer ofrece incluso la sorprendente constatación del paralelismo con la obra/obsesiones(¿no son lo mismo?) de Jesús Franco al anunciar formal y conceptualmente los recurrentes sexy-shows del madrileño; combinaciones suntuosas de fetichismo sadomaso (aquí leve, claro está), tortuosidad psicológica (aquí están planteados con forma de simbolismo cuasi psicoanalítico) y palpitaciones jazzisticas (aparición estelar de Red Norvo en esta ocasión) que se constituyen, al tiempo, en piezas autónomas y elementos claves para trama (si la hubiere) y desarrollo de los personajes en sus claves más escondidas, expuestas así en formato subliminal.

Aquí encontramos a una más que curvilínea Anita Ekberg ejecutando una danza entre cuerdas, encadenada y con al ropa rasgada que hace un tiempo fue víctima de un intento de asesinato que al hizo enloquecer y que ahora, bajo una nueva identidad, vive subyugada a sus antiguo psiquiatra con al excusa de que solo él puede mantener su neurosis bajo control (lo cual introduce otro elemento delirante/pulp extra al conjunto: la hipnosis). En medio de todo se inmiscuirá un periodista guaperas que investiga un crimen cometido recientemente sobre al figura de otra stripper que apareció apuñalada en el estómago y con una siniestra figurita femenina junto al cuerpo, la “Mimi chilladora” del título, idéntica a la que Yolanda (la Ekberg) guarda en su camerino y no casualmente (des)vestida en modo muy similar al modelito que luce en su show. No mucho después esta es asaltada, o supuestamente asaltada, y al parecer defendida solo por su enorme dogo. Sweeney, el periodista se lanza a desentrañar el misterio indagando en el pasado de la rubia misteriosa y su inquietante novio/manager/protector, para descubrirla verdadera naturaleza interdependiente de la pareja y que la propia muchacha es la modelo de la muñeca, aunque involuntaria ya que esta inmortaliza su gesto durante el asalto sufrido en el pasado y del cual fue salvada in extremis.

No quiero en esta ocasión destripar demasiado, ya que los giros y contragiros son elemento indispensable de un film que juega con la dosificación de la información y la certeza de la credibilidad del punto de vista elegido, el periodista/investigador Sweeney proponiendo la jugosa idea de que este, en realidad, quizás esté malinterpretando el mensaje. Por desgracia el film se debate entre las sinuosas posibilidades del relato y las del ambiente, entre privilegiar la trama propiamente dicha y potenciar todas sus múltiples desviaciones, muchas probablemente ni siquiera intuidas por los responsables del invento -entre ellos el guionista Robert Blees involucrado, entre toneladas de series televisivas en los libretos de obras como Obsesión (1954) de Douglas Sirk  Autumn Leaves (1955) de Robert Aldrich o el estupendo noir a colores de Allan Dwan Ligeramente escarlata (1956), según una novela de James M. Cain-, tal es su sorprendente modernidad, al borde siempre del exploit saleroso,  y sugerencias turbadoras. O limitarse a un espectáculo en clave de mirón (hay que observar como Oswald encuadra insidiosamente a los varones que babean ante sus numeritos) al servicio de la rotunda anatomía de Anita Ekberg, hembra-cohete de desafiante erección propia, y del club donde ocurre gran parte (demasiada parte) de la película y donde no solo se privilegia la intervención del combo de Red Norvo sino que la mítica estrella del burlesque Gypsy Rose Lee tiene un papel secundario y regala una paródica versión del Put the blame on mame inmortalizado por Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946). Perjudicado por esta intermitencia de estilo/intenciones, y también por el horrible reparto masculino, los estólidos Philip Carey y Harry Townes, queda un título forzosamente desequilibrado, e incluso desaprovechado, pero rebosante de autenticidad, un noir insólito, retorcido y vicioso, con una puesta en escena de aterciopelado barroquismo, más elaborada conceptualmente de lo que pueda parecer -la genial noche romántica iluminada alternativamente solo por un cartel de neón o el constante recurso a espejos y reflejo, ambos recursos que sugieren la naturaleza “doble” u oculta de la protagonista- y definitivamente un trabajo a descubrir o desenterrar para colocarlo junto a piezas tan rompedoras Murder by contract (1958) de Irvin Lerner o el Blast of silence (1961) de Allen Baron entre otras procedentes de ese lugar de transformaciones, dudas y caminos cruzados que fue el cine americano a caballo entre las décadas de los 50 y los 60.

 

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