“Pero es tan difícil luchar contra mí”: “De latir mi corazón se ha parado”, convulsiones, tensiones y remakes. De James Toback a Jacques Audiard para Ultramundo

Pero ahora sé que ya no soy un hombre, soy dinamita bajo este sol
Y sé que he traicionado todas las leyes de la seducción
Yo que creí que sería igual que cuando luche y vencí a la muerte
Y a la ley, pero es tan difícil luchar contra mí

Aprovechando la reedición por parte de emon de este título de Jacques Audiard un recuerdo conjunto para el film, rabioso y olvidado, que le dio lugar: el Fingers de James Tobak que ya pasó por aquí en Octubre del 20009.

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“De latir mi corazón se ha parado, en aquel momento, año 2005, suponía la cuarta película del formidable Jacques Audiard. Se llevaba un puñado de premios que confirmaban al director como uno de los cineastas franceses más importantes de la actualidad y venía acompañada por la sempiterna coletilla de la rareza que suponía que fuese el remake de un oscuro título norteamericano de los 70, Fingers, dirigida por el inaprensible James Toback. Film que, por supuesto, la mayoría de los que escribían elogiosamente (o no) sobre la cinta de Audiard no aprecia haber visto. Todo lo cual no les impedía certificar la superioridad de esta, quizás por un efecto sobrevenido de la europeidad. En cualquier caso era anecdótico aquello que, de darse como no pocas veces se ha dado en dirección contraria, supone por sistema una mancha indeleble que a priori invalida, o al menos deja marcada y coja, la película en cuestión. Supongo que hay clases.

Hoy se pueden escoger dos maneras de afrontar esta película: comparándola con su original, castigo que suelen sufrir las producciones americanas que remakean alguna otra extranjera, con especial saña si estas son realmente inferiores y con desagradable condescendencia en caso contrario (que también los hay), o bien tomándolo como una pieza de la poética propia de Jacques Audiard como personalidad, encuadrándola en el contexto de una obra. También se pueden mezclar ambas, claro.

Desde luego Audiard fagocita a Toback, borra sus huellas estéticas e impone una personalidad cinematográfica mayor, pero así y todo el film del norteamericano es mejor, más desquiciado, más valiente, más imprevisible, más incómodo. Quizás lo que atrajo al francés fue la relación, amorosa pero conflictiva entre padre e hijo que ya estaba planteada en el original y que es la tragedia medular del cine de Audiard (el cual es, por cierto hijo del gran guionista y dialoguista Michel Audiard). La figura del padre está en el centro de todos sus dramas (incluso en es curioso polar que fue Lee mis labios se las arreglaba para introducir una nada satisfactoria subtrama entre el personaje del exconvicto Vincent Cassel y su agente de la condicional de obvias y bien forzadas connotaciones paternofiliales) desde Regarde les hommes tomber en 1993 hasta Un profeta en 2009, pasando por la formidable Un héroe muy discreto en el 96 los padres (vicario, ausente o presente) y los hijos (aprendiendo o desaprendiendo, definitivamente buscando) vertebran un discurso de códigos y conflictos masculino.(…)”continuar

“(…)Audiard replica en De latir mi corazón se ha parado (por cierto, una estrofa de La Fille Du Père Noël, canción de Jacques Dutronc que no suena en toda la película) esta sensibilidad que capturaba el original. Como ocurría con Keitel, un actor convulso que electrificaba le metraje de un modo mucho mayor al de un Romain Duristremendamente esforzado en su crispación contenida, la película somatiza plásticamente el cuerpo del interprete hasta convertir sus movimientos, compulsivos, frenéticos, ingobernables, en los movimientos de la propia película, presentando un ritmo particular y único, musical a la manera privada de sus protagonistas.

Curiosamente si Toback recordaba, gracias a la labor de cámara del genial Michael Chapman en parte, a la síncopa scorsesiana en su combinación de movimientos de cámara (panorámicas y travellings encadenados) Audiard remite en parte a si mismo (es un director más coherente que Toback como ha quedado dicho y no debuta aquí, como si lo hacia el norteamericano) y en parte al estilo que el extraño Patrick Dewaere (a quien Duris puede recuerda aquí en algunos aspectos) impuso a Alain Corneau en Série Noire (1979), un insólito polar que adaptaba, personalísimamente al Jim Thompson de Un infierno de mujer: la cámara escruta, persigue, enclaustra el cuerpo del actro, la cámara es él; sus movimientos, su mímica convulsa, la violencia que emana constantemente de su físico menudo, todo nervio(…)” continuar

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