El pasado muerde: “Crime Wave”, en las negras entrañas de André De Toth. Autor, artesano, cineasta.

Tal parece que, puestos a la cola, los grandes cineastas olvidados esperan turno para la reivindicación. Entonces alguien canta un número, sale el que toque y todos nos ponemos a escarbar en su vida y milagros entre el asombro y la vergüenza. Desengañémonos, en el 90% de los casos alguien ya lo ha hecho antes que nosotros y si no lo ha hecho es porque, en realidad, tampoco merecía tanto la pena. Pero comodice Eef Barzelay en esa golosina titulada Girls don´t care: “Don’t say that you won’t do it/‘cause it’s been done before

De esta manera cada cual apoya la causa en la medida de sus posibilidades, empuja para revalorizar lo que había perdido el brillo o lo que seguramente nunca lo tuvo, imponiendo, a la fuerza y con éxito moderado, una revisión de la inefable “política de autores” que al final resulta ser la misma política pero con distintos autores. Desde luego todo esto es una operación necesaria y refrescante para el panorama de popes apolillados, nombres repetidos de santoral cinéfilo o estatuas de puro mármol, de puro talento, de puro magisterio, algunas también de pura naftalina. Pero también se corre el riesgo de pasarse, de que la euforia haga ver chiribitas y que el olvidado se convierta de golpe en indiscutible, en nuevo canon. En ese momento toca empezarlo todo de nuevo.

André De Toth podría ser perfectamente el (pen)último de nuestros nuevos favoritos, un número arriba o abajo de John Brahm, de Jack Clayton, de Rowland Brown, de Phil Karlson,…

En el estudio (¿único?) que Antonio José Navarro le dedicó en la fundamental revista Dirigido Por (Marzo/Abril 2009, nº 387-388) el propio De Toth se expresaba así:  “Quizás resulte extraño, pero a lo largo de mi carrera jamás pensé ¡vamos a hacer arte!. Simplemente me gustaba hacer películas. Eso es todo

Por su parte Navarro define con exactitud a toda una especie de cineastas a la cual De Toth pertenece con orgullo: “(…) un cine provisto de una mirada seca, limpia, organizada(…). Una mirada, indiscutiblemente personal, de ningún modo expuesta en primer término, acaso porque De Toth era consciente de cuanto tiene de oficio la creación cinematográfica: hacer lo mejor posible aquello que debe hacerse, afrontando toda clase de limitaciones”. Una sentencia que es un modo de vida, extraño en tiempo de directores sin oficio que quieren ser autores antes de saber hacer películas, e igualmente marciano ahora que exaltamos al sabor del mes sin querer ver, o sin saber siquiera, que su cine era viejo hace treinta años.

Crime Wave, un nervudo policiaco de 1954, es un pieza de esta solidez, de esta mirada pétrea, tan buena como cualquier otra en su forma de ejemplificar el discurso, la ideología fílmica, si se quiere, de su responsable. En ella está presente la entraña más caliente del cine, y el hombre, según De Toth. Donde los personajes se mueven “(…) en un mundo traidor donde el engaño y el cinismo están encaminados a una sola meta: sobrevivir” Así lo expresa Martin Scorsese que en su monumental A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies (1995), donde ya reivindicó al cineasta colocándole en las filas de los “contrabandistas”, aquellos directores personales que colocaban su impronta en productos dentro del sistema, aunque como en el caso del presente lo realizase en la afueras del mismo, más cerca del Poverty Row que del Studio System estelar.

La estructura es ejemplarmente  clásica: el hombre acosado pero las circunstancias. Un ex-convicto que ve como su pasado vuelve sobre él. Por un lado con la forma de un terceto de compañeros huidos que lo fuerzan a participar en un golpe suicida llegando para ello a amenazar a su esposa (Phyllis Kirk). Por el otro, y de manera no menos cruel, encarnado en un repulsivo agente de policía fascistoide (De Toth lo iguala a los criminales desde el mismo momento en que este emplea la coerción sobre la esposa, deleitándose en martirizarla psicológicamente, obligándola a ver como humilla a su marido esposándolo frente a ella) a la hora de presionar al ahora reinsertado protagonista: para él nadie se reforma, nadie cambia y en consecuencia le amedrentará con la retirada de su libertad condicional y no tendrá miramientos en recordarle que le usará mientras le convenga y luego lo desechará. Por cierto que resulta curioso como este esquema podría ser perfectamente aplicable a un western de modo análogo a como muchos de los western del cineasta, especialmente los de su ciclo para Randolph Scott, está inoculados de noir.

El film es esencial y despiadado, de un naturalismo áspero contrapuesto a un no menos crispante expresionismo en un curioso dispositivo que identifica a cada uno de los antagonista con una solución plástica: el policía, soberbiamente interpretado por un brutal Sterling Hayden, está expuesto a la luz lechosa de la comisaría y recogido en leves contrapicados. Un entorno de raíz documental y directa, hasta sórdido (la panorámica que da cuenta de la patética clientela de la comisaría), a juego con la tipología y vestuario del resto de policías. El héroe, al cargo del estoico Gene Nelson (un actor rematadamente mediocre, hay que decirlo, pero cuyo rictus entre gélido y resignado casa bien con las intenciones del director), aparece en cambio rodeado por sombras, enmarcado por una planificación/iluminación estilizada, típicamente expresionista “a la americana” en muchos instantes, que bien puede ser íntima -tumbado en la cama junto a su esposa, ambos recogidos en un expresivo primer plano compartido o el esplendido uso del fuera de campo en ese momento en el cual ella le pide que no conteste el teléfono y De Toth solo encuadra las manos de ambos durante tosa la conversación- como ominosa -la pelea entre Bronson y Nelson solo iluminada por el haz de luz que sale de la puerta entreabierta del dormitorio-.

Violencia, desesperación, traición. Todos los personajes se encuentran en estas situaciones a lo largo del film y solo de ellos, de su disposición moral, depende el ejercerlas. Así todos se definen por lo que hacen y por como lo hacen, por sus gestos de criaturas con un pie en la realidad más ácida y otro el universo pulp: el palillo en la boca de Hayden en lugar de un cigarrillo que intenta dejar (y que solo recupera al final, cuando pese a intentar ser agradable sigue resultando intimidante), la sonrisa idiota de Charles Bronson y su gesto obcecado y feliz al machacar al alcoholizado veterinario que ejerce de médico para criminales (Jay Novello), el rictus oligofrénico, babeante, del genial Timothy Carey ante la visión de la esposa de Gene Nelson, la amabilidad pegajosa de Ted de Corsia, cerebro de la banda.

Pero también la planificación, la puesta en escena se define por sus actos, por la acción. Así el film se abre con un plano desde un coche que preludia el calamitoso asalto a una gasolinera y similar recurso se empleará en el golpe, igualmente desastroso a un banco. Lo cual sirve a De Toth para, por un lado otorgar verismo facilitando el rodaje en escenarios naturales e incluir al espectador de forma directa en la acción (narración) y por otro para, sutilmente, avisar de al analogía entre un hecho conocido y otro por conocer de resultados muy similares al final. Ambos golpes están además resueltos con similar virulencia, aunque el del banco resulta más brillante y llamativo gracias a al amplitud del espacio, los diferentes puntos de vista y la relampagueante eficacia del montaje y el movimiento dentro del plano.

Frenética, pero nunca atropellada, amarga hasta en el obligado final esperanzador, Crime Wave define la ética del cine barato, su valor testimonial, urgente sobre una época,la América de mediados de los 50 que se expone con crudeza pese a los llamativos adornos de género y cuya historia de emoción al límite se reduce a comprobar que un hombre no puede reformarse porque, sencillamente, no van a dejarle. Su cotidianidad, su vida misma, son un espejismo, un teatrillo que depende de la voluntad de terceros, no de la propia, definitivamente extirpada.

Crime Wave (Ciudad de tinieblas)

Director: André De Toth

1954

USA

73 min.

Fotografía: Bert Glennon (b/n)

Música: David Buttolph

Montaje: Thomas Reilly

Guión: Crane Wilbur, Bernard Gordon, Richard Wormser

Reparto: Sterling Hayden, Gene Nelson, Phyllis Kirk, Ted de Corsia, Charles Bronson, Jay Novello, Timothy Carey, Nedrick Young, James Bell, Dub Taylor, Gayle Kellogg

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Kiffer dice:

    Magnífica película. Yo la conocía como “Ola de crímenes”. Otro director a recuperar con sus soberbios westerns, protagonizados por Randolp Scott.
    Mención aparte al guionista Crane Wilbur, autor del guión de House of Wax, también de André de Toth, y director de una joya: “The Bat”, protagonizada por Vicent Price y Agnes Moorehead, basada en una novela de Mary Roberts Rinehart (la Agatha Christie americana).
    Felicitaciones por el acierto.
    Kiffer.

    1. Parece ser que se ha pasado en televisión y no se si editado en DVD con ese “Ciudad de tinieblas”, un invento absurdo frente al correcto “Ola de crímenes” que tú citas, pero en fin…ya se sabe como van esas cosas.

      Tomo nota de ese atractivo “The bat”, muy afradecido.

  2. Duke dice:

    Adrián, échale también un vistazo a Day of the Outlaw (1959), que es lo mejorcito que hizo De Toth, al menos para un servidor.

    1. La vi, la vi…un western crudísimo, tan gélido y penetrante como el entorno nevado o su riguroso blanco y negro. Tremendamente moderna en más de un sentido. Concuerdo en que es de lo mejor suyo.

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