Conozco a un tipo que…: “Gente de Sunset Boulevard”. Lo patético y lo ridículo pero no lo sublime.

Continuación de los reciclajes del ferragosto con una reseña originalmente escrita para Cinearchivo pero que, como parece haber sido devorada por los duendes de internet,  repesco aquí para evitar que se pierda definitivamente . Una sátira crudísima y dolorosa, una herida salada que se nota vivida en carne propia, y una obra de nulas concesiones que pasó sin pena ni gloria en su momento:

Gente de Sunset Boulevar (Mistress)

Director: Barry Primus

1992

USA

109 min.

Fotografía: Sven Kirsten

Música: Galt MacDermot

Montaje: Steven Weisberg

Guión: J.F. Lawton & Barry Primus

Reparto: Robert De Niro, Danny Aiello, Martin Landau, Robert Wuhl, Eli Wallach, Jace Alexander, Sheryl Lee Ralph, Tuesday Knight, Jane Smart, Christopher Walken, Vasek Simek, Laurie Metcalf

Una de las cosas que más impresionan de ver Gente de Sunset Boulevard (estúpido título español para el sincrético original Misstress, algo así como “la querida”, porque ese es el asunto: cada uno que ponen dinero exige que su amante tenga un papel) es la sensación de que todos los actores están interpretando a alguien al cual conocen bien. Que todos esos pintorescos tarados, inseguros, ególatras y ridículos patanes con ínfulas y delirios de grandeza son gente muy real, de que ese es, sin adulterar ni estilizar, el día a día del patio trasero de la industria.

Pero además, este logro puramente verista y de amarga autenticidad no perjudica a una película mucho más ambiciosa de lo que su forma destartalada deja entrever (algo hay del no-estilo de Woody Allen, ese uso del teleobjetivo por ejemplo, pero también existe la posibilidad de un efecto buscado y potenciado por un feísmo que se extiende a la fotografía y a la banda sonora), al contrario, su anodina puesta en escena alrededor de localizaciones cutres y vulgares o su estética tristona y apagada, benefician una voluntad metatextual rica en complejidades. De esta manera y avanzando, por otras vías, a los Philip Kauffman y Sike Jonze de El ladrón de orquideas (Adaptation 2002) el film se escribe a si mismo, satirizándose sin piedad e igualmente hace funcionar sin aparente esfuerzo ni subrayados un mecanismo de espejos en torno a un guión olvidado sobre un artista que se suicida por no venderse, trasunto del actor (un genial Christopher Walken con una sola escena imborrable filmada a là Scorsese, por cierto) protagonista de la única y maldita película del personaje principal al cual interpreta Robert Wuhl (un actor habitualmente monocorde y mediocre, sobresalientemente dirigido aquí). Pero, y esto es lo interesante, toda esa (doble) historia es a su vez la metáfora del mismo film que estamos viendo, punto por punto: un guionista-director de gran conciencia artística y autoral que se ve obligado a cambiar constantemente su obra en combate contra una maquinaria que le tritura, hasta que cercado se quita la vida. Claro que nuestro héroe al final no se mata, al menos no físicamente, hace algo peor, renuncia a vivir (una vida fuera del cine que le ofrece su mujer, la televisiva Laurie Metcalf) y se entrega a un círculo del infierno con solo descolgar el teléfono y poner de nuevo la fábrica en marcha. Un cierre demoledor que resultaría trágico de no ser patético.

Insistentemente comparada con El juego de Hollywood (The Player 1991), muy pocos rasgos en común guardan, más allá de ser una sátira del mismo negocio. Lo primero porque en realidad no tratan de lo mismo y ni siquiera del mismo ambiente, mientras una escarba en las miserias del oropel, la otra es directamente miserable. El lado oscuro de los triunfadores contra unos tipos que persiguen a Ernest Borgnine en un parking de supermercado.

Dirigida y co-escrita (junto a J.F. Lawton guionista  nada menos que de Pretty Woman) por el actor Barry Primus (característico en cine y televisión, especialmente recordado por su personaje en Cagney y Lacey) y realizada gracias al decisivo concurso de Robert De Niro en la producción (recientemente a reincidido con otra parodia de las interioridades del mundillo en Algo pasa en Hollywood, junto Barry Levinson) y a un cast de primera, que no solo incorpora al mismo De Niro haciéndose sangre sin miramiento alguno, sino que tiene a un Danny Aiello tan bien como suele (presente en 1993 en otra cinta de similares planteamientos pero muy pobres resultados, El Pepinillo, dirigida por un acabado Paul Mazursky), a un recuperado Eli Wallach (impagables su look) y especialmente a un Martin Landau antológico como productor venido a (mucho) menos que se arrastra sin dignidad de ningún tipo con sus ojillos suplicante de perro abandonado en una interpretación tan buena o mejor que su performance como Bela Lugosi caducado a las órdenes de Tim Burton en la excelente Ed Wood (1994).

Estructurada sobre tres actos bien diferenciados en tono e intenciones (el primero una descacharrante ronda de restaurantes a la caza de inversor plagado de diálogos vertiginosos, observaciones agudas y un tono de farsa virulenta verdaderamente conseguido; el segundo abiertamente simbólico, profundamente dramático y humorísticamente ennegrecido que pivota morbosa y lúcidamente sobre el suicido como única opción par conservar la integridad; y un tercero, más flojo y excesivamente caricaturesco que tiene lugar en una fiesta donde deben cerrarse los contratos y que adopta un aire casi de vodevil), sabe endulzar la brutal amargura de su discurso a base de réplicas ingeniosa y acierta al hacer pasar por crónica literal lo que es en realidad una ejercicio de abstracción absoluto, desde esa ciudad desangelada y suburbial a unos personajes de commedia dell’arte que son figuras grotescas en medio de un drama existencial. Porque en realidad, lo que exhibe impúdicamente esta joya necesitada de una mejor difusión y un mayor reconocimiento es que todo es un circo de quejas, negocios y chorradas, un engaño consciente para no afrontar el fracaso o más bien la imposibilidad del triunfo.

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