Ceci n’est pa un film: “¿Qué?”. El Polanski sátiro-absurdo para Cinearchivo

Nuevo dossier veraniego en Cinearchivo dedicado a una revisión integral de la obra de Roman Polanski,que se divide en dos entregas, abarcando este primer arco temporal entre sus inicios polacos en el cortometrajismo a mediados/finales de los 50 hasta la espeluznante  obra maestra que es El quimérico inquilino ya en 1976: Especial Polanski parte I

Por mi parte me encargo de rescatar el generalmente orillado, cuando no directamente despreciado, juguete erótico-absurdo ¿Que?. Cuerpo menos extraño de lo que pueda parecer que reincide en muchas de sus obsesiones (la ficción becketiana, el dominio y las estructuras de poder, la claustrofobia, el fetichismo sexual,…) y que bien merece ser observado desde puntos de vista más elásticos: FichaFilm.asp?IdPelicula=156&IdPerson=16038

¿Qué?, 1973

“En 1968 Christian Marquand firmaba la deliciosa sátira sexual Candy, donde una devastadora Ewa Aulin encarnaba al epítome de la inocencia sexy sobre el escandaloso original del 58 escrito por el gran Terry Southern en compañía de Mason Hoffenberg. Aquel «libro sucio» hubiera sido un excelente film polanskiano y no resulta descartable que fuera entonces cuando prendiera en el polaco la idea de realizar su propia Candy, máxime cuando ese mismo año participase con una aparición especial en Si quieres ser millonario no malgastes el tiempo trabajando ( 1969) otra comedia muy de la época que adaptaba a Southern. Tras la reivindicable Macbeth (1970), insólitamente coproducida por Playboy, y a la altura de 1972 se decidía a lanzarse sobre el tema, descartando un absurdo proyecto entorno a un depravado productor de cine al cual debería haber encarnado Jack Nicholson, con su propia mirada sobre una cándida turista americana atrapada en una casa de sátiros, bombardeada por todo tipo de estímulos sexuales. De tal modo, acompañado por su entonces fiel coguionista Gérard Brach comienza a perfilar una historia, libérrima y procaz, un cuento galante que mezclaría maldad e ingenuidad a partes iguales y la cual, en aquel momento, se iba a desarrollar en una estación de esquí, lugar en el cual se estaba escribiendo el invento tal y como cuenta Diego Moldes en su Roman Polanski. La fantasía del atormentado (Ediciones JC, 2005). Cambios y más cambios después, abandonada la idea del productor protagonista ya comentada y transformada la aspirante actriz en una intrépida viajera Carlo Ponti entra en al ecuación dando, no solo luz verde a la posibilidad de semejante película, sino facilitando el traslado a una luminosa Italia, un nuevo contexto solar y sensualista que se redondeaba con el préstamo de su propia mansión en Amalfi, a orillas de golfo de Salerno. Un escenario rematadamente perfecto, tanto por remitir a previos trabajos del autor, extremando la condición de huis clostan querida por el realizador, como por aportar ese aire decadentista, mezcla de horterez y lujo, de exceso grosero y sofisticación desganada. Un laberinto de espacios saturado de arte moderno en el cual se extravía, incapacitada para escapar de una narración circular que solo será rota por la autoconsciencia. En un golpe de genialidad, o de fortuna, la encargada del personaje será una actriz prácticamente desconocida y archibella: Sydne Rome. Americana, desbordante de sens(x)ualidad incosciente y con un físico de fumetto. Ingenuidad irritante, ojos enormes, rizos imposibles. La perfecta heroína naif, Caperucita entre lobos lúbricos.

El estrafalario resultado final resulta ser una curiosa variación de su previa Cul-de sac / Callejón sin salida (1966) y una particularísima apropiación «erotificada» de Alicia en el país de las maravillas sobre la que se aplica la (i)lógica surreal-sensualista de los cómics de Milo Manara (el propio físico de la Rome es por completo «manarianao»), a los cuales se refiere estéticamente con notable claridad y donde se da rienda suelta a diferentes filias eróticas con especial incidencia en el voyeurismo y el samosasoquismo —uno de los momentos más afortunadas y cómicamente grotescos, el juego de rol con Marcello Mastroiani disfrazado de león será curiosamente replicado por el propio Polanski en similares términos pero desde una óptica más oscura y tortuosa que la radiante solaridad de este film en su magistral Lunas de hiel (1992)—. Un artefacto decididamente posmoderno (autorreferencial, autoconsciente, y todos los «auto» que se quiera), estrafalario, juguetón y caótico, de singular parentesco con el estupendo giallo El ojo del laberinto firmado por Mario Caiano en el mismo 1972, que no solo es una mirada burlona sobre el erotismo y la comedia erótica a la moda, sino que extiende sus veneno en una construcción más sofisticada de lo aparente, nunca lograda al completo esos es cierto, que supone una mirada irónica y distanciada sobre el mismo hecho fílmico y sobre su tiempo, los primeros 70. Algo que se extiende desde el sarcasmo con el cual se trata el arte —la pieza más valiosa y adorada será la propia Nancy, especialmente desde que se convierta en cuadro viviente por mediación de un pintor de brocha gorda que, en una arrebato genial, le pinte una pierna de azul visón esta que provoca que el anciano Noblart (Noble–arte, obvio juego de palabras muy del gusto de Southern, por cierto) aparte su obsesión por el objeto y la centre en el sujeto, convenientemente «objetualizado», eso sí— hasta la ironía de la banda sonora, ridículamente hermosa, casi incongruente y que, nueva interferencia con el futuro, incluye un extracto de La muerte y la doncella de Franz Schubert. Pero desde luego es el propio cine el que más sufre lo latigazos de Polanski, no ya que se arriesgue, y en muchos aspectos falle debido a la dificultad escondida en el empeño, a una narración repleta de acciones inconclusas, gags alargados de manera exasperante, ritmo desafiante, grosería de fondo frente a elegancia formal (maravilloso uso de la cámara en mano, extraordinario dominio del encuadre y el espacio), sino que construye una farsa sobre una farsa que desvela solo al final su verdadera naturaleza, cuando Nancy, completamente desnuda al fin y huyendo de la mansión en un camión de cerdos (sic.) le diga al galán-chuloputas incorporado por un ultraparódico Mastroiani que esa es a única manera de que al película termine, rompiendo alegremente la cuarta pared y el pacto de suspensión de la incredulidad. «¿Qué?» replica él . «Ese es el título del película» contesta ella.

Repensando el film a partir de aquí, podemos verlo, «magritteianamente», no como una película sino como la imagen (idea) de una película, donde los personajes están ajustados a un rol predeterminado y unívoco del cual no pueden escaparse, apenas variar, por eso sus diálogos y actitudes repetidas y codificadas, de ahí la duplicación de secuencias con ligeras variaciones, de ahí que nada parezca tener final y todo sea un constante recomenzar. Esta es una ficción desmemoriada que solo puede ser rota por un personaje que se decida a salirse de si mismo, en esta caso Nancy. Quizás esto de cierto sentido al absurdo, quizás solo sea una sobreinterpretación, en palabras de Umberto Eco. Quizás ¿Qué? sea exactamente lo que parece, un divertimento picante e inconsecuente, quizás.•”

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