La destrucción por los inocentes: Alexander Mackendrick en Cátedra por Asier Aranzubía.

Resulta curioso, como poco, que el capítulo más discutible, también como poco, de un libro termine por ser aquel que más satisfactorio te resulta, aquel del cual extraes más conclusiones. Esto me ha pasado con el, por otra parte, excelente trabajo de Asier Aranzubia con Alexander Mackendrick para la basal Cátedra. El ensayista dedica todo un bloque, el central de una obra dividida en tres, a demostrar la autoría, la categoría de autor, de Mackendrick. ¿Para qué? ¿Hace falta todavía dignificar a un gran cineasta en base a su supuesta autoría? ¿No es suficiente con que sea un gran cineasta? ¿No ha acreditado esto Mackendrick a lo largo de una obra no por breve menos sólida, coherente y jugosa? ¿No implica esta suerte de dignificación un supuesto original de indignidad? ¿Se es menos si no se es autor, se es diferente, o qué se es?

Aranzubía analiza al forma minuciosa, concienzuda, y hasta brillante en su capacidad de penetración en el (los) corpus de la obra de Mackendrick, sus motivos temáticos (la capacidad demoledora de la inocencia y de lo azaroso, la mirada infantil, la ambivalencia, la ironía como estilo…) y sus constantes formales (la invisibilidad de la cámara, la geometría del espacio, la herencia del cartoon,…) hasta determinar que, efectivamente, Mackendrick es un autor y uno rotundo y descomunal además. Si me tengo que poner ácido diría que es un derroche de páginas para exponer algo que ya se sabe de antemano es un autor- y cada vez debería importar menos -¿lo despreciamos si no lo fuese?-.

¿Entonces como puedo decir que este segmento del libro ha sido aquel que más me ha gustado, que más me ha interesado, del cual he sacado mayor partido? Bien, por que quien lo escribe demuestra inteligencia, y no solo en lo concienzudo de un análisis que presenta las argumentaciones en contra de la idea de autoría (lo compartido frente a lo individual), e incluso de la idea de arte (la forma al servicio de la narración) del cineasta para desdecirlas, sistemáticamente, en base a la praxis profesional del mismo a lo largo de su maravillosa obra, sino en su intuición de trascender el molde más clásico, más arraigado de la idea de “autor”. Para ello se proyecta sobre el hermoso concepto de Martin Scorsese de “los contrabandistas” (expuesto en el documental A personal journey) y principalmente en la propuesta del crítico francés Serge Daney, uno de los cahieristas originales, según el cual “(…) la finalidad última de la célebre política de autores no es otra que hablar con propiedad del sistema en el que nacen, para luego desmarcarse de él los llamados autores. Como la célebre excepción que confirma la regla los autores son aquellos cineastas que aun compartiendo buena parte de los postulados que están detrás de una manera de hacer de un determinado sistema son capaces, también, de elaborar una propuesta diferenciada” En palabras ahora del propio Daney “En un arte tan impuro, hecho por mucha gente y hecho también a base de muchas cosa heterogéneas, sometido a la manifestación del público, ¿no es razonable pensar que no hay autor-es decir singularidad- más que en relación con un sistema – es decir, con una norma? El autor entonces no sería solamente el que consigue la fuerza de expresarse a despecho y en contra de todos, sino aquel que, al expresarse, encuentra la buena distancia apra decir al verdad del sistema del que se distancia”. Y de nuevo Aranzubía: “(…)Si Mackendrick es un autor lo es porque es un caso paradigmático de cineasta plenamente integrado dentro de un sistema pero que, sin embargo, es capaz de poner en píe una obra lo suficientemente diferenciada del resto(…)”

Aranzubía realiza en este libro un relectura, un avance válido, de la endemoniada política de autores y desde un rincón ahora hago un propia, más agresiva, que no es más que una prolongación de esta con un cambio de palabras, pues estas tiene peso, significan cosa diferente, aunque sea de forma sutil: las personalidades contra los autores. Partiendo de esta proposición anti-sistema bien puede ampliarse la noción misma de “sistema”, abracando el de estudios, industrial, la coyuntura, socioeconómico, y el de representación , semiótico-formalista,. La personalidad emerge de y contra estos contextos, independientemente de lugar, tiempo o espacio. Se debate, los pelea y los personaliza, violenta los códigos, los redefine, emplea las armas del enemigo, incluso pudiendo parecer lo mismo es diferente si lo miras de cerca. Y más si lo comparas con su alrededores. Se distingue por oposición: se es personalidad contra los impersonales. Siguiendo hasta el absurdo la teoría de los autores nos encontaríamos con que Michael Bay, por ejemplo, sería uno plenamente reconocible en cuanto a que resulta identificable en su manera de expresarse visualmente y recurrente en sus temas. ¿Pero sería una personalidad o, al contrario, es una oveja que perpetua el sistema sin valerse de sus grietas?. Queda pendiente de desarrollar.

Volviendo al libro, que bien lo merece, se puede decir que si esta parte es la más discutible y así y todo permite semejantes disquisiciones cuál no será la calidad del resto: un retrato soberbio, magníficamente escrito en tiempos de demasiado juntaletras que da perfecta idea de la vida y obra de una personalidad que, en su cine, representa la perfecta síntesis de forma y fondo , y que , en su vida aparece como un ejemplar de admirable coherencia el cual tuvo el valor de retirarse cuando ya no lo soportaba más. Quizás la industria venció a Mackendrick, pero desde luego este ha vencido a la posteridad..

El propio Aranzubía tiene la irónica lucidez de abrir el libro apelando a ese doloroso, no por recurrente menos cierto, lugar común que es (fue) la ausencia editorial de un director como el reivindicado, un autentico maestro secreto, un verdadero creador de culto (ahora mismo casi ve por fin si obra completa comercializada en DVD en España, obra de solo nueve trabajos, todo un alarde editorial por lo tanto) de inusitada dureza para consigo mismo. La primera aprte del volumen la ocupa un recorrido biográfico (pero no solo) del cineasta desde su infancia norteamericano-escocesa forjadora de un carácter particular, extranjero casi pro definición, altamente irónico y agudo, tan ambivalente como su mismo cine, abierto siempre a cambiar el punto de vista, jugando con la percepción del espectador, con sus esperanzas respecto ala bondad o maldad de unos u otro personajes. Especialmente interesantes, e iluminadoras, resultan sus experiencias como publicista y animador (el cartoon aparecerá de manera muy sofisticada en varáis de sus películas, dominando al completo su lógica sobrehumana la memorable El quinteto de la muerte, objeto aquí de un análisis formidable por parte de Aranzubía), su aportación como documentalista durante la 2ª Guerra Mundial y la sintética exposición del “metodo Ealing”, una empresa paternalista, suministradora de un relajante anarquismo ordenado a la Inglaterra de posguerra, cuyo particular funcionamiento/ordenamiento interno es estudiado con extraordinario tino. Y de luchar contra un sistema a se devorado por otro, mucho mas perfeccionado y por tanto inclemente, como el norteamericano, de cuyas frustraciones constantes (luchas contra productores-estrella, proyectos frusntrados, películas tergiversadas…) se dan pormenores en abundancia, desembocando todo en un retiro nada traumático que doy entrada a una larga etapa docente en California donde sus métodos de enseñanza basados en la concepción artesanal del cine (como medio y como profesión) contrastaban con el fervor “autorista” de sus alumnos, ya envenenados al parecer por esa absurda idea, engordada por la crítica, de ser autor antes incluso de saber hacer una película, es decir de ser director. Si eres autor todos nos daremos cuenta pero el cine de autor no existe.

Si bien es la tercera parte del libro la dedicada a explorar críticamente, puntillosamente además, cada esquina de sus nueve películas, el juicio crítico atraviesa todo el libro, para bien, y complemente el perfil biográfico ennobleciéndose, además, con contantes citas, no invasivas, a otros estudios anteriores y en especial a los diarios de clase del propio Mackendrick, una joya del pensamiento directo, práctico y nada banal de un director fascinante, mucho más de lo que el mismo pensaba, desde luego muchísimo más de lo que el mismo decía.

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